
¿Quién es capaz de recordar el primer tebeo que se leyó? Depende de la generación uno puede mencionar los Mortadelos, los Tintines, los Astérix, los Spiderman, los Dragon Ball o las W.i.t.c.h. Pero ¿recordamos con qué tebeo exactamente iniciamos la lectura en el medio? No dudo que haya quien pueda, pero entre los que iniciamos al cómic desde la infancia lo habitual es apuntar a unas cuantas series o personajes, muy difícilmente el preciso tebeo con el que nos estrenamos. Ahora bien ¿y el primer tebeo de terror? Seguramente recordamos la historieta exacta… porque si no nos quitó el sueño la noche tras su lectura, entonces no era de terror.
Recuerdo exactamente cuál fue el mío. Ojeando un 1984 (No. 14, Toutain Editor, 1979, 75 ptas.) del típico alijo de tebeos para adultos de algún familiar, a la búsqueda de historias de naves espaciales, aventuras galácticas y seguramente algún desnudo furtivo fui a dar con una historieta de Richard Corben titulada Cuidado con el mundo real, Howie, que abría dicha revista. Allí, Corben resolvía el núcleo del argumento de The Matrix en apenas ocho páginas centrándolo en lo que importa, el mensaje ecologista. La revelación final de la horrible verdad que ocultaba la falsa sociedad utópica en la que se desarrollaba el tebeo me dejó helado. Por si fuera poco, la historia hablaba del futuro, ¿hacia aquello íbamos? ¿Y si aquello ya había sucedido, ya estaba sucediendo? La revista volvió al montón del que salió y no fui capaz de leer nada más aquel día. Por supuesto volví a él más adelante, cuando la curiosidad venció al miedo. La sensación que había dejado ese tebeo era genuina. Es a lo que debería aspirar un buen cómic de terror: golpear al lector con una verdad dramática oculta, sembrar la duda sobre la certeza de todo lo que conocemos y nos hace sentir seguros, hacernos sentir pequeños frente a fuerzas o fenómenos que podrían estar ahí o simplemente arrebatarle la esperanza de sentido a nuestra existencia. Y que cerremos sus páginas agarrándonos al relativo consuelo de lo que hemos leído solo es una ficción… ¿o no?
Tres grandes escuelas o momentos destacan en la historia del cómic occidental de terror: los tebeos de la editorial EC —en los cuarenta y cincuenta— cuyo formato, estilo visual y narrativa sentó las bases de la literatura gráfica clásica de terror; las revistas americanas de la Warren Publishing (Eerie, Creepy) —heredera de la EC— y las revistas europeas para adultos como Metal Hurlant (Francia), 2000 A.D. (Reino Unido) o 1984 y CIMOC (España) que en los setenta y ochenta, bajo un contexto de ciencia ficción o fantasía, amagaban también relatos de misterio y horror; y los cómics del sello Vértigo, que en los noventa daban una vuelta de tuerca a lo clásico para hacer que los que hubieran sido antagonistas —monstruos, hechiceros, dioses extraños— se convirtieran en protagonistas, relatando dramas y horrores personales a otro nivel.
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Hace rato que dejé de leer historietas, pero recuerdo que las de Breccia me hacían parar los pelos. Una obra de arte de la ciencia ficción para mi fue El Eternauta, de Oesterheld, desaparecido durante la dictadura argentina, y Solano López. La primera que leí, sentando en el umbral de mi casa fue aquella en donde Superman levantaba un auto con sus brazos para salvar un herido debajo. Creo que fue el primer número de esa saga… Ah, y el Corto Maltés. Muy buen artículo. Gracias.
Si tuviera que escoger un único cómic de terror, mi elección sería «Bienvenidos a Hoxford»; no hay nada complaciente en esa locura sangrienta y expresionista. Una colección atroz de monstruos atroces encerrados los unos con los otros, nadando en un estilo gráfico sucio, deformante, desatado. Ben Templesmith logró aquí, por fin, aquella perfección de la que tan cerca se quedó con el memorable «30 días de oscuridad».
Mi siguiente elección, ni mucho menos tan terrorífica, es el maravilloso «Locke & Key», que sólo puedo recomendar encarecidamente.
Breccia era uruguayo… al César lo que es del César (lo digo como argentino que soy)
Muy buena nota, ¡gracias!