Rápido pero despacio

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Fotografía: Môsieur J. [version 9.1] (CC).

No está claro si publicar un libro al año es mucho o poco. ¿Quién lo dice? Tal vez dependa de la clase de libro o autor, de las necesidades que tenga de escribir, de lo que haga el resto de tiempo que no escribe, etcétera. No hay tantos autores que publiquen a ese ritmo. Quienes lo logran transmiten la sensación de que lo hacen casi sin esfuerzo, como si se limitasen a apartarse y mirar cómo sus manos cargan con el trabajo sucio. Ni siquiera parecen despeinados cuando concluyen. En un festival en Girona, hace dos años, Amélie Nothomb aseguró que ella no solo publicaba un nuevo libro cada año, sino que guardaba veinte inéditos en un cajón, o en varios cajones, esperando su turno. Toma ya.

En el lado opuesto se encuentran los escritores lentos, que se toman cinco, incluso diez años para acabar su obra. Los hay. Tampoco está del todo claro si eso es lentitud. Quizá la literatura no sea el único asunto importante que se traen entre manos, y por eso tardan, ocupados en vivir. En la tercera temporada de The Wire, el detective Lester Freamon le explicaba a Jimmy McNulty, de homicidios, que el trabajo no lo iba a salvar. Todos los casos se acababan cuando le ponían las esposas al culpable. «Necesitas algo más fuera de la oficina. Necesitas una vida. Es lo que hay mientras esperas momentos que nunca llegan», le hacía ver. A veces diez años es el tiempo mínimo para escribir ciertas obras. En 1770, cuando Kant fue nombrado profesor de Lógica y Metafísica en la Universidad de Königsberg, escribió su disertación inaugural, y a ese texto lo sucedió una década de ausencia, en la que estuvo buscando soluciones, bajo un enorme silencio. Se aisló del mundo, buceó en el tiempo y en 1781 retornó con la Crítica de la razón pura, nada menos. Toma ya.

En la lógica del mercado, a la que la literatura hoy es menos ajena que nunca, un libro al año parece un gesto excesivo y un libro cada diez, casi mísero. Es agradable de vez en cuando encontrarse a un autor que desafía esa lógica y cualquier lógica. Por ejemplo, Valentí Puig, que en las próximas fechas, según anunciaba días atrás La Vanguardia, publicará cinco libros de golpe: una novela, un poemario, una nueva entrega de sus dietarios, la reedición de un diccionario y un libro de conversaciones sobre la actualidad. Casi es una reivindicación de los viejos tiempos, cuando los autores solo se sometían a su efervescencia, a su locura si hacía falta, y no existía nada parecido al marketing, y siempre era buen momento para sacar libro. Francisco Umbral simbolizó muy bien esa fiebre de la escritura. En cierta ocasión, cuando me tocó leer La noche que llegué al café Gijón, reparé en que era una obra de 1977, y al acudir a su bibliografía, por curiosidad, descubrí que ese año también había publicado Teoría de Lola, Diccionario para pobres, Tratado de perversiones, La prosa y otras cosas, Las Jais y El hijo de Greta Garbo. Toma ya.

Mención aparte merecen esos pocos escritores que representan una extraña mezcla de lentitud y rapidez. En realidad, yo solo conozco al argentino César Aira. Sus libros son piezas que huyen y se ocultan entre la multitud de sus otros libros. Quizá nadie sepa, y seguramente Aira tampoco, cuántos libros ha escrito. Setenta, ochenta, noventa, da igual. Solo en 2011 publicó siete, sin contar las reediciones. En el caso de El mármol, se distribuyó en la editorial Bestia Equilátera con tres cubiertas distintas. Por no hablar de El criminal y el dibujante, que es un cuadernillo que va envuelto en papel celofán, o de Los dos hombres, de la que la editora apenas imprimió cincuenta ejemplares. Ese año, para contribuir más todavía a eso que en su país denominan «la dispersión infinita de los fragmentos», se publicó en una edición autónoma su relato Cecil Taylor. Toma ya.

Cualquiera diría que es autor prolífico, que escribe mucho. Pero cuando sabes cómo se fragua su escritura, tienes que añadir que, en cierto sentido, también es un escritor lento. Escribe pensando cada palabra, cada párrafo, fiel al fetichismo del papel, los cuadernos, la estilográfica. Usa cuadernos de papel lisos, sin líneas ni cuadriculados, con espiral. Hay un señor de la Casa Wussmann que se los provee. Al parecer, sobre ese papel la tinta corre de otra manera. «En él muestro mi vocación frustrada de artista plástico: para mí escribir tiene algo de dibujar, por la elección de los materiales, pero, sobre todo, porque lo que yo escribo tiene un componente visual, hago como un dibujo escrito que después desaparece porque se transmuta», contaba hace tiempo en una entrevista. Apenas redacta una página al día, muy despacio, sin equivocarse, para así pasar el resto de tiempo leyendo. «Hay momentos en que me aburro, quiero empezar otra novela y tengo que matar a todos los personajes para acabar pronto». Una vez completa su paginita, cierra el cuaderno. Escribe lento y acaba rápido, y cuando llena setenta u ochenta hojas la novela está finalizada. Puesto que no corrige, gana tiempo. «De lo que se escribe un día hay que reivindicarse al siguiente, no volviendo atrás a corregir». Es así como su lentitud deviene en rapidez.

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