Cine y TV

Lo que falta

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Armie Hammer y Geoffrey Rush en Final Portrait. El Arte de la Amistad (2017). Imagen: Vértigo Films.

En la película recientemente estrenada El arte de la amistad (Final Portrait), con guion y dirección de Stanley Tucci, se reproduce de manera fiel el libro Retrato de Giacometti, escrito por James Lord, donde se da cuenta de los dieciocho días que el artista dedicó a pintar el retrato del autor, algo que en principio no debía ocuparle más que unas cuantas horas.

Tanto el libro entonces, cuando fue redactado en 1964, como ahora el film, presentan la feliz tragedia de la creación, la íntima contradicción de quien, mientras pinta —o escribe o esculpe o danza o compone—, se ve obligado a hacer declaraciones como las siguientes: «Hay que destruirlo todo. Tengo que volver a comenzar de cero», «No puedo reproducir lo que veo. Para ser capaz de hacerlo, tendría que morir», «Creo que debería abandonar la pintura definitivamente», «Un verdadero amigo me diría que debería dejar de pintar para siempre», «He estado perdiendo el tiempo durante treinta años», «Nunca encontraré la salida. Esto es un infierno».

La pulsión artística es contradictoria desde su mismo origen. El impulso de dar al mundo lo que parece faltarle —lo que le falta para cuadrar, para cerrar, para ser comprensible, para explicarnos— es un impulso que se sabe inútil ya desde su nacimiento. Podríamos decir que es esa imposibilidad la que de verdad conforma la esencia de la creación: ni su origen ni su resultado sino ese calvario, esa peregrinación cuya única voluntad o misión es existir, seguir existiendo.

Es por ello que difiere tanto de lo que podríamos llamar fabricación, justo lo que más abunda actualmente en el mercado de las distintas disciplinas que llamamos artísticas, ya sean las artes plásticas, el cine, la música o la literatura. Quien se entrega a la fabricación no lo hace para intentar ofrecer al mundo lo que al mundo le falta sino para que el mundo le ofrezca lo que le falta a él/ella. En la fabricación existe un objetivo que está más allá —o más acá— del arte en sí: dinero, fama, poder, reconocimiento. Justo por tal motivo, ahí la desesperación no proviene de no conseguir la obra sino de no conseguir los resultados que se quieren obtener  mediante la misma. No se sufre en el proceso sino al descubrir que el medio —en la fabricación la obra es solo un medio— no sirve al fin planteado.

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4 comentarios

  1. ¡Genial último párrafo, Flavia!

  2. Extraordinario artículo, lucido y sintético, acerca de algo como la creación de la que se habla mucho y se consigue expresar poco.

  3. Gracias por la distinción entre creación y fabricación. Y gracias por la creación de Haru, directo al corazón!

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