
Contaba el historiador estadounidense Richard Pipes que el pueblo ruso es intrínsecamente anárquico y está atemorizado por su propia naturaleza. Quizás esto explica por qué Rusia es un país donde, como decía Julian Barnes a The Guardian, es posible pasar de ser un «extremista sensato como Eduard Limónov, un autobiógrafo punk que se autoproclama el Johnny Rotten de la literatura» a coliderar un movimiento político. Pensar en la perestroika y en la Rusia postsoviética es picar billete hacia la confusión, a una dicotomía entre las ansias de aperturismo y la lucha por conservar la cultura y la identidad ante la vorágine capitalista; porque los había como Alexander Kerner, el protagonista de Good Bye, Lenin!, que se manifestaban contra la política de Honecker y soñaban con ver Alemania unificada, pero todavía quedaban muchos otros como su madre, Christiane, orgullosos socialistas capaces de volver a las cartillas de racionamiento con tal de seguir contribuyendo al proyecto comunista.
Incapaz de entender los pormenores de la contracultura, como eso de que en Occidente se usaran esvásticas para decorar cazadoras y camisas, el PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética) comenzó a prohibir bandas grunges, punk y de rock a tutiplén. En el mercado negro se podía encontrar algo de The Sex Pistols o de The Clash con seguridad y no sin asumir ciertos riesgos, pero, por lo general, el PCUS prohibió la mayoría de estas bandas, como Kiss, en su caso porque las dos últimas letras del logo evocaban a las iniciales de las Schutzstaffel (SS) de Hitler, o al mismísimo Julio Iglesias, por apología neofacista. Pese a todo, a finales de los setenta ya eran cientos los grupos de rock en la URSS, y comenzaba a asomar la cabeza algún que otro álbum punk, las chaquetas de cuero y los fanzines en samizdat (publicaciones clandestinas). Los pantalones vaqueros, sin embargo, lo tuvieron más complicado. Fueron motivo de expulsión de universidades, puestos de trabajo y pretexto rápido de encarcelamiento; como cuando el pobre Boris Fishkin, en Mi padre es Baryshnikov, de Dmitry Povolotsky, es pillado en mitad de un trueque, cinturones con hebillas comunistas a cambio de pantalones vaqueros, en la Plaza Roja. Según las crónicas de la época de El País, en 1985 la Unión Soviética importaba entre cuatro y cinco millones de esta prenda al año, que se adquirían en el mercado finlandés, dado que la URSS se opuso a la ocupación de fábricas occidentales de los condenados blue jeans.
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