Hagamos una debida reverencia ante Donald Sutherland

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Donald Sutherland en Ciudadano X (1995). Imagen: HBO Films / Asylum Films / Citadel Entertainment

Esto es muy importante para mí, para mi familia. Es como si se abre una puerta y un soplo de aire maravillosamente fresco entra en la habitación. No me merezco este premio. Pero tengo artritis y tampoco me la merezco, así que gracias. (Donald Sutherland al recibir un Óscar honorífico en la gala Governors Awards)

Cuando le concedieron el Óscar honorífico en 2017, Donald Sutherland, que acababa de cumplir ochenta y dos años, pronunció un discurso repleto de humor negro, propio de un hombre al que ya le importan poco los protocolos. Después de ser presentado por Jennifer Lawrence y otras celebridades que habían trabajado junto a él, Sutherland se acercó al micro, agradeció la introducción y después, dirigiéndose al público, dijo: «Me encantaría invitarlos a mi funeral». También tenía consejos para los organizadores de la velada: «He conseguido llegar al cuarto de baño. Para la gente mayor con vejigas pequeñas sería maravilloso que los retretes estuviesen más cerca».

La concesión del premio se debió, más que nada, a la iniciativa personal de John Bailey, nuevo presidente de la Academia de Cine estadounidense. En 1980, Bailey fue el director de fotografía de Gente corriente, película protagonizada por Sutherland. Aunque no se habían visto en casi cuarenta años, Bailey estaba decidido a subsanar una de las mayores injusticias en la historia de la Aacademia: Donald Sutherland nunca había sido nominado para un premio Óscar por su trabajo

Sí, ya sé que los Óscar hay que agarrarlos con pinzas. Con demasiada frecuencia, quienes los votan parecen más pendientes de «qué se lleva este año» o de «toca nominar a Fulano porque ha hecho una película sobre el tema socialmente relevante del tráfico ilegal de caniches». No sé, Tom Hanks ganó un Óscar por Forrest Gump el mismo año en que estaban nominados Paul Newman y Morgan Freeman. Pero, claro, estos trabajaron en películas donde, al contrario que Hanks, no hablaban como Ozzy Osbourne recién despierto tras una sobredosis. Los académicos no aprecian la sutileza interpretativa. Creo que el escandaloso ostracismo de Sutherland en lo que, nos guste o no, es el gran escaparate de la industria se debe a que sus interpretaciones eran casi siempre tan sutiles y tan basadas en la economía de recursos que los académicos se quedaban perplejos al verlo pronunciar palabras correctamente, sin gritar ni poner caras raras. Es mejor nominar cien veces y darle un Óscar a Leonardo DiCaprio, cuando, creo yo, el premio que DiCaprio debería haber recibido a tenor de sus interpretaciones es una caja de benzodiacepinas.

Con todo, no deja de resultar sorprendente que un actor como Sutherland, que ha participado en varios títulos memorables, que ha estado a un gran nivel en una cantidad ingente de películas y que, en resumen, ha sido uno de los mejores actores de Hollywood en los últimos cincuenta años, no haya recibido tal distinción ni siquiera durante la etapa en que fue una gran estrella. Imagino que esta tenebrosa realidad no les mueve una pestaña a muchos de los espectadores más jóvenes, a quienes quizá les suena su cara por sus apariciones en Los juegos del hambre o por ser el casi ignoto padre de Kiefer Sutherland. Supongo que lo ven como ese señor mayor que procede del teatro o que hizo alguna serie rara durante los setenta y al que ahora se contrata en Hollywood porque sus canas le confieren un aire venerable. Ah, y por descontado, habrá quienes conozcan su rostro por ser el protagonista de uno de los memes más extendidos por las redes y que es, a su vez, el mayor spoiler masivo desde que la cristiandad empezó a tallar crucifijos.

Para otros muchos, sin embargo, Donald Sutherland es un icono. Quienes conozcan su filmografía saben que hubo un periodo en el que su mera presencia mejoraba automáticamente cualquier largometraje. Bueno, quienes sean tan increíblemente ancianos como yo también recordarán los hipnóticos partes informativos de Sandra Sutherland (aunque, que yo sepa, no es familia del actor). Si es el caso, amigo/a lector/a, deje que le diga algo. Hablemos pues de algunas de las películas de sus años dorados; no de todas, que sería una tarea ingente. Pero creo que sí de bastantes como para que se peguen ustedes una intensiva sesión de Sutherland en vena. Y que se conviertan, si no lo eran ya, en fans acérrimos de este extraordinario individuo.

Donald Sutherland nació en Saint John, una ciudad canadiense modesta y apacible, una especie de Milwaukee pero en pequeño y más bonito (no era difícil) y con asfaltados más decentes que no parecen diseñados para rodar un apocalipsis zombi (tampoco era difícil). Creció en una familia de clase media; su madre era profesora de matemáticas y su padre dirigía una compañía local de servicios. Durante sus años como estudiante, se sacó dos licenciaturas a la vez: Ingeniería, para contento de sus padres, y Drama, por vocación propia. Poco después marchó a Londres para estudiar teatro.

En Inglaterra consiguió sus primeros papeles en el cine, aunque su primer rodaje tuvo lugar en Italia. Debutó en 1964, interpretando nada menos que tres papeles en la película de terror Castle of the Living Dead, protagonizada por un Christopher Lee con cara de no haber dormido en cinco semanas. Era una producción italiana que contrató a actores ingleses para imitar las películas de terror decimonónico del mítico estudio Hammer. Supongo que Donald Sutherland entró en el paquete porque, como canadiense, podía pasar por alguien que procedía de Hollywood, lo cual siempre le daba un mayor lustre a cualquier película de serie B europea, aunque por entonces no lo conociera ni Dios. Castle of the Living Dead era bastante mala, pero tan surrealista que se pasa un gran rato viéndola. Para empezar, resultaba cómico ver a Sutherland, que es muy alto (mide más de uno noventa), sacándoles medio cuerpo de estatura a los extras italianos. Aunque lo chocante de verdad es verlo encarnando a una vieja bruja. Si no supiera que es él, no lo hubiese adivinado en la vida. Esto es lo que se llama un debut:

El papel de bruja, en realidad, le iba que ni pintado. Sutherland siempre ha desprendido una aureola un tanto peculiar. Baste un ejemplo: en su primera prueba de casting para el cine, antes de Castle of the Living Dead, lo hizo tan bien que nada más llegar a casa le dijo a su mujer que estaba convencido de que conseguiría el papel. Los responsables del casting, en efecto, habían quedado gratamente sorprendidos por sus habilidades. Incluso se molestaron en telefonearle para explicar por qué no lo iban a contratar: «Nos has gustado tanto que queremos explicarte por qué no te damos el papel. Concebimos este personaje como un “tipo de la puerta de al lado”, y no creemos que tú des la impresión de haber vivido alguna vez en la puerta de al lado de alguien».

Tras varios años residiendo en las islas británicas, donde hacía pequeños papeles en producciones irregulares de cine y televisión, llegó su gran oportunidad cuando se trasladó a Inglaterra el rodaje de la película estadounidense Doce del patíbulo, que narraba las aventuras de unos convictos militares que son elegidos para llevar a cabo una peligrosa misión contra los nazis a cambio de ver conmutadas sus penas. Los doce actores principales se dividían en dos grupos. Los seis protagonistas eran estrellas consagradas que llegaban desde Hollywood. Para los otros seis, el estudio quería a actores menos conocidos y más baratos, a poder ser norteamericanos que viviesen en las islas británicas, a quienes no hubiese que pagar billetes de avión ni dietas de desplazamiento. Sutherland brilló en la prueba y se hizo con uno de esos seis «otros» papeles.

Su personaje resultó ser de los más divertidos y estrafalarios del film: Vernon Pinkley, un soldado encarcelado por homosexual y tendente a hacer el idiota en las situaciones más inesperadas. Sutherland se metió al público en el bolsillo con ese papel. Una de sus principales características como actor era la de desprender un arrollador carisma a voluntad siempre que la escena lo requería; aunque más tarde prefiriese roles más serios y contenidos, en aquellos tiempos se las arreglaba para que los espectadores no olvidasen sus excéntricas intervenciones, como en la escena en que le piden a Pinkley que se haga pasar por general para pasar revista a los soldados y él hace comentarios tan extremadamente gais como «son muy bonitos, coronel, muy bonitos». Algo no muy habitual en 1967.

Doce del patíbulo se convirtió en uno de los mayores éxitos del año y el rostro de Sutherland se hizo súbitamente conocido, así que el actor decidió aprovechar el momento mudándose a los Estados Unidos, donde, por una corta temporada, se iba a especializar en papeles de militares con personalidades extrañas. Los productores de películas bélicas con tono desenfadado, que se habían puesto de moda, querían tener a un Vernon Pinkley en cada una de ellas y fue así como Sutherland obtuvo trabajo en nuevos éxitos.

A principios de 1970 se estrenó M*A*S*H, ambientada en la guerra de Corea, en la que interpretaba a Benjamin «Hawkeye» Pierce, un cirujano de combate brillante, pero indisciplinado y rebelde. Aunque este papel le benefició enormemente, Sutherland no lo pasó bien en el rodaje, como tampoco sus compañeros de reparto. Robert Altman, el director de esta célebre sátira bélica, quiso que en muchas secuencias reinase la improvisación, lo cual se convirtió en un vehículo perfecto para que Sutherland, en su primer trabajo como protagonista de importancia, se luciese haciendo gala de sus características ocurrencias. Con su facilidad para hacerse grabar en la memoria del público, convirtió en pequeños hitos los tics de Hawkeye, como el característico silbido que emite varias veces durante la película. En la serie de televisión que nació impulsada por el éxito del film, su personaje sería heredado por Alan Alda, quien tuvo el buen criterio de no intentar apropiarse de un silbido que se había hecho célebre pero que estaba demasiado asociado a su predecesor (el autor de la novela original, por cierto, no apreciaba mucho el programa televisivo y prefería la interpretación de Sutherland). Aunque viendo la película parece que Sutherland se divirtiese de lo lindo, los métodos intuitivos de Altman convirtieron el rodaje en un proceso caótico y repleto de tensiones. Tanto el guionista —que vio escandalizado cómo el director se ciscaba en su texto— como los dos actores principales, Sutherland y Elliott Gould, estuvieron tan descontentos que se rumoreaba que habían hecho todo lo posible para que Altman fuese despedido, aunque ese rumor ha sido desmentido por Gould en alguna ocasión. En cualquier caso, M*A*S*H fue también un gran éxito y el nombre de Sutherland quedó consolidado en la industria.

En verano de aquel mismo año se estrenó Los violentos de Kelly, la tercera película bélica en la que encarnaba a un militar pintoresco. Esta película era, como Doce del patíbulo, una historia de aventuras ambientada en la Segunda Guerra Mundial y estaba concebida básicamente como vehículo para el lucimiento de Clint Eastwood. Narra cómo un grupo de soldados elabora un plan clandestino para robar un cargamento de oro de los nazis antes de que lo descubran sus superiores. Este film tenía un tono aún más desenfadado y cómico que los dos anteriores (aunque, según un disgustado Eastwood, esto se debió a un montaje final que eliminó secuencias donde los personajes se desarrollaban con algo más de profundidad dramática). En cualquier caso, Los violentos de Kelly es una divertidísima película, ideal para olvidarse del mundo con unas cervezas. En ella, Sutherland encarnaba a uno de los personajes más maravillosos de toda su carrera: el sargento Oddball, un pre-hippie mujeriego y vividor que se las arreglaba para pegarse la gran vida en el frente francés, rodeado de bellezas locales y comodidades obtenidas Dios sabe cómo y de dónde.

Una vez más, las pequeñas ocurrencias de Sutherland convertían a su personaje en un icono (cómo olvidar la deliciosa manía de dar órdenes al conductor de su tanque con onomatopeyas cada vez más absurdas, o su obsesión con las «ondas negativas»). Sí sabemos que Sutherland se lo pasó en grande encarnando a Oddball, salvo por un detalle: durante el rodaje en Yugoslavia contrajo una meningitis que casi acabó con su vida. Ingresado de urgencia, resultó que en el hospital yugoslavo no disponían de los antibióticos indicados y Sutherland entró en coma. Tardó mes y medio en recuperarse. En cualquier caso, Los violentos de Kelly fue la demostración definitiva de que Donald Sutherland podía medirse con cualquiera. Desde el primer instante en que Oddball aparecía en pantalla, robaba cada secuencia, aunque sobre el papel Clint Eastwood fuese la gran estrella. El carisma de Eastwood es innegable, pero aquí tuvo que resignarse a que le robasen el show tanto Donald Sutherland como Telly Savalas. También en esta película empezó una de sus costumbres habituales en los rodajes. Aunque le hubiese disgustado la improvisación que Robert Altman exigía en M*A*S*H, Sutherland empezó a modificar los diálogos de sus personajes y a añadir toda clase de tics idiosincráticos de su propia cosecha. Gracias a su arrolladora personalidad y a unas más que evidentes dotes para la comedia, Oddball terminó siendo un personaje tan increíble que siempre he lamentado que no hubiese existido un spin off protagonizado por el alocado tanquista. A Sutherland nunca le ha gustado repetir personaje, pero qué demonios, ¡una sola película con Oddball es demasiado poco!

Aún más pinta de hippie tenía en Alex in Wonderland, en la que interpretaba a un cineasta que afronta la presión de superar el éxito de su debut. Dirigida por Paul Mazursky (un director que afrontaba la presión de superar el éxito de su debut, Bob & Carol & Ted & Alice), era una copia o, si lo prefieren, un remake mediocre de la película 8 ½ de Federico Fellini, quien incluso hacía un cameo aquí. Alex in Wonderland no es particularmente memorable y no funcionó bien en taquilla, pero Sutherland se salvó de la quema porque su interpretación era, como de costumbre, brillante.

Mucho mejor película fue Johnny cogió su fusil. Aunque estaba ambientada en la guerra, Sutherland ya no hacía de soldado vividor, sino nada menos que de Jesucristo, que se le aparece en sueños y visiones a uno de los protagonistas. Su interpretación, mesurada y madura, era muy distinta a los despliegues de magnetismo histriónico que le habían hecho famoso, pero su enorme presencia y la naturalidad con la que se ponía en la piel del Mesías (en algunas secuencias, por cierto, escritas por el mismísimo Luis Buñuel, aunque su nombre no figurase en los créditos originales) convirtieron sus intervenciones en algo igualmente inolvidable.

Otra de sus grandes películas de aquella etapa es Klute, dirigida por Alan J. Pakula en el momento álgido de su carrera. En ella, Sutherland interpretaba a John Klute, un detective que investiga la desaparición de su mejor amigo, acusado de amenazar a una prostituta. La película es sensacional; recibió diversos premios y una acogida entusiasta por parte de la crítica. El estilo como intérprete de Sutherland daba un giro de ciento ochenta grados; John Klute es un personaje circunspecto y de pocas palabras y el actor rebajó muchísimo el tono de sus registros. Aunque la película es etiquetada como thriller, en realidad funciona mejor como un drama psicológico: cada escena tiene un significado (Pakula se encontraba en estado de gracia) y los personajes expresan muchísimas cosas sin necesidad de recurrir a constantes diálogos. Esta vez, eso sí, fue Sutherland quien, a pesar de su excelente trabajo, quedó eclipsado por su compañera de reparto Jane Fonda, cuyo personaje, una fallida aspirante a modelo y actriz que recurría a la prostitución como una forma rápida de ganar dinero, iba percatándose poco a poco de lo sórdido que era el mundo en el que estaba metida. Fonda ganó un merecidísimo Óscar a la mejor actriz por la que probablemente sea una de las interpretaciones más apabullantes que puedan ver ustedes en una pantalla y, sin duda, la mejor de toda su carrera, que por su realismo y naturalidad es hoy usada en escuelas de interpretación. Ya de paso, Sutherland y Fonda mantuvieron una relación sentimental, aunque ambos estaban casados. Rodaron otro largometraje juntos, la irregular Steelyard Blues, con la que Sutherland fue nominado al BAFTA, equivalente de los Óscar en la Academia Británica de Cine, por su interpretación de un exrecluso. También participaron juntos en actividades políticas, colaborando con un documental antibélico titulado F.T.A. Donald Sutherland siempre ha sido de izquierdas, como lo era Fonda por entonces, y se ha destacado por oponerse a los ideales conservadores en política, cosa que sigue haciendo a día de hoy.

Steelyard Blues fue una de las varias películas menores que rodó antes de Amenaza en la sombra, un thriller paranormal acerca de una pareja cuya hija acaba de morir ahogada en un lago; cuando a él le encargan la restauración de una vieja iglesia, viajan a Venecia para intentar superar el terrible trauma. Allí, el personaje de Sutherland empieza a percibir cosas raras, aunque en principio se muestra escéptico. Amenaza en la sombra estaba dirigida por Nicolas Roeg, el «director de los rockeros», que rodó Performance con Mick Jagger y El hombre que cayó a la Tierra con David Bowie. Su estilo aquí es muy diferente: Amenaza en la sombra está a medio camino entre el drama intimista y el terror psicológico de cocción lenta; está considerada, con justicia, un hito en su género, aunque es verdad que no es para todos los paladares. Para que se hagan una idea del tono, está basada en un relato de Daphne du Maurier, la misma escritora cuyos textos inspiraron dos de las mejores películas de Hitchcock, Rebecca y Los pájaros. Como curiosidad, contenía una escena de sexo tan inusual para la época que empezó a correr el rumor de que Sutherland y su coprotagonista, Julie Christie, habían sido filmados follando de verdad; vista hoy, obviamente, esa escena no nos parece nada del otro mundo y el rumor se antoja una tontería (sí es verdad que mantuvieron una relación fuera de cámara), pero así de inocentes eran los setenta. También la secuencia inicial era impactante en su momento, cuando no era habitual ver a niños morir en pantalla:

Poco después, Sutherland trabajó en El día de la langosta (o Como plaga de langosta), adaptación de una célebre novela de Nathanael West. La película trata del Hollywood de los años treinta y la crisis existencial y económica de varios personajes que orbitan, peor o mejor, en torno al negocio del cine. Como algunos de ustedes ya sabrán, el personaje interpretado por Sutherland se llama Homer Simpson, aunque se trata de una extraña coincidencia. El creador de Los Simpsons, Matt Groening, usó el nombre de pila de su propio padre (Homer Groening) y no lo sacó de la novela ni de la película. Aun así, es curiosísimo ver hoy la secuencia en que aparece Sutherland en pantalla y se presenta como «Simpson, Homer Simpson».

Una vez más, su personaje requería de suma contención para expresar sus matices porque era un hombre de mediana edad, apocado, introvertido y sexualmente reprimido, que se enamoraba de una aspirante a actriz manipuladora y superficial, fantásticamente interpretada por Karen Black. Como en Klute, Sutherland experimentaba una metamorfosis y desprendía una aureola muy distinta a la de costumbre; Homer Simpson es un tipo raro, bonachón en apariencia pero vagamente inquietante, y Sutherland parece literalmente otra persona. El día de la langosta, por desgracia, no ha aguantado el paso del tiempo. Fue dirigida por John Schlesinger, que en aquellos años se sacaba de la manga películas tan excelentes como Cowboy de medianoche, Marathon Man o Sunday Bloody Sunday, pero que no parecía saber muy bien lo que pretendía conseguir con El día de la langosta. La película resultó dispersa, plana y, en casi todo su metraje, aburrida. Pese a que los actores hicieron todo lo posible por salvarla, cabe decir, porque, además de un Sutherland más contenido que nunca, pero extraordinario, y de una Karen Black que consiguió dotar de inesperados matices al trillado estereotipo de «rubia tonta», se dejaron la piel William Atherton y un sobresaliente, excepcional Burgess Meredith, que recibió su primera nominación para un Óscar (al año siguiente recibiría la segunda, también justa, por encarnar al entrañable entrenador de Rocky Balboa).

Sutherland volvió a Italia, pero ya no para deleitarnos en el papel de bruja, sino para participar en dos películas de legendarios cineastas italianos. Primero apareció en Novecento, el grandilocuente drama histórico de Bernardo Bertolucci. Después fue protagonista de la nueva película de Fellini, Casanova, biografía estilizada del escritor Giacomo Casanova, famoso por sus conquistas sexuales. Era una película que mostraba al Fellini más rocambolesco, aunque no necesariamente al más inspirado, por más que muchas de las secuencias sean fascinantes en sí mismas, ayudadas por la mágica (¡absolutamente mágica!) banda sonora del colosal Nino Rota. Un muy maquillado Sutherland defendía el papel con su exquisitez acostumbrada, pero hoy la película es casi más recordada por las comidillas en torno al rodaje que por su calidad intrínseca. Por ejemplo, dio que hablar lo que se quedó fuera del metraje: Fellini, que como bien sabemos estaba obsesionado con las mujeres de pechos enormes, rodó varias secuencias con la pin up polaca Chesty Morgan, habitual del cine de serie B. En el estreno, las dejó fuera del montaje final porque eran demasiado atrevidas para la época (solo su compatriota Tinto Brass iba más lejos en el cine comercial), aunque esas escenas terminaron trascendiendo poco después y resultaron ser tan fellinianas como era de esperar. En cualquier caso, Casanova no es la mejor película del genial cineasta italiano, no esperen algo como La dolce vita o Amarcord. Pero ¡eh!, es de Fellini y merece la pena verla, aunque solo sea porque en el momento más inesperado uno queda completamente hipnotizado por ocurrencias tan absurdas y a la vez tan hechizantes como la inolvidable secuencia de la muñeca danzarina. Y esa música, amigos. Es como escuchar a Beethoven tocando y que, de repente, empiece a hacerle efecto una dosis de LSD.

Sutherland era ya una estrella consagrada que había trabajado para todo un Fellini y cuyas películas atraían al público, pero volvió a demostrar su sentido del humor haciendo un tontísimo cameo en The Kentucky Fried Movie, una locura absolutamente deliciosa dirigida por John Landis y que supuso el debut como guionistas del trío mágico formado por Jim Abrahams y los hermanos David y Jerry Zucker. Esto es, los responsables de Aterriza como puedas y Top Secret. Es una de mis películas favoritas, algo que no todo el mundo entiende. Para quien no la haya visto, decir que The Kentucky Fried Movie es mucho más surrealista y disparatada que Aterriza como puedas. En ella, Donald Sutherland solo aparecía unos segundos en pantalla, encarnando al «camarero patoso», otro personaje que hubiese merecido un spin off. Aquello ponía de manifiesto que a Sutherland no le importaba que se lo viese haciendo el gilipollas en una única secuencia perteneciente a un largometraje cuyo guion parecía salido de una sesión de combustión indiscriminada de marihuana. En fin, vea The Kentucky Fried Movie. Quizá le cueste pillarle el punto la primera vez, pero insista, porque esta es justo la película que necesita para mejorar como persona. Admito que Sutherland solo está tres segundos en pantalla, pero, eh, también está Rex Kramer, el amante del peligro. Y quién no querría ver una versión completa de «Esto es el Armagedón» con nuevas escenas del camarero patoso.

Sutherland cometió por entonces uno de los mayores despropósitos financieros que se le recuerden a un actor en toda la historia de Hollywood. Desmadre a la americana, dirigida también por Landis, era una comedia destinada a explotar la popularidad televisiva de John Belushi, el hoy legendario cómico del no menos legendario programa Saturday Night Live. Ni que decir tiene que fue la madre de las decenas de comedias irreverentes sobre desmadre juvenil que vendrían después. Los productores no terminaban de confiar en que John Belushi fuese capaz de atraer al público a los cines (lo de Blues Brothers vendría más tarde) y tampoco estaban seguros sobre la acogida de ese tipo de comedia. Por eso, para poner un nombre seguro en el cartel, querían contratar a Sutherland. Pero él, que ya era una superestrella, no estaba muy interesado.

Primero le ofrecieron treinta y cinco mil dólares (un caché inferior al que tenía por entonces) y un 2,5% de la futura taquilla. El actor declinó la proposición. Subieron la oferta a un 15% de la recaudación total en taquilla (no de los posibles beneficios, no, ¡de todo lo que se recaudase en los cines, sin descontar gastos!). Semejante porcentaje era algo inusual y un acto desesperado de los productores, pero Sutherland, pensando que aquella película de bajo presupuesto y temática juvenil iba a ser un fracaso, seguía sin querer participar. Al final, aceptó el trabajo a cambio de un cheque de cincuenta mil dólares con la condición de que se lo pagasen por adelantado, temiendo que la posible debacle financiera del film lo terminase dejando sin sueldo. Con ello, renunciaba a los futuros porcentajes. Para sorpresa de todos los implicados, Desmadre a la americana terminaría recaudando más de ciento cuarenta millones de dólares (¡de la época!) solo en las taquillas estadounidenses y Sutherland dejó escapar la oportunidad de ganar veinte millones de dólares de una sola tacada. El equivalente a setenta y dos millones actuales. Casi nada. Pero, bueno, podemos verlo encarnando, con la brillantez habitual, a un peculiarísimo profesor al que aburrían los clásicos literarios y que compartía porros de marihuana con sus alumnos, algo que hoy quizá no despierte tantas ampollas, pero que entonces era un atrevimiento y más para un intérprete de su calibre.

Dejar escapar tantísimo dinero suponía unas cuantas mansiones de menos, lo cual tuvo que doler, pero tampoco las necesitaba, porque su carrera iba viento en popa. Aquel mismo año se estrenó La invasión de los ultracuerpos, nueva versión de la película de 1956 La invasión de los ladrones de cuerpos (el título solo variaba en España, porque en inglés se llamaban exactamente igual). Funcionó bien en taquilla y, aunque recibió críticas ambivalentes, hoy es un perfecto ejemplo de cómo hacer un remake adaptado a su propia época, y yo, que soy un gran fan de la original, considero esta casi igual de buena. Supongo que es el título más conocido de la era dorada del actor, aunque solo sea porque de ella surgió uno de los memes que más circulan por las redes. Supongo que ya saben de qué imagen les hablo. Este vídeo es spoiler, pero imagino que quedan pocos de ustedes sin conocer la escena.

También por aquel entonces se estrenó El gran robo al tren, dirigida por Michael Crichton. Aunque es más famoso como novelista, Crichton ya había dirigido dos largometrajes basados en sus propios relatos: el irregular, aunque entrañable, Almas de metal (originalmente titulado Westworld, que inspiró la famosa serie) y el interesante Coma, un thriller médico protagonizado por Michael Douglas y la hoy no muy recordada, pero entonces estelar, Geneviève Bujold. Pues bien, El gran robo al tren era el tercer largometraje de Crichton y desde luego el mejor hasta entonces. Ambientado en el siglo XIX, narraba un elaborado plan para robar oro de un tren en marcha. Sirvió para el lucimiento personal de tres carismáticas figuras, Sutherland, Sean Connery y Lesley-Anne Down, que era algo así como la Monica Bellucci de la época, con permiso, claro, de Isabelle Adjani. El film es muy, muy entretenido, y la química entre los tres protagonistas es fantástica. Como Doce del patíbulo o Los violentos de Kelly, esta entrañable gema es ideal para la tarde de cualquier domingo. Solo el recordar la cara de Sutherland haciendo de cadáver me alegra el día al instante.

Al año siguiente, obtuvo una nominación a los Globos de Oro por su papel en Gente corriente, debut tras las cámaras de Robert Redford, que sorprendió a todo el mundo con sus dotes como cineasta. La película ganó un aluvión de premios (incluido el Óscar a la mejor película, al mejor guion y a Redford como mejor director), aunque generó cierto resquemor por haberle «robado» la estatuilla a Toro salvaje de Martin Scorsese. Como fuese, Sutherland daba un recital interpretando a un hombre que intenta mantener unida a su familia después de la muerte de su hijo. Y eso que la intención inicial de Redford era darle un papel secundario, el del psiquiatra que trata al protagonista, pero Sutherland insistió en que el personaje principal estaba hecho a su medida y tenía toda la razón. Aunque el carácter minimalista de su interpretación le privó de una distinción en los Óscar, su extraordinario trabajo recibió el aplauso unánime de la crítica. Con miradas y gestos apenas perceptibles, expresaba de manera devastadora la tristeza y desesperación de su personaje y ni siquiera parece el mismo individuo que había encarnado a tipos tan estrafalarios como Oddball. Las secuencias que comparte con Mary Tyler Moore (quien fue, por cierto, la creadora de las sitcoms de la era moderna y una de las mayores revolucionarias en la historia de la televisión) ya las quisieran para sí muchos dramas actuales.

Muy alejado de este recital de vulnerabilidad estaba su personaje en El ojo de una aguja, thriller en el que encarnaba a un espía nazi afincado en Inglaterra y apodado «la aguja» por su hábito de matar usando un punzón. La trama es muy interesante y parcialmente basada en hechos reales: el espía descubre que un ejército que los alemanes habían fotografiado desde el aire y que se suponía iba a tomar parte en el desembarco de Normandía era una engañifa fabricada con campamentos falsos y tanques de madera. Los alemanes, en efecto, esperaban el desembarco de seis ejércitos en el «día D», sobre todo, porque eran incapaces de creer que los aliados dejarían fuera de tan importante invasión a su general estrella, Patton, retirado del mando por abofetear a dos soldados. Los alemanes dispersaron sus defensas más de lo necesario y solo lo supieron cuando, llegado el momento del desembarco, solo aparecieron cinco ejércitos sin que hubiese rastro del sexto. En este papel, Donald Sutherland volvía a mudar de piel sin necesidad de maquillaje o aspavientos. Su simpatía natural se desvanecía por completo y proyectaba una especie de halo maligno, como de psicópata de película de terror. Si alguien conociese solamente esta película suya, le costaría mucho creer que Sutherland había hecho papeles de personas amables e incluso divertidas, porque aquí daba auténtico miedo.

Durante los ochenta, en pleno auge del cine de acción reaganiano, la popularidad de Sutherland descendió. Aun así, algunas de sus películas dieron que hablar. Una árida estación blanca fue considerada un atrevimiento, en el buen sentido, por hablar sobre el racismo en Sudáfrica en una época en que el apartheid continuaba vigente ante la tibieza de muchos líderes internacionales (ni que decir tiene que no pudo ser filmada en Sudáfrica, sino en Zimbabue). También por ser la primera producción de un gran estudio que tuvo como directora a una mujer negra, Euzhan Palcy. Sutherland interpretaba a un director de colegio sudafricano que, pese a no ser racista (el mejor amigo de su hijo pequeño es el hijo de su jardinero negro), vive en una confortable existencia de clase media, cegado ante la cruda realidad de que los negros de su país carecen de derechos. A raíz del asesinato de su jardinero y del amigo de su hijo, el personaje de Sutherland empieza a darse cuenta de que vive en un Estado fascista y de que no puede seguir mirando hacia otro lado. El problema de Una árida estación blanca es que, aunque cuenta una historia muy poderosa, lo hace con un estilo muy de telefilm. El ansia de Palcy por transmitir el mensaje moral hace que termine cayendo en todos los clichés imaginables, aunque esto es algo más perceptible con la perspectiva del tiempo (yo era un adolescente la primera vez que vi este film y no vi sus defectos, al revés, me dejó muy marcado). Lo mejor, como tantas veces, es el trabajo de este actor. No es una mala película, en absoluto, pero la directora no entendió que Sutherland era su gran arma de cara al público y que el mensaje político hubiese sido más efectivo no centrándose tanto en las facetas políticas o judiciales, sino en la desgarradora transformación moral del protagonista. Dicho de otro modo: era una película sobre la tragedia de los negros que, paradójicamente, funcionaba mejor cada vez que ponía el foco en la lucha interior del protagonista blanco. Algo lógico porque el tema principal del film es, en definitiva, el despertar de la conciencia de quienes se mostraban indiferentes al inhumano sistema imperante en Sudáfrica.

Sutherland inauguró los noventa con una de las intervenciones más recordadas de su carrera y uno de los alardes interpretativos más descomunales de las últimas décadas: su monólogo de quince minutos en JFK, la famosa película de Oliver Stone sobre la investigación de una conspiración en torno al asesinato del presidente Kennedy. Con independencia de lo que cada cual piense acerca de las hipótesis de Oliver Stone sobre una conspiración, la película es sensacional. Reunía un alucinante reparto de secundarios famosos que hacían pequeños papeles y prácticamente todos ellos se merendaron al protagonista, un Kevin Costner correcto pero claramente inferior. Brillaron en secuencias memorables nombres como Tommy Lee Jones, Kevin Bacon, Joe Pesci o un John Candy al que nunca se reconoció su talento más allá de la comedia. Sin embargo, la secuencia más recordada y la que nunca deja de impresionar es el monólogo de Sutherland. Su personaje, el «señor X», es un antiguo director de operaciones encubiertas del Pentágono que ofrece al protagonista el relato sobre los motivos del magnicidio. El que un personaje de una película se pase quince minutos seguidos hablando sin parar y no aburra al espectador (¡Quince minutos! El público no suele aguantar ni cinco minutos de una sola secuencia) suena como algo completamente opuesto a los principios básicos del cine, y en teoría lo es, pero Sutherland probó que tenía la rara capacidad de sacar adelante semejante desafío. Por lo general, como decía, su sutileza como actor pasa desapercibida entre quienes confunden interpretación con manierismo, pero en este caso sí fue apreciada. Era fácil percibir la manera en que Sutherland iba subrayando con cada pequeño gesto su discurso. Oliver Stone acertó intercalando imágenes —creo ver de dónde viene el estilo de Michael Moore—, aunque se le fue la mano con la musiquita, que llega a resultar molesta, como si alguien pusiera la radio durante un monólogo de Hamlet. En cualquier caso, Sutherland se apoderó del film con aquellos apoteósicos quince minutos en los que apenas pronunciaba una palabra con voz más alta que la otra, pero consiguiendo, no obstante, que el espectador estuviese permanentemente en vilo.

También por entonces participó en un telefilm de HBO, Ciudadano X, que narraba la investigación de un policía ruso para capturar a Andréi Chikatilo, el «carnicero de Rostov», un violador y asesino de niños cuyas carnicerías caníbales ponen los pelos de punta, y las dificultades para hacer semejante trabajo policial en una Unión Soviética que consideraba a los asesinos en serie un producto exclusivo de la decadente cultura capitalista. El protagonista del film es un magnífico Stephen Rea en el papel de un detective idealista y honesto, aunque Sutherland ofrecía un importante contrapunto como el oficial que le ayuda a entender los laberintos de la burocracia soviética y a vencer con astucia la resistencia de las autoridades a reconocer que este tipo de crímenes sucedían también allí. Ciudadano X cuenta una historia muy interesante y contribuyó a ir dándole forma a la ahora famosa ficción de HBO.

En fin, podría citar muchos más largometrajes, pero creo que aquí hay más que suficiente como para familiarizarse con la carrera de Sutherland y seguir adentrándose en ella. Donald Sutherland es uno de los más grandes, digámoslo en voz alta ahora que aún está con notros.

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23 comentarios

  1. Miriam

    ¡Muchas gracias por el buen artículo sobre la filmografía de Donald Sutherland!. Siempre me ha gustado mucho este actor canadiense. Una de las primeras películas que vi de él fue “Gente Corriente”, del año 1980, cuando yo nací, y hasta este año no conseguí encontrarla….y eso que la había buscado bien durante más de 10 años.
    Me gusta mucho su manera de actuar, tanto para las comedias como para los dramas. No es como muchos de los actores de hoy en día que lo único que hacen es aprender lo que tienen que decir y ya está. Opino como tu, nunca entenderé como no le han dado un Oscar por alguna de sus buenas películas. La verdad es que yo ya paso de los Oscars desde que en 1999 no se lo dieron a Edward Norton por “American History X”
    Aunque Donald Sutherland pase ya de los 80 años…..esperemos siga unos cuantos años más :)

  2. Fernando de la Torre

    Un brillante repaso a la carrera de Sutherland (padre) que he disfrutado intensamente ya que recuerdo perfectamente todas esas películas (excepto ese Kentucky fried de la que no tengo ni idea). Felicidades por tan excelente tributo.

  3. Miriam

    ¡Muchas gracias por el buen artículo!
    Donald Sutherland es uno de los actores que siempre me han gustado.
    Le conocí por la película de “Gente Corriente” , del año en que nací yo…1980. La vi cuando tenía yo entre 7 y 9 años.
    Siempre me ha gustado como interpreta este canadiense, tanto en los dramas como en las comedias.
    En mi opinión, hay pocos buenos actores hoy en día. Nunca entenderé como no le han dado un Oscar por alguna de sus buenas películas, aunque la verdad….desde que en 1999 no le dieron el Oscar al Edward Norton por “American History X”….he dejado de seguirlos.
    Esperemos que este veterano actor, aunque pase de los 80 años, siga haciendo tan bien su trabajo :)

  4. Siempre me pareció un actor memorable.

  5. Estupendo artículo sobre un estupendo actor. Pero yo sí que considero El Casanova como una de las mejores películas de Fellini.

  6. me llama la atención que no se comente su gran parecido con la pantera rosa, no sé si se inspiraron con el pero no puedo parar de verlos como una sola entidad

  7. Manuel Antolin

    “I was born under a wandering star”…
    Es la canción que suena en una de las películas que aqui no se citan.
    Pero buen artículo sobre D. Sutherland, que si debería haber recibido un Oscar.

    • Mariano

      Si no me equivoco, la película de la que hablas y donde aparece esa canción es la para mí excelente “La leyenda de la ciudad sin nombre”, con Lee Marvin y Clint Eastwood, pero no recuerdo que saliese Donald Sutherland en ella.

  8. Pingback: Hagamos una debida reverencia ante Donald Sutherland | El Observador Crítico

  9. disderi

    Y Novecento? eh? eh ?

  10. Manuel Gómez Recio

    ¿La única mención a Novencento es “grandilocuendrama de Bertolucci”? O no la ha visto, por lo que desconoce el inmenso papel de Donald Sutherland en esa película, o bien le pueden los prejuicios.

  11. Gracias por este artículo. Este gran actor me encantó muy especialmente en Gente Corriente y en Novecento

  12. Salvador Fenollar Ibiza

    Creo que confundir a Leer Marvin con Donald Sutherland es de traca.

  13. Manuel

    Hagámosla pues. Uno de los más grandes.

  14. Estos comentarios demuestran que no son necesarios los Oscar para valorizar y amar a un actor. Muy buen artículo, como siempre.

  15. Ese es Lee Marvin en La ciudad sin nombre, con Clint Eastwood

  16. Alberto

    Gran actor sin duda con una fenomenal carrera.
    Esta noche cae Klute que no la he visto
    Muchas gracias por el artículo

    • Alberto

      Aparte que tiene mi más profundo respeto si estuvo liado con Jane Fonda y Julie Christie XD

  17. Ruben Puentes

    Alguien sabe el nombre del telefilme que hizo como el “inventor” de las zapatillas Nike. Hacia de entrenador de atletismo y le hace las zapatillas a su corredor. Gracias.

    • Alberto

      Me sonaba haberla visto pero no recordaba el título, buceando en su filmografía la encontré: Sin límites (Without limits) de 1998. Un saludo

      • Rubén Puentes Familiar

        Muchas gracias. Recuerdo que era buena. La volveré a ver. Un saludo.

  18. Muy fan de su filmografía de los 70. Klute una joya y Amenaza en la sombra una rara avis de tintes Hitchkocnianos (a destacar el peinado de Shutherland solamente igualado en su papelito en Asesinato por decreto). Y por último Novecento, su fascista cabrón apuntala está impresionante película.

  19. Me uno a los que piensan que su papel en Novecento merecería algún comentario más en este estupendo artículo. Encarna a uno de los mayores hijos de [email protected] que yo recuerde haber visto en el cine, y ya tengo años. Algunas de las escenas que protagoniza en esta película difícilmente pueden ser olvidadas por nadie que las haya visto.

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