Quinquis: un vistazo rápido a las barriadas españolas de los 80

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La estanquera de Vallecas (1987). Imagen: Ega Medios Audiovisuales.

Soy un tío molante, soy un menda canelo, aunque alguna vez me echen el guante y me lleven pal talego… Soy curriqui de barrio, soy amigo del obrero, soy enemigo del sistema y le pienso prender fuego… Les voy a robar su dinero, para comprar más gasolina y seguir prendiendo fuego.

La Banda Trapera del Río.

Es probable que María Luz Divina Peláez, madre soltera de veintitrés años y camarera por necesidad, no llegase a ver quién le disparaba a la cabeza. Es probable que ni siquiera llegase a oír gran cosa, simplemente una brusca irrupción en el bar, un momentáneo alboroto y después la nada. Cuenta Javier Valenzuela en la crónica de aquel asesinato —escrita el 14 de marzo de 1983— que Mari Luz estaba sirviendo una copa cuando cuatro jóvenes se precipitaron empapados en ansia y sudor dentro de la güisquería. Uno de ellos, Manuel Delgado, de veinte años y con las revoluciones vitales al ritmo marcado por los fármacos que había engullido, disparó su recortada dos veces nada más poner un pie en el bar. Una bala fue al techo, la otra entró en la frente de Mari Luz. «No sabía manejar armas y murió una chica a la que no conocía y tenía dos niños. Los dejé como yo, sin madre», contaría Manuel en la crónica. Manuel, como sus tres compinches de atraco, era un quinqui.

Asunto vital es responder a la cuestión de qué es (era) un quinqui. Etimológicamente viene de los quincalleros, un pueblo de comerciantes nómadas que se dedicaban a la compraventa de hierro en la península ibérica y tantas veces confundidos con los gitanos. Además de fama de problemáticos y con cierta tendencia a delinquir, los quincalleros, también conocidos como mercheros, tenían un argot propio tan amplio que casi conformaba un idioma. Mezclado con expresiones del caló gitano, la forma de hablar de los jóvenes mercheros trascendió por los bajos fondos de generación en generación hasta el presente: «molar», «fetén» o «najar» se las debemos a ellos, por poner solo tres ejemplos. Los quincalleros se denominaban a sí mismos quinquis. Tal vez por ello —he aquí una hipótesis— la palabra quinqui trascendió: de la mano de la emigración campo-ciudad de los quincalleros y de su llegada a los núcleos urbanos vino su asociación a la figura de jóvenes problemáticos, llegando al extremo de que quinqui, en los años setenta, pasó a tener un significado inequívoco: delincuente.

Hay matices. No todos los delincuentes de finales de los setenta y los ochenta eran quinquis. En primer lugar debía ser joven o, al menos, solía ser joven. El «quinquismo» era delincuencia juvenil e infantil pura: la media de edad bailaba entre los catorce y los quince años. La media. Había otros condimentos en la receta quinqui, casi todos ellos relacionados con la condición social: los quinquis eran los hijos de la desorganizada emigración campo-ciudad de los años cincuenta y sesenta, los niños de barriadas levantadas a golpe de populismo sin plaza en el cole, sin posibilidad de empleo y con la droga siempre en derredor. El cóctel dejó una barra libre de violencia callejera formada por grupos de narcotizados chavales que vivían a salto de mata, asaltando, robando y picándose los brazos. Lo paradójico es que semejante resultado llegó a gozar de enorme fuerza mediática, de fama y hasta de gloria. Una repercusión que perdura hasta nuestros días, en los que el quinqui se ha convertido en un icono cultural posmoderno. «Existe una fascinación contemporánea sobre estas figuras», explica Amanda Cuesta, comisaria de la exposición «Quinquis de los 80». Sí, la influencia en el imaginario urbano de aquellos chavales fue tal que llegaron a protagonizar una exposición en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB). «Se han convertido en los protagonistas de una subcultura posmoderna», prosigue Amanda. «Internet está lleno de webs y referencias a estos delincuentes, a estos chavales y a aquella España marginal que los albergaba». O cómo pasar de violar a golpe de navaja a una chica en un callejón mugriento, a símbolo cultural.   

Todo comenzó —como tantas veces— en los periódicos. La atención mediática que recibían mientras se inyectaban la vida era desmedida. Periódicos como El Caso o Ya dedicaban espectaculares —y sensacionalistas— portadas a estos calorrillos sin escrúpulos. El Vaquilla o el Jaro se convirtieron en símbolos, en ídolos de chabola. «Su fama trascendió del barrio, donde alcanzaron el nivel de leyenda y abrieron una senda a chavales sin futuro, que solo veían un camino: ser el nuevo Vaquilla. Salir en el periódico», explica Amanda.

El Lute fue el pionero, si acaso el más famoso. Eleuterio Sánchez Rodríguez, nacido en una chabola del barrio de Pizarrales, Salamanca, en 1942, era (es) merchero. O al menos descendiente directo de este pueblo. Sus hazañas delictivas coparon cientos de páginas de la prensa a finales de los años setenta hasta convertirlo en un icono de la juventud marginal. Era la respuesta al sistema, la huida desesperada hacia adelante al volante de coches robados. A partir de ahí el término quinqui se desvinculó definitivamente de los quincalleros y se acomodó para siempre en los niños delincuentes de barriada. Decenas de ellos comenzaron breves y explosivas carreras delictivas basadas en tirones de bolsos, puentes a Seats 850, violaciones a chavalitas y atracos a farmacias. El Jaro, el Vaquilla, el Nani, el Torete, el Pera, el Pacorro, el Ojillo, el Majara, el Pijo, el Pepsicolo, Kunfú, el Chungo, el Corneta, Fitipaldi, el Bocas, Mosque o el Porrete, este último un gitanillo de cinco años enganchado al Winston. Un halo de romanticismo rodeó sus narcóticas hazañas.

La fama saltó por encima de las portadas y alcanzó el cine. Solo entre 1978 y 1985 se produjeron treinta películas sobre delincuencia juvenil. Era la «iconización» en tiempo real: mientras en la calle preparaban un palo, en la pantalla del cine de al lado se recreaba la acción con heroicidad. Fueron grandes éxitos de taquilla. Deprisa, deprisa, de Carlos Saura, (1980); Navajeros, de Eloy de la Iglesia (1980); Yo, «el Vaquilla», de José Antonio de la Loma (1985) y protagonizada por el propio Vaquilla; Colegas (1982), también de Eloy de la Iglesia e interpretada por Antonio Flores, al fin y al cabo, otro quinqui; y la más famosa, Perros Callejeros (1977), de José Antonio de la Loma, la tercera película más taquillera —en términos relativos— de la historia en España.      

La escena quinqui también tenía banda sonora. Por un lado el calorrismo de Tony el Gitano, Las Grecas, Los Chichos, Camarón, Lole y Manuel, Los Marismeños, La Marelu o Los Chunguitos, rumba callejera que inundaba gasolineras y se escuchaba en las barriadas a años luz del centro de la ciudad. Por otro, el punk antisistema vomitado por el posfranquismo, la poesía escrita con sierra mecánica de La Banda Trapera del Río, Eskorbuto, Leño o La Polla Records. Sus letras perduran en el tiempo e incluso la rumba callejera vive una suerte de resurrección llamada «neocalorrismo».

El problema de todo este entramado mediático y cultural fue que los quinquis alcanzaron un aura romántica, cierta ternura de bandoleros, de chavalada perdida y víctima de una sociedad que les olvidaba. La realidad era más cruda. «Ante todo, los quinquis eran delincuentes. Y delincuentes superviolentos», recuerda Amanda Cuesta. «Robaban, asaltaban, acuchillaban y disparaban». Sirva de ejemplo que en muchas bandas el ritual iniciático consistía en violaciones colectivas a una chica. «Las violaciones se sucedían, atacaban en grupos a chicas. Eran chavales sin escrúpulos». No eran mafiosos, ni eran criminales organizados. Eran yonquis sin futuro huyendo en frenética carrera a ningún lado, llevándose todo a su paso y creando una inseguridad ciudadana sin precedentes. El caldo de cultivo en el que nadaban era la España de los setenta y ochenta, recién (re)nacida, llena de lagunas y agujeros. La España de los quinquis.

Yo, el Vaquilla (1985). Imagen: Golden Sun / Jet Films / InCine S.A

San Blas, La Mina, Otxarkoaga. Bienvenidos a los guetos

Uno de los textos de Javier Valenzuela que recogen sus Crónicas quinquis (Libros del K. O.), cuenta cómo Luis Gimeno, un gitano de 14 años, palmea por bulerías en el capó de un coche sin ruedas una mañana de resaca de 1985. Está esperando a sus amigos para matar el tiempo. Luis es analfabeto, no va al colegio ni trabaja. Vive en el campamento de los yanquis, un poblado chabolista del sur de Madrid en el que no entra la policía. Solo lo hacen en grandes contingentes, cuando la situación lo requiere. El de los yanquis era solo uno de los cientos de poblados de chabolas que existían en las grandes ciudades españolas de los años setenta y ochenta y que, en muchos casos, siguen existiendo. Estos asentamientos fueron el resultado del atragantamiento que sufrieron las ciudades cuando intentaron beber el chorro de emigración rural veinte años atrás. Ante la avalancha, el régimen franquista decidió poner en marcha el Plan de Urgencia Social, destinado a absorber el mayor número de nuevos vecinos en el menor tiempo posible. Se trabajó rápido y mal, levantado casas de baja calidad, con planes urbanísticos chapuceros e infraestructuras deficientes. Nacieron los polígonos urbanos, aislados del resto de la ciudad. Miguel Fernández, arquitecto y  experto en urbanismo ofrece un dato que lo explica todo: «El porcentaje de población rural y urbana en España en los años cincuenta era similar. En 1980, el 72 % de la población española ya estaba en las ciudades». Las consecuencias entraron sin llamar. «Enseguida estos barrios se convirtieron en focos de problemas, se generaron espacios inseguros, áreas urbanas de bajo control y difícil mantenimiento y con barrios mal conectados», añade Miguel. Habían nacido los territorios quinquis.

Madrid fue la ciudad con más barriadas de este tipo. Su crecimiento demográfico fue incontrolable: pasó de 1,8 millones de habitantes en 1950 a 4,7 en 1980. El sur de la ciudad albergó a la mayoría de recién llegados y la siguiente generación pagó las consecuencias. Alguno de estos nuevos polígonos quedaron vinculados a la violencia y otros aún se revuelven contra su sambenito: Vallecas, Usera, Orcasur, San Cristobal, Villaverde… Pero uno se llevaba la palma: San Blas. En este barrio del este de Madrid había 143.000 vecinos —con una media de edad de quince años— y unas 20.000 viviendas sociales en las que las familias inquilinas pagaban entre 98 y 400 pesetas de alquiler mensual. Según datos de 1984 de la Policía Municipal, en este barrio se daban, de media, tres asaltos al día, normalmente protagonizados por chavales de entre once y trece años. De cada 1000 vecinos que empezaban el colegio, terminaban 100. Cientos, miles de adolescentes estaban en la calle sin hacer nada. En una noticia de 1984 de El Caso, sobre un atraco a un comercio en el sector G de San Blas (tal vez el más peligroso en la época), José Ramón García, propietario de una tienda de comestibles, describe la situación del barrio: «Hay dos o tres pandillas de niños que nos tienen aterrorizados», explica. «Van por la calle y las plazas haciendo lo que quieren y van armados. La gente no se atreve a salir». La psicosis en San Blas llegó a ser tal que los comerciantes pidieron autorización a la Delegación del Gobierno para poder portar armas y usarlas si les atracaban. José María Rodríguez Colorado, entonces delegado del Gobierno en Madrid, respondió que no. «No puedo consentir que Madrid se convierta en el salvaje Oeste». Cuatro comerciantes ya habían muerto por disparos anfetamínicos en atracos aquel año. San Blas estaba en el este, pero tenía mucho de salvaje.

Ni el amontonamiento en los polígonos logró acoger a todos los recién estrenados urbanitas. En 1985 había en Madrid 35.000 chabolas, levantadas por los propios emigrantes rurales que ya no podían acceder a los pisos por el hecho de que no había: el Pozo del Tío Raimundo, Palomeras Bajas, Orcasitas, El Chorrillo, Tío Pío, Alto Arenal… Nombres que solo salían en los periódicos cuando corría la sangre. Salían, pues, bastante.

Barcelona y Bilbao también padecieron el «quinquismo». Cuentan que el barrio de Otxarkoaga nació después de que Franco viera las chabolas a las faldas del monte Banderas. El generalísimo, escandalizado, gritó: «¡Háganles casas como Dios manda!». Y Dios debió mandar hacer el barrio más conflictivo de cuantos recuerda Bilbao. En Barcelona la fama se la llevó La Mina, cuyas acciones vecinales contra la delincuencia que padecían en los ochenta son todavía famosas. Sin embargo los puntos realmente negros de la capital catalana estaban claramente localizados en los poblados de chabolas, como Vía Trajana, Campo de la Bota, Can Tunis o El Carmel.

Sin trabajo, sin plaza en el cole, sin familia. Con droga

A partir de estas barriadas, el contexto en el que crecieron los quinquis era como una sucesión de empujones hacia la delincuencia. He aquí un planeo veloz sobre los datos de Madrid un martes cualquiera de marzo de 1984: según la Jefatura Superior de Policía ese día tuvieron lugar sesenta atracos, fueron robados cincuenta coches y hubo seis atracos a bancos. España entró en crisis en 1974 y no salió hasta finales de los ochenta. «En realidad se parece a la situación actual —expresa Amanda Cuesta—, el problema es que antes no había una infraestructura de Estado como la que hay hoy en día». Efectivamente. En la España de 1983 había 2,2 millones de personas sin empleo y solo el 27 % tenía acceso al paro. El 60 % de los desempleados eran menores de veinticinco años que nunca habían trabajado. La mayoría de ellos no tenían preparación alguna: el 25 % de los chavales de catorce y quince años en 1979 no tenía acceso a la escolarización. Simplemente, no había plazas suficientes en los colegios. La edad laboral estaba en los dieciséis y la penal en los catorce. Para muchos, en la adolescencia, solo quedaba la calle que solía desembocar en Carabanchel o La Modelo. Más datos de la España quinqui, estos de los que golpean: según el Diario Ya, en 1983, el 35 % de los mendigos en Madrid tenían entre cuatro y quince años. Ese año, la Policía Municipal recogió de la calles a 6700 niños.

Diseñado el entorno faltaba el detonante. La heroína estrenó los ochenta convertida en pandemia. Solo Madrid contenía en 1983 unos 20.000 heroinómanos, de los que —de media— moría uno a la semana por sobredosis. La jeringuilla fue el remache a la traca de despropósitos sociales de aquellos años y que, en un macabro reduccionismo, explicaba casi el 100 % de los atracos en las barriadas. Drogarse y conseguir otro botín para proseguir con una narcótica carrera delictiva. Esa era la vida quinqui. Ese era el desenfreno que atemorizaba a los vecinos.  

En esas aguas nadaba el Nani, quien con quince años planeó un etílico atraco con su pistola 9 mm de largo en Valencia, en 1980. Entró a un bar a primera hora de la tarde, con el sol castigando la ciudad y seis chupitos encima, y disparó no sabe por qué. Escapó de la policía entre ráfagas de balas y cuentan que acabó en las aguas del Turia por un ajuste de cuentas.

«Erotismo, libertad, rebeldía e inconformismos». Son los adjetivos que definían el mundo quinqui en la exposición que se celebró en su honor. Una carrera sin mirar atrás en busca de un bolso del que tirar para poder seguir corriendo. En realidad, eso era más o menos todo. Y no «molaba» nada.

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41 comentarios

  1. Kilgore

    Me hacen gracia las “exposiciones y conmemoraciones” ( no lo digo por el artículo que es bastante ecuánime) de toda aquella caterva de mierdas. Porque para alguien que creció en un barrio obrero de Gijón en los ochenta no eran más que eso. Los mierdas que se paseaban por el barrio atemorizando, pegando, y robando las cuatro pesetas que podías llevar encima.
    Afortunadamente esa heroína que se menciona como una causa del fenómeno, fue también la solución. Se los llevó a casi todos por delante. Y sinceramente, no les echo de menos.

    • Shikibu

      De acuerdo con usted. Nada positivo a recordar de aquella gentuza que robaba a diestro y siniestro en los barrios ( yo, del Carmelo de Barcelona). Los que no palmaron por las drogas habrán sido carne presidiaria de por vida.

  2. Es sólo memoria lo que relata el autor, y en este caso triste y para reflexionar. Sirve para dar una segunda oportunidad a los desheredados y con mala leche, ya que a nadie le es dada la oportunidad de elegir cómo y dónde nacer. Para que la vida deje de ser un drama y llegue, por lo menos, a ser una comedia, es necesario buscar, descubrir, inidividualizar y asimilar los errores e injusticias, sin vergüenza, sin prejuicios y con tolerancia. Si no hubiera sido así, aún hoy camparía a sus anchas la exclavitud. Gracias por la lectura.

    • Kilgore

      Memoria triste? Sí. Es triste recordar que había calles y parques por los que literalmente no se podía pasar. Es triste recordar el día en que viste a uno de esos “alegres bandoleros” repartiendo hostias a mano abierta en las escaleras de salida del instituto por el mero placer de darlas a gente que le tenía tanto miedo (a él a su familia y toda su jauría) que se comía la humillación y salía corriendo. Y estamos hablando de gente del mismo barrio. Hijos de trabajadores que no nadaban en la abundancia precisamente.
      También es triste acordarte de cuando estuviste meses ahorrando cada duro que te daban para comprarte unos vaqueros, y que uno de aquellos “héroes de barrio” te los managara del tendal por el ventanuco del patio de luces. Y tú mirando con cara de gilipollas a tu madre y ella diciéndote, lo siento hijo pero no te puedo comprar otros. Eran una manada de hijos de puta. Gente mala. Y el mundo es un lugar mejor sin ellos. Lo demás son pijadas de Paulo Coelho.

      • Oxigeno

        Casi me pongo en pie para aplaudir. Que bonito es ser ecuánime y que bien se sienten algunos con su superioridad moral alabando las “hazañas” de estos héroes urbanos cuando se las tragan otros.

  3. Richtofen

    Conmemorar y dar una pátina de romanticismo al delincuente de poca monta es algo muy típico en España. Desde los bandoleros como el Perales se ha notificado la figura de esta clase de lumpen. Afortunadamente tienen carreras muy cortas.

  4. Decir que grupos como eskorbuto y la polla records son parte de la banda sonora quinquis me parece que no tiene ningún sentido. Las letras de las canciones de dichos grupos presentan una gran carga de crítica social, nada que ver el edonismo y la necesidad de inmediatez quinqui

  5. Yo del pueblo vallecas. Algunos se criaron en mi barrio y no les puedo juzgar ….a otros se les veía morir con una goma en el brazo y quizás como víctimas de una desesperación con su única salida la heroína. NO LOS DRFIENDO NI JUSTIFICO. Sólo de jo como anotación que este tipo de películas…libros y temas me dan mucha nostalgia y doy gracias a dios por estar hoy aquí. Porque la única diferencia que veo con estos jóvenes es coger un minúsculo camino equivocado. Que nunca nos veamos en esos límites amigos. La mente te juega malas pasadas y verte al límite significa eso……ESTAR AL LÍMITE. Saludos a todos.

  6. Tilltheggs

    Que casualidad que en Barcelona hagan una exposición sobre criminales narcisistas que pensaban que eran mas chulos que nadie y la ley no les aplicaba a ellos. En Barcelona. Que curioso.

    • Ambelsteuseggsfaigtruitailallenço

      La expo se hizo en bcn y madrid. Si estas tilltheggs es porque quieres, monotemático paranoide. Adeu

  7. Vicalvareño

    Coincido con lo ya dicho en algunos de los comentarios anteriores. Yo también crecí en un barrio obrero en esa época, Vicálvaro. Mis padres y la mayoría de vecinos crecimos trabajando y esforzándonos, siendo honrados. Yo ví toda esta clase de quinquis y ladrones, y no tenían ningún tipo de gracia se lo puedo asegurar.

  8. Solo unas pequeñas precisiónes:
    En 1985 hacía ya 10 años que Franco había muerto.
    Los barrios de San Blas, Otxarcoaga, Orcasur, etc fueron edificados en los 60.

  9. Increible que en estos comentarios quede retratado tanto reaccionario y a la vez en lo que se ha convertido este medio. Lectores alegrándose de que la droga acabe con la chusma, sacando el tema catalán (forzadete si, monotema paranoide) y deprisa deprisa a juzgar al ladrón y delincuente sin darse cuenta (no queriendo más bien) de que la temática quinqui inagura en España la critica social a escala popular despues de la dictadura. Todas esas peliculas e historias tienen como transfondo. la idea de que el delincuente es a la vez víctima de la sociedad que lo ignora. Idea insuportable para la mayoría de lectores actuales del pais que parecen guiarse por el antiguo testamento, que no percibe matices y cree que el que es pobre o ladrón es porque quiere. No idealizo lo quinqui pero me da arcadas lo chungo

    • Vicalvareño

      BGil, con todo el respeto del mundo. ¿Has crecido en un barrio de estos? ¿has visto como tus padres se eslomaban a trabajar por dos duros? ¿has visto como estos delincuentes te hacían la vida imposible? dejate de nuevos testamentos y tonterias. Había gente honrada y había delicuentes, todos viviendo la misma pobreza y con los mismos pocos recursos. Prueba a que a tu hijo o a tu hermana le roben por la calle el reloj con una navaja, y luego me cuentas la mierda del romanticismo de estos canallas.

    • Kilgore

      Cada uno utiliza el vomitivo que le conviene. A mi me lo provoca el que saca la etiquetadora y después de soportar aquella basura te llama reaccionario. Muy típico por cierto de esta época de redes sociales y piel fina.
      No. Yo no elegí ser pobre. Lo que sí elegí fue no ser un parásito. Porque eso eran. Parásitos de gente de la misma extracción social que ellos, sacándoles la poca sangre que tenían.

    • No deja de ser historia contemporánea de nuestro país. Imprescindible conocerla y comunicarla. No sé por qué hay lectores que se escandalizan de nuestra realidad. Y yo también la viví con miedo en su momento.

    • oxigeno

      Menuda perorata cargada de superioridad moral!!.
      Doy por sentado que tu no sufriste a estos rateros (ni a sus homólogos actuales ecuatorianos y magrebís).
      Que fácil es hacerse el digno y llamar reaccionarios a los que no comulgan con el buenismo cuando las consecuencias negativas las pagan otros.

    • José Luis Manzano

      Grande.

  10. Jesús Almendro

    Es raro que no hablemos de La Elipa ni de los Burning…….

  11. Jorge

    Me crié en uno de los peores barrios de España en los años 80,a mebos de 200 metros de un poblado infectado de droga. Os puedo asegurar q vi/sufrí situaciones difícilmente entendibles por un niño actual. Desde 3 atracos con punta de navaja apuntando a la barriga hasta ver todos los días como se pinchaban yonkies a 2 metros mientras jugábamos al fútbol y miles de situaciones similares.
    Lo peor es q esa era la única realidad en mi barrio y por lo tanto estaba normalizada esa violencia y tensión q vista con perspectiva no era ni medio normal.
    Ahora bien, sufrir todo eso, no impide q me de cuenta q la línea que separaba mi vida y la de la mayoría de quinquis era muy delgada, básicamente su entorno familiar. Es muy fácil hablar de los hijo de putas que eran (que los había ojo), pero a poco que profundizas te dabas cuenta q uno de los que daba el palo resulta que tenía 2 padres toxicómanos en la cárcel y encima con sida… (ejemplo verídico).
    No justicio para nada lo cabrones q eran, pero si puedo entederlos más q algún ladrón de guante blanco q salieron de otros entornos.

    • Vicalvareño

      En lo sustancial coincido contigo Jorge, mi barrio erá muy parecido. Por supuesto que entiendo mas a estos delicuentes que a los de cuello blanco. Que en esos tiempos la linea erá muy fina, y no erá dificil caer en el lado malo. Pero mi tesis fundamental es que los quinquis erán malas personas, y nos lo hicieron pasar mal a sus vecinos que eramos igual de pobres, pero honrados y trabajadores la mayoria. Y que si lo viviste de romántico no tiene nada.

      • Estoy de acuerdo en q en general muchos de esos quinquis se convirtieron en malas personas. Sin embargo no creo q naciesen siéndolo. Es fácil prejuzgar a la gente sin ahondar en sus circunstancias. Yo soy como soy gracias a una familia estupenda que me transmitió unos valores y, aún así me equivoco y puedo tratar de forma injusta a la gente… ¿Cómo sería entonces si mi familia fuese desestructurada, con padres alcohólicos, q me maltraten, si hubiese probado la heroínas y tuviese mono?. La diferencia entre ellos y nosotros es tb una cuestión de suerte.

        Todo depende del dolor con el que uno mire.

      • Totalmente de acuerdo contigo en q de romántico no tuvo nada, realmente fue lo contrario, una época terrible.

        El problema es la mitificacion e idealización del “fuera de la ley” q los medios de comunicación hacen. Algo que ya sucedió en los 80 con la mafia con películas como la trilogía del Padrino o la idealización de los narcos actualmente con personajes tan objetivamente detestables como Pablo Escobar.

    • Jerónimo Vargas

      Totalmente de acuerdo, Jorge. Pasé los años 70 en el barrio de Lacoma de Madrid, que ya era conflictivo sin contar los poblados de chabolas que tenía alrededor, y los 80 en el Móstoles de los años duros, así que sé de lo que hablo. Y cualquiera podía deslizarse al ambiente de las bandas y aún más caer en las redes de la heroína, que te llevaba a los brazos de las bandas. Mezclados con auténticos psicópatas había niños (porque de niños hablamos) que no eran mala gente en absoluto; algunos eran amigos a los que conocía bien y que murieron pronto. De hecho los psicópatas muchas veces sobrevivían más tiempo que aquellos pobres chavales mucho más inocentes.

    • Cristian

      “Lo peor es q esa era la única realidad en mi barrio y por lo tanto estaba normalizada esa violencia y tensión q vista con perspectiva no era ni medio normal.” Mientras leía el artículo estaba recordando mi infancia y pensando precisamente acerca de lo mismo que has reflejado en esta cita, que todo aquello lo teníamos normalizado y era parte del día a día. Yo también crecí en un barrio muy conflictivo de las afueras de Barcelona, donde el ambiente era el descrito en el artículo y en muchos de los comentarios, y recuerdo que era lo normal tener miedo al salir a la calle, ir siempre alerta, ver a menudo navajas, peleas, atracos, problemas de droga, y vivir con la certeza de que era inevitable de vez en cuando tener problemas y estar mentalizado de tener que afrontarlos como mejor se pudiera. Lo extraño era poder sentir seguridad …. Ahora con el tiempo a veces recuerdo eso y me maravilla poder pasear de noche por sitios que de niño había que evitar incluso a la luz del día, me alegro de lo mucho que ha cambiado todo y deseo que nunca volvamos a una situación similar.

      • No lo habría podido explicar mejor, era exactamente eso, sentir inseguridad y estado de alerta todo el tiempo y, al mismo tiempo verlo como algo normal.
        Todos sabíamos, y era inevitable, que algún día nos iban a atracar pidiéndonos dinero. También era normal ir mirando al suelo todo el tiempo pq había jeringuillas por todos lados (recuerdo en el patio del colegio y en la playa) y había verdadero pánico a infectarse de SIDA.

  12. Emigrante

    Curiosa la vida de aquellos años en un barrio de Sevilla lindando con el poligono norte. Aunque muchos de estos tuercebotas eran del poligono, otros muchos acabaron siendolo de familias “normales”, como la mia. Recuerdo a la niña guapa del barrio que con 13 era un angel, a los 18 embarazada, a los 20 prostituta, y a los 25 muerta. La imagen que recuerdo mas es la de regueros de sangre en la acera, de yonquis que se habian pinchado. Supongo que la plaga se fue acabando a medida que se fueron muriendo. Una pena para todos, no se lo deseo a nadie.

  13. Garrotero

    Uno de Miraflores de los Angeles, Málaga. Yo fuí adolescente en este barrio en los 80. Coincido plenamente que de romanticismo nada. Eran unos mierdas que lo mismo violaban, atacaban a personas mayores ancianos y actuaban en jauría. Tenían al barrio atemorizados. A los niños los tenían extorsionados sistematicamente. Mi hermano pequeño no pudo ir al parque jamás porque estuvo siempre lleno de jeringas. Afortunadamente la heroína barrió toda aquella basura.

  14. Nacionalista español

    Definitivamente, lo peor de Jot Down son sus lectores y sus comentarios

    • Oxigeno

      ¿Según usted es correcto idealizar a aquellos alegres bandoleros de los años 70 y 80 obviando sus salvajadas, no?
      Básicamente lo que se esta haciendo actualmente con los narcos latinoamericanos gracias a las series de TV .

  15. Hace no mucho vi en televisión “Deprisa, deprisa” de Saura y me dejó terriblemente impactada. Yo no viví esos años pero la película consigue transmitir fielmente esa realidad y la personalidad vacía de los protagonitas “quinquis”. Desde la distancia se asemeja a una invasión de zombies, a una plaga resultante de años de represión e ignorancia, los seres humanos daban a luz entonces a miles de niños y niñas con un ímpetu de vivir tal que este mismo fuego les quemaba y, de paso, quemaba a los demás. Excelente artículo.

    • La metáfora zombies es muy acertada porque realmente quienes lo vivimos era exactamente eso, por desgracia un montón de ya infrapersonas carcomidas por la droga q vagabundeaban lentamente por los barrios con la única finalidad de conseguir algo de dinero para obtener su dosis. Muy muy triste.

  16. Kowalski

    Como no ya ha dicho alguien, la banda sonora era sólo la de la rumba chunga, no la de los punks.
    En desacuerdo lo de que no tuvieran plaza escolar en los 80’s. En todo caso no se escolarizaban por sus famílias y su absoluto odio social.
    Siempre nos quedará la duda de si sin Franco la dinámica hubiera sido muy diferente, en los paises PIGS de la época la situación no fué tan violenta como en España, salvo la implosión mafiosa del sur de Italia.

  17. El caldo de cultivo para el fenómeno quinqui fue la suma de numerosos factores:un trasvase enorme de la población rural a las ciudades el boom demográfico de los nacidos en la década de los 60 (que en los 80 eran veinteañero ociosos), la creación de suburbios (realmente guetos) construidos con mala calidad y una irracionalidad terrible y sobre todo y ante todo la heroína. Esta droga arrasó a una generación y realmente fue una época q ojalá no se vuelva a repetir.

  18. Gonzalo

    Yo si vi héroes en aquella época; nuestros viejos en paro que priorizaron nuestra educación , que se partieron la cara en las asociaciones de vecinos de los barrios, que tenían q ir a sacarnos de las comisarías cuando caías en una redada indiscriminada y a desenganchar a alguno de sus hijos cuando caía en cosas peores, esa generación si que merece una exposición …. por cierto los mismos que hoy vemos en las calles volviéndose a partir la cara por una pensión digna

  19. Burro

    Los de “no lo justifico pero” suenan a lo de “yo no soy racista pero”. Os falta decir aquello de “si yo tengo un amigo al que le han atracado los yonkis”.

  20. No hay comparación

    Son infinitamente más peligrosos y dañinos los quinquis actuales de traje y corbata que han conseguido arruinar un país robando a manos llenas, que los señalados en el artículo…

  21. Que digo yo que...

    …por favor, que escriba alguien que no sea de un barrio conflictivo…

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