
Recuerdo la primera vez que leí algo de Hemingway. Era un librito de cuentos que había en casa de mis padres. Ni siquiera recuerdo el título. Por aquel entonces yo estaba entusiasmado con los laberintos de Cortázar, con la exuberancia de Vargas Llosa, con la minuciosidad de García Márquez. Apenas comenzaba a asomarme al abrumador universo de Borges. La literatura, durante aquellos años de adolescencia satisfecha, comenzaba y terminaba en América Latina.
En las páginas de Hemingway encontré un desierto. Nada me fascinaba. Nada me sobrecogía. Sus relatos no eran más que palabras colocadas en orden, una detrás de otra, tediosamente fieles a las normas de la sintaxis y la gramática. Avanzabas por sus párrafos en estado de tensión, esperando los fuegos artificiales, el estallido repentino, pero entonces el cuento comenzaba a languidecer poco a poco, como si la pólvora se hubiese mojado en algún punto impreciso de sus líneas, y finalmente se apagaba. Su parecido con la literatura —o eso creía yo— era el mismo que el de un pabellón industrial y un edificio de Gaudí: sus mimbres eran los mismos, pero eso era todo.
Creo que si hubiese leído a Raymond Carver en aquella época me habría sucedido algo similar. Mi torpe sentido del gusto era incapaz de diferenciar una habitación pobremente decorada con tres o cuatro cosas de una habitación estudiadamente decorada con tres o cuatro cosas. No reparaba en la importancia de la precisión. En la oportunidad de la palabra exacta. Pero, sobre todo, nunca me había detenido a valorar su eficacia. Un texto sencillo, carente de grandes recursos literarios, parco en adjetivos y adverbios, era ante mis ojos un texto escasamente labrado. Fruto de la más neutra redacción. Tardé algún tiempo en comprender que a veces en literatura, como en tantas otras cosas, menos es más. Y es muy posible que aún no lo haya comprendido por completo.
Un par de años después, a pesar de que Borges lo inundaba ya todo y cualquier comparación con su prosa resultaba injusta, comencé a entender qué veía el mundo en Hemingway. Allí donde parecía no haber nada, a la fuerza tenía que haber algo. Quizá se tratase del ritmo. Quizá de la contundencia. Cada vez que volvía a él me parecía más difícil permanecer indiferente. Adiós a las armas o Después de la tormenta no podían ser los textos de un escribano con suerte, sino la obra de alguien que sabía qué quería escribir y, especialmente, qué no. Donde otros llenaban escenas con palabras, él las completaba con silencio y profundidad. Era una austeridad arrolladora que pronto comencé a ver en algunos que vinieron después, como J. D. Salinger o Norman Mailer, pero también en otros que vinieron antes, como Sherwood Anderson, Ring Lardner o Stephen Crane —«Pensaba que su prosa era perfecta; hasta que leí a Stephen Crane y me di cuenta de dónde lo había sacado», escribiría al respecto Gore Vidal—. Sin embargo, no volví a tener la sensación de hallarme ante semejante dominio de la contención hasta que cayó en mis manos Catedral (Anagrama, 1986), de Raymond Carver.
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Carver me flipa, Parece una tonteria es la ostia, lo leo 500 veces y cada vez es mejor… lo veo todo, los perfiles de los protagonistas, el dolor, la tensión, la distensión… es Hopper en literatura. A ese nivel solo he disfrutado con Disgrace de Coetzee y The Wire (serie). Me flipa esa capacidad de analizar los patrones de comportamiento rutinarios y repetitivos en entornos sociales concretos. Un grande, el más grande. En euskera Eider Rodrigez va muy en esta linea también, por supuesto me flipa también.
Para Piglia, que dedicó su vida entera al estudio de la literatura, Hemingway siempre fue uno de los mejores, eso sí, uno de los mejores escritores de relatos cortos. De Carver me chiflan muchos relatos, el que más, El compartimento. Es uno de esos cuentos que pueden ser interpretados de miles de formas y que puedes leer cientos de veces y descubrir siempre algo nuevo.
Dejé a Hemingway dormir por años después de leer en una entrevista a Ray Bradbury: «nos hacían leer por quien doblan las campanas, como un martirio, lo recuperé mucho antes del prólogo prodigioso de García Márquez a sus cuentos, se mató por perder su biblioteca y sus pinturas en Cuba no por saberse mal escritor que no lo era, sus cuentos son lo máximo, en consición y profundidad, agregaría belleza. De Carver recuerdo aquel de un enfermo que toma fotografías, el de la gata con un raton (como el marido) en la boca, la ahogada, en fin.
En materia de cuentos, no me atrevería a ponerlo por encima de escritores como Borges o Cortázar, pero Carver tenía lo suyo. Sí señor…
Carver es totalmente esteril, vacio. Es mentira que tiene una racionalidad extrema de palabras. Hay relatos donde los parrafos son inmensamente largos y tediosos.
Nada que comparar con «Colinas Como Elefantes Blancos» de Hemingway, donde hay un estilo literario tremendamente simbolico y penetrante.
Quizas lo que Carver trajo a la literatura fue aquello de las historias insignificantes, de esas que nada importan. Ademas, aquello de no rematarlas, de dejarlas abiertas.
Creo que Carver despreciaba en extremo al lector y por eso le servia bistec de frazada de trapiar. Carecia de humor como para reirse de este animalito roedor escritos.
No se trata de austeridad y de la racionalizacion de recursos literarios e idiomaticos. Se trata de no importarle nada de nada. Si no fuera porque despues de leerlo, hace como diez años, confirme una idea vieja ya, de que los lectores no nos merecemos otra cosa que no sea que nos tiren a mondongo.
Carver representa para la literatura, lo que el honor para Benito Perez Galdos: «un magnifico producto para abonar las matas».
Cuando se quiera indagar sobre estilo y racionalidad, asi como sobre historias sacadas de las visceras sociales, hay que leer a Raymond Chandler. «Estare Esperando» parece ser una pieza muy buena para empezar o rematar.
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Me preocupa que lo juicios literarios no indaguen antes del contexto del autor, para una crítica creíble…Si no, sería como comerse un hot dog, sólo discriminado en su calidad por el gusto del comiente.
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¡Qué belleza de reseña!