Elogio (y denuncia) de las grandes discográficas

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Fotografía: Carlos García Martínez.

En la narrativa dominante, las grandes discográficas encarnan a los peores villanos de la Radiante Era Internet. Son retratadas como dinosaurios torpes, enfrentados inútilmente al progreso. Sufren la revancha por tantos decenios de excesos y mentiras. Después de todo, nos contaron que los CDs eran eternos y que, por tratarse de una tecnología superior, debían costar más caros que los discos de vinilo.

Requisitoria

Nos engañaban.  Pero abusaban igualmente de los artistas, con contratos tramposos e indignas prácticas contables. Potenciaban la música del mínimo común denominador: basura comercial, cantantes de quita y pon. Mantenían un imposible modelo de negocio con asombrosos despilfarros. ¿Hay que recordar la historia de la mansión en Miami del todopoderoso Tommy Mottola? Se trataba de un picadero pero, para justificar que Sony Music pagara la factura del alquiler (y el servicio), cada poco tenían que realizar allí unas reuniones, a las que se trasladaban ejecutivos de todo el mundo.

Así que el clamor es universal: buena cosa que las discográficas se ahoguen, se lo merecen, bienvenida sea la democratización de oportunidades bla bla bla. Y yo me asombro. No encuentro una inquina semejante al tratar de los estudios de Hollywood, las productoras de televisión, las históricas editoriales de libros. En sus prácticas cotidianas, seguramente tenían y tienen igual desprecio por el público, los creadores y el ideal de cultura. Pero no son los malos de esta película de terror que estamos viviendo.

Balance

Permítanme explicarme. Con todas sus taras, las majors discográficas han sido un agente muy positivo en la creación y distribución de música, música de cualquier tipo. Son responsables de gran parte del extraordinario siglo del sonido grabado que hemos vivido. En contra de su fama de vulgarizadoras, invirtieron en músicas no evidentemente comerciales. Mantuvieron un sistema de alta eficacia y profesionalidad.

En los tiempos presentes se suele simplificar su labor. Según sus enemigos, una discográfica no ofrece más que (1) un departamento de marketing y (2) un banco, que presta un dinero con unas condiciones de usura (aunque generen muchas veces la cifra de la hipoteca, no recuperan el control sobre el piso, perdón, el disco en cuestión). Se olvidan las otras dos patas: (3) la industrial y (4) el control de calidad.

Como producto, un disco de multinacional suele tener mejor acabado que un libro o una película lanzados por una empresa de importancia equivalente. Supongo que no soy el único que ha detectado el penoso deterioro de los libros made in Spain que, aparentemente, ya no pasan por correctores. Las traducciones tienden a lo abismal, los índices son la excepción más que la norma, nadie se ocupa de las antiguas tareas del editor. Y estas firmas constituyen, atención, la aristocracia de la industria cultural española, las que reciben premios, alabanzas mediáticas, subvenciones…

Lo mismo con el cine o las series de TV: nos llegan manipuladas por el doblaje; de acuerdo, son espléndidos los especialistas dedicados a esas tareas pero las traducciones empeoran día a día. Si quisiera hacer sangre, mencionaría esas películas españolas que alardean de sonido directo, con el resultado de que no se entiende a los actores.

Calidad

Aunque la principal aportación de las grandes discográficas ha sido su sistema de filtros, que supone subir el listón de exigencia a los artistas. Teóricamente, se busca la mayor comercialidad pero eso no está reñido con la excelencia. Los músicos, ay, no son los mejores jueces de su obra. Ya saben que Mick Jagger y Keith Richards no querían que su Satisfaction fuera single de los  Rolling Stones: «demasiado derivativo, etc». En España, un Joaquín Sabina o un Alejandro Sanz se consideraban por encima de la obligación de grabar  sus rumbitas, que pretendieron ceder a grupos comerciales: estamos hablando de «19 días y 500 noches» y «Corazón partío». Y disculpen los exquisitos por recurrir a ejemplos tan mainstream; hay mil ejemplos en lo alternativo.

El proceso pasaba, en el caso de los artistas que componían su propio repertorio, por entregar maquetas de las nuevas canciones, que eran evaluadas por su A & R, hombre de la discográfica. Este personaje podía exigir un esfuerzo mayor (para un caso práctico, lean Una semana en el motor de un autobús, el libro de Nando Cruz que retrata el enfrentamiento entre J Planetas y  su contacto en RCA, David López). El A & R establecía luego el presupuesto para la grabación y negociaba con el productor. Tenía la facultad (¡y los recursos financieros!) para, si la combinación no funcionaba, tomar decisiones, incluyendo cambiar de productor y/o estudio. Esas alegrías, desde luego, son improbables con las realidades económicas de los pequeños sellos.

El material resultante era evaluado por un comité ad hoc de disqueros, que planificaban su comercialización. Los artistas indómitos detestaban ese proceso pero daba resultados. Ahora, cuando es frecuente que las reediciones ampliadas incluyan grabaciones desechadas, se hace evidente que —mayormente— las discográficas acertaban. Si los cantantes tenían bula para sacar lo que quisieran, sin atender al feedback, los errores abundaban (Bob Dylan es el paradigma del artista que regularmente aparcaba canciones de primera en favor de grabaciones inferiores). Hoy, muchos discos, digitales o físicos, no pasan por ningún tamiz y tienden hacia lo indigesto: priva la autoexpresión sobre la seducción del oyente. Eso y el eclipse de una infraestructura artesanal —grandes estudios, técnicos prodigiosos, polivalentes músicos mercenarios— explica que sí, que debamos considerar real el descenso de calidad, dicho así, en general.

Depuración

Obviamente, el patio trasero de las discográficas debe barrerse a fondo. Urge replantear el contrato tipo (que otorga a las editoras la propiedad del master a perpetuidad), dar transparencia a sus cuentas, ampliar el acceso al uso cultural de grabaciones (pienso en los documentales, ahora sometidos a unas tarifas imposibles), disminuir el tiempo necesario para que entren en el dominio público.

La otra opción es dejar que se pierda su modus operandi. Las grandes no van a desaparecer (sí lo están haciendo bastantes disqueras de tamaño medio, muchas independientes, las regionales) pero empequeñecen ante los gigantes punto com que se nutren de sus hallazgos. Y Movistar no va a encargar una nueva antología del cante flamenco. Megaupload no financiaba catálogos de clásica y jazz. Apple no apuesta por artistas nuevos, desconocidos, rompedores.    

Una modesta propuesta

Tal era precisamente la petición de Pete Townhsend, en la conferencia de apertura del británico Radio Festival  de 2011. Para el hombre de The Who, Apple es «un vampiro digital». La empresa de Cupertino debería contratar a veinte cazatalentos que se ocuparán de buscar talento fresco.Seleccionar anualmente a unos quinientos nuevos artistas proporcionándoles ordenadores, software y apoyo profesional. Cuando florezca su creatividad, convenientemente monitorizada, Apple podría anunciar su música en iTunes, en streaming. Si detectan una reacción positiva de los oyentes lo pondrían a la venta, incluso las otras plataformas o los formatos físicos. Pagando a  los creadores generosamente: apenas habría intermediarios.

Pete Townshend quiere que Apple se convierta  en discográfica. Del siglo XXI pero discográfica al fin y al cabo. Apple y demás siguen con la cantinela de que la industria fonográfica no supo entender los nuevos tiempos. A diferencia de las multinacionales del ramo, ahora semiparalizadas, los emporios digitales son tan opulentos que podían dedicar una mínima fracción de sus ingresos para materializar tan arrogantes lecciones.

…Matan la cosa que aman

La provocación de Townshend sirve para recordar que, en la era digital, unos engordan a costa de otros. Convendría que los triunfadores compensaran esa catástrofe o, vaya, al menos dejaran de cacarear. Uno sospecha que su ética no difiere tanto de la de los narcos: son proveedores de los servicios que el mercado exige y les importa un comino las consecuencias. Por eso resultaba tan hiriente la pasión dylanófila de Steve Jobs: en el mundo que construyó ninguna disquera potente fichará al nuevo Bob Dylan. Su valedor, el hipotético equivalente de un John Hammond (que también contrató a Count Basie, Billie Holiday, Leonard Cohen, Bruce Springsteen, etc), habría sido despedido hace ya varios años.

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3 comentarios

  1. Maestro Ciruela

    ¡Diego, grande! Oiga, ¿puso usted en su programa “El Ambigú”, en la década de los 90. la pieza de Gavin Bryars “Jesus Blood Never Failed me yet”? ¡Un fuerte abrazo!

  2. Diego Manrique no sé, pero quien si la programó fue Ramón Trecet en Diálogos 3, también en Radio 3

    En referencia al artículo, nada que objetar.Ahora tenemos la basura que el usuario merece.
    Ojo, no trabajo en ninguna discográfica ni les profeso ninguna simpatía, pero el modelo sistemático del robo de música en internet nos ha derivado en ésta situación: el valor de la música es cero. Y su calidad también, claro.

    Hala, venga, llamadme neoludita.

    La propuesta de Pete Townshend quizá llegará cuando algún gurú digital, asqueado de dinero, le apetezca ejercer de mecenas y tenga la sensibilidad necesaria.

  3. Muy cierto, y ampliable perfectamente al mundo editorial con pocas modificaciones. El problema fue cuando las discográficas o editoriales dejaron de funcionar como filtros de calidad o simplemente a la hora de tener un catálogo homogéneo y el perfil de ejecutivo de ventas que igual venia de vender calcetines se impuso a quienes sabian musica.

    Pero si, su función fue clave, tanto descubriendo talento como moldeandolo, no olvidemos que muchas figuras claves de la musica llegaron a serlo por el impulso de una discografica o un productor tambien porque era algo que les convenia a todos.

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