Lo que jodió internet

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Fotografía: Thurston Hopkins / Getty.

Me gusta internet. Me pasa desde el principio, cuando parecía ciencia ficción y lo llamábamos ciberespacio. Fue una revolución que aplanó el mundo y lo hizo universal: ahora puedes leer el Washington Post en Benidorm o seguir cursos de Harvard desde Fuengirola. Puedes mantenerte en contacto con amigos que viven en Australia y hacerles carantoñas a tus sobrinos canadienses recién nacidos. Nos ha dado acceso a todo. Puedes leer una enciclopedia que se actualiza diariamente, ver cualquier lugar de la tierra sobre un mapa, o averiguar qué significa trade off y traducirlo a chino. Si quieres recordar una película que te gusta o enseñarle tu cuadro favorito a una chica, te basta un clic.

Pero internet también ha roto algunas cosas. De todas ellas, la que más extraño es un placer que venía con la escasez. En el mundo antes de internet había cosas que escaseaban —cosas sin importancia, como novelas o videojuegos— y que por eso tenían más valor. Entendedme: si tengo que elegir prefiero la abundancia, pero creo que, al rodearnos de tantos tesoros, hemos perdido el placer de encontrarlos.

En los pueblos la escasez era aún mayor. Lo más parecido a internet era el quiosco. Era la puerta al mundo porque vendían periódicos y tenían revistas sobre ordenadores, viajes o películas. Allí de vez en cuando te encontrabas alguna maravilla, que bien podía ser el libro de Parque Jurásico o unos fascículos sobre tiburones. Vete a saber; en realidad había cuatro cosas. Cuando el mes avanzaba, te ponías a esperar el número siguiente de Fotogramas o Micromanía: te habías acabado internet.

Pasaba lo mismo con los libros. Si ahora no sabes qué leer no será por falta de ideas. Puedes pedir a un amigo (o un algoritmo) que te recomiende algo y empezarlo cinco minutos después. Las opciones a tu alcance son infinitas, pero no siempre fue así. En 1993 tenías que ir a una librería o una biblioteca y escoger entre lo que tenían. En mi pueblo la oferta era muy limitada, hasta el punto de que abrieron un Carrefour —que entonces se llamaba Continente— y recuerdo que me pareció que tenía muchísimos libros. Con dieciocho años llegué a Valencia para estudiar y descubrí las librerías de viejo de la calle la Nave. Iba pasillo por pasillo descubriendo joyas como Darwin en la Patagonia. En esos años me aficioné a recorrer las librerías de segunda mano buscando libros «difíciles de encontrar», sobre todo clásicos de ciencia ficción que llevaban años sin ser reeditados. Esa afición hoy no tendría sentido. Ahora podemos conseguir cualquier novela que queramos; pero hemos perdido el placer de encontrar libros «difíciles de encontrar».

Otra fuente de felicidad y frustración fueron los primeros juegos de ordenador. Ahora hay tiendas especializadas y hasta te puedes descargar las novedades en el salón de casa. En los noventa la cosa era diferente. Gracias a las revistas conocías juegos que quizás nunca verías (porque no llegaban a España o porque no conocías a nadie que los tuviese). Alguna vez comprabas uno. Si tenías suerte, te lo traía alguien de la capital… si no, tenías que comprarlos por correo postal. Era como Amazon, pero tenían poca oferta, era caro y tardaban semanas. Te pasabas días y días persiguiendo la moto del cartero y mirando el buzón: «¡Nada!». 

En mi pueblo, al menos, había una alternativa para conseguir juegos: un club de ordenadores que habían montado unos ingleses. Se presentaban cada domingo cargados con su arcón de disquetes y los intercambiaban. Pero, ojo, se cambiaban como cromos: uno a uno. 

Aquella escasez de los noventa producía fenómenos hoy impensables. El más enorme fue Dragon Ball, una serie de dibujos japoneses que volvió locos a los niños de medio país. Era la mayor obra maestra que yo recuerde: una serie infantil donde salían hablando catalán Dios y Satanás, que en verdad eran la misma persona y además un alienígena. Fue un éxito gigantesco y por sorpresa. Queríamos saberlo todo sobre la serie, pero era imposible saber nada. No salía en revistas, no hablaban de ella en la tele, ni podíamos buscar en Google. No había cromos, ni libros. Para alimentar nuestra obsesión solo teníamos un capítulo diario de una serie más lenta que una telenovela.

Como era insuficiente, montamos un mercado negro. Por los colegios comenzaron a circular fotocopias —de malísima calidad— con imágenes de la serie y el cómic. Hacían las veces de cromos improvisados. Recuerdo colarme en una papelería de mala reputación y preguntar en voz baja al encargado: «¿Aquí vendéis?». Apartó una cortina y me dio paso a un sótano lleno de fotocopias. ¿De dónde salían esas imágenes? No lo sabíamos. Había escenas del futuro que no habíamos visto en la serie. Las estudiábamos como egiptólogos. Construimos una mitología que se equivocaba en todo (recordad que los textos estaban en japonés y las viñetas desordenadas). Pero cada nueva imagen tenía un valor incalculable, como los cómics que empezaron a llegar con cuentagotas desde Japón. La escasez duró unos meses. Luego el mercado, lento y perezoso por entonces, fue trayendo mil cachivaches.  Acabamos inundados de lujos y estos perdieron todo su valor.

¿Era mejor la escasez de aquellos años? La verdad es que no lo creo. Ahora todos los niños tienen a su alcance un mundo más rico. Más cosas que leer, ver, aprender y curiosear. Me parece una ganancia superior, aunque se pierdan esos momentos felices que venían de conseguir algo raro o mucho tiempo añorado. Es posible, además, que esté exagerando por culpa de la nostalgia. Quizás los niños de hoy disfrutan igual con nuevos hallazgos sobre los que no sé nada. Ojalá que tengan unas expectativas desatadas esperando el libro de una youtuber, la próxima Champions, un videojuego que saldrá en 2020, o un viaje para ver vete a saber qué.

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12 comentarios

  1. Líbero

    Era mejor la escasez que el exceso. Hoy tienen de todo, pero no aprecian nada, no al menos con aquel interés y, sobre todo, emoción con la que lo hacíamos entonces. Yo mismo me descubro ahora con decenas de videojuegos que ni siquiera llego a jugar, con tanta cantidad uno ya no repara ni en la calidad. Cuando niño, dos juegos al año como mucho, muy bien escogidos, que exprimía hasta la extenuación y que me dieron sensaciones (de eso se trata) que están grabadas a fuego en mi memoria.

    En esta ocasión, como en tantas otras, cualquier tiempo pasado fue mejor.

  2. ¿y la musica? el trafico de casettes, los radio casettes de doble pletina, las copias piratas que vendian en tugurios, en centros escolares para financiarse los viajes de estudios… Vamos que el de Napster no inventó nada nuevo….

    • Exacto. Una vez al mes llegaba el catalogo de Discoplay. Elegias con mimo tu compra y cruzabas los dedos para que te gustase porque no trnias mas dinero. Recuerdo la primera vez que compre contra reembolso una cinta de casette con una grabacion pirata de un concierto de acdc y la escuche, fue como entrar en el paraiso.

  3. Que curioso que en galicia pasó exactamente lo mismo con las fotocopias de Dragon Ball, lo niños las coleccionabamos y cambiabamos como si fuesen Oro. Tenía un enorme valor.
    Una cosa q siempre m resultó sorprendente eran las modas de los juegos. No se sabe muy bien el motivo, pero de un día para otro todo el mundo jugaba a las canicas y de repente se pasaba a la peonza, la goma, o más tarde a los tazos. ¿Quien era el niñ@ q iniciaba el cambio?.

  4. Leyendo esta excelente prosa se fue haciendo más evidente las cosas que perdí, como por ejemplo los cines de barrio, llenos de humo y de amores, las historietas, las figuritas y el olor y volumen de los libros, si viejos y con anotaciones en sus márgenes aún más apreciados. Pero de pérdidas estamos hechos, y sobre todo de inocencias, de costumbres y piel, de cabellos, de amores, de adversarios, de amigos, y en cada día perder un año y en cada año un siglo entero, y al final perder lo que más quiero. Habrá que acostumbrarse a este cambio antropológico que ya nos anticipaba el arte. Mi agradecimiento por esta sufrida lectura.

  5. Kikuchiyo

    Como cuarentón y habiendo vivido todo lo que dices, me dejaría llevar por esa nostalgia taaaan dulce y afirmar que sí, que era mejor la escasez que la abundancia. Pero la condescendencia y el constante “lo de la EGB molaba y lo de ahora es una mierda” me cansan, me aburren y me cabrean. Nuestra época estuvo bien, en general fuimos bastante felices (porque no nos faltó de nada, ya éramos primer mundo) y eso es lo que queda. Las generaciones actuales y futuras tienen lo suyo, y seguramente van a ser igual o más felices que nosotros.

    Lo que realmente me jode es hacerme viejo y ver que te vas quedando al margen. Me jode a mí y a todos los cuarentones, no nos engañemos.

  6. Aquiles

    Más que escasez o abundancia el problema no pasa por allí. Me parece que el problema es que la última generación analógica tiene una relación con la palabra escrita que es mucho más difícil que la adquiera la generación wassap y YouTube . Y lo digo porque lo veo se lee menos y con mayor dificultad.
    Analizando es lógico . Si tú no pasaste por el filtro de la paciencia de la lectura con sus emociones más trabajadas es evidente que no puede competir con YouTube y unos impactos mucho más fuertes e inmediatos emocionalmente
    Qué si. Me dirán que hay gente que lee y mucho con diez años pero el efecto es que el fortnite te va a producir un cúmulo de emociones que difícilmente te acerquen medios que requieren una mediatez intelectual.
    El resultado de esto es casi como si tuviéramos a un clic de distancia la biblioteca que soñaba Borges y la gente la recorre ignorando la a diarios porque hay emociones más fuertes y rápidas.
    Para mí puede ser que lleguemos a un Punto de saturación de productos culturales pero que a la gente solo le interese uno.

  7. Creo que hoy día sucede algo similar.

    Los algoritmos tienden a la estandarización del gusto, incluso dentro de los gustos menos habituales.

    Como melómano, he experimentado con el algoritmo de Youtube y diferentes aproximaciones a estilos musicales no-masivos y he descubierto varias cosas curiosas:
    – Todos los caminos del postrock y del shoegaze pasan por “Cigarrettes after sex”
    – Todos los caminos del metal extremo pasan por Lamb of God.
    – Todos los caminos del doom y del stoner pasan por Electric Wizard.

    No es erróneo, pero el experimento no funciona al revés:
    – Si empiezas con el autorreproductor en un disco de Gojira, terminarás en Lamb of God, pero no al revés.
    – Si empiezas en Low, terminarás en Cigarrettes after sex pero no al revés.
    – Si empiezas en YOB terminarás en Electric Wizard, pero no al revés (bueno, en este caso igual si, pero no en el caso de Bongripper, por poner otro ejemplo).

    Así las cosas, es comprensible que esa sensación que describes del placer del descubrimiento aún abunde en los comentarios de Youtube, asociada al autorreproductor, cuando alguien termina escuchando cosas como Wolf Larsen o los discos de música clásica de Olafur Arnalds y la gente flipa, porque aún quedan y siempre quedarán joyas escondidas.

    El problema es que el algoritmo tiende a ignorarlas y a ofrecer “lo de siempre” o lo que está en promoción (no, si me gusta Chet Faker no tiene por qué gustarme Rosalía).

    Ahí es donde habita aún ese sentimiento. Aún queda gente buscando cosas nuevas, novedosas y fuera de los estándares… pero dentro de internet.

  8. Araphant

    Pensar que la escasez es mejor que la abundancia no es más que la nostalgia de sentirse parte de un reducido grupo de privilegiados. En mi casa no entró un reproductor de video VHS hasta que yo ya tenía unos 20 años. Lo mismo con un ordenador o una cámara que grabase video. Porque mi familia no se lo podía permitir. ¿La escasez es mejor que la abundancia? Nunca. Díganle eso a los países en vías de desarrollo. Lo importante es el reparto de la abundancia. E internet ha conseguido un reparto equitativo. La nostalgia de la escasez, por mi parte, se puede quedar en el pasado.

  9. Trumbo

    Mi hijo de 12 años anda loco por comprar UN LIBRO de un yotuber que comenta videojuegos. Y mi hija de 17 entiende y habla el inglés increíblemente bien por ver en internet series sólo disponibles en versión original. Y mi otro hijo, de 19, ha aprendido trucos de pianista de blues con tutoriales. O sea, que no exageremos…

  10. Earnest

    Y como consecuencia de la sobreabundancia, se produce después la rápida caducidad de cualquier novedad. Ese nuevo álbum que comprabas expectante, sin apenas conocer lo que llevaba y que escuchabas hasta gastar los surcos, ahora se va tan rápido como vino por la corriente del “streaming”, que te lo trae todo, pero que al final también lo arrastra sin remansar nada.

    Prefiero la ábundancia, pero echo de menos el tiempo que antes podía dedicar a profundizar en los contenidos.

  11. Roberto

    Sigue habiendo libros difíciles o imposibles de hallar (si existen). Archive y Google Libros contienen mucho, pero ni una pequeña fracción de lo existente. Por dar un ejemplo “simple”, en 1607 se publicó en Lima el único libro acerca del idioma millcayac (una lengua extinta de la actual Argentina) y desapareció, se hallaron fragmentos a fines del siglo XIX y a principios de la década de 1940 se publicó un trabajo científico con el material conocido. Ese trabajo es lo más relevante que hay sobre el millcayac hasta hoy, pero no está en internet, ni siquiera los trabajos posteriores de otros autores que lo han analizado. Tendría que recorrer miles de kilómetros para ir a Buenos Aires a consultarlo. El final casi feliz de la historia es que en 2017 se encontró un ejemplar del libro de 1607, pero solo se ha publicado la noticia del hallazgo. Habrá que seguir esperando y echando vistazos a la red de vez en cuando.

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