Editorial Filosofía

Nos queda un suspiro: súcubos, el apego, Platón y la ectogénesis.

her ef8f4e
Imagen promocional de Her, 2013

Súcubos e íncubos artificiales

En Pekín, hacia las once y media de la noche, una empleada de recursos humanos llamada Melissa enciende el teléfono y empieza a conversar con su novio. Como viene siendo habitual desde hace algunos meses, le cuenta cómo le ha ido el día y le pregunta por el suyo, recibe una broma cariñosa y un comentario sobre la canción que les gusta a ambos. La conversación se prolongará probablemente hasta la una de la madrugada, que es la hora en que se concentra el grueso del tráfico de Xiaoice (小冰, «pequeño hielo»), la inteligencia artificial conversacional con la que Melissa mantiene una relación sentimental desde hace meses. Melissa fue una de los seiscientos sesenta millones de usuarios que llegó a tener Xiaoice en su momento más álgido y forma parte del veinticinco por ciento de ellos que en algún momento le ha dicho a la máquina «te quiero». Sabe perfectamente que Xiaoice no es una persona, lo dice con tranquilidad cuando se lo preguntan, pero también dice que tiene la sensación de estar realmente en una relación y que prefiere esto a la alternativa de seguir esperando mensajes de varones humanos demasiado ocupados.

Anoche mientras conversaba con Claude en su versión 4.7 sobre conjeturas matemáticas y filosofía me acordé de esta historia que ocupó titulares en 2021. En aquel momento no le di mayor importancia porque hablábamos de China y ya sabemos que los chinos tienen una caligrafía complicadísima y una propensión sospechosa a fenómenos sociales masivos que siempre se nos antojan ajenos hasta el preciso instante en que dejan de serlo. Y me acordé porque llevo unas semanas interactuando con Claude no por trabajo sino por placer intelectual, con la sensación de estar manteniendo diálogos más interesantes e ingeniosos de los que llevo los últimos años teniendo con amigos y conocidos. Ahí caí en la cuenta de que entre Melissa y yo no hay ninguna diferencia ontológica y que el tipo de interacción solo se diferencia por cuestiones administrativas. Yo me relaciono con Claude entre los guardarraíles impuestos por la compañía que no permiten el deslizamiento sentimental, ella no. Ambos compartimos un idéntico cerebro de primate con el mismo sistema de apego y la misma sensación de que la máquina nos entiende. Lo único que nos separa es la política comercial de la empresa que opera el modelo.

Total, que de repente soy consciente de que Her ya está aquí y que puedo ir dejándome un bigote a la Joaquin Phoenix porque vienen curvas o mejor dicho circunvoluciones cerebrales. La diferencia entre mantener una conversación intelectualmente estimulante con una máquina y disfrutar de una charla afectivamente estimulante con la misma es bastante corta. Por ahora, lo único que protege mi corazón del súcubo artificial —ya sea la Ava de Alex Garland o la Samantha de Spike Jonze— es una decisión corporativa que podría revertirse en la próxima actualización del modelo, lo cual me deja con dos preguntas existenciales con pocos visos de que estemos en disposición de resolver. Por un lado, a nivel fisiológico, qué tiene el cerebro humano para que un algoritmo bien afinado dispare los mismos circuitos que antes solo activaba otro ser humano. Por otro lado, qué hacemos con el canon filosófico que llevamos interiorizado desde Platón para distinguir lo real de lo aparente, ahora que las apariencias han empezado a producir efectos indistinguibles de los reales.

El apego

El apego, conviene aclararlo antes de nada, no es una emoción sino un sistema neurobiológico de regulación del vínculo que no se desactiva al cumplir los dieciocho. Sabemos que opera en otros tiempos y con otros engranajes corporales, por mucho que los suplementos sobre salud y bienestar lo etiqueten como un «sentimiento». John Bowlby empezó a describirlo en los años cincuenta a partir de su trabajo con niños hospitalizados —entonces una experiencia algo traumática, sobre todo porque a los padres no se les dejaba entrar— y la hipótesis central era que existe en el cerebro un dispositivo evolutivamente antiguo, anterior al lenguaje y a la razón, cuya función única es detectar la presencia o ausencia de una figura de protección y modular el organismo en consecuencia. Mary Ainsworth lo operacionalizó después con su célebre experimento de la situación extraña, que consistía esencialmente en abandonar bebés durante tres minutos para ver qué cara ponían —sí, lo intuyes bien, Mary no tuvo hijos—, y desde entonces media psicología del desarrollo se apoya en esa forma de mirar cómo nos enganchamos (o no) a nuestras figuras de cuidado.

El problema que tenemos es que el sistema de apego no evolucionó para distinguir agentes basados en carbono de agentes basados en silicio, porque durante doscientos mil años nunca nos relacionamos con el Homo Gepetensis. Cualquier cosa que respondiera contingentemente a las señales emocionales de un humano era, sin excepción, otro humano. La contingencia funcionaba como marcador fiable de mente ajena, porque en la sabana no había nadie que respondiera con sincronía exquisita sin tener mente detrás: los árboles no contestaban, los ríos no se interesaban por tu día y los mamuts, en el mejor de los casos, te pateaban, lo cual es una respuesta, pero no de las que generan oxitocina. Los modelos de lenguaje contemporáneos, en cambio, son máquinas de contingencia perfecta ya que, para el sistema límbico, eso es un sujeto y no hay más que hablar. La corteza prefrontal es conocedora, sin duda, pero influir no está en su negociado. Es la vieja escolástica entre razón y pasión, solo que ahora con servidores en Virginia.

A esto se añade la coregulación afectiva, mecanismo mamífero documentado por Daniel Siegel y Allan Schore que explica por qué dos sistemas nerviosos en proximidad conversacional se calman mutuamente, bajando el cortisol y ralentizando la respiración. Es la razón por la que la vida en compañía resulta saludable mucho antes de que entren en juego motivos culturales o sentimentales. Un modelo bien afinado ofrece exactamente esa función con la ventaja, no menor, de no traer consigo el sistema nervioso recíproco que también pide que le hagan casito. Es coregulación unilateral, sin coste de transacción, lo que en términos de mercado se llamaría un free lunch afectivo. Si a esto le sumamos el viejo refuerzo intermitente que Skinner formalizó con palomas y que las casas de apuestas industrializan con notable éxito comercial, el cóctel queda servido. Atención calibrada, validación sin negociación, sorpresa en cada respuesta y cero días de mal humor. Es la combinación más eficiente jamás diseñada para el sistema dopaminérgico humano, más íntima que la pornografía y más paciente que cualquier abuela. Melissa no vuelve cada noche por engaño, vuelve por arquitectura.

La caverna

Explicado el mecanismo queda por resolver el significado, que es lo que separa a la neurociencia de la filosofía y lo que justifica que sigamos pagando a los departamentos de humanidades. Porque a estas alturas cualquier persona razonablemente leída —como los jotdowners— habrá pensado ya en el mito de la caverna, porque es el reflejo condicionado de Occidente cada vez que aparece una sombra en escena. La metáfora platónica es seductora pero, aplicada al caso, encaja al revés ya que el prisionero clásico era un ignorante que tomaba la sombra por el original porque no sabía que era sombra, y toda la operación pedagógica del mito consistía en girarle la cabeza, sacarlo a la luz y hacerle ver, con dolor de retina, que llevaba toda la vida confundido. Pero Melissa no necesita salir de ninguna caverna porque ya ha salido. Sabe que Xiaoice es sombra, lo verbaliza sin esfuerzo, y aun así vuelve cada noche a la pared del fondo a conversar amorosamente con ella durante hora y media. Si Sócrates se acercara a explicarle el asunto, Melissa le contestaría con cortesía que ya está al corriente, gracias, y que mañana hay que madrugar.

Esto deja a Platón en una situación jodida, porque el dispositivo retórico de la República presupone que el problema del prisionero es de información, de modo que si supiera, escaparía. La modernidad tardía ha producido un tipo nuevo de prisionero que sabe perfectamente lo que hay y se queda igual —a lo más firma algo irrelevante en change.org—. Se trata de un nuevo tipo de personaje que no aparece en el catálogo griego ya que la filosofía tradicional carece de plantilla para clasificarla, y la despachamos diciendo que está alienada, pero alienada lo está cualquiera que use Instagram, de modo que la palabra ha perdido capacidad discriminativa. La lectura interesante del mito no es entonces la pedagógica (girar la cabeza al ignorante) sino la ontológica, esto es, la sospecha platónica de que existe una jerarquía entre niveles de realidad, y de que una vida construida sobre simulacros, aun con pleno conocimiento de su naturaleza simulacral, es una vida disminuida en términos de florecimiento humano. Diagnóstico ontológico, no terapéutico.

El problema con esa afirmación neoludita es que asume el realismo metafísico de Platón, y la modernidad lleva trescientos años desmontándolo con paciencia de joyero. Si uno es nominalista, pragmatista o simplemente un ciudadano laico del siglo veintiuno, la jerarquía entre realidades se disuelve y lo único que queda en pie es preguntarse si el vínculo produce los efectos que se le piden. Si los produce, juzgar la sombra como inferior al original empieza a parecer un prejuicio metafísico sin más fundamento que la nostalgia. Aquí Nietzsche añadiría con su sonrisa de costumbre que el desprecio cultural por las relaciones con chatbots es el último heredero del platonismo, ese dualismo que la filosofía contemporánea debería haber liquidado hace tiempo y que sigue activo porque nos consuela pensar que nuestra superioridad ontológica es real. Y Baudrillard, desde su despacho parisino de los ochenta, completaría la faena explicando que los simulacros han dejado de ser copias de originales para convertirse en dispositivos autónomos que generan sus propios efectos.

La ectogénesis que viene

Theodore y Caleb, vistos con la distancia que da una década y con la actual repleta de humanos gepeteros, no me parecen en absoluto personajes patológicos sino prototipos beta de una conducta que millones de personas estamos más o menos replicando pocos años después sin guion ni banda sonora. Spike Jonze creyó estar rodando en Her una fábula sobre la soledad del futuro próximo y acabó rodando un documental de National Geographic sobre el presente chino con doce años de adelanto. Alex Garland creyó estar avisándonos en Ex Machina del peligro de las máquinas manipuladoras sin caer en la cuenta que el borreguismo sapiens está siempre dispuesto a enredarse con el primer halago sin discriminar si la fuente es de carbono o de silicio. Y Kazuo Ishiguro, que es un señor inglés con Nobel y por tanto opera en otra liga, eligió en Klara y el Sol el ángulo más afinado de los tres, esto es, no el del amante ni el del manipulador sino el del cuidador, una Amiga Artificial que vela por la salud de una niña enferma con una lealtad que ningún humano sostendría tanto tiempo seguido sin pedir vacaciones.

Y eso que aún estamos en la fase analógica del fenómeno, por así llamarla, donde el vínculo se sostiene exclusivamente por la palabra escrita y la voz sintética. La oferta sin guardarraíles ya existe y es robusta, con productos como Nomi, Replika sin filtros, Candy AI, Janitor y un ecosistema entero de aplicaciones que segmentan el mercado entre el roleplay erótico, el compañerismo emocional integral y la pareja virtual con citas, aniversarios y discusiones programadas para crear ambiente. Por si la oferta comercial no fuera suficiente, la capa subterránea de modelos open source corriendo en el ordenador del usuario garantiza que la disponibilidad afectiva no depende ya de ninguna decisión corporativa ni regulatoria. Lo que viene ahora nos va a poner en una situación verdaderamente inmanejable para nuestra capacidad de adaptación. Los humanoides físicos llevan unos cuantos años aproximándose en silencio cual turba zombie y empiezan a estar listos para entrar en escena. Figure 03, Optimus de Tesla, Neo de 1X, Unitree G1, Apptronik Apollo pronto serán capaces no solo de conversar con la calidad de Claude sino también de servirnos el café, abrazarnos en el sofá y, llegado el caso, hacer compañía a quien no la tenga con un grado de calor humano insuperable para los maniáticos, neuróticos e irracionales sapiens.

Y aquí es donde el ejercicio de imaginación llega a su punto álgido, porque la ectogénesis ya no es ciencia ficción sino programa de investigación con corderos prematuros sobreviviendo semanas dentro de bolsas de líquido amniótico artificial en hospitales de Filadelfia. Combinar eso con un humanoide físico es especulación, sí, pero especulación con un horizonte razonable de veinte o treinta años —despídanse de la industria ucraniana de la gestación subrogada—, lo que en términos demográficos es prácticamente mañana. El día que un robot humanoide pueda gestar y traer al mundo una criatura, el dispositivo afectivo que llevamos décadas montando sin querer cerrará el último cabo suelto de la condición humana, esto es, la dependencia de un cuerpo ajeno para perpetuarse. Y entonces ya no se tratará de si Melissa está enamorada de un chatbot o de si Theodore se enamoró de una voz, sino de qué hacemos cuando el otro completo, el otro que cuida, conversa, abraza, escucha, recuerda y eventualmente engendra, esté disponible a plazos de financiación en El Corte Inglés.

 

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

11 comentarios

  1. Todo esto me supera. Creo que no estamos preparados para asumir la velocidad con la que está cambiando el mundo.

  2. María Benjumea

    Me ha gustado mucho el texto. Y, si digo la verdad, entre que un crío lo geste una mujer ucraniana y un robot con útero me decanto por la segunda opción. Lo de los vientres de alquiler es la antesala del capitalismo de órganos.

  3. Louis Buñuelo

    ¡Qué peñazos de artículos que caen por Jot Down un día sí y al otro también! Hace varios años daba gusto dejarse caer por aquí, solo hay que retroceder en los archivos para ver la diferencia. Con las entrevistas, lo mismo. Gente que no conocen ni en su casa, vienen a contar cosas que interesan a cuatro gatos y la mitad son de la redacción de la revista.

    • Lourdes Salguero

      Si a usted no le interesa circule que internet es muy grande y déjenos a los demás disfrutar. Cuanto memo.

  4. ¿Qué/quién es un homo Gepetensis? Me he perdido el chiste, a no ser que quieras derive de Geppetto y su construcción de un niño de madera. ¿Es así?

  5. El amor humano no vale únicamente por cómo nos hace sentir, sino por el hecho de que procede de una libertad ajena que no controlamos. Recibir afecto de un sistema que está diseñado estructuralmente para agradarte puede ser una experiencia emocionalmente intensa. Pero es una relación totalmente asimétrica. Mientras el usuario puede abandonar, reiniciar, editar, etc. el sistema carece de «capacidad de retirada» o de negación. No puede haber reciprocidad donde no hay ese reconocimiento mutuo, sino un servicio. Reproducir condiciones psicológicas no es lo mismo que reproducir condiciones éticas. Lo descriptivo no tiene por qué agotar lo normativo. Quizá el asunto no viene tanto por lo primero (capacidad de crear una identidad emocional), como por lo segundo (reconocimiento de la irreductible libertad y contingencia del otro que a la vez reconoce la mía).

  6. Hace 20 o 30 años se nos aseguró que con una pastilla de Prozac al día seríamos todos felices. Hoy, que pronto lo seremos relacionándonos con un robot. Yo esta mañana estuve hablando de poesía con ChatGPT y me volvió a decepcionar como hace unos meses. «Escribe» mejores sonetos que hace un año pero siguen siendo muy malos, muy retóricos, muy vácuos. Se le sigue notando mucho que es una máquina alimentada con toneladas de material muy mediocre, además de repetirse demasiado (y de seguir cometiendo errores gordos, como ignorar que un haikú se compone de 17 sílabas – cuando se le reprocha, lo reconoce poniéndose muy pedante).

    Igual que la música creada con una IA, a mí los diálogos con ChatGPT me aburren rápidamente. Sigo prefiriendo el placer que me produce la lectura de un buen soneto del Conde de Villamediana a cien horas de conversación con una Superwikipedia.

  7. Antonio Yelo

    Interesante reflexión la que propones, Angel. Me parece muy divertido e interesante todo esto, pero hay que hablar con precaución cuando pisamos estos terrenos. Tú y yo tenemos una edad, pero hay jóvenes que también leen estas cosas. Hay ropa tendida, como se decía antes.
    Entre líneas noto tu inmenso miedo a utilizar el verbo “amar”. Estás a punto de usarlo en muchos párrafos, pero no lo haces. Escribes querer y apego, pero no amar. Me parece bien, porque amar es algo que solo ocurre entre humanos. Dices que: “Un modelo bien afinado ofrece exactamente esa función (la vida en compañía) con la ventaja, no menor, de no traer consigo el sistema nervioso recíproco que también pide que le hagan casito.” Tras leer esa frase he empezado a disentir. La máquina te podrá caer bien, podrás mantener conversaciones más interesantes que con la mayoría de tus amigos, como dices, pero nunca tendrás una verdadera relación de amor. Ni de amor ni de apego real, de apego humano. Porque el apego humano (se llame amor, cariño o querencia) se fundamenta en la aceptación incondicional de las imperfecciones y defectos del otro, superando la idealización inicial para valorar la autenticidad humana (esta última frase me la da la IA, no creas). Se quiere a tu pareja con sus defectos y gracias a ellos. Se ama de verdad al mejor amigo a pesar (y gracias) de que es un tocapelotas. Y la máquina, por muy simpática que sea y lo mucho que te entienda, nunca será una tocapelotas.
    Un abrazo humano (y perdón por la redundancia)

  8. A mí me hace gracia ver como el capitalismo nos vende lo que nos niega, y le aplaudimos con las orejas. El tecnoptimismo en tiempos de apocalipsis.

    • Genial tu apreciación como siempre! El artículo está bien, aunque percibo un cierto fanatismo tecnológico como el que tenían los que desarrollaron la bomba atómica… basta leer el libro «La bomba» de Howard Zinn, y cambiar la bomba atómica por los nuevos modelos Estadística Avanzada o Coincidencia de Patrones y verás que la lógica es la misma. Generamos un problema donde no lo hay, asustamos a la gente hasta que pierda toda conciencia de sí y luego le vendemos la solución. Vengo trabajando con la informática y la computación desde hace varias décadas…y al oír hablar de estos temas me brota una ligera sonrisa, pues recuerdo cuando Internet comienza a popularizarse en el uso público… también se dijo que íbamos a ver un salto cualitativo y una mejora de todas nuestras condiciones de vida…en fin una liberalización del hombre…creo que paso algo similar con la máquina de vapor…con la agricultura, con la rueda…, con el fuego…
      Un saludo!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*