
Calígula se ha convertido en uno de los símbolos de la depravación en la Roma imperial. Gobernó apenas cuatro años (37-41 d. C.), pero la fama de sus excesos le ha servido para ganarse un puesto en la historia. Aunque, hoy en día, los historiadores cuestionan las interpretaciones más estereotipadas de este césar.
Sexo y poder. Muchos catalogarían así los cuatro años de gobierno de Calígula. La lista de depravaciones y desvaríos que se le imputan es tan variada como uno desee: incesto con sus hermanas, el palacio imperial convertido en un burdel, considerarse un dios, nombrar cónsul a su caballo… Desde los historiadores romanos hasta las series y películas contemporáneas han utilizado estos tópicos para perpetuar la oscura imagen de este personaje.
El problema para conocer qué hay de cierto y de falso en las perversiones de Calígula es la falta de fuentes históricas imparciales. En Roma acusar a alguien de prácticas sexuales excesivamente libertinas era también decir que era incapaz de gobernar adecuadamente.
En este sentido, conviene remarcar que los testimonios de historiadores romanos que han llegado hasta nuestros días son claramente hostiles. Por ejemplo, Séneca en su obra Sobre la ira le acusa de ser un derrochador y un enfermo sexual. Aunque no hay que perder de vista que este pensador fue acusado de participar en una conspiración contra Calígula.
De igual manera, el historiador judío Filón de Alejandría lo critica en su De la embajada a Cayo y Flaco por querer colocar una estatua suya en el Templo de Jerusalén para ser adorado. Algo que chocaba frontalmente con el estricto monoteísmo hebreo.
Otras dos fuentes romanas que han llegado hasta hoy son Dion Casio y Suetonio. En especial destaca la biografía que el segundo le dedica en su obra Vida de los doce césares. Aunque nuevamente encontramos opiniones interesadas. Ambos historiadores eran nostálgicos de la República, y defendían la posición de los patricios frente a la autoridad más centralizada de los emperadores.
Este último aspecto conviene no perderse de vista. Recordemos que Calígula fue el tercer emperador de Roma. Octavio Augusto había inaugurado el Principado en el año 27 a. C. y aunque el emperador era el centro de poder del estado, aún se mantenía al Senado de la época republicana. Se trataba de una institución simbólica, para mantener cierta ficción de poder entre los patricios. Pero también quedaban muchos nostálgicos que aspiraban a restaurar el poder de la República.
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Leyendo a Suetonio la conclusión no es que Calígula fuese un loco ni nada parecido, de hecho a Nerón lo pone peor, y en general, de los césares posteriores, salvo Claudio, Suetonio detalla anécdotas de parecida depravación a las de Calígula.
En todo caso, el verdadero problema de Calígula habría sido el de haber querido acumular demasiado poder en sus solas manos, pasando por encima del Senado.
Suetonio puede que fuera republicano, pero en sus retratos de los primeros césares siempre comienza con un análisis más o menos pormenorizado de sus aciertos políticos. Y de todos tiene palabras elogiosas en algún momento.
Si hoy en día tenemos cien formas de ver la política, imagínese hace 2000 años y como nos llegará la información de esas fuentes. Emperadores y aspirantes con sus partidarios. Pero sin duda un personaje curioso, excéntrico y, por qué no decirlo, loco.