Cómo dejar de ser escritor de una vez por todas y para siempre

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DP.

Eso. ¿Cómo? ¿Alguien lo sabe? Dijo Faulkner o, mejor dicho, dice internet que Faulkner dijo: «No seas escritor, escribe». Y, dada la auténtica devoción que sentimos por Faulkner en este pueblo, nos parece de lo más apropiado que suba al escenario y nos orine encima en plan Beastie Boys. No ser escritor, dice, a estas alturas, cuando vamos lanzados a toda velocidad en nuestro Pontiac Firebird hacia un muro de Facebook. Kitt, te necesito. Personalmente, siempre he pensado que lo dejaré de la misma forma en que comencé: un buen día, sin avisar y con la idea de que es para siempre. Puedo dejarlo cuando quiera, lo que pasa es que todavía no quiero. De todas formas, si hay algo compartido por la mayoría de aquellos que se dedican o intentan dedicarse a escribir es justamente la sensación de que estás de paso, de que algún día alguien te va a pedir que no insistas —a pesar de esa idea buenísima para una novela que lo va a petar— y te acompañará hasta la puerta, dándote palmaditas en la espalda y con cara de circunstancias. Que vaya bien. Gracias por su colaboración.

Para mí no es una sensación del todo extraña porque soy de esa clase de personas que nunca se sienten cómodas en ninguna parte y que prefieren estar solas la mayor parte del tiempo. La literatura, el hecho de que alguien lea las ocurrencias generadas por tu loca cabecita —de dudosa originalidad, por cierto— y todo lo que implica la mercantilización de la obra y de uno mismo: presentar tu novela y la de otros de manera coherente y laudatoria, asistir a una sesión de firmas, mantener charlas y debates… supone una montaña rusa de emociones a la que cuesta acostumbrarse. Yo lo hice. No es imposible. Pero siempre con esa sombra gélida, ese John Rambo prescindible ejerciendo de wingman. Tiempo después descubrí que tal sensación tenía un nombre: síndrome del impostor.

The impostor syndrome

Tampoco es que sea una enfermedad mental ni nada de eso —porque no está catalogado como tal—, pero sí que se ha escrito bastante sobre el fenómeno y popularizado mucho en los últimos años. Se supone que cuando uno es incapaz de aceptar su valía y sentirse satisfecho con los logros y los éxitos personales sufre de síndrome del impostor. Vamos, que todo te sale de chiripa y da gracias a que tus amigos te hacen RT, porque si no de qué ibas tú a hacer algo decente, anda, tira pa casa.

No estoy seguro de que el del impostor fuese mi propio síndrome, pero todo el mundo merece uno y los escritores los primeros. Para comenzar, es difícil definirse como escritor o escritora. No creo que los fontaneros o los gestores financieros tengan el mismo problema a la hora de responder a la pregunta: ¿a qué te dedicas? Quizá pasa en todas las áreas artísticas, no lo sé. Tal vez sea porque la mayoría —en realidad, todos, menos tres o cuatro— tiene otra profesión que le paga las lentejas y el tóner de la impresora. Excepto en contados casos de pedantería, la mayoría de noveles se atragantan a la hora de explicar qué hacen en un cuartucho oscuro dos horas antes de entrar a trabajar. Incluso muchos de los autores más o menos asentados prefieren decir que son periodistas o profesores antes que hablar de sus dos novelas publicadas. Yo suelo esconderme, más que nada por evitar las explicaciones que vienen a continuación. ¿A qué te dedicas? Escribo. Oh, no me digas, como Stephen King. A ver si ganas el Premio Planeta. Qué guay. La verdad, no acabo de entenderlo. Como si los libros fuesen importantes hoy en día. Fíjense en la cantidad de películas que están protagonizadas por escritores. ¿Por qué? ¿Qué clase de atractivo le encuentran a alguien que pasa la mayor parte del tiempo sentado, picando entre horas y stalkeando las redes sociales de otros escritores? No voy a entrar en todos esos libros en que el protagonista se dedica a escribir porque igual caemos en el ombliguismo, pero comparten origen y personaje. Existe una mitificación, una mezcla de mística irracional y clasismo burgués con lo de juntar letras. ¿Por qué ocurre esto?

Hay determinadas profesiones que ejercen de títulos honoríficos. Pasa con el médico, al que llamas doctor. Pasa con el político, con los jueces, los sacerdotes, y pasa también con los escritores, especialmente desde la Ilustración. Parece que, muerto Dios, alguien tenía que tomar el relevo del otro mundo, de todos los mundos, incluidos los que explican la vida de esas personitas que ves por la calle. Hay algo sagrado y vetusto en ello, que viene de antiguo, reservado a unos pocos. Después de todo, la literatura nació como explicación del mundo —primero exterior y después interior— y ha estado unida a la religión desde el principio. Me gusta pensar que las raíces de todo este rollo se hunden en el pensamiento mágico y que ese es el motivo por el que todavía produce tal efecto —en uno mismo y en los otros— el definirse como escritor. Si la escritura nació como una necesidad contable, la literatura lo hizo de la magia. Imagino que la primera narradora fue una mujer que salió de la cueva, pasó la noche en vela y al amanecer dijo al resto de la tribu: sentaos, que os voy a explicar una cosita. Había creado el relato del mundo y, al hacerlo, establecido un lugar al que los otros acudían en busca de explicaciones. Más o menos lo que hacemos al leer un libro. Observamos como fisgones un escenario y nos buscamos a nosotros mismos en esa ficción y, a veces, nos encontramos. Toda literatura es mentira y los escritores, mentirosos profesionales y, a pesar de ello, leemos. Reímos y lloramos a sabiendas de la charada y volvemos regularmente a ella como adictos o debido a alguna tara genética o deficiencia vitamínica. Religión pura.

Con todo ese trasfondo, de entrada parece que la dificultad no radica en armarse de valor y salir del armario de las letras, asumiendo el riesgo implícito de parecer un pretencioso, aunque entrañable, desgraciado. Es que la cosa es importante, quizá no sirva para nada en el futuro, pero a día de hoy todavía le otorgamos un valor.

Siento ser el que viene y echa la persiana. Se acabó la fiesta. Me alegro de que hayas vencido tu síndrome, pero hay algo que deberías preguntarte primero: ¿por qué quieres ser escritor? Si la respuesta es «porque tengo una historia que merece ser contada» será mejor que desaparezcas de mi vista, maldito hijo de puta.

Una historia que merece ser contada

DP.

¿Y quién no la tiene? En España, a lo largo de 2017, se publicaron casi ochenta mil libros. De ellos, algo más de quince mil eran novelas y, más de la mitad de estas, novedades escritas originalmente en alguna de las lenguas del Estado. Nunca se había escrito ni leído tanto. Casi nueve mil novelas al año. ¿Por qué la tuya tendría que ser especial? La gran mayoría de esas novelas no venderán más de un centenar o dos de ejemplares a base de turra, regocijo y falsa modestia a familiares y amigos —reales o virtuales— por autores que publican vete a saber qué. Gracias a las ventas paupérrimas, de ellos sobreviven muchas editoriales, pero eso da para otro artículo titulado «La burbuja editorial o cómo ahogar a los lectores en libros para mantenernos a flote». Así que lo siento mucho, pero nuestros libros no son especiales, son uno más que será enterrado por una avalancha de novedades. En un lustro, solo tu madre recordará que publicaste y cuando vayas a comer a casa el domingo verás tu novela, en un altarcito, junto a la fotografía de la comunión. Te quedará el regusto amargo de haber respondido a la gran pregunta durante un tiempo. Fui escritor, sí.

Quieto ahí. Ya publiqué, pero ¿sigo siendo escritor? Digamos que lo fui un par de meses. La cosa se movía, apareció una reseña o dos docenas, me entrevistaron en La Vanguardia, oye. No fue mal, nada mal. Pero la duda persiste: ¿lo soy ahora? Bueno, te dices, estoy escribiendo una novela. Nadie lo sabe. Me levanto a las cinco para sacarla adelante, persevero. Así que sí, todavía lo soy.

La mayor parte del tiempo vas a ser algo que nadie sabe, gracias a la fe y el empeño ciego. Ser escritor es el silencio, es tomar aire y sumergirte sin saber cuándo volverás a asomar la cabeza. A lo mejor te vas al fondo, te ahogas en ese cuartito oscuro y ya no vuelves a salir. Nadie te va a echar de menos. Resulta que el mundillo literario es como el puto universo, en su mayor parte está vacío; nada de nada, silencioso y frío vacío. Lo peor de todo es que si le das la espalda y te encierras a escribir una obra maestra, si te lanzas contra la estrella más cercana en plan Ícaro despechado, el universo literario no va a notar nada, ni una mísera perturbación en La Fuerza. Queridos amigos, el público olvida muy rápido, deslumbrado por nuevas explosiones de hype. Resulta que el mercado editorial se reduce a un interminable espectáculo de fuegos artificiales en una noche de verano. Publicar una novela es calzarte un cinturón de explosivos. El mes que viene ya no quedará nada de ti excepto trescientas coincidencias en Google. Quizá por eso pasamos tanto tiempo en redes sociales, reafirmándonos —estoy escribiendo, eo, ¿me escucha alguien? ¡Sigo vivo!—, buscando algo de apoyo que te haga sentir que no te has equivocado, que no estás solo. Tápate los oídos que esto te va a doler: si se cuelga el wifi, estás muerto.

¿Nadie te enseñó eso en el taller de creación literaria «monográfico novela»? Será porque a nadie le gusta que le digan la verdad. La verdad apesta. Es un escupitajo en todo el careto. A mí me ha pasado y eso que he intentado ser suave como un gatito abandonado en la calle un día lluvioso. Pero si dices la verdad no te llevan a casa y arropan en una mantita frente a un cuenco de leche tibia. No. Te rompen el cuello y te tiran al contenedor de orgánicos. Una vez, me pidieron consejo para salir de un bloqueo con una novela que duraba tres años. ¡Tres putos años! Le dije que lo dejase. Que si tenía que escribir esa novela aparecería por sí misma mientras escribía otra cosa. O quizá no, quizá no aparecía y se había equivocado y solo estaba perseverando en algo que no merecía la pena. «¿Por qué quieres escribir una novela?», dije. Me fulminó con la mirada. A la mierda el gato.

Escribir es un derroche de energía, tiempo y talento tan grande que difícilmente se alcanzan las expectativas propias o las generadas por el imaginario colectivo. No digamos ya las de tu suegra, que cada Navidad te pregunta cómo van las ventas. Qué rabia da eso, de verdad. Hay que llevar el ego con correa corta si no quieres darte el batacazo del siglo y acabar en Twitter troleando a Arturo Pérez Reverte, satisfecho porque una vez conseguiste ciento y pico retuits con un meme. Así que, retomando el tema: no eres especial. Quizá todo gira en torno a eso.

Un mundo de gente especial

Seamos conscientes de una cosa, sin ambages, como si fuésemos personas adultas: definirse a uno mismo define a los otros. Resulta que cuando te pones la etiqueta, cuando por fin consigues saber qué eres, a qué quieres dedicar tu tiempo y corres a modificar tu perfil de LinkedIn y tu avatar de yo qué sé, también estás definiendo a los demás. Pero, oye, esto es un sálvese quien pueda, ¿no? La mayor parte de gente no es lo que tú eres. En eso consiste vivir en el mundo del individualismo, pero deseando pertenecer a un grupo. Yo también escribo. Dejadme entrar. Dentro vas a encontrar un montón de gente con la que compartir un interés, decálogos sobre la creación literaria y frases motivacionales. Es fantástico. Para alguien como yo es lo más parecido al infierno, pero vale para gran parte de la población occidental, así que algo positivo le habrán visto.

La cuestión es que has vencido el síndrome del impostor que te has autodiagnosticado y declarado a los cuatro vientos que eres escritor o escritora como parte del tratamiento que te has autorrecetado. Ciento treinta y dos likes, genial. Sin embargo, hay alguien ahí, al otro lado, que se ha quedado fuera porque has cerrado al entrar. Calma. Sé que no lo has hecho a propósito. Pero alguien, en alguna parte, mira la pantalla de su teléfono y piensa «Mierda, ¿por qué yo no?». Ha publicado un relato, está trabajando en su primera novela, va un taller de escritura, tiene seiscientos seguidores en redes. Joder, sí, puede ser escritor. Pero ¿no lo es el que solo publica en Wattpad o en un blog o el que edita un fanzine y ni siquiera se preocupa de las putas tildes? ¿Dónde hemos puesto el listón? ¿Cuándo se para la ruleta del empoderamiento? No te has definido como escritor para aceptar que todos los que andan a tu alrededor también lo son o pueden serlo. Porque en ese caso, si todos los que hay en tu TL son escritores, mierda, vaya fiasco. En la última fila alguien levanta la mano y dice: «No es cuestión de lo que publiques, ni siquiera de publicar, sino de actitud, una forma de vivir». Ay, madre. Ser escritor es una forma de vivir la vida. ¿Y cuál es la vida y la actitud correcta?

Ira. Depresión. Aceptación

DP.

Creo que a estas alturas ya podemos decir que estamos abusando del síndrome del impostor como refugio para la mediocridad y la frustración de gente con exceso de información. No pasa nada. No te culpes. Es uno de los males de la sociedad contemporánea. Es como cagar sangre y consultar en Google. A mí me pasó y todavía no he muerto. Así que estás cagando sangre a lo bestia y no sabes qué pasa con tu vida que va a la deriva, a la deriva va. ¿Te dijo alguien que en eso consiste la existencia? ¿No? Qué raro. Estaría bien una línea de productos —tazas de desayuno, bolígrafos, imanes para la nevera,…— con frases realistas en plan: «A lo mejor fallas. No todo te va a salir bien a la primera y probablemente, nunca. Por mucho que luches puede que no consigas lo que quieres. Hagas lo que hagas, nunca te abandonarán las dudas y la posibilidad de equivocarte siempre estará ahí». No me explico por qué estas cosas no triunfan en las tiendas de regalo de todos los duty free del mundo. Sin embargo, te asomas a Instagram y todo es gente sonriente que lucha y consigue sus sueños, que escriben como si se hiciesen una paja y a los que todo les sale a las mil maravillas. El puto éxito frente a tus narices, 24/7. Es cierto. Esa gente existe y, aunque lo parezca, no siempre van colocados de éxtasis. Mira, entre tú y yo, no representan a nadie más que a ellos mismos y no son modelo de nadie, excepto para el mercantilismo de la creación artística. Resulta que este sistema neoliberal nuestro los ha convertido en tótem y objeto de deseo de los miles y miles que tienen escrito en su taza del desayuno: «Hoy puede ser un gran día si tu quieres». De eso se trata, de construir modelos y crear necesidades.

Personalmente, admiro mucho a esa gente que se levanta y escribe cuatro mil palabras antes de ir al gimnasio, hornear una tarta y pulirse tres capítulos de la serie de moda que no te puedes perder. A mí me cuesta putos horrores escribir mil palabras pasables, cocinar pasta con tomate, tender la ropa y no dormirme en el sofá antes de las once. No soy el único. Hay muchos escritores que sudan sangre y cafeína frente al teclado. Lo de escribir en el Starbucks mientras disfrutas de un frapuccino y postearlo en Instagram es una cuchillada en la línea de flotación de todos aquellos que nos devanamos los sesos por sacar tiempo de donde sea y hacer algo bien. Sin embargo, ese esfuerzo, lo ingrato de escribir tres páginas y al releerlas murmurar «Esto es una puta mierda» —sin que nadie vía redes te mienta a la cara: «Me encanta, enamorado de los personajes»—, esa sensación no se publicita. ¿Sabes por qué? Porque nadie vende un producto si la propaganda dice: «Vas a sufrir como un cerdo en el matadero y puede que no te sientas bien después, tú mismo». Te están vendiendo un producto y el producto, además del comprador, eres tú.

Yo, mi historia, mi mundo

Ahora es cuando la cosa se pone interesante. Tres mil palabras y ya casi alcanzamos una explicación a la epidemia de síndrome del impostor. He visto una luz al final del túnel y una silueta, una sombra, y esa sombra eras tú. Tú, tu historia, tu mundo. No hablo de la autoficción, sino de que toda la ficción es autoficción. Quizá esta sea la máxima expresión de los tiempos que nos toca sufrir. Cuando la literatura del yo, mí, me, conmigo, se junta con las ganas de hacer el voyeur. Vivimos en una sociedad de exhibicionistas y mirones. No solo nos convertimos gustosos en nuestro propio producto, invertimos en cursos para posicionarnos en redes, monetizar el blog, generar correo basura sin que se note, administrar múltiples plataformas para alcanzar a más público target, sino que, además, nos sobreexponemos voluntariamente y colgamos fotos de nuestros hijos, la paella del domingo, zapatos nuevos y el Earl Grey que desayunas frente a la pantalla antes de escribir cuatro mil palabras, atender el huerto urbano del balcón, hacer punto de cruz y asistir a una presentación literaria la hostia de trascendente del libro que marcará un antes y un después en el género. El postureo es agotador, pero es la parte contractual que aceptamos con mayor o menor agrado. Es nuestro fistfuckin’ de cada día. Y para entrar en esa rueda tan molona que lo aplasta todo y consume los datos de tu teléfono, tienes que definirte: soy escritora, soy escritor, bienvenidos. Te defines y te expones y empujas a los otros a definirse y a exponerse. Todo encaja y rueda. El capital no quiere sujetos indecisos, no quiere personas reflexivas. El capital quiere etiquetarte y clasificarte porque así es como funciona: todo bien compartimentalizado, cada cosa en su sitio. Pasillo tres: escritores de novela histórica; pasillo cuatro: escritores de novela negra; pasillo cinco…

La estrategia consiste en crear necesidades y modos de comportamiento, sectorizar y homogeneizar la diversidad y los modos de ser, sentir y escribir. Todos diferentes, pero todos iguales. Convertir el movimiento en lo estático, lo prolongado en inmediato. ¿Ves? Ya estás en el escaparate. Tanto tiempo deslumbrado por las luces de Navidad, cual pobre niño callejero dickensiano, y ahora te encuentras al otro lado. Ya eres un producto más. La gente indefinible resulta incómoda a los algoritmos: no son predecibles, no son clasificables, no son buenos clientes. Aunque al menos se acabó el sufrimiento, la presión insoportable de no saber qué eres y poder demostrarlo —porque todo se reduce a eso: demostrar al mundo, vivir hacia fuera, luchar, emprender—. Una vez más, el sistema atacando a traición a los más jóvenes, metiendo prisa, susurrando a su oído: tienes que definirte rápido, qué eres, qué quieres ser, antes de que sea demasiado tarde. Pero ahí va una verdad: básicamente, no saber lo que eres ni lo que vas a hacer con tu vida es en lo que consiste la adolescencia y parte de la edad adulta. Antoine de Saint-Exupéry dijo que «vivir es nacer poco a poco». ¿Qué prisa tienes por echarte un fórceps al cuello? Querido, la sensación de que estás de paso, en tránsito continuo, te acompañará siempre.

A falta de una finalidad vital, algo que le dé sentido a todo este montón de mierda y dudas sin fin, la etiqueta se toma como meta: una vez te defines, puedes respirar tranquilo. Eres reconocible para un grupo, tu avatar y nombre de usuario será tu uniforme: uno de los nuestros. Pero cuando se ingresa en un grupo, una vez más, se les dice a otros que se han quedado fuera. Mejor suerte la próxima vez, pringados, aunque si lucháis como yo, quizá podáis conseguirlo. Lucha, esfuerzo, sudor de tu frente. Si fracasas, es que no sudaste lo suficiente. Círculo cerrado.

Level up!

La cosa no ha hecho más que comenzar. Ahora es cuando Faulkner te atropella con un tractor. Resulta que la angustia se transformará en una carrera eterna por seguir el ritmo de todos aquellos que elegiste como modelo y convertirte en ellos: escribir cuatro mil palabras, beber Earl Grey, asistir a presentaciones, impartir un taller —creación literaria: monográfico novela—, leer novedades, leer clásicos, quejarte de las quejas de Javier Marías, buscar en Google nuevas reseñas, subir la foto a Instagram de todo ello y hacer RT a la gente que te menciona. Y después, si te queda tiempo, compras los billetes de avión para ese festival literario tan de moda al que no te han invitado —¿cómo puede ser?— y hay que asistir porque todo el mundo va a estar allí y no puedes faltar, aunque tengas que pagarlo de tu bolsillo. Porque, ¿sabes una cosa? Es una sensación horrible quedarte en casa mientras los otros cuelgan fotos de un acto literario, una entrevista, un nuevo libro publicado, un Earl Grey o un gato mirando la lluvia al otro lado de la ventana. Es horrible el silencio. Es horrible abrir las notificaciones de Twitter y nada nuevo. Es horrible entrar en tu perfil de Goodreads y ni una reseña en los últimos seis meses. Un año hace que publicaste la novela y, ahora, ¿qué? Desde entonces han pasado por los estantes de las librerías ocho mil cuatrocientas siete novedades que no has podido comprar ni leer, cientos de fotos de Earl Grey y cerveza artesanal, la presentación de Fulanito, mesa redonda «Presente y futuro de la edición en España», pantallazos de actualización de cuenta palabras, hablan de mi libro en este podcast, los más vendidos de la Feria del Libro, alguien firmando un contrato de edición, retratos de paella de domingo de gente que no conoces, filtro Valencia. Y tú, ¿qué? En casa, cenando ensalada de ansiolíticos. Es horrible. Publicar tuit: «Hoy de relax. Sofá, mantita y serie. #Writerlife». Y así hasta que te mueras. Enhorabuena. Faulkner ha dejado el edificio.

Dame veneno que quiero morir, dame veneno

Cuidado al entrar que resbala. La cosa se me ha ido de las manos y lo he puesto todo perdido en plan consulado de Arabia Saudí. Nadie dijo que este viaje iba a ser agradable. Faulkner manda. Lo siento. Habrá gente ofendida, gente que dirá que la literatura no es así, que tengo una visión muy limitada de todo lo que rodea a la escritura. Después lo comentarán en Twitter: #alertaultra. Soy un ácrata, sí. Pero mira la portada de El Cultural, mira qué pasada María Dueñas con la manita en la barbilla, Nueva York de fondo, y esa seguridad aplastante en la mirada. Joder, escucho las trompetas de Jericó cada vez que veo esas portadas en los suplementos culturales. Son como el puto hard porn del rollo literario. Yo también quiero follar como ellos. Después os quejáis de que Youporn define el comportamiento sexual de los adolescentes. Bukkake en las páginas centrales del ABC. En fin, tengo una visión muy limitada y muy poco romántica de este negocio —sí, es un negocio: no somos una familia, ni colegas, ni writerpals, ni nada de eso—. Ni siquiera tenemos un puto sindicato que nos defienda de los abusos. No hablamos con sinceridad de los anticipos, las tiradas y todas las veces que te han follado en plan guarro en la última página de un contrato de edición. El mismo contrato del que subiste a Facebook una fotografía cuando firmabas, sí. Esa es nuestra portada con Nueva York al fondo. Por cada foto de un escritor sonriente junto a las plantas en el alfeizar de la ventana, hay cinco autores en construcción que lloran o llorarán porque no pueden escribir todos los días —¿quién coño dijo que hay que escribir todos los días para ser escritor? ¿Quién?— y, cuando lo hacen, no es lo que esperaban o es una mierda o nadie se lo publica y encima casi no tienen followers. Ocho likes a tu gato encima del teclado: «Qué travieso, no me deja escribir». Exportamos modelos inalcanzables como quien vende heroína en barrios chungos a jóvenes con problemas de adaptación. Pero, bueno, así se entretienen. Y mira la parte positiva: se han deshecho de su síndrome del impostor. Falsa seguridad a cambio de pasar por el aro. Hop.

Veo cómo se transforma el talento en objeto de producción y consumo, cómo se les empaqueta y empuja a un ritmo desenfrenado que nada tiene que ver con la creación artística y literaria, y pienso: oye, tengo cuenta activa en cuatro redes sociales y web personal, soy uno más. Tres días sin publicar un tuit, piensa algo, trolea a Soto Ivars aunque sea. ¡Haz un meme! ¡Conecta con tus lectores más jóvenes! Braceas como quien intenta escapar de las arenas movedizas y en realidad te hundes más y más. Joder, me siento como el puto Virgilio haciendo de guía turístico para vosotros. ¿Qué terrible pecado cometieron estos pobres diablos, oh, Virgilio? Son los del #NaNoWriMo. Lo siento, de verdad, no es personal. Pensad que esto de escribir es otra cosa. Que no es una profesión ni un hobby ni nada de eso. Es una enfermedad mental no catalogada y la locura es libertad, los locos pueden hacer lo que les venga en gana. Rómpelo todo, romper es divertido. Que no pasa nada si no puedes definirte o no escribes hoy o mañana o publicas cada tres años y no sales en la última puta antología con lo mejor de la generación que marcará una época. Que llevas tres páginas escritas y ya sientes que la industria editorial es una mierda controlada por señoros de derechas que no te comprenden y te han dado la espalda. Que te quedan cuarenta o cincuenta años de tuitear y postear tus mierdas a diestro y siniestro antes de morirte y que todo el mundo te olvide. Echa el freno. Para un momento y pregúntate: «¿Esto va a ser siempre así?».

No sé vosotros, pero yo no me veo en este tren mucho tiempo. Demasiado traqueteo para tan poco trayecto. Igual no es un tren sino una atracción de feria. Da vueltas y vueltas y, de vez en cuando, sale Faulkner vestido de bruja y te pega con una escoba. Jaja. Es divertido, pero es mentira. Quizá todo sea mentira. Yo soy muy desconfiado. Me cuestiono mucho las cosas. Quizá la literatura, como la vida, solo es un lugar de paso, una impostura breve. Enajenación mental transitoria. Tal vez no se puede ser escritor. Es probable que los escritores ni siquiera existan.

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12 comentarios

  1. Me has roto

  2. Pingback: serendipias – museo de metralla

  3. Por tu culpa me salté la parada de autobús. Con el frío que hace.

  4. sergio34

    Calma, eres escritor.

  5. Alister M.

    Sepa usted que acierta. Y me agrada el tono casi tanto como las salpicaduras que dejó usted en la pared. Gracias por decirlo abiertamente

  6. Javierini

    Voy a dejar de ser escritor…

  7. Cualquier comentario que haga no hará otra cosa que alimentar tu adicción a los comentarios en las redes.
    De todas maneras ahí va y dosis de droga: Brillante, sencillamente brillante.

  8. Pan, circo y apariencia. Magistral Guillem.

  9. Pingback: Episodio 63: Facebook para escritores - El Escritor Emprendedor

  10. Se resigne, señor escritor. Usted, como tantos otros, sufre del mismo sindrome del personaje de «La Grande Bellezza»: el bochorno de existir en este mundo desbordante de bla bla para no dar a conocer nuestras debilidades. No afloje, no se angustie por el parecer de los internautas que no son más que un montón de personalidades inaferrables y poco confiables, y dele pa’lante con esta narración que me ha llenado de zozobra y no puedo imaginarme cómo sera el epílogo. Además, todos deberíamos ser escritores, por lo menos de un solo libro, como bien lo afirmó un nuestro presidente del 800, Domingo Faustino Sarmiento: todo hombre cabal debería tratar de hacer tres cosas en la vida: Tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Como van las cosas parece que las dos primeras ya no valen. Gracias por la lectura

  11. Crudo, valiente y visceral. Enhorabuena. No coincidimos en casi nada, pero me has llegado hasta el tuétano.

  12. Serenata

    En la sobremesa de los domingos, solía decir mi difunto tío una frase por la que el resto de mi familia siempre lo recordará: «Ah, amigos, he aquí el asunto del feedback. ¿Cómo podemos sobrevivir si la respuesta del entorno es contradictoria y disfuncional?» Yo creo que tú tienes un lío en la cabeza —si, realmente, piensas y sientes todo lo que has escrito en tu artículo— del que me temo no podrás desembarazarte nunca. Tratas de dar respuesta a una cuestión vital, la cuestión de a qué dedicarse en la vida, a través de recursos o herramientas ‘anclados’ en diferentes (¡múltiples!) niveles. No solo abarcas el germen, no, no hijo, no, tú estableces, además, un isomorfismo con el resto de las cosas. No solo mezclas las churras con las merinas sino que has construido dentro de tu mente el arca de Noé. A mi juicio eres como un niño pequeño con los ojos vendados que con un palo —y a través del griterío de los demás niños— intenta romper la piñata. Ser feliz es una cosa. La influencia, el poder y el peso en la sociedad, otra. Otra, distinta también, es vender muchos libros. Otra cosa no menos distinta de las anteriores —y no menos distinta de todas entre sí— es la de entender la ficción. Y otra, escribirla. Si te quieres dedicar a escribir, vas a tener que mutar. Mutar como muta el mundo: en unos años las novelas dejarán de existir, en cierto modo ya están desapareciendo, pero estoy convencido de que la narrativa nunca morirá. ¿Quieres saber el lugar o el medio que la contendrá? Yo no lo sé; no descarto el papel del graffiti, el arte urbano, el guión de cine o alguien vociferando vete tú a saber dónde. Escucha a Bach. Piensa. Serénate.

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