Compendio de héroes de guerra extraordinarios (I)

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Bill Millin en una fiesta de prao. Imagen: Dominio público.

El gaitero loco

William Millin (1922 ̶ 2010) fue uno de los tres millones y medio de soldados que sirvieron a las órdenes del ejército británico a lo largo de la Segunda Guerra Mundial. Durante su participación en el conflicto bélico, también formó parte de las tropas británicas que desembarcaron durante el Día D en las playas de Normandía para plantar cara a los nazis que habían ocupado Francia. Pero, a diferencia de todos sus compañeros, Millin no pisó aquella playa empuñando un arma de fuego, sino que lo hizo armado con una gaita. Y con un cuchillo enfundado en el calcetín, por lo que pudiera pasar.

Millin nació en Canadá y fue criado en Glasglow cuando su padre (escocés) se desplazó hasta Shettleston para formar parte del cuerpo de policía. Bill optaría por unirse a la reserva militar británica de Fort William y sus dotes para las melodías de viento acabarían llevándole a militar entre las filas de las bandas de gaitas de la Infantería Ligera de las Tierras Altas y del Regimiento Queen’s Own Cameron Highlanders. Después decidió presentarse voluntariamente como comando e ingresó en la Escuela de Comandos de Achnacarry (Escocia) donde comenzó a recibir la instrucción correspondiente a las órdenes de Simon Christopher Joseph Fraser, 15º Lord Lovat y 4º barón Lovat, y entre un montón de voluntarios de diversas nacionalidades. Más allá de las formalidades, aquellos dos hombres congeniaron como solo pueden congeniar un par de caballeros escoceses cuando están rodeados de franceses, belgas, holandeses, checoslovacos, noruegos y polacos. De hecho, Bill Millin pasaría a formar parte de la historia de la Segunda Guerra Mundial gracias a una inverosímil ocurrencia táctica de Lord Lovat.

El Día D, el 6 de junio de 1944, Millin tan solo contaba con veintiún años cuando se abrió la rampa de las lanchas desde la que desembarcarían las tropas británicas para conquistar la orilla. Lo inusual de su presencia allí era evidente a primera vista: entre todos los soldados, él era el único que, en lugar de uniforme, iba ataviado con una falda escocesa (un kilt del clan Cameron idéntico al que su padre había llevado puesto al participar en la Primera Guerra Mundial) y, en lugar de arma de fuego, empuñaba una gaita. En su calcetín derecho también escondía un sgian dubh, un puñal («puñal negro» sería la traducción más certera del original en gaélico escocés) que forma parte del traje tradicional de las Tierras Altas de Escocia.

Aquella inusitada indumentaria, poco práctica en tiempos de guerra, había sido preestablecida días antes: a Lord Lovat se le había ocurrido encomendar a Millin la misión de desembarcar armado con música para elevar la moral de las tropas durante la gresca: «En mayo de 1944, Lord Lovat me informó de que estaba formando su propia brigada de comandos, y de que le gustaría que yo me uniera a ellos para tocar la gaita en el campo de batalla» —explicaba Millin—. «A todos nos caía bien Lord Lovat, era un aristócrata que caminaba tranquilamente por el campo de batalla con la cabeza bien alta, mientras el resto de nosotros nos arrastrábamos y buceábamos para evitar los obuses».

Existía, eso sí, un pequeño inconveniente formal ante todo aquel asunto de llevarse las tonadillas al frente, porque en aquella época la oficina de guerra del ejército británico había prohibido expresamente la presencia de gaiteros en combates directos y áreas ajenas a la retaguardia. Cuando Millin le recordó las normas a Lord Lovat, aquel oficial decidió que lo más adecuado era pasarse la prohibición por el forro justificando razones de peso y, sobre todo, de sangre: «Ah, pero esa es la normativa de la oficina de guerra del ejército británico. Usted y yo somos escoceses, por lo que a nosotros no se aplica», le contestó su superior.

Desembarco durante el Día D con Millin en primer plano. Imagen: Dominio público.

Millin recibió la orden de comenzar a tocar «Highland Laddie» nada más desembarcar en Sword Beach, el nombre en clave de una de las zonas de asalto durante la Operación Neptuno. «Empecé a tocar tan pronto como salté al agua. Cada vez que oigo esa canción me recuerdo caminando por el agua. Y los hombres de nuestro bando heridos en el campo de batalla se sorprendieron al verme. Esperaban ver aparecer a un médico o algún otro tipo de asistencia médica, pero en su lugar me vieron con mi falda y tocando la gaita. Fue horrible, me sentí inútil». El gaitero continuó tocando mientras a su alrededor todo estallaba y sus compañeros se desplomaban abatidos por las balas. «Doce hombres yacían heridos en la entrada de una pequeña carretera. Me preguntaron por los médicos y les contesté que no se preocuparan, que estaban en camino. Me refugié detrás de un muro bajo y vi como un tanque se encaminaba hacia la carretera donde estaban aquellos heridos. Rápidamente me levanté y agité las manos frenéticamente tratando de llamar la atención del comandante del carro, cuyo casco asomaba por la parte superior. No me vio y el carro pasó sobre los soldados heridos. Fue muy traumático».

A pesar de la carnicería, y de modo inexplicable, Millin conservó aire y fuerzas para seguir cumpliendo su propósito principal. Lord Lovat le encomendó subir y bajar la playa tocando «The Road to the Isles» y«All the Blue Bonnets Are Over the Border», una orden que el gaitero cumplió sin rechistar y sin resultar herido. Las tropas británicas tomaron la playa y continuaron avanzando sobre el Puente Pegasus bajo el fuego del enemigo. Se hicieron con el emplazamiento mientras marchaban al ritmo de la gaita de Millin.

Un comando llamado Tom Duncan explicaría años más tarde que aquellas melodías provenientes de las Tierras Altas inyectaron coraje en los soldados: «Nunca olvidaré escuchar el sonido de la gaita de Millin. Además de hacernos sentir orgullosos nos recordó a nuestro hogar, y por qué estábamos allí luchando por nuestras vidas y las de nuestros seres queridos». Otro soldado llamado Maurice Chauvet Kieffer apuntaría que en cuanto Millin pisó la playa, completamente desarmado y muy concentrado en las notas, los alemanes dejaron de disparar por un momento, confusos ante la escena que tenían delante. Cuando los aliados interrogaron a los francotiradores alemanes capturados, aprovecharon para preguntarles por qué no habían disparado contra el músico que se paseaba por la playa de un lado a otro tocando la gaita. «Porque creíamos que se había vuelto loco» contestaron.

Años después, aquel soldado gaitero explicó en la BBC que no consideraba que lo que había hecho fuese algo heroico. «Cuando Lord Lovat me ordenó tocar la gaita yo simplemente dije: “OK”. Ni siquiera noté al principio que estaba bajo el fuego enemigo». En cierto ocasión, Millin también fue entrevistado por el historiador Peter Caddick-Adams, y aprovechó para confesar que recuerda el agua de Sword Beach tan fría como para haberle cortado el aliento en el momento de saltar en ella. No es de extrañar, porque Millin desembarcó en aquella guerra siguiendo al pie de la letra la tradición escocesa: vistiendo kilt, pero sin ropa interior debajo.

Monumento en honor a Millin en Colleville-Montgomery. Fotografía: Billmillinfan CC.

La muerte blanca

Simo Häyhä (1905-2002) nació en un pequeño pueblo de Finlandia llamado Rautjärvi, en lo que sería actualmente la frontera sur del país con Rusia. Fue el séptimo de los ocho hijos de unos granjeros luteranos y se pasó la infancia trabajando en el inclemente desierto finlandés, cazando, esquiando y ayudando con las tareas de la granja. En 1925 se vio obligado a cumplir un año de servicio militar obligatorio y descubrió que aquello de ser soldado se le daba bastante bien. Poco después, se unió a la Guardia Blanca (o la Guardia Civil finlandesa, una milicia de voluntarios del país) donde recibió un entrenamiento más concienzudo y comenzó a pillarle el gusto (y el truco) a lo de tirotear cosas. El chico dedicó su tiempo libre mejorar su puntería y pronto comenzó a engalanar la granja con los trofeos adquiridos en las competiciones locales de tiro. Con veinte años era capaz de disparar dieciséis veces por minuto sobre un mismo blanco situado a ciento cincuenta metros y se manejaba con soltura tanto con el rifle ruso Mosin-Nagant M91 como con el M28/30 y el subfusil Suomi KP/-31.

En 1939, la Unión Soviética (cuya formación unos cuantos años antes, junto a la independencia de Finlandia, había situado el hogar de Häyhä muy cerca de la frontera) se propuso invadir Finlandia y Häyhä, como miembro oficial de la Guardia Blanca, fue llamado a filas para defender su tierra. Pero el Ejército Rojo que pretendía tomar el país, a pesar de superar en número de manera demencial a las tropas finlandesas, era un desastre en lo que respectaba a la organización interna: sus tropas hablaban diferentes lenguas y no acababan de coordinarse adecuadamente, no estaban acostumbradas al clima del país y ni siquiera vestían trajes de camuflaje para caminar sobre aquel desierto de nieve, lo que les convertía automáticamente en luminosas dianas con patas. Häyhä aprovechó todo eso para agarrar su rifle, acomodarse en el bosque y aumentar su puntuación de killscores como francotirador. Y de qué manera.

Es probable que el día que ha sido tomada esta foto el hombre sonriente que la protagoniza haya matado a más gente que varios ejércitos de tamaño medio en toda su carrera. Imagen: Dominio público.

Se estima que Simo Häyhä se cargó él solito a unos quinientos cuarenta y dos soldados soviéticos que trotaban por la estepa helada con cara de andar perdidos y estar pasando mucho frío. En realidad el recuento total de cadáveres apilados por nuestro simpático granjero varía ligeramente según la fuente consultada: en sus diarios, el propio Häyhä suma más de quinientas cabezas reventadas. Antti Johannes Rantamaa, el capellán militar de la unidad de Häyhä, atribuía al soldado un total de doscientas cincuenta y nueve muertes a través dela mirilla de su rifle y otras doscientas y pico a base de plomo de ametralladora. Y el comandante A. Svensson contaba que el virtuoso tirador sumaba un número de bajas confirmadas cercano a las cuatrocientas cuarenta.

Entretanto, en las líneas del Ejército Rojo la gente comenzó a ponerse nerviosa al descubrir que un psicópata chalado, presuntamente escondido en un árbol o enterrado entre los arbustos, se estaba cardando él solito a todo el batallón soviético. El enemigo le apodo «la Muerte Blanca» y contribuyó a inflar su leyenda, que tampoco era escasa a aquellas alturas: se crearon numerosos escuadrones y se lanzaron ataques de artillería para intentar, sin éxito, darle caza .En los periódicos finlandeses las hazañas de la Muerte Blanca ocuparon una parte importante de las páginas publicadas durante aquella guerra de invierno. Los editores sabían del valor de la propaganda de cara al pueblo y no hay mejor forma de elevar la moral de una nación que se saberse productora de una máquina de matar humana.

Lo cierto es que, una docena de fiambres arriba o abajo, las cifras de soldados derribados por el francotirador rural son acojonantes. En los poco menos de cien días en los que sirvió en la guerra el hombre mató de media a cinco personas entre la hora de levantarse y la de acostarse. Su técnica seguía a rajatabla el manual del francotirador profesional: se camuflaba con el entorno con facilidad (tenía el culo acostumbrado al gélido temporal), renunciaba a las mirillas telescópicas (porque soportaban peor el clima helado, producían reflejos con la luz y le obligaban a levantar un poco la cabeza), se rellenaba la boca con nieve para no producir vaho y tenía una paciencia infinita a la hora de esperar tranquilamente a que un oponente se asomase para saludar.

El 6 de marzo de 1940, entre los bosques de Ulismaa y durante una maniobra de contraataque, una bala explosiva del enemigo impactó en la cara de Häyhä dejándolo en coma y desfigurándole para siempre al llevarse por delante su mandíbula izquierda. Sus compañeros lo socorrieron y trasladaron hecho un cristo («La mitad de su cara había desaparecido por completo») sin muchas esperanzas de que aquel hombre sobreviviese. Pero el puñetero se demostró duro hasta para eso: despertó del coma el 13 de marzo de 1940, justo el día en el que la paz se había declarado y la guerra se daba por finiquitada. Como si la propia naturaleza lo hubiese dejado en reposo a propósito diciéndole «Mira, hasta aquí. Que me lo estás poniendo todo perdido».

Simo Häyhä tras la guerra, a nadie se le ocurrió hacer un chiste sobre su cara. Jamás. Imagen: Dominio público.

El dentista guerrero

Benjamin L. Salomon (1914-1944) nació en Milwaukee, Wisconsin, y creció apuntando maneras: obtuvo el rango más alto posible (Eagle Scout) en el programa juvenil de Boy Scouts de América, superó el instituto con notazas, ingresó en la Universidad de Marquette, se trasladó a la Universidad del Sur de California para completar su licenciatura y remató sus estudios graduándose en la Facultad de Odontología de la USC. En 1937, con todos los deberes hechos, comenzó a ejercer como dentista. El futuro se presentaba bastante cómodo para aquel joven judío de familia humilde, hasta que un par de años después estalló la Segunda Guerra Mundial.

En 1940 Salomon fue llamado a filas y pasó a formar parte del ejército de los Estados Unidos. Ingresó como soldado de infantería, pero demostró tanta valía y dedicación (algo de lo que fueron testigos sus años académicos) como para no tardar demasiado en comenzar a escalar posiciones. Tras el entrenamiento básico, Salomon se unió al 102º Regimiento de infantería destacando como experto tirador pero también como un hombre tallado con madera de líder. El oficial a cargo de la unidad lo nombro «el soldado más completo» del regimiento y al cabo de un año Salomon ya había alcanzado el rango de sargento y se encontraba comandando una sección de ametralladoras. En 1944 el hombre recibió la notificación de que pasaría a formar parte del Cuerpo Dental para arreglar muelas en medio de la batalla, un destino que al propio Salomon no le hacía demasiada gracia porque a aquellas alturas él prefería seguir sirviendo en las líneas de infantería. Se trasladó a Schofield Barracks, Hawái, y tras trabajar unos meses en un hospital fue nombrado oficial dental del 105º Regimiento de Infantería, parte de la 27ª División de Infantería.

Como el chaval era de naturaleza brillante, tampoco pudo dejar de destacar en aquel puesto. Sus pacientes y compañeros lo definieron como un dentista excelente y su rutina diaria se dividió entre arreglar bocas por la mañana, entrenar junto a su regimiento por las tardes y aprovechar el tiempo libre entre medias para ganar todas las competiciones de la unidad o enseñar estrategias militares. Sus comandantes era incapaces de hablar de su figura sin sepultarla en flores: «Ben Salomon fue el mejor instructor de tácticas de infantería que hemos tenido. Tenía una forma de inspirar a la gente para hacer cosas que de otro modo no podrían haber hecho. Probablemente ha sido el hombre más vital que muchos de nosotros hemos conocido».

Benjamin L. Salomon. El afable, sonriente y encorbatado dentista que estaba a punto de desatar el infierno sobre un centenar de japoneses. Imagen: Dominio público.

En junio de 1944 Salomon fue ascendido a capitán y desembarcó en la isla de Saipán, Islas Marianas, junto al 105º Regimiento de Infantería para entrar en contacto con la batalla y enfrentarse a las tropas japonesas, eso sí, desde la sala del sacamuelas. Pero como el dentista de regimiento tenía poco trabajo que hacer durante las operaciones de combate, el muchacho (contaba treinta primaveras por entonces) se ofreció como voluntario para reemplazar al cirujano del 2° Batallón, que había sido herido por un mortero. A medida que aquel 2º Batallón avanzó por el territorio, las bajas y heridos entre sus filas se multiplicaron de manera considerable, dejando diezmada a la formación, cuestionada su valía (el teniente general Holland Smith definió aquella unidad como un grupo de incapaces derrotados por un enemigo desorganizado) y al médico Salomon con muchísimo trabajo sobre la mesa de operaciones.

El 6 de julio, las tropas americanas comenzaron a establecer un perímetro sólido de defensa en torno a la base de operaciones ante la posibilidad de sufrir un ataque suicida por parte de los japoneses. No estaban equivocados, al otro lado de la contienda el general Yoshitsugu Saito andaba azuzando a soldados, marineros y civiles para arremeter contra los americanos a lo bestia y sin freno: «Atacaremos a las fuerzas americanas y todos moriremos de manera honorable. Cada uno de nosotros matará a diez americanos […] Hay muerte si atacamos y hay muerte si nos quedamos donde estamos. Sin embargo, en la muerte hay vida. Avanzaré junto a vosotros para atizar un nuevo golpe a los demonios estadounidenses y dejar mis huesos en Saipán como una fortaleza del Pacífico». El plan del amigo era utilizar el comodín de la carga banzaí, un superpoder de las masas japonesas que consiste en atacar como cabestros en plan avalancha humana y sin preocuparse de la seguridad propia.

Las oleadas de japoneses locos comenzaron a emerger de entre los setos durante la madrugada. Los norteamericanos trataron de hacerles frente tirando de todo tipo de artillería e infantería e infligieron numerosas bajas sobre aquella desquiciada marea de personas, pero no fueron capaces de evitar que el enemigo acabase invadiendo las trincheras de sus instalaciones. Entretanto, Benjamin L. Salomon trataba de remendar a los suyos desde una tienda médica que se encontraba instalada a escasos cuarenta y cinco metros de la línea defensiva. Pasados diez minutos desde el inicio de la contienda aquella carpa ya acumulaban más de una treintena de soldados heridos. Lo peor, y lo mejor, de la historia del dentista militar viene ahora, porque mientras Salomon se encontraba atendiendo a los heridos, los soldados japoneses comenzaron a entrar en la tienda de primeros auxilios. Uno de ellos apuñaló con su bayoneta a un americano convaleciente que yacía sobre una camilla y aquello activó en la cabeza del joven judío de Milwaukee el modo Rambo: Salomon se cargó al asesino de un disparo, tumbó a otros dos japoneses a hostias con su rifle para después rematarlos con un tiro y una cuchillada de bayoneta, le voló la cabeza a un enemigo que se coló por los bajos de la tienda, trinchó a otro con la bayoneta, apuñaló a otro con un cuchillo y derribó a otro más de un cabezazo. Se asomó al exterior y descubrió que la cosa pintaba demasiado mal, ordenó al resto de médicos que evacuasen a los heridos mientras él proporcionaba fuego de cobertura y anunció que se quedaría en el lugar para contener a los invasores mientras le fuese posible.

Al día siguiente, el ejército americano encontró el cuerpo sin vida de Salomon tumbado sobre una ametralladora. Frente a su posición (que el hombre había desplazado varias veces durante la escaramuza para mantener una buena visión del campo de tiro) se apilaban noventa y ocho soldados japoneses. En su cuerpo tenía setenta y seis agujeros de bala, veinticuatro de los cuales los había recibido mientras aún estaba vivo. Porque todo el mundo sabe que no puedes acabar con un humilde dentista judío de Milwaukee tan fácilmente.

(Continúa aquí)

No hay muchas fotos del bueno de Benjamin en internet porque se ve que en la época los jpgs no estaban de moda. Así que hemos seleccionado una de su equivalente moderno más cercano. Para hacerse una idea más certera, dibújese mentalmente una bata de dentista sobre el torso del soldado . Imagen: Orion Pictures.

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3 comentarios

  1. Kendhor

    Mad Jack para el siguiente?

  2. asdfgh

    Espero que el carnicero de Omaha no falte. Los Alemanes también tienen héroes.

  3. Roberto

    Un soldado indio o nepalés tiene una historia muy parecida a la de Salomon, pero sobrevivió.

    En la próxima entrega espero leer alguna de las chicas soviéticas que tenían que sacar a los heridos de combate a la rastra, con todas sus armas. Y de Leonidas…

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