Mathieu de Taillac: «En España se castiga menos socialmente expresar una opinión xenófoba que en Francia»

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Fotografía: Begoña Rivas

Mathieu de Taillac es corresponsal en España de Le Figaro y Radio France. Nació en Burdeos hace treinta y seis años y vive en Madrid desde hace más de diez. Estudió Ciencias Políticas en Francia, pero quiso ser periodista. En Francia es una profesión seria —y sin carrera propia—, y no entró en ninguna Escuela de Periodismo. Las pruebas de acceso, dice, son tremendamente difíciles. Así que vino a España y entró como número 1 en el máster de El País. Escogió España porque había estado con una beca Erasmus en Bilbao y le interesaba la cultura hispana. Se ha integrado, pero conserva sus toques franceses: lleva gorra de visera corta sin ser calvo, hace bromas peculiares y no usa WhatsApp. Es un periodista tan prudente que controla los juicios de valor incluso para hablar de él. Habla perfectamente español, pero no logra que entiendan su nombre al teléfono. Con algunos amigos se hace llamar Mateo, lo que parece una derrota considerable.

¿Te haces llamar Mateo?

Depende, pero sí, sobre todo al principio. El problema de «Mathieu» no es que se diga «mal», porque ese sonido no existe en castellano y cada uno lo dice mal de una forma y al final no sabes cuándo darte la vuelta. El problema es que cuando digo al teléfono «Mathieu», si lo digo rápido, la gente entiende «Nacho».

¿Nacho?

Lo bueno es que hay pocos Mateo, aunque ahora digo: «Soy Mathieu de Taillac», pero vocalizo mucho el «Mathieu» para que no entiendan «Nacho», porque Nacho de Taillac es un apellido superfrancés y un nombre superespañol. Tengo pensado titular algún libro, si lo escribo algún día, No me llamo Nacho.

Decías hace años que te presentabas como «gabacho» para romper el hielo. ¿Sigues haciéndolo?

Sí, en mi bío de Twitter aún lo pone. He madurado, tengo treinta y seis años, pero me hacía gracia, porque es una palabra que no llega a ser insultante, pero es despectiva. Si te la apropias, desactivas el efecto de la crítica.

¿Pero te han llamado alguna vez «gabacho» como insulto?

No, muy poco, alguna vez en Twitter. A mí personalmente no, hay gente que lo dice pero que no te lo dice a la cara. No me puedo quejar en absoluto de un trato antifrancés. Ha habido momentos de tensión cuando los guiñoles del Canal Plus se metieron con el supuesto dopaje en el deporte español y salió Rafa Nadal. Ahí hubo problemas. Pero no puedo decir que como francés haya recibido nunca un trato de hostilidad.

¿Hay alguna palabra despectiva para los españoles en Francia?

Apenas. Se utiliza espingouin, pero no llega ni a juego de palabras, es una deformación de la palabra «español» unida a la palabra «pingüino», que es una tontería. Cuando me hacen esa pregunta, que me la hacen a menudo, hay algunos que se quedan decepcionados diciendo: «¿Cómo es que no tenéis ni siquiera una palabra para hablar de nosotros?». Tenemos muchas palabras para los alemanes, porque tuvimos tres guerras con ellos en siglo y medio, y unas cuantas para los ingleses.

Desde Francia, España es un país menor.

Salvando las distancias, la relación de España con Francia es parecida a la de Portugal con España. Es una relación de amor-odio, de uno que se siente un poco como hermano pequeño o como hermano mayor que cae bien o mal, pero que hay esa relación a veces un poco acomplejada. En España dicen: «En Francia nos miran desde arriba», y yo creo que no tanto. ¿Cuál es el criterio? En el criterio de los editoriales y el discurso de élites políticas y sociales no veo un desprecio por parte francesa, y si es a nivel medio de la población, cuya relación con España se ha desarrollado más por Ryanair que por los artículos que se han podido escribir, no tienen una mala imagen de España, más bien de los tópicos. Pero dentro de los tópicos hay muchos que son positivos: país de fiesta, de relacionarte con los demás, de estar mucho en la calle. No me parece una mala imagen.

¿Los tópicos españoles te sirven para vender temas en Francia?

Son una buena base, pero para afinar o destruir el tópico. Por ejemplo, el tópico de «España, país conservador de los Reyes Católicos» sigue existiendo en Francia. Pero luego resulta que España es uno de los primeros en la Unión Europea en aceptar el matrimonio homosexual.

¿Hay cosas de España que te sorprenden?

Es un poco paradójico, pero al principio te parece que todo es muy parecido. Somos países vecinos y las fuentes son las mismas, el mundo griego, el cristianismo. Es fácil para integrarte. Y, paradójicamente, al integrarte ves que no todo es igual, en las formas de relacionarse, por ejemplo, a veces te equivocas y te das cuenta poco a poco. Muchos franceses creemos ser muy graciosos, y la gente nos mira y dice: «¿Este por qué dice eso?». No encaja muy bien el humor francés y eso lo integras poco a poco. O, por ejemplo, si te portas como un francés cortés en España, vas a pasar por demasiado obsequioso, incluso por falso. Yo tengo una teoría y es que en todos los países tenemos dos polos, que son el polo de ser obsequioso y el polo de ser grosero, y cada país pone el cursor en un punto de la línea, y con lo que en Francia está bien en España te vas a pasar de una cosa o de la otra. Mi primer contacto largo con España fue con un intercambio de alumnos del instituto en un pueblo de Asturias, y cuando la madre de la familia me daba de cenar, yo decía: «Gracias», y se descojonaba el chico con el que hacía intercambio, me decía: «Deja de decir gracias por todo», y yo no podía evitarlo porque si no lo hacía me sentía como muy brusco. El nivel de ruido en la calle, en un tren, en un restaurante, es verdad que es distinto y lo sigo notando trece años después. Los horarios no son tan distintos, aunque te levantas un poco más tarde aquí, pero te acuestas más tarde también, lo cual les tienes que explicar a tus jefes, que no es que seas vago, es que te levantas más tarde porque no hay nada antes y que te acuestas más tarde porque la vida social sigue.

Que no tengas WhatsApp parece una cosa francesa premoderna.

Vivo mejor así. Cuando lo tenía, lo gestionaba mal. Si recibía un WhatsApp, tenía la necesidad de leerlo inmediatamente y contestar al minuto.

¿Eso te pasa con los e-mails también?

No tanto, veo de qué va y lo paso. Me parece tan, tan fácil esa comunicación de WhatsApp que es agobiante, se mezcla lo personal con lo profesional y tienes que contestar en el momento, aunque no tienes por qué, pero yo quiero contestar en el momento. Tengo amigos españoles medio enfadados porque están todos en un grupo y dicen: «Estamos todos en un grupo y tú eres el único que no estás, es que eres muy moderno y eres muy guay», y no es por ser guay. Hace un año mi padre me dijo: «¿Por qué no te pones el WhatsApp?». Y le dije: «Lo he tenido, pero hace cinco años que no lo tengo». Nadie me ha dicho que no haya podido contactar conmigo porque no tenga WhatsApp. Es un filtro también, porque el que quiere contactar contigo lo consigue. En resumen, no lo utilizo porque lo gestiono mal. Yo no sé fumar poco, cuando fumaba fumaba un paquete al día, y entonces, como tendía a engancharme, dije que iba a cortar por lo sano.

En tus crónicas los titulares te los ponen en París.

Sí. Yo no los suelo poner, porque yo envío un archivo de Word y no sé cómo va a quedar en la maqueta. Estamos hablando de un periódico impreso, en el que igual en la columna de al lado no puedes repetir una palabra, no sabes cuántos caracteres tienes para tu titular. Esa es la parte práctica y la parte editorial; yo no veo mal que una visión exterior te resuma, a veces te fastidia, porque no es un título fácil, hay que matizar.

¿Te editan mucho en la redacción los textos que mandas?

No. La tradición anglosajona —a veces los corresponsales americanos de aquí se quejan, y se equivocan, porque editar es una gran ayuda— de exigir más rigor está muy bien, pero en Francia no es así.

¿Os parecéis más al periodismo español?

En este aspecto me imagino que sí.

¿En qué aspecto no?

En la definición, incluso en el vocabulario del periodista. Siempre me ha sorprendido y me sigue sorprendiendo que aquí un periodista es quien tiene la carrera de Periodismo, y hay gente de agencias de comunicación con la que hablas y te dice: «Yo también soy periodista», y no es un trabajo de periodista, es otro trabajo, que es muy respetable pero que no es de periodista.

Yo, según el criterio español, me debería definir como politólogo, porque he estudiado Ciencias Políticas. Yo no soy politólogo, yo no he escrito ningún artículo en ninguna revista de esencia política, que para mí es la definición de un politólogo y creo que eso marca bastante.

¿En Francia un periodista deja de serlo si sale de una redacción?

En el trabajo diario creo que no hay mucha diferencia, pero sí hay más diferencia en lo que hay alrededor, en la consideración de lo que es periodismo y lo que no lo es, en los conflictos de interés, en pasar del periodismo a la comunicación. En Francia, en general, es un viaje solo de ida: no puedes ir al gabinete de comunicación de un político o de una empresa grande y volver al periodismo después. Ya se ve bastante mal que te vayas a la comunicación de un partido después de haberlo cubierto, pero volver es casi imposible.

La relación con los políticos, con el poder en general, ¿te parece que aquí somos más permisivos o más suaves?

Sí, hay demasiado respeto al político que manda en general, se ve mucho en las entrevistas televisivas, en las que son demasiado corteses, a mi entender.

Si les haces una entrevista incisiva, ¿se sorprenden?

Sí. Recuerdo una rueda de prensa sobre un dato del índice del paro en la que yo dije: «¿Por qué empiezan a contar cuando baja?», y se lo tomaron mal y vino un secretario de Estado a decirme que no se hablaba así con una ministra.

¿Te lo dijeron como periodista extranjero porque no tenías la habilidad o el uso de lo que se hace aquí?

Yo creo que fue una forma de presión. No llamé mentiroso a nadie, solo pregunté por qué se empieza a poner en gráfico el paro cuando empieza a bajar.

Los corresponsales de medios franceses grandes en España, ¿todos sois freelance?

Sí.

Le Figaro y Le Monde son los periódicos más grandes.

Sí y son los que más cubren internacional.

En el extranjero, fuera de Francia, ¿cuántos corresponsales en plantilla tienen?

Suelen tener en Londres, Bruselas, Washington, Jerusalén, Roma, algún país que te permita hacer mundo árabe, Pekín.

En España, París es una capital básica, con lo cual el corresponsal suele estar en plantilla. Pero al revés no sucede.

Para el interés informativo de Francia España compite con Italia, y suele perder porque allí está el Vaticano y la política es más espectáculo.

¿Tú tienes la sensación de que tus condiciones laborales son malas?

Mi sueldo sube y baja en función del nivel de actualidad. En el periódico me pagan por pieza y por caracteres, y en la radio por el tipo de crónica. Al final del mes, un mes importante ganas mucho dinero y un mes malo o de vacaciones no ganas nada. Hay un sistema muy peculiar en Francia que se llama pigiste: no eres autónomo ni tienes un sueldo fijo, pero tu empleador te puede pagar la seguridad social. Eso es lo que tengo yo.

No es freelance estricto.

Legalmente es un contrato indefinido tácito. El día que te echan, si tienes un conflicto laboral, cualquier tribunal laboral te lo recalifica como un contrato indefinido.

Entonces decir freelance es trampa.

No es trampa porque, si no te encargan nada, no cobras nada.

¿Si te despiden tienes indemnización?

Sí, pero tienes que luchar. Se empieza a decrecer y cada vez te piden menos, de forma paulatina, y es muy complicado porque hay que demostrar que ha dejado de importarles tu trabajo. Es muy complejo, ahí hay discusiones. Yo estoy en listas de corresponsales freelance franceses en el extranjero y hay discusiones con abogados.

Sandrine Morel, corresponsal de Le Monde en España, contaba algo polémico en un libro reciente sobre Cataluña. Decía Morel que un funcionario catalán le advirtió que, si la Generalitat compraba publicidad en su periódico, ella iba a escribir lo que los independentistas quisieran.

Se leyó bastante mal lo que había dicho. Comprar dos páginas en Le Monde no va a cambiar la línea editorial. Presiones económicas de anunciantes hay, pero comprar el periódico no es fácil. Te puedes asustar —digo yo, que no soy director de ningún periódico—, te puede fastidiar, sentir la presión, y decir: «No, apuesto por mi línea editorial y me da igual porque tengo muchos anunciantes y muchos suscriptores». Pero te puedes asustar si aquí El Corte Inglés o en Francia una gran empresa francesa te amenaza con un boicot; pero, si una institución que te pone dos páginas se va, no es ninguna presión.

Ha habido también polémica porque el Gobierno de España se ha explicado peor que la Generalitat a los medios extranjeros.

Sí, clarísimamente.

Lo has vivido.

Sí, no te daban entrevistas. Por ejemplo, en un tema sobre la corrupción del PP, evidentemente yo quería hablar con gente del PP, y lo hice entre Valencia y Madrid, donde más fácil era contar la historia, y tuve que insistir, insistir, insistir, para tener a alguien que diera la cara.

¿Tú llamabas y decías: «Soy de Le Figaro y quiero hablar de la corrupción en el PP»?

Sí, y no es el tema del que más les apetece hablar, pero es mejor que alguien del PP diga su versión antes de que lo hagan desde otros partidos. El tema catalán es más evidente aún porque cada uno ha jugado sus cartas lo mejor que ha podido. El Gobierno español tiene por estructura una red estupenda de diplomáticos para convencer a las capitales y a los Gobiernos, y lo ha hecho estupendamente. Ha convencido y nadie se ha movido en Europa a favor del independentismo catalán, y cuando ha parecido que en una pequeña República báltica alguien lo iba a hacer, han rectificado rápidamente. Es una buena labor de convencimiento o propaganda diplomática. La Generalitat no tiene esos recursos. Las «embajadas catalanas» no tienen esos contactos. Entonces, como no han podido así, pues han dicho: «Vamos a intentarlo con la prensa».

Es decir, lo has tenido más fácil en Cataluña.

Si a mí me dicen que, en el mayor desafío político en España en los últimos quince años, el jefe del Gobierno autonómico que es independentista me propone una entrevista, realmente me interesa. Pero si me la propone la vicepresidenta o un ministro de Exteriores, o alguien que tenga algo que decir del Gobierno español, pues encantado de hacerla. En Madrid te decían que le bajaban el nivel de interlocución, pero también por una razón protocolaria: si habla el president de Cataluña, no podemos poner al mismo nivel al presidente del Gobierno de España, porque el presidente del Gobierno español no está al mismo nivel protocolario que el presidente de una comunidad autónoma.

Aparte de las entrevistas, ¿trabajar en Cataluña te ha sido fácil?

Es más fácil siendo extranjero. Como institución, el Gobierno catalán se ha abierto a la prensa internacional a partir de una fecha: yo recuerdo que pedía entrevistas con Mas y no me las daban, y a partir de su segundo mandato, que era cuando empezaban a hablar de independencia, sí que se abría más a la prensa internacional e incluso pusieron a una persona encargada especialmente de eso. Ha sido un poco la herramienta del débil, que han cuidado mucho desde el Gobierno catalán y el independentismo en general, mientras que en España, en el Gobierno español, no han visto esa prioridad o la han visto tarde.

¿Has tenido presiones hipotéticas o ni siquiera esa presión razonable has recibido?

No he recibido ninguna presión directa del Gobierno español. El Gobierno catalán mira mucho lo que haces en las redes sociales, y te responden y entran en un debate en el que yo intento no entrar.

¿La presión a los periodistas tiene consecuencias?

No sé, no tengo ni idea. Hay una variación del sentimiento y de la percepción de lo que pasaba en Cataluña. Ha habido un momento de romanticismo, igual menos en Francia que en el mundo anglosajón, de la lucha de un pueblo por su independencia, David frente a Goliat… ha funcionado un poco, pero también es verdad que ha habido un momento en el que han venido muchos enviados especiales, es decir, gente no especializada en España ni en Cataluña, en general especializada en internacional, algunos que hablan español y otros que tienen que trabajar con un fixer, y esa visión romántica alguna semana ha podido ser reforzada. Aunque los periodistas tampoco son tontos.

¿Habéis notado algún tipo de variación?

El antes y el después del referéndum. El hecho de que no pasara nada —porque la bandera española seguía ondeando en el Palau de la Generalitat— y los viajes de Puigdemont por Europa han quitado mucha credibilidad al independentismo. La gente que pensaba que iban muy en serio y que había una oportunidad para ellos de ser independientes ha cambiado de criterio.

La corrupción ha sido un tema grave aquí. ¿En Francia interesa o se sorprenden mucho? ¿Es en España un tema específicamente grave respecto a Francia?

En Francia nos recuerda un poco a lo que pasó allí en los años ochenta-noventa, hasta que se empezó a legislar de forma más dura la financiación de los partidos. Es grave, especialmente en los años en los que se exige más a los políticos y a la gestión pública y hay una acumulación de casos que afectan a todos los partidos. Aunque corrupción hay en todos los países.

En España ha ocurrido lo que ocurrió en Francia quince o veinte años antes.

Sí, pero en España hay más casos de forma más masiva, afectando a todos los partidos y en todas las Comunidades Autónomas o casi.

Eso ahora mismo debe interesar menos porque es más repetitivo o cansino, ¿no?

Cada vez hay que franquear un límite más fuerte para que vendamos un tema. Tiene que salir una declaración fuerte de un presidente autonómico, o expresidente, o una sentencia o una persona conocida en Francia.

Pedro Sánchez no era nadie en Francia hasta hace poco.

Sí. Yo había hecho ya un perfil de cara a las elecciones generales.

¿Qué nivel de conocimiento se tiene de Pablo Iglesias y Albert Rivera?

De Pablo Iglesias mucho, creo, y de Rivera menos. Porque se habla mucho de Podemos. Pablo Iglesias fue el primero de los dos partidos emergentes, porque bebió del 15M. Por ejemplo, en la tele te ponen una entradilla diciendo: «Podemos es el partido de los indignados», y nos hemos quedado más con esas palabras que con el 15M. Creo que por esa conexión ha funcionado bastante bien, e imagino que también por el interés de la izquierda en Francia en tener algo que se pareciera a Podemos.

¿Es mayor que la conexión Cataluña-Ciudadanos?

Sí. Ciudadanos además nace más poco a poco. Nace como un partido catalán antiindependentista, luego da el paso a ser plataforma nacional que no se sabe si va a tener mucho tirón o no.

Lo gracioso de un corresponsal es que tienes que ajustar los adjetivos para explicar o traducir en Francia algo que en España es muy conocido.

Eso me supone un problema en España. En España me dicen: «¿Cómo es que llamas a Podemos de “izquierda radical”?», y no los llamo de «izquierda radical», los llamo «de gauche (‘izquierda’) radical». Parece un chiste, pero no es lo mismo. En Francia, el partido hermano de Podemos se presenta como «de gauche radical» y no pasa nada. A la gente que se identifica con ellos le parece estupendo llamarse radical, porque de ahí es la raíz, y no de izquierda sin más, una izquierda que ellos verían sosa, retraída.

¿Con ETA hay una discrepancia similar?

A mí nunca me han dicho que ponga o no «terrorista» junto a ETA, por ejemplo, y lo he puesto bastante. Hay que contar que han matado a ochocientas personas y hay que contar que hacen terrorismo.

¿Los «políticos catalanes presos» o los «presos políticos» también es un dilema?

Yo nunca he puesto «presos políticos», aunque nunca lo he hablado con ningún jefe. Mi convicción es que es una palabra muy cargada y que con ella estás tomando partido. Explico de qué se les acusa y explico que muy poca gente observa violencia por las acusaciones por las que están en la cárcel. Pero no entro ahí a decir «preso político», porque me parece que es una trampa para el periodista muy gorda, es muy fácil no caer en ella de lo gorda que es.

¿A Izquierda Unida los llamas los «viejos comunistas»?

Los llamo «mediocomunistas», en general, y a Ciudadanos al principio «centrista» a secas y ahora «centrista liberal», y con respecto a Cataluña también «antiindependentista».

¿No incluyes el macronismo para Ciudadanos?

No, nacieron antes que Macron. Eso sería simplificar demasiado y no puedes. Yo, como corresponsal, no puedo acercarlo tanto, que lo haga un jefe. Yo creo que es al revés, que tengo que entrar en los matices.

No has hecho el titular de «Rivera es el Macron español».

No, ni lo voy a hacer ni creo que sea el Macron español, es bastante distinto. Creo que en los partidos una parte de la ideología o de los programas es común o comparable, pero las personalidades son bastantes distintas.

Macron tiene un recorrido mucho más de «guerra relámpago». A Macron allí nadie lo conocía antes de ser ministro y es candidato un año y medio después de ser ministro. Es todo muy rápido, es candidato y gana, lo que es inédito en Francia. La mayoría de los presidentes había perdido elecciones antes de ganarlas. Macron es un presidente joven que llega y Rivera creo que no tiene la misma preparación intelectual, es decir, Macron es un hombre de letras al que le gusta la cultura y demás (igual esto es lo que nos vende), y Rivera es un jurista, como hay muchísimos políticos, creo que demasiados, en este país. No quiero hacer ningún juicio de intenciones, pero yo creo que Macron tiene convicciones liberales muy claras, liberales en economía, liberales en sociedad también, y a Rivera se le ha visto hacer vaivenes del centro a la izquierda, del centro a la derecha, los independentistas dicen que de extrema derecha, yo no lo creo, pero me ha parecido más amoldable. También lo pienso de Sánchez.

El primer viaje que Sánchez ha hecho al extranjero como presidente del Gobierno ha sido a París, y habla de la buena sintonía con Macron. Parece que también quiere apropiarse del manto de Macron. De hecho, Macron viene del Partido Socialista, con lo cual igual no es tan fácil acercarlo a Rivera o a Sánchez, igual está lejos de los dos.

Hay que reconocer a Rivera que se lo ha currado antes, y ya están preparando una plataforma en común y por interés puro. Macron tiene más interés en decir: «Yo voy con un partido nuevo que dice, como yo, coger lo mejor de la izquierda y lo mejor de la derecha», con otras palabras, y con eso reunir a los mejores, eso son discursos de los dos que son muy cercanos, son iguales, y se lo creerán más o menos.

Pedro Sánchez tiene un Gobierno que no es solo de su partido.

Sí, pero es el PSOE, es el partido más viejo, si no me equivoco, con ese nombre por lo menos, y Macron viene a romper, igual para perpetuar, pero romper el sistema político de partidos. Entonces, es más coherente a nivel discursivo que se relacione con Rivera —sea cual sea la relación personal— que con Sánchez, aunque luego evidentemente tendrá más encuentros o más reuniones con este todos los meses en Bruselas. Pero públicamente, si Macron tiene que apoyar a un partido, lo más lógico es que apoye a Rivera.

El perfil del votante habitual del Frente Nacional en Francia, con todo lo que eso implica, ¿lo ves o lo has visto en España?

Es difícil establecer un perfil tipo y creo que nos equivocamos mucho los periodistas o los analistas con el voto a Le Pen, porque ha sabido convencer a votantes de clase media desplazada, que se sentían excluidos y que son los perdedores de la mundialización. Ese es básicamente el voto de Le Pen.

¿En España no hay perdedores de la globalización?

Sí los hay también, evidentemente, aunque la extensión igual es distinta. En España ha habido una indignación expresada por ejemplo por el 15 M, que es un movimiento que no parte de un partido, al principio por lo menos, que no va canalizado por un partido y que es bastante espontáneo, y que no tiene ningún aspecto xenófobo. ¿Quiere decir eso que no hay racistas en España? Yo creo que sí los hay, suelo decir que hay la misma proporción de racistas. Me parece ver que en España se castiga menos socialmente expresar una opinión xenófoba o al límite que en Francia. Un ejemplo, voy a comprar queso y jamón, y el tío me dice: «Ah, eres francés, allí no tenéis jamón tan rico como este, ¿no?», y le digo: «Tenemos un jamón de este estilo, pero no es ibérico. Yo soy de Burdeos y me gusta coger lo mejor de cada sitio, el jamón de aquí, el vino de Burdeos»; y me dice: «Pues lo mejor de cada sitio y cada uno en su país», y digo: «¿Pero eso lo dice por mí?». Y dice: «No lo digo por usted, lo digo por los inmigrantes». Como yo soy europeo blanco, no soy inmigrante; técnicamente lo soy legalmente, soy expatriado o como se quiera llamar para él. Una persona así en Francia en ningún caso, aunque hubiera pensado lo mismo que él, en ningún caso hubiera expresado eso delante de clientes que no conoce en un sitio público. Igual eso es más sano en España, porque sabes así lo que piensa la persona; luego a lo mejor en su vida cotidiana su hija se casa con un senegalés y su hijo con una ecuatoriana y no va a tener ningún problema, pero esa cosa que siente ahí la va a expresar de forma bastante directa, mientras que en Francia se la va a guardar y le va a crecer el rencor. Es un análisis político sociológico salvaje, igual me estoy equivocando mucho, pero sí tengo esa impresión de que no hay ese miedo a expresar una opinión políticamente incorrecta.

Habrás visto los mensajes del pianista James Rhodes en Twitter donde habla de España como un país sensacional y que tienen bastante éxito aquí. ¿Tienes la sensación de que España se valora poco y que tienen que venir de fuera a decirnos que somos un país cojonudo?

Lo de la infravaloración creo que es verdad, quizás sea un tópico, pero la infravaloración en España de sus artistas, científicos… hay gente que tiene que salir fuera al extranjero para que se le conozca y después volver.

En Francia, por ejemplo, los profesores de castellano en el instituto son todos fans de Almodóvar. No hay ningún curso que no te pongan una película de Almodóvar. Creo que él lo ha dicho alguna vez, que se ha sentido mejor valorado en Francia que en España, ya no sé en el resto de Europa y en Estados Unidos. Sí hay algunas cosas que dices: «Vaya, está bien lo que está haciendo España». El Aquarius ha sorprendido en Francia, uno, por la decisión, y dos, porque creo que Francia hubiera sido mucho más criticada, hubiera provocado un debate mucho más duro el hecho de acoger a seiscientos inmigrantes. España es admirable en este aspecto de acoger y de no hacer un debate nacional con posiciones muy duras y xenófobas.

Macron ganó hace un año y ya flaquea un poco en los sondeos. ¿Dónde crees que ha tenido los agujeros más grandes?

Yo creo que en los conflictos sociales, sobre todo.

¿Ha intentado imponer unas reformas para las que Francia quizás no estaba preparada?

Sí, y le pasa factura. Aunque creo que mucha gente, y yo me puedo incluir entre ellos, reconoce que hace buenos discursos.

¿Los buenos discursos son raros en Francia? Porque en España son muy raros.

Nos gusta que los hagan bien. Los hace mejor que Hollande y los hace mejor que Sarkozy. Dentro del nivel francés es especialmente bueno. A nivel internacional ha gustado mucho a los franceses que hablara de tú a tú a los grandes líderes como Putin o Trump.

Esa cosa de la grandeur, ¿no?

Sí, un poco, lo que se le reprochaba a Hollande básicamente. Sobre todo, transmitía la impresión de uno que no sabía muy bien adónde iba y, segundo, no te sentías orgulloso de la representación como actor a nivel internacional. Macron sí tiene ese aspecto telegénico y, un poco más allá de telegénico, de grandes discursos. Lleva solo un año, pero ha lanzado reformas y, si se aplican, a ver qué tal resultan y a ver cómo pasamos del discurso a la realidad.

¿Te has encontrado alguna vez, cubriendo cosas, con algún problema específico como periodista francés en España? ¿O algún tema que fuera más difícil o más delicado?

Hay temas que no he tenido que cubrir yo pero que sé, porque lo hemos comentado entre periodistas franceses en España, que son muy delicados de contar, que son la agricultura, la fruta, la fresa. Yo a veces he tenido que explicar por qué la fresa española es tan barata y por qué es competencia de la fresa francesa. Hay compañeros a los que les han tirado piedras, literalmente.

Por los camiones que van a la frontera, ¿no?

Sí, y supongo que al revés también pasa, a compañeros españoles en Francia al ir a ver a los agricultores franceses.

¿Aún ocurre?

Lo han vuelto a hacer con vino. Un vino que presentan con una etiqueta afrancesada, producto de la Unión Europea y con un nombre superfrancés.

En el sudeste francés los convencieron hace veinte años de arrancar vid para hacer menos cantidad y más calidad, y ahora ven que un vino a granel se está vendiendo y el suyo no, y están muy cabreados porque además lo presentan como vino francés, jugando un poco con los márgenes de la ley, y hay unas tensiones fuertes. A veces es con eso, otras veces con la leche, otras veces con la fruta.

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