Futuro Imperfecto #4: Confía en nosotros, que te mentiremos

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Foto: Vincent Delegge (CC0).

¿Has venido aquí a buscar la verdad? Tú no puedes encajar la verdad. Vivimos en un mundo que tiene empresas tecnológicas, políticos y lobbies dispuestos a engañarte. Amas y compras sus productos y sus promesas. ¿Y de verdad quieres que hagamos fact checking para saber si mienten? ¿Quiénes? ¿Los medios pagados por la publicidad de esas empresas, lobbies y políticos? ¿Nosotros? Es una responsabilidad mayor de la que puedes calibrar. Porque no podemos quejarnos en Twitter o Instagram maldiciendo a los que mienten y luego tumbarnos en el sofá. Sabemos, desde el mismo día que escogimos este oficio, que la independencia, aunque ponga en peligro nuestra supervivencia como medio, la de esos compañeros que son asesinados, y tu comodidad, ayuda a protegernos contra los que quieren abusar de nosotros. Pero acéptalo ya, a veces prefieres evitar la verdad, porque en esas zonas de tu interior de las que no hablas con los amiguetes sientes miedo. Prefieres que seamos nosotros los que nos expongamos al hacer el trabajo. Nosotros, que usamos palabras como «verdad», «periodismo», «rigor», palabras que son la columna vertebral de una vidas dedicadas a defender algo, y que otros usan como postureo.

No tenemos ni el tiempo, ni las más mínimas ganas de explicarnos ante un lector que se levanta y se acuesta bajo la manta de una libertad que nosotros intentamos defender, y después cuestiona el modo en que lo hacemos. Preferiríamos que solo dijeran gracias y siguieran su camino. De lo contrario les sugerimos que cojan las palabras y la verdad de los hechos y defiendan su puesto. De todos modos, nos importa un carajo a qué creen ellos que tienen derecho. Porque nosotros estamos aquí para algunas mujeres y hombres buenos, que hemos reunido a lo largo de una década. Estamos aquí para vosotros, lectores de Jot Down. Y hoy queremos  discutir si podemos defender la verdad, para entregarla tal cual es, o si tendremos que vendernos. Porque el periodismo es algo más que una etiqueta o un carnet colgado del pecho. Y nuestro trabajo es defender a aquellos que no pueden defenderse solos. Con la verdad.

Nosotros los periodistas

Ya de pequeños descubrimos lo peligrosa que es, cuando nos preguntaban «quién ha sido». Malo era saber, peor confesar, inaceptable denunciar. Nos lo ha recordado la dimisión del primer ministro de Malta, cuyo jefe de gabinete estuvo implicado en el asesinato de la periodista Daphne Caruana Galizia. Queda por confirmar si la trama de intereses salpica también al mandatario, pero de momento ya sabemos que fue el magnate Yorgen Fenech quien ordenó usar un coche bomba para eliminar a la reportera. Su crimen desvela que hay algo podrido en el corazón de la Unión Europea. Y que la Unión mira hacia otro lado, consciente del valor geopolítico de la isla, estratégicamente colocada en las cercanías de Turquía, Israel y Oriente Medio. Buscar la verdad enfrentándose al poder significa correr un gran riesgo, y a veces pagarlo con la vida. Pero en cierto sentido, Daphne tuvo suerte, porque la organización Forbidden Stories puso a cuarenta y cinco reporteros a trabajar en las investigaciones que ella había comenzado. Para que su labor no solo no se perdiera, sino que continuase. Para que su muerte, aunque trágica, salvara vidas. Pero no las de los ciento cuarenta y cuatro periodistas mexicanos asesinados desde el año 2000, que no pueden esperar lo mismo. Ni siquiera cuentan con un juez como el maltés Anthony Vella, que ignorando las presiones exigió información a la Europol, y a la policía alemana datos y evidencias, a fin de investigar el asesinato de la periodista maltesa. Hace un año le apartaron del caso mediante un ascenso no solicitado. Incluso así la verdad ha acabado por abrirse paso, derribando a un gobierno indigno. Pero ¿y si juez y periodistas hubieran ayudado sin saberlo o a propósito a sus enemigos políticos? El taxista que intermedió entre verdugos y asesinada afirma que el único responsable fue el empresario

Nosotros los jueces

En este lío de dilucidar la verdad tienen un papel fundamental los magistrados, además de los reporteros. Falconne y Borselino se jugaron la vida por la verdad y la justicia luchando contra la mafia. Y la perdieron. También perdieron, como recoge Franco Maresco en su nueva película, La mafia no es lo que era, la batalla por la historia. «Sea por miedo o por cinismo, nadie, en calles ni mercados, se animará a pronunciar una palabra de reconocimiento hacia los dos mártires, ni siquiera de tibia gratitud». Moderna Omertá. Los jueces son escrachados con dinero público, ensalzados cuando gustan, y cuando no reprobados, desplazados y cancelados sus recursos para retrasar su trabajo. Fue o no fue desproporcionada la inhabilitación por once años a Baltasar Garzón, precisamente cuando investigaba la trama Gürtel. El exmagistrado habla ahora de cómo el derecho se instrumentaliza para la persecución política, aludiendo a lo ocurrido con Lula Da Silva. En Juicios de Estado el magistrado Jonathan Sumption reflexiona sobre el problema  de la falta de líderes políticos competentes, que ha redundado en utilizar los tribunales para resolver cuestiones políticas, planteamientos morales y disputas tuiteras.

La base de la confianza en el modelo de sociedad moderna se resquebraja y en ese entorno no sabemos ya si ser bueno compensa, ni si decir la verdad es una opción. Si se opta por seguir el lado oscuro, ¿dónde aprender? Nosotros invitamos a conocer la Corleone Business School. Un lugar donde adquirir las técnicas imprescindibles para sobrevivir en el mundo moderno, inspiradas en El Padrino. Confíe en Don Corleone, y en nosotros, una vez más.

Nosotros los políticos

Donald Trump tras una reunión con Boris Johnson. Foto: Cordon Press.

Y si le ha seducido mucho el lado oscuro, pruebe a que sean los políticos quienes nos expliquen cuál es la verdad. Pero cuidado con las muertes inesperadas. O la acumulación de fallecimientos explicables. En España, catorce investigados por casos de corrupción de la Gürtel murieron en extrañas circunstancias. El silencio que llevaron a sus tumbas permanecerá mudo porque ¿quién quiere realmente arriesgar la vida para desvelar la verdad? Además, ¿cuántos ya la conocían, incluso la sancionaron con su voto? La presión del grupo (o presión de los pares), en esta España «roncerizada» hasta el tuétano, ha hecho que la frase de Roosevelt sobre Somoza, «puede que sea un hijo puta, pero es nuestro hijo puta», haya perdido sentido de tanto usarla. 

Decir la verdad no se encuentra entre las soft skills necesarias para poder pasar el proceso de selección que da acceso a la política. Una profesión de riesgo, guiada por ese «principio de contradicción», del que no nos cansamos de hablar. Con la altura como clave del triunfo, pero no una altura de miras, sino física. La ciencia nos demuestra que confiamos en los centímetros de los líderes, ahí tenemos los 190 cm. de Sánchez y Trump, o los 188 de Rajoy y Trudeau. La cosa viene de lejos, James Buchanan ganó las XV elecciones en Estados Unidos desde sus 183 cm de la época, para ser considerado el peor presidente de la historia. Y sin ni tan siquiera llamarlos «padrino». 

Tampoco hace falta llegar tan lejos, hay maneras más modernas y eficientes de evitar la verdad. Como agarrarse a los «hechos alternativos», imitando a los partidos políticos. Benjamín Disraelí les enseñó a distinguir entre «mentiras, mentiras podridas, y estadísticas», y hoy todos ellos hablan con naturalidad de «verdades, mentiras y hechos alternativos». ¿Que necesitan construir un relato? Pues contratan «opinadores» para difundirlo, como se confirmó por un error del Partido Popular. No se atengan solo a las siglas, esta es ya una práctica generalizada. La reciente sentencia de los ERES ha hecho que vuelva a nuestras vidas adultas el infantil «y tú más» aderezado con un moderno «no es lo mismo». En realidad la nueva estrategia de los partidos es evitar el razonamiento y la discusión, fomentando que los medios digitales se conviertan en escenarios de un reality. Puro entretenimiento y escasa información, que consiguen con estrategias en internet a base de bots y trolls, respaldados por personas físicas. 

Por si eso no fuera suficiente, ya figura en todos los manuales del asesor de campaña el principio de que la manipulación a través de publicidad digital es parte inseparable de los procesos electorales. Sin olvidar la clásica inversión de publicidad institucional en medios, que puso sobre la mesa en abierto el proceso al «procés». Ahí descubrimos con el juez Marchena que los testigos deben decir verdad so pena penal, mientras que los imputados pueden mentir como bellacos sin consecuencia legal. Sale más a cuenta liarla que ser pillado en medio, como demuestra la no existencia de una ley que proteja a los «whistleblowers», (soplones) muchos de los cuales eran de confianza hasta que no recibieron su parte. 

Nosotros los del fact checking

Y es que el coste de la verdad es alto, pero el de la transparencia lo es más, mucho más, más de doscientos ochenta y siete mil euros se ha gastado el Consejo de Transparencia en costes legales para no proporcionarla. De nuestro bolsillo. La verdad cuesta, y aquí es donde vais a empezar a pagar, y no con sudor. Plantea contundentemente Antonio Garrigues Walker la necesidad de un «derecho a la verdad». Léanlo. Es imprescindible. «De lo que se trata realmente es del derecho a no ser engañado». Medios como las televisiones existen por la concesión de licencias, otros como los periódicos dependen de la publicidad institucional. Si no pueden garantizar la verdad de la información no deben ser considerados como tales, ni sus ejecutores como periodistas. «Un ejemplo recurrente: cuando se cifra el número de asistentes a una manifestación, los números que facilitan las distintas fuentes son, por regla general, sustancialmente diferentes y ello es debido a unas diferencias ideológicas, políticas u otras que les inducen a maximizar o minimizar la presencia a un determinado acto. Los que así actúan son conscientes de que sus cifras son falsas y la ciudadanía por su parte acaba pensando que una cifra intermedia sería la correcta». 

Titánica tarea. Ni siquiera el proyecto de Fact Checking (con mayúsculas) de Maldita tiene recursos suficientes para responder a todo lo que les piden. No hace falta callarles, basta con hundirles financieramente. Es más, contando con dinero suficiente algunos empiezan a crearse fact checkers a medida, que con la excusa de no poder llegar a todo solo confirman una parte del «relato». Economía de la atención en estado puro. Datos, dinero, diversión, desengaño.

Los boomers ¿o éramos millennials? fuimos ilusos al creer que el acceso masivo a la información proporcionado por internet solucionaría el problema de la búsqueda de la verdad. Ahora los estudios iniciados en la década de 1970 confirman que Goebbels tenía razón: una mentira repetida suficientes veces se convierte en verdad. Bueno, salvo deshonrosas excepciones, como el CIS de Tezanos y sus predicciones. Pero en general funciona. Confiad en nosotros. O recordad cómo hace veinte años radio, prensa y televisión se hacían eco de un bulo que relacionaba a Ricky Martin con un tarro de mermelada, un perro y una práctica sexual. Mucha gente lo creyó, lo cree aún, porque salió en los medios, el vídeo, ese vídeo que nunca existió pero que mucha gente vio. Una leyenda urbana que algún bromista trasladó al autor de «Living la vida loca» basándose en una historia aparecida dos años antes en Canadá, con otros protagonistas, y la mantequilla de cacahuete, tan nuestra, como condimento. El poder de los medios, la credibilidad. Así nos convencía Matías Prats en los anuncios que protagoniza para diversas marcas. ¿Si lo tradicional no convence, lo nuevo podrá? No.

Nosotras las redes sociales

Hasta las redes sociales están contaminadas. O lo estuvieron siempre, porque alguien tenía que ganar dinero con ellas. Espera, ¿los periódicos y revistas no hacen también eso? David Jiménez, autor de El director, ya nos contaba algo sobre cómo es la vida cuando diriges un periódico grande. Cosas como las que acaban de ocurrir en Facebook Alemania, donde su único fact checker ha renunciado, ya que la empresa no le dejaba denunciar publicaciones políticas falsas. Su fundador Mark Zuckerberg le daba la razón, defendiendo que los políticos tienen derecho a pagar en su aplicación por anuncios donde mientan. ¿Acaso no lo ha hecho la publicidad de toda la vida en prensa, radio y televisión? Zuckerberg se declara además humanista y defensor de las libertades públicas, ¿dónde se defienden, afirma, mejor que en su app? En un discurso de veinticinco minutos, Sacha Baron Cohen, sí, el actor de Borat, ha desmontado, una por una, todas sus afirmaciones. Como dice Joker, «yo creía que la vida era una tragedia… pero es una comedia». 

Nosotras las empresas

Busquemos entonces la verdad contándote cómo son las empresas, para que elijas contratar los productos y servicios que mejor se adecúen a tus gustos, preferencias y circunstancias. Precisamente al inaugurarse la Cumbre del Clima en Madrid este pasado lunes Endesa aparecía como portada en todos los grandes periódicos nacionales. ¿La noticia? Que ahora es una empresa verde. Como Iberdrola. Y como todas las energéticas, por lo que parece. Así, de pronto, las energéticas, las empresas que más contaminan de nuestro país, se han vuelto ecológicas. Si no lo creemos, nos queda como alternativa ecológica Repsol. Una petrolera, sí, anunciando a bombo y platillo que va a convertirse en una empresa verde. Debe ser la misma errata que los tuiteros atribuyeron al alcalde de Madrid, cuando declaró su ciudad «Green City» y quería decir «Gray City». El eterno rival catalán, gobernado ahora por Ada Colau, dejó de lado a Endesa porque quería que Barcelona utilizara únicamente energía verde. Otra errata. Según afirman varias asociaciones, esa electricidad proviene de una incineradora. Hay quien sale en su defensa, asegurando que no es posible diferenciarla con el sistema tecnológico actual. Y además quien ganó el concurso para dar servicio a la empresa comercializadora fue… Endesa. Vuelta a empezar, con una energía pública que además parece ser más cara que la privada. Por no hablar del problema general holístico y político-tecnológico del tema: incluso un país como Alemania ha terminado incrementando el uso del carbón al abandonar la energía nuclear

Y es que todo es del color del cristal con que se mire. Mientras algunos dicen que la India es el país más contaminante, resulta que si lo medimos per cápita y no en valor absoluto pasa al puesto 131. Hoy día no se puede ser periodista ni político sin leer todos los días el clásico Cómo mentir con estadísticas de Darrell Huff. ¿Que la gente quiere datos? Despistemos con ellos para ocultar la verdad.

Hay una verdad más urgente que cualquier otra, salvar el planeta de su destrucción. Pero sin olvidar que es para salvarnos a nosotros mismos, claro. Conseguirlo plantea multitud de preguntas. ¿Es posible dejar de contaminar sin dejar de vivir como vivimos? ¿Estamos dispuestos a hacer el sacrificio? ¿Cuales son las implicaciones reales del cambio? ¿Cómo saber la verdad de las alternativas? ¿Contamos con el tiempo y el conocimiento para poder responderlas? ¿Y en las áreas de las que no sabemos nada? Después de levantarte a las 7 am, llevar los niños al colegio, trabajar y desplazarte durante diez horas, sobrevivir a la paternidad durmiendo a los pequeños, e intentar tener algo de vida familiar, o de pareja, lo que más apetece es aprender sobre decenas de diversos temas, leyes y tecnologías robándole horas al sueño. Pues no. Y no nos queda otra que confiar. Ese fue nuestro trabajo, el de los periódicos, revistas, radios, televisiones. Ryan Holiday lo explica bien claro en su libro Confía en mí, te estoy mintiendo. Memorias de un manipulador de los medios. Revisión en clave bloguera de la cita de Ryszard Kapuściński: «Cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante». Quien se gane tu confianza, ganará la partida. Y si tiene que mentir para hacerlo, lo hará. Lo haremos. Hay mucho en juego.

Y Greta Thunberg. Sí, ella

Greta Thunberg en Lisboa. Foto: Cordon Press.

¿Queda esperanza, entonces? Quizá la traiga Greta Thunberg, esa gran embajadora de la salvación climática. Acaba de pasar tres semanas en un barco minúsculo con su padre y una familia australiana. Coherente, auténtica, insistente. Y uno no puede evitar preguntarse si esa manera de vivir, decidir, socializar, no será perjudicial para una adolescente en camino a la madurez. Incluso si no acabará siendo un juguete tan roto como el Macaulay Culkin de después de protagonizar Solo en casa. La madre de Greta cuenta en su último libro que su hija tiene síndrome de Asperger, autismo de alto funcionamiento y TOC, trastorno obsesivo-compulsivo. Resumiendo, las tres dolencias se traducen en sentirse incómodo con las relaciones sociales, dificultad para entender la interacción con los demás, y una preocupación obsesiva con un interés particular. En su caso, el cambio climático. La propia Greta dice que saca fuerza de esto último, y que a los ocho años cayó en una profunda depresión tras ver un vídeo de osos polares esqueléticos y hambrientos. A punto estuvo de dejarse morir de hambre. Sus padres la animaron como terapia a ser una activista, y sin que eso le quite a su labor un ápice de mérito, hace sospechar que no conocemos aún toda la verdad sobre Greta. Ni si tendremos en ella a una nueva Juana de Arco. Lo que sí parece confirmarse es que sale en fotos con mobiliario de varios miles de euros, «elaborado con piel y madera». En un mundo imperfecto es imposible ser perfecto. Exigimos pureza a seres humanos que no son robots. Quizá solo necesitamos símbolos, líderes amateurs e inesperados ante la ausencia de liderazgo oficial en el que confiar. Quizá es simplemente inevitable. O tal vez era más fácil creer en un mito cuando no teníamos tanta información disponible en Google. A saber. De momento Greta ha conseguido más impacto que Severn Cullis-Suzuki. ¿La recuerdan? Fue la niña que hizo callar al mundo cinco minutos, allá por 1992 en la cumbre medioambiental de Río. Hoy con cuarenta años sigue en el activismo medioambiental. ¿Será ese el futuro de Greta? ¿Será Greta otro caso como Severn? ¿Cuál es la verdad detrás de Greta y Severn?

Y la nueva economía

¿Existe la verdad en un mundo donde todo está podrido y todo el mundo miente, como confirmaba Gregory House? ¿O es que este mundo se halla en pleno cambio y no hay mentiras sino errores infantiles provocados por no conocer cómo funciona la nueva economía? Que por cierto, no va de malas empresas grandes que no cambian sus hábitos, sino de pequeños proyectos molones que se convierten en Unicornios como Glovo. Eso sí, cuando los jóvenes triunfadores de las startups quieran tener hijos lo van a flipar si no han conseguido antes un buen «exit». Trabajar cuarenta horas al día los nueve días de la semana para cambiar el mundo tiene un impacto obvio en tener una familia. Si pedaleas para hacer repartos, ya qué decir. Y pocos alcanzarán el retiro con el que sueñan, uno como el de Larry Page y Sergey Brin, padres de Google, que se prejubilan ahora a los cuarenta y pocos, con una fortuna que equivale a la riqueza de todos los españoles, sumada. Retirada que por cierto algunos postulan busca evitar declarar ante la justicia de Estados Unidos. Toma verdad.

Esto de preguntarse qué es verdad y qué es mentira ha sido una constante en la historia del género humano, y tiene que ver con las grandes preguntas. Quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos. La filosofía pasó de moda y ahora trata de responder a todo eso la mecánica cuántica, dejando claro que el principio de Breaking Bad, digo de Heisenberg, confirma que existen varias verdades alternativas ahí abajo, todas reales a la vez. Y que el bueno puede ser malo, o el malo bueno, como los grises del Caballero Oscuro y tantos villanos que nos encantan. Demasiado buenismo nos hace malos. Verdad verdadera.

Y por supuesto, nosotros

¿Podía ser de otra manera? Como nos ha contado esta semana Martín Caparrós, el amarillista The Sun publicaba en 1835 que había bisontes en la Luna. Benjamin Day, el responsable de ese bulo, nos enseñó cómo hacer un periódico rentable a base de copiar noticias de otros, publicar crímenes sangrientos, y vender cara tu publicidad. Murió rico, y eso es algo que no podrán decir la mayoría de periodistas que salen al mundo decididos a defender la verdad. Nosotros no aspiramos a tanto. De momento nos conformamos con que distinguir los falso de lo verdadero haya pasado a formar parte de nuestro día a día. Y del vuestro. Con nosotros. Sin dobleces y sin códigos de ningún color. Y confiando en vuestro sentido crítico por si intentamos colaros alguna mentirijilla. 


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3 comentarios

  1. In God we trust. Gran artículo. Gracias.

  2. Aun siendo vortiginosa esta original propuesta literaria del día a día (que por razones de espacio y oportunidad creo que no es más amplia, y se nota que sus autores tiran del freno) tiene su encanto por su efectividad divulgativa y, además, despierta esa sensación de que de alguna manera estamos acelerando. Y ahora más que nunca debido al reto ecológico y a las comunicaciones. O tal vez, y pienso que es la más plausible, porque siempre estuvimos y fuimos acelerados sin definir la meta. Infinidad de fuentes, dichos, reflexiones, algunas ligeras y sarcásticamente ofensivas, pero dignas de leer que, paradójicamente, detienen la aceleración por unos instantes. Gracias por la «vortiginosa» lectura.

  3. perzolaga

    No uséis la palabra de Sorkin en vano, quizás el resto del artículo no pueda estar a su altura :-)

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