‘El entusiasmo’: lo que la crisis del petróleo se llevó

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Fotografía de Julián Martín Cuesta. Imagen de El entusiasmo (Hanoi Films / AVED Producciones).

Uno de los consuelos de envejecer es que aumenta la perspectiva que tienes de lo que te rodea, ves mejor qué es excepcional y qué responde a un patrón. En lo ideológico, social y político, en mi adolescencia se discutía sobre el servicio militar, pero nunca se pensaba que fuese a desaparecer. Lo hizo a los pocos años. La cuestión de si es justo que la gente más humilde y necesitada de una salida laboral sea la que más acabe sometida a la confinación y disciplina del ejército profesionalizado ya se debatió menos, o nada. Pero vimos cambios profundos y poco esperados. Otras cuestiones que solo se leían en páginas de fanzines con grapas, como el veganismo o el bienestar animal y el rechazo a la vivisección, han terminado siendo la filosofía de vida de partes importantes y destacadas de la población e incluso han derivado en leyes y directivas europeas. Lo que venía en esos fanzines hechos con máquina de escribir ahora está en el New York Times. Ideas o planteamientos que parecen extravagantes y se les ridiculiza, pueden llegar a ser dominantes en el futuro. Yo lo he visto.

En este aspecto, no se puede sostener en un sentido estricto que todas las ideas avanzadas procedan del anarquismo, pero sí que es un hecho que en su entorno encontraron cobijo antes de ser aceptadas por capas amplias de la población. Un ejemplo palmario sería el del naturismo y también el de la liberación sexual y el feminismo.

También la perspectiva es útil para ver cómo se ha vivido el recuerdo de los años setenta en España a través de las épocas. Del olvido total a las mitificaciones y lo que ahora se llama lucha por el relato, que es un rodillo importante. Sin embargo, pese a los riegos e intereses manipuladores, el aumento de la información y documentación sobre aquellos años al menos permite que haya un debate. Estamos en una época en la que la sordera está extendida, pero hace veinticinco años se ignoraban más aspectos de este periodo, por no mencionar de los años treinta, aunque estuviesen más cerca en el tiempo.

En este contexto, se ha estrenado el documental El entusiasmo con el eslogan Una vez muerto Franco, todo parecía posible de Luis E. Herrero. Un recorrido a la breve primavera del anarquismo en los años de la Transición, al momento en el que parecía que la CNT iba a ser una fuerza a tener en cuenta.

Al igual que le pasó a muchas dictaduras del siglo XX en las que se experimentó un desarrollo económico, el propio desarrollo y evolución hacia una economía postindustrial traía en su seno la incompatibilidad con una dictadura. La represión ya no bastaba, ni siquiera era viable, para dominar a una sociedad sin derechos. En España, esta transformación ocurrió en muchos ámbitos, incluida la propia Iglesia católica, pero en especial alcanzó una gran fortaleza entre la clase obrera.

Manifestación feminista. Colectivo Tinta Negra. Fotografía de Jordi Pavía. Imagen de El entusiasmo (Hanoi Films / AVED Producciones).

De los múltiples «relatos» que circulan de la Transición, hay un hecho que curiosamente se cita poco porque disloca las conclusiones apriorísticas de las que suelen venir acompañadas las versiones actuales de lo que ocurrió. En 1976, las huelgas masivas e incesantes por todo el país echaron abajo el gobierno AriasFraga. Es un hecho que viene muy bien explicado en los trabajos de los historiadores Carme Molinero y Pere Ysás, sobre todo en su libro conjunto sobre el PCE De la hegemonía a la autodestrucción 1956-1982. Las vías de franquismo sin Franco pergeñadas por Carrero Blanco en su día se estrellaron contra un muro de granito que fue el pueblo español movilizado. La izquierda. Y murieron ahí.

Las huelgas, la organización de los trabajadores y las asambleas continuas, tras tres décadas bajo la bota franquista, llenaron de esperanza e ilusión a mucha gente y alimentaron sueños revolucionarios de toda clase. Quizá el mejor ejemplo del espíritu del momento lo tengamos en el documental Numax presenta, de 1980, sobre el intento de unos trabajadores de tomar el control de su fábrica y establecer un centro de producción colectivizado y autogestionario.

En El entusiasmo, los testimonios recogidos dejan claro que las movilizaciones respondían a problemas laborales puntuales, pero que detrás de todas ellas se encontraba la lucha contra el sistema y por las libertades. Estas asambleas no eran ninguna fiesta, hubo casos como el de Vitoria que se saldaron con un reguero de asesinatos. Aparece también citada la famosa e histórica huelga de Roca Radiadores. Un paro de noventa y cinco días en el que las decisiones las tomaron asambleas de hasta tres mil trabajadores. Una huelga que comenzó por un despido-represalia. Uno.

En este caldo de cultivo y con la efervescencia ideológica propia de la época, tomaron cuerpo formaciones de izquierda de todo tipo. Lógicamente, el anarquismo, tan arraigado en España, hizo lo propio, pero no necesitaba nuevas fórmulas. Recogía una organización que ya había existido, la CNT. Lo más interesante que plantea el documental son las contradicciones que conllevó su resurgimiento. Al igual que le ocurrió a otros partidos, como el PSOE, también se produjeron diferencias entre la dirección en el exilio y en el interior. En el caso del anarcosindicalismo había varios comités simultáneos que decían ser la CNT. Cuenta un testimonio que, mientras crecieran y se multiplicasen, se dejaba hacer. Al menos hasta su legalización el 14 de mayo del 77.

Un choque generacional marcó esos días. Los jóvenes libertarios venían de la cultura underground. Del rock and roll, las drogas y la libertad sexual. Del hippismo al incipiente punk. Los mayores, de las condiciones de vida de los años treinta, de la guerra y la represión de la posguerra. En imágenes impagables del mitin de San Sebastián de los Reyes, en el que se reunieron treinta mil simpatizantes, se da cuenta de que había cierta incomprensión ente unos y otros. Había un lenguaje diferente. Algunos anarquistas veteranos no entendían las melenas y el descontrol. Sin embargo, cuentan los entrevistados, los jóvenes no se podían creer lo que escuchaban en las intervenciones de los ancianos. Nunca en su vida habían oído a alguien gritar en un lugar público contra todo, contra las instituciones y el capitalismo. Creían que estaban soñando.

Pintada en la calle. Imagen de El entusiasmo (Hanoi Films / AVED Producciones).

Es en esa etapa cuando se puede decir que el anarquismo llegó a ponerse de moda. Se habla de doscientos mil afiliados «que salieron de debajo de las piedras». Leopoldo García sostiene en el documental: «tuvo una atracción de las gentes, lo que dio una imagen de masividad». Se celebró el famoso mitin de Montjuic, con la intervención histórica de Federica Montseny. Hubo lágrimas. Había cien mil personas congregadas.

Llegaron las Jornadas Libertarias. También no exentas de críticas, porque mostraban toda la diversidad del movimiento ácrata. Desde el rock and roll, el travestismo y el amor libre, por lo que algún medio se refirió a estos días como «orgías», a sesudos debates en las asambleas. Aparece uno en el que se le echa en cara a quien tiene la palabra que se deje de demostraciones erudición, que se hable de alternativas a los problemas actuales y no se cite a tanto apóstol de la revolución con décadas de antiguedad.

En estas escenas hay una intervención con una frase que, a mi juicio, no ha envejecido precisamente: «los defensores de la ortodoxia, los químicamente puros, que parecen inasequibles a la realidad histórica y a la realidad científica, son los apóstoles y los aspirantes a inquisidores, y los inquisidores rojos, azules o negros, esos son  los grandes enemigos».

Todo esto sucedía en unos años que, como han subrayado en múltiples ocasiones quienes los vivieron entrevistados por esta publicación, hubo un vacío de poder. Las sucesivas amnistías hasta la amnistía total de octubre del 77 y, después de eso, la Constitución, eran las preocupaciones fundamentales del gobierno y los partidos políticos. Los cuerpos de seguridad alternaban los abusos de poder con el pasotismo total ante la falta de un esquema legal claro. De aquel vacío surgió una explosión cultural cuyos frutos no se pueden medir solo en lo sucedido aquellos años, crearon escuela, fueron iniciáticos y forjaron la mente e ideas de gente que ha escrito mucho y bien durante décadas desde entonces.

El documental cuando marca el punto de inflexión es en los Pactos de la Moncloa. Los acuerdos entre fuerzas políticas y sindicales para acordar las medidas de ajuste frente a las recesión. La crisis del petróleo había empezado en 1973 y se recrudecería en 1979. Aquí, los entrevistados están todos de acuerdo en la lectura socioeconómica. Atribuyen a la patronal y los poderes fácticos su intención de establecer un nuevo orden ya que desde hacía veinte años las huelgas les estaban destrozando. La realidad es que esos ajustes no fueron un caso único español. A Yugoslavia, donde también se produjeron, la hirieron de muerte hasta su disolución. Polonia se incendió. Rumanía enloqueció. Son tres ejemplos de países insertados en la economía mundial, sufriendo las mismas consecuencias de la crisis, pero con sistemas productivos socialistas.

Manifestación trabajadores de SEAT (1977). Fotografía de Julián Martín Cuesta. Imagen de El entusiasmo (Hanoi Films / AVED Producciones).

En este documental, los testimonios sugieren la idea de que el capital de alguna manera compró a los sindicatos y partidos políticos para reconducir una situación que se les había ido de las manos y acabaron con el único movimiento que desafiaba la restauración del sistema de explotación: la CNT. Como gracias esta estrategia no hubo dique de contención, empeoraron las condiciones de los trabajadores. Sin embargo, basta una mirada al exterior como la del párrafo anterior para ver que el problema tuvo una magnitud mucho mayor.

En este punto, sí que juegan a favor del discurso algunos hechos, aunque la interpretación general pueda parecer maximalista y grandilocuente. El caso Scala supuso el principio del fin de la CNT. Un delincuente común, Gambín, que recibió el carné de la CNT pidiéndolo de rodillas en Murcia, tuvo un comportamiento sospechoso y errático dentro de la organización —llegó a fingir su propia muerte aprovechando la de su tío, que se llamaba igual— que culminó el día que persuadió a otros militantes de lanzar unos cócteles molotov contra una sala de fiestas al término de una manifestación. La repercusión mediática que tuvo ese caso, reactivar la memoria de la violencia revolucionaria de los años treinta, bien presente en Barcelona, y la que seguía en esos momentos ETA, vació el movimiento anarcosindicalista. Hubo bajas masivas.

El remate lo pone Pepe Ribas, director de Ajoblanco, cuando sentencia: «con un movimiento libertario este país no tendría nada que ver con lo que es, su influencia hubiera evitado haber caído tan bajo». Una historia con presentación, nudo y desenlace.

Sin embargo, al contrastar los hechos nos encontramos con una realidad más prosaica. Lo mismo que hubo circunstancias que coexistieron, como que el auge de las huelgas en España y la llegada de la democracia coincidieran con el inicio de la desindustrialización en amplias zonas de Europa, no hay que eludir las dinámicas internas que hubo en el seno de la CNT. Las dos tendencias, la que propugnaba no asumir las funciones y responsabilidades de un sindicato normal y la pragmática libraron una lucha importante que se saldó con expulsiones y escisiones.

La intervención de organismos ajenos a la CNT, bien ejemplificada en la resurrección de la FAI, la naturaleza sectaria de las disputas internas por el control de los comités y las prácticas violentas e intimidatorias utilizadas en las luchas por el poder orgánico, son factores que confluyeron con la negativa de los anarquistas radicales a la colaboración en el proceso de transición y consolidación democráticas para provocar fuertes caídas en la afiliación de los sindicatos confederales, producidas tanto por salidas voluntarias de trabajadores desilusionados como por expulsiones directas de sectores disidentes. (El mito del paraíso revolucionario perdido, Isaac Martín Nieto)

Portadas de la revista Ajoblanco. Imagen de El entusiasmo (Hanoi Films / AVED Producciones).

También hubo hechos simbólicos. En el mitin de  Montjuic, primera aparición pública del sindicato tras cuarenta años, el histórico José Peirats arremetió contra el catalanismo, las nacionalidades históricas y hasta el estatuto de autonomía. Según fuentes del propio sindicato recogidas en la prensa de la época, aquel fue un error imperdonable y un duro golpe que produjo un trasvase de militantes catalanistas hacia otros sindicatos.

En cuanto al caso Scala, pese a la turbiedad del asunto, también es cierto que en su momento hubo acusaciones mutuas dentro del propio sindicato, entre faístas y reformistas, de programar acciones violentas contra los Pactos de la Moncloa. Cuando Bernat Muniesa explica el suceso en el documental, señala que cinco o seis jóvenes «fueron imbuidos», lo que pone de manifiesto que si las cloacas teledirigieron el atentado con un infiltrado —muy viable—, fue gracias a que existían facciones propensas a la «acción directa» en contra del criterio de otros militantes.

La gran paradoja de la democracia española es que llegó cuando la democracia iniciaba sus diferentes crisis en todo el mundo y daba sus primeros pasos el modelo productivo actual, con la deslocalización, la hipercompetitividad y los avances tecnológicos que crean menos empleos que los que desalojan, con las lacerantes consecuencias que han tenido para la lucha histórica de los trabajadores.

Cuando el pueblo pudo por fin articular sus reivindicaciones sociales y laborales no eran ni los cincuenta ni los sesenta. Esos años bajo la bota del dictador es lo que nos falta como sociedad y como país, pero ni en eso somos especiales. Portugal tuvo idéntica experiencia e incluso peor, con sus guerras coloniales, tres cuartos de lo mismo Grecia, en el resto de la periferia Europea, Balcanes y Europa Central y del Este, las dictaduras también dejaron huellas que no han conseguido borrarse.

El hecho es que en la actualidad CNT es una organización marginal y la relevancia de su escisión «reformista», CGT, es limitada. Sin embargo, volviendo al inicio de esta reseña, es tanto lo que entró en el «saco sin fondo» de la CNT —que era la crítica que hacían los sectores más obreristas— que está plenamente vigente en nuestros días, que sería muy matizable hablar de fracaso sin paliativos de las ideas libertarias en España. Uno de los golpes fuertes que recibió el sindicato, golpes que se medían por bajas en la militancia, fue la imagen que se reflejó de las Jornadas Libertarias. Se tachó aquello de orgía de maricones y pasotas, pero gracias a un documental como El entusiasmo, al repasar con detenimiento y sensibilidad esas imágenes, una juventud por fin libre y desatada, en ellas se ve más el presente que el pasado.

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4 Comentarios

  1. El anarquismo «institucionalmente» fracasó, pero ideológicamente está disuelto por doquier. El buenismo, el moralismo, la falta de límites, el rechazo a la autoridad y al Estado, a las regulaciones y a las normas… campan por aquí y por allá.

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