Black Mirror, Existential Comics y los ensayos del siglo XXI

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Imagen: Netflix.

El ensayo es un arte arduo, casi una disciplina, pero lo es más para quien lo lee que para quien lo escribe. Este, al fin y al cabo, no tiene más que volcar una parte cincelada de su ego en una página. Pero aquel debe enfrentarse a una idea desnuda, venciendo la resistencia natural de nuestra atención a algo que ni nos alerta de un peligro, ni nos proporciona alimento; ni siquiera nos cuenta una historia. La abstracción da vértigo. Y algo de pereza. Porque requiere trabajo.

¿Qué sucede cuando nuestro espacio de atención disminuye, a medida que disponemos de más estímulos externos?

La oferta de información a nuestro alcance es sustancialmente más abundante que en el pasado. También la demanda: probablemente, jamás en la historia habíamos consumido tantos símbolos. Pero, al mismo tiempo, el manejo de conceptos abstractos es cada vez más habitual. Vivimos en una especie de paradoja de la atención: nuestro mundo se hace más complejo y el número de personas que son conscientes de dicha complejidad y están dispuestas a pararse a pensar en ella es mayor que nunca, pero tenemos menos tiempo para dedicar a cada pequeño aspecto de dicha complejidad. Cuando los ensayos son más necesarios y potencialmente más demandados que nunca, es más difícil hacerles un espacio en nuestra vida cotidiana.

En realidad, el ser humano tiene una vieja táctica para sortear eso. Cuando es sencilla, directa y no admite matices, se le llama moraleja. Fábulas, cuentos, historias, chistes con un pequeño aprendizaje encerrado que, eso sí, no admite discusión. Pero la moraleja se puede llevar a otros niveles más complejos, que contemplen matices y contradicciones. No en vano se considera a los novelistas como los antecesores de los sociólogos: con sus herramientas naturalmente rudimentarias, alejadas del método científico pero cercanas a la realidad, fueron cronistas de su realidad. Muchas veces, críticos.

Decía Áurea Ortiz en Laboratorio de Series que cada capítulo de Black Mirror es prácticamente un ensayo. Pero para mí se parecen más que nada a una historia de Isaac Asimov. O de Arthur C. Clarke, Ursula K. Le Guin o Ray Bradbury. Los legendarios escritores de ciencia ficción tenían por costumbre traducir artefactos intelectuales relativamente complejos a su versión narrativa. Eso es exactamente lo que hace la serie de Channel 4 y Netflix. En una primera aproximación superficial podría parecer que cada capítulo se queda en la moraleja, o en la moralina en realidad. A mí me lo pareció la primera vez que la vi. Me molestaba ligeramente lo que percibía como un intento de decirme cómo tenía que comportarme, cómo debíamos relacionarnos con la tecnología. Pero, a medida que cada historia maduraba en mi cabeza, me encontraba con que me volvía a la memoria en forma de interrogación.

La pregunta es, al fin y al cabo, una de las formas más sofisticadas de pensamiento abstracto, especialmente si es al mismo tiempo relevante y universal. En ello se basa la filosofía: en preguntarse las cosas apropiadas, de la manera correcta, y en definir un proceso para darles respuesta. El ensayo es su manera natural, o al menos a eso estamos acostumbrados hoy día: de nuevo, uno llega ante la página en blanco y cuenta lo que tiene que contar. En crudo. Sin embargo, no siempre fue así. Sócrates y Platón pusieron las bases de la filosofía occidental a través de una plataforma distinta: el diálogo. Lógicamente, el intercambio explícito de pareceres sobre un tema determinado facilita con mucho el perfilado de aristas, matices y visiones diferentes.

Es probable que cuando Corey Mohler creó Existential Comics tuviese a Platón en mente: muchos de sus cómics se titulan «El diálogo…». El año pasado, Stirner tuvo a bien traducir (a manos de Adriano Fortarezza) y publicar en español la primera traducción del libro basado en sus webcomics. La lectura de Cómics existenciales, que viene con unos convenientes apéndices explicativos, se parece a sumergirse en un manual de filosofía que en realidad no pretende, o se avergüenza de, ser tal cosa.

Tal vez Black Mirror y Cómics existenciales forman parte de la respuesta a la paradoja de la atención. Pero también son una provocación. Sobre todo para aquellos que, de una manera o de otra, creen que la jerarquía de la complejidad dentro de la cultura es sagrada. Que para responder a preguntas como qué es la vida, en qué consiste el lenguaje, cómo se estructura la realidad o si existe el alma como algo diferente de la consciencia individual es imprescindible leer a Kant, a Hegel o a Aristóteles. Sin intermediarios. Per aspera ad astra, ‘a las estrellas a través del esfuerzo’.

No hay sustituto para la Crítica de la razón pura, o para las Tesis sobre Feuerbach. Ni Black Mirror ni los Cómics existenciales pretenden serlo, en el sentido de que seguramente nadie que se acerque a estos productos culturales lo haga en lugar de leer a Marx. Más probablemente ampliarán el círculo de personas que al menos se ven expuestas al tipo de preguntas que Marx (o Leibniz, o Sócrates) se haría.

Por ejemplo: ¿Qué es «estar vivo»? ¿Existe el alma? ¿Es distinta de la consciencia? Todas ellas le encantaban también a Asimov, cuya infinidad de cuentos y novelas sobre robots no eran sino una excusa para reflexionar sobre ellas y sobre cómo la respuesta a las mismas determinaría nuestra relación con la tecnología. Es, al fin y al cabo, el mito de Prometeo. El Frankenstein de Mary Wollstonecraft Shelley. El ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Dick. En fin, las referencias son infinitas. ¿Qué puede aportar Charlie Brooker, creador de Black Mirror, a un debate tan transitado?

Lo que hace es, sencillamente, traerlo a nuestra era. Actualizarlo estéticamente, que no es poco. Por ejemplo, con el último capítulo de la cuarta temporada. «Black Museum» (atención, spoilers desde aquí) empieza como el típico episodio de relleno de La dimensión desconocida. Una joven se para a poner gasolina (¡no!, de hecho, se para a recargar la batería solar del coche —actualización estética, vamos—) en mitad de la nada desértica de lo que presumiblemente es el sur de Estados Unidos. Junto a la gasolinera hay un museo llamado como el título. Se acerca y entra, curiosa. La recibe un señor de mediana edad un poco gordo, un poco raro, un poco creepy. Le hace una visita guiada por el museo, que resulta ser una recopilación de objetos relacionados con oscuros y estrambóticos crímenes. Este episodio de episodios despista (y, francamente, aburre un poco) hasta el final, hasta la atracción cumbre del museo. Resulta que es una reproducción holográfica de un condenado a muerte por asesinato. Está enmudecido por software, y sentado en una silla eléctrica. Los asistentes pueden electrocutarlo durante unos segundos. Cada uno se llevará a casa un pequeño souvenir: un llaverito que encierra el grito en el momento más intenso de la ejecución. No una reproducción. Ni una imagen. Sino un loop infinito de sufrimiento real. Y quizás es el momento de decir que el condenado es afroamericano. Como la joven visitante. Que resulta que es su hija, que ha llegado al museo no por casualidad, sino para liberar al holograma-padre de su sufrimiento eterno. Encerrando en su lugar al anfitrión creepy, que además es un señor racista. Lo dicho: una actualización en toda regla, poniendo una vieja pregunta en un contexto de plena actualidad, y dando una respuesta fehaciente: las inteligencias artificiales sufren, y por tanto deberían entrar en la consideración de los derechos humanos… o estar sometidas a castigos y venganzas.

Otro ángulo sobre las mismas cuestiones lo ofrecen los tres capítulos que versan sobre el amor, uno por temporada desde la segunda: «Be Right Back», «San Junipero» y «Hang the DJ». En el primero, la pareja recién fallecida es sustituida por una reproducción robótica perfecta, salvo por el hecho de que no lo es. Por ejemplo, no puede no obedecer a su dueña, cumpliendo escrupulosamente la Primera Ley de la Robótica de Asimov: «Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño». En el segundo, la situación es la contraria: a la mente de una persona a punto de morir se le ofrece pasar a vivir en un mundo virtual donde será joven, feliz y enamorada correspondida eternamente. Recuerdo que tuve un debate al respecto con Pablo Simón en Twitter, quien defendía que el capítulo no tenía razón de ser porque no había dilema ninguno. Lo interesante de este debate es el hecho de que surgiese: Pablo parecía esperar de un episodio de Black Mirror que plantease una idea compleja, una pregunta. Creo que a todos nos sucede: ya hemos creado esa expectativa sobre la serie. Vamos a ella buscando un ensayo. Para mí, por cierto, el dilema está en considerar si la muerte completa es más real que esa muerte parcial que parece vida eterna: ¿es real la vida virtual si se siente y percibe como real? En «Hang the DJ», una pareja simulada dentro de un programa informático cumple su cometido al ser la que se enamora, siempre dentro de la aplicación, para crear un match entre sus equivalentes en el mundo real. La vida de menos de una hora de metraje de este par de bits se siente casi tan real como la de sus equivalentes de carne y hueso. De nuevo, el viejo dilema (en este caso, el clásico «somos producto de un sueño de un cerebro que se encuentra en un laboratorio»), traído al mundo de Tinder.

Aún más claramente plantea la cuestión paralela, la de qué es real, el episodio «Playtest», probablemente uno de los más previsibles pero al mismo tiempo de los más transparentes en su contenido ensayístico, pues se ciñe al devaneo de un jugador en un videojuego experimental sobre qué parte de lo que percibe puede ser considerado como realidad y qué no.

Mohler, por su parte, prefiere acercarse a todas estas cuestiones con un tono a medio camino entre el cinismo y la autoparodia filosófica. Gottfried Leibniz es uno de sus personajes predilectos. Siguiendo la propia explicación del autor en el apéndice, Leibniz «resolvió la metafísica de una vez por todas con su trascendental obra Monadología. En ella postuló que la causalidad es una ilusión y la realidad está compuesta completamente por mónadas, que son entidades eternas y no causales. La única razón por la que nuestras percepciones mentales y los objetos físicos parecen interactuar es porque Dios los ha preestablecido en armonía». Esto, traducido a cómic, es Leibniz haciendo del rey Arturo de los Monty Python en Los caballeros de la mesa cuadrada, explicando por qué un par de cocos haciendo sonido de cascos de caballo demuestran que la causalidad es una ilusión. O Leibniz haciendo de Obi Wan en su tira Star Marx, explicándole a Kant que las mónadas vienen a ser como la Fuerza que une todas las cosas vivas. David Hume les hace saber que eso le parece una estupidez, y que «ninguna armonía preordenada» controla su destino, sino que todo es «un puñado de estímulos sensoriales acompañados de un montón de ideas relacionadas». Así que Hume se sentiría bastante a gusto en «San Junipero», mientras que a Leibniz el juego de «Playtest» le daría más de un dolor de cabeza. De hecho, Mohler tiene una tira dedicada al propio Leibniz diseñando un videojuego. Que es «como Los Sims pero con muchas más pelucas [estilo Europa Antiguo Régimen]». Pero su colega Spinoza tiene otra idea aún más radical: un juego sin causalidad alguna, donde no hay libre albedrío, donde nadie hace nada. Este diálogo refleja una pregunta derivada de la cuestión sobre la realidad: ¿somos libres? Dependiendo de cómo definamos la primera, obtendremos una respuesta u otra a la segunda.

No es una cuestión que Brooker haya pasado por alto, ni mucho menos. En el fabuloso «Arkangel», de la cuarta temporada, una madre decide que su hija no va a percibir nada que le pueda resultar violento o desagradable. Lo censura mediante un implante. La ausencia de violencia en su vida acaba por provocar una evolución particularmente violenta. Decía un alumno repipi en uno de los primeros capítulos que «sin cárceles no habría libertad», enunciando una famosa paradoja filosófica. Y de eso nos habla Brooker: sin conocer la maldad del mundo, la bondad no existe. La percepción de libertad solo se da por contraste.

La clásica oposición entre Hobbes y Rousseau refleja un debate que corre en paralelo: si, como piensa el primero, la libertad real solo existe si hay cárceles, o si, por el contrario, es el aparato social y estatal el que nos priva de la misma. Mohler vuelve sobre el mismo en varias tiras. «El miedo llega a través del estado de guerra», le dice Rousseau a Hobbes mientras juegan una partida de Risk. En realidad, la visión del filósofo ginebrino permea todo Black Mirror: su visión generalmente pesimista del uso que los seres humanos damos a la tecnología parece sugerir que estaríamos mejor sin ella, en el estadio natural originario que añoraba Rousseau. «White Bear», de la segunda temporada, ofrece un perfecto ejemplo: en este capítulo es el propio Estado el que emplea las redes sociales y el señalamiento público masivo para castigar de manera obviamente desproporcionada a un solo individuo. Hobbes, posiblemente, tomaría una actitud algo más curiosa ante la situación, preguntándose hasta qué punto la tecnología podría servirnos para encerrar al lobo que todos tenemos dentro.

Aunque la perspectiva de Brooker puede leerse en clave hobbesiana en capítulos de la tercera temporada, particularmente «Shut Up and Dance» o «Nosedive». En ellos, somos los humanos los que empleamos las nuevas tecnologías para competir de manera feroz. ¿Dónde está el Estado que nos protege de nosotros mismos y de nuestro uso despiadado de aplicaciones de rating, de mecanismos de hackeo y espionaje?

Así, tanto él como Mohler se abstienen de tomar una posición definitiva en los dilemas que plantean. No ofrecen tanto una tesis como un espacio de reflexión reformateado y readaptado a los patrones de consumo simbólico de 2018. En ese sentido, son una pequeña y modesta maravilla informacional, porque amplían el círculo de acción de las ideas antes que restringir su complejidad. Los Cómics existenciales y Black Mirror no nos están volviendo tontos, superfluos ni pop. Podría decirse incluso que, colectivamente, nos están haciendo más inteligentes.

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6 Comentarios

  1. Desde la cautela y sin abandonar la duda perenne, corrosiva y patológica que me acompaña desde hace algunos años, yo tengo las respuestas a las preguntas que planteas en tu artículo. Sin embargo, no las voy a compartir aquí, no porque no quiera, no por una serie de motivos nítidos o por alguna otra mundana razón. Me ha costado mucho «pegar» semejante salto mortal (aunque a veces no estoy muy seguro de haberlo pegado del todo). Desde 1931 «tenemos» la solución frente a nuestros ojos, pero mucha gente no es consciente de ello. Enhorabuena por tu artículo, es muy interesante y está muy bien escrito.

  2. 921kibu, no nos dejes así, cuéntanos cual es esa solución que «tenemos» ante nuestros ojos. De verdad que me has dejado muy intrigado.

  3. Críptico el buen amigo. Qué habrá sucedido en 1931? Conjeturo que él es un «habitante» de ese año, y diría que en manera eterna. Hay indicios a partir de «cautela, perenne, patológica». Y ese salto misterioso! Sospecho que la frase «acompaña de algunos años» no se refiere a los actuales. Tal vez sea una «alma en pena» producto de la crisis del 29. He aquí una posible explicación. Nos está diciendo que el poder financiero nos puede llevar otra vez al desastre. Es una pena tener que resolver misterios a la vieja manera. Ese «sin embargo, no las voy a compartir aquí» también podría leerse «sin embargo no. Las voy a compartir aquí. «O la siguiente: no por que no quiera, no por una serie de motivos» que puede leerse: «No por que no quiera. No. Por una serie de motivos y blabla»
    Estos oraculistas modernos me sacan canas verdes. A la guerra irás. Volverás. No morirás. A la guerra irás. Volverás? No! Morirás!

  4. Oh, madre mía! Otro críptico más. Y para colmo con ese nombre, Jasón, culpable del delirio de andar a buscar un montón de pelos dorados para pagar deudas de otros. Esto no sería grave si no fuera que después engañó a la pobre y fiel «sin papeles» Medea, con todo el dramón siguiente, hijos en común masacrados por venganza, rasgaduras de vestidos, imprecaciones etc. etc. Brrr. Me abstengo de tratar de descifrar ese inquietante «de lo más interesante»

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