Estar cuerdo en lugares dementes

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Elizabeth Jane Cochran, alias Nellie Bly. (DP)

La niña era hija de un inmigrante irlandés, había nacido en Pensilvania en 1864 y se llamaba Elizabeth Jane Cochran, aunque todo el mundo la llamaba «Pinky» porque gustaba de engalanarse con ropajes de tonos rosas. Pero aquella chavala no tardaría en darse cuenta de que vivir embutida en un cliché de género no era lo suyo, y durante la adolescencia se sacudió el apodo rosáceo al mismo tiempo que añadió una vocal a su apellido para transformarlo en un «Cochrane» que sonaba más sofisticado de cara a las presentaciones. Huérfana de padre a los seis años, sufriendo las perrerías de un padrastro alcohólico durante la infancia y abandonando los estudios por no poder costearlos, la chica se dedicó a currar mientras en sus ratos libres rellenaba folios ansiando ser escritora.

Hasta que, en 1885, una columna titulada «Para qué sirven las mujeres» publicada en el periódico Pittsburgh Dispatch provocó que a Cochrane le brotase humo por las orejas y encarrilase su futuro con las letras: se trataba de un artículo firmado por un Erasmus Wilson camuflado bajo el alias «Observador silencioso», y ejercía de respuesta a la carta de un lector, apodado «Padre ansioso», donde se solicitaban sugerencias sobre qué hacer con cinco hijas solteras. Wilson afirmaba que las mujeres trabajadoras eran una monstruosidad, que la verdadera función de las féminas se limitaba a parir mientras mantenían libre de polvo la cocina y que los padres que permitían a sus hijas buscar empleo, en lugar de desposarlas con alguien con dineros, destruían el país. La bragueta del articulista se venía tan arriba como para bromear proponiendo el infanticidio femenino como solución para lidiar con el asunto, imitando la salvaje tradición china de ahogar bebés o dejarlos fenecer en el patio si no incluían pito de serie al nacer.

La mamarrachada animó a Cochrane a remitir una misiva, firmada como «Niña huérfana» por aquello de apuntarse también al desfile de apodos, a modo de respuesta furiosa a los esputos de Wilson. Una carta redactada con tanta pasión y estilo como para fascinar al editor de la publicación, George Madden, y provocar que el periódico estampase entre sus páginas un anuncio interesándose por conocer a la airada «Niña huérfana». Al día siguiente, la mujer de veinte años se presentó en las oficinas de un Pittsburg Dispatch donde le propusieron acicalar y extender aquel estilo demostrado en la carta con un artículo para el diario. Cochrane aceptó y configuró una pieza titulada «El rompecabezas de la niña», un texto donde expuso las dificultades de las madres solteras de clase baja y remató a Wilson con un mordisco al afirmar que asesinar bebés hembra al estilo chino serviría para librar a las criaturas de convertirse en almas perdidas por culpa de la «vida de miseria y pecado» sentenciada por su sexo.

Cuando Madden comprobó que la prosa de Cochrane y su contenido funcionaban como una apisonadora, no solo publicó el artículo en una posición destacada durante la tirada dominical, sino que le encargó otro, que versaría sobre los divorcios, y le ofreció un puesto fijo en la redacción. La mujer comenzó a escribir para el periódico bajo el pseudónimo Nellie Bly, un homenaje fallido a la canción «Nelly Bly» de Stephen Foster por culpa de un error al transcribir el título. En los gramófonos, Foster canturrearía a una Bly llamada Nelly sobre pasar la escoba y prestar atención al puchero: «¡Nelly Bly, Nelly Bly! / Trae la escoba / vamos a limpiar la cocina, querida / y disfrutar de una pequeña canción / Coloca la madera, mi amor / y haz que el fuego arda / Y mientras yo agarro el banyo / remueve un poco las gachas». Entretanto, una Bly llamada Nellie estaba a punto de tallar su nombre en la historia del periodismo y convertirse en leyenda, volviéndose loca a propósito.

Hacerse la loca

En aquella época, las plumas femeninas en los periódicos se centraban en escribir sobre moda, sociedad o jardinería. Pero Bly prefirió agarrarse a problemáticas sociales y elaboró artículos sobre las condiciones laborales de las mujeres que se deslomaban en las fábricas de Pittsburgh. Sus textos engancharon a los lectores, pero pusieron muy nerviosos a unos empresarios que amenazaron con retirar la publicidad del diario si este continuaba revelando maltratos a trabajadoras. Bly fue relegada a escribir sobre moda, sociedad o jardinería, y junto a su primer texto sobre plantar flores en macetas entregó una hermosa carta de renuncia. Pero ni siquiera aquello supuso que dejase de trabajar para el Pittsburg Dispatch, porque la mujer decidió viajar hasta México y remitir sus aventuras por aquellas tierras a un Madden que comenzó por publicarlas en el periódico. Durante seis meses, Bly informó sobre la sociedad mexicana, mientras arremetía a cuchillo contra un gobierno mexicano, dominado por la dictadura del general Porfirio Díaz, amigo de encarcelar a los periodistas que no le bailaban el agua. Finalmente, la mujer se vio obligada a escapar de vuelta a su país cuando las autoridades mexicanas consideraron que aquel par de ovarios les estaban hinchando demasiado los testículos. La periodista optó por aterrizar en Nueva York en busca de nuevas oportunidades laborales y su siguiente paso fue cosa de locos, literalmente.

Tras meses con el monedero vacío y sin ofertas de trabajo a la vista, Bly se presentó en las oficinas de la legendaria publicación New York World, comandada por Joseph Pulitzer, y se ofreció como voluntaria para una chifladura: escribir un reportaje sobre el manicomio de la ciudad de Nueva York instalado en la isla Blackwell (la actual isla Roosevelt). Un artículo que elaboraría desde dentro, tras hacerse pasar por loca para ser encerrada y vivirlo en primera persona. Para ello, Bly se registró en una pensión neoyorquina y comenzó a actuar como una zumbada hasta que los responsables del lugar decidieron llamar a la policía y llevarla ante un juez. Tras declarar que la amnesia le nublaba la mente, los médicos que la examinaron la declararon «indudablemente loca», «perturbada sin lugar a duda» y un «caso desesperado» y sentenciaron que necesitaba ser ingresada con urgencia en un manicomio. La prensa, ajena a la verdadera identidad de Bly, agarró la historia de la misteriosa majareta y le otorgó muchísimo bombo. El New York Sun se preguntó: «¿Quién es esta chica loca?», mientras en The New York Times daban parte de cómo una mujer amnésica con el «rostro casi demacrado en su palidez, acompañado de una mirada maldita y salvaje en sus ojos» había sido examinada en el hospital de Bellevue.

Con su actuación, Bly se ganó un lecho en la sección de mujeres del Manicomio de Nueva York y comprobó que en aquel lugar el trato a los pacientes era cruel y vejatorio: las enfermeras gritaban y golpeaban a unos enfermos obligados a permanecer sentados en un mismo lugar durante todo el día, el menú oficial consistía en alimentos en mal estado y agua no potable, los internos eran bañados con cubos de agua helada y sucia, se compartían toallas y bañeras en condiciones insalubres, las ratas habitaban el lugar con alegría y las personas más problemáticas eran atadas a las camas para que no diesen la lata. Lo más preocupante fue que Bly dejó de fingir su locura en el mismo momento en el que puso el pie en el lugar, pero los médicos no llegaron a darse cuenta de ello, suponiendo que aquella repentina cordura era un síntoma de la enfermedad.

Cuando la mujer tuvo suficiente material para fabricar una bomba periodística, la cosa se le complicó de la peor manera posible: tras anunciar a los responsables del manicomio que todo había sido una treta, que estaba cuerda y que a lo mejor iba siendo hora de volver a casa, nadie se lo creyó y los médicos interpretaron que la mujer estaba más zumbada de lo que pensaban. Tras diez días encerrada en aquel psiquiátrico de los horrores, el editor del New York World hubo de acudir al lugar, acompañado de un par de abogados, para rescatarla de unos doctores que no acababan de tenerlas todas consigo.

Cuando Bly fue liberada, sus artículos sobre el cautiverio, titulados «Tras los barrotes del manicomio» y «Dentro de una casa de locos», causaron un revuelo espléndido en la ciudad y propiciaron reformas en el sanatorio mental de la urbe. La periodista recopiló la odisea en el libro Ten Days in a Mad-House, y a la hora de hablar de su liberación escribió: «Abandoné la residencia de enfermos mentales con placer y arrepentimiento. Placer porque de nuevo pude respirar aire fresco, y arrepentimiento por no haber podido traer conmigo a algunas de las desafortunadas mujeres con las que he vivido y sufrido esto. Personas que me han convencido de que estaban tan cuerdas como yo lo estoy». Las conclusiones de Bly eran terroríficas; ella no solo sospechaba que existía gente sana encerrada por error en instalaciones para lunáticos, sino que además tenía la certeza de lugares como aquel podían dilapidar cualquier mente íntegra: «Dos meses bajo aquellas condiciones de vida derrumbarían mental y físicamente a una mujer completamente sana». Estar cuerdo en lugares dementes era posible.

Foto: Cordon.

Estar cuerdo en lugares dementes

A lo largo de la historia existe una nutrida tradición de gente haciéndose pasar por auténticos zumbados por motivos de lo más diverso. En el siglo XIII, un pueblecito de Nottinghamshire logró que el rey Juan I de Inglaterra desechase la idea de construir un terreno de caza en las cercanías, algo que supondría nuevos peajes e impuestos para la población, de la manera más fantástica posible: simulando que todos sus habitantes estaban locos a base de organizarse para salir a intentar ahogar anguilas, pescar la luna del lago o encarcelar a un pájaro poniendo una valla alrededor de su árbol. Ocurría que por aquel entonces la locura se consideraba como una enfermedad extremadamente contagiosa, y que por eso mismo ningún rey estaría dispuesto a pisar por voluntad propia terrenos cercanos a un pueblo repleto de tarados.

Pero las aventuras de Bly en el manicomio también sirvieron como antecedente de un nuevo desfile de eminentes falsos chalados. Valentin Papadin fue un afable ruso que escribió Teach Yourself to be a Madman (Enséñate a ser un loco), un texto donde relataba cómo se libró de ser enviado a guerrear en Afganistán: estudiando las diferentes enfermedades mentales y haciéndose pasar por lunático para ser ingresado en un hospital soviético donde, irónicamente, casi se vuelve tarumba. En el terreno más pop, el famoso guionista de cómics Alan Moore (Watchmen, La liga de los hombres extraordinarios, From Hell o Batman: la broma asesina) lleva media vida haciendo chifladuras, como propagar el rumor de que él mismo es un asesino de niños, autoproclamarse mago ritualista («el paso final y lógico en mi carrera como escritor») o escribir misivas horribles a revistas bajo apodos falsos. Locuras que en algunos casos tan solo eran tretas para espantar a sus fans, evitando así que le diesen la tabarra por la calle al creer que en realidad se trataba de un puto zumbado. Y entre todos los sucesores del estilo Bly, existió un caballero que destacó por convertir el arte de simular demencias en un experimento que demolería las bases de las instituciones de salud mental, un hombre apellidado Rosenhan.

El experimento de Rosenhan

A finales de los sesenta, el psicólogo estadounidense David L. Rosenhan sospechaba que los diagnósticos psiquiátricos de la época chirriaban en exceso por ineficaces y decidió ponerlos a prueba haciendo un Nellie Bly. Para ello, configuró un equipo estelar de pacientes fake compuesto por tres mujeres y cinco hombres (él incluido). Un grupo sin antecedentes de enfermedades mentales y con ocupaciones diversas: entre sus filas militaban cuatro psicólogos, un pintor, un ama de casa, un psiquiatra y un pediatra. Todos ellos visitaron una docena de centros psiquiátricos de cinco estados diferentes del país, intentando ser admitidos en ellos tras alegar que escuchaban voces en su cabeza pronunciando palabras como «vacío», «hueco» o «ruido sordo». Tres términos seleccionados específicamente por el propio Rosenhan por no estar documentados como relativos a síntomas psicóticos, y también por orbitar cerca de las crisis existenciales que suele tener el ser humano.

Los centros a cuyas puertas acudieron los pseudopacientes incluían tanto hospitales universitarios de reputación intachable como instalaciones rurales de escasos medios, e incluso un carísimo hospital privado. En todos ellos, la treta esgrimida por el equipo de Rosenhan coló estupendamente, provocando que los miembros de su dream team de falsos locos acabasen ingresando en las instalaciones sanitarias, siete de ellos tras ser diagnosticados como esquizofrénicos y un caso concreto al ser considerado como bipolar. Siguiendo el estilo Bly, cada impostor dejó de actuar en el momento de ser admitido en el centro y comenzó a comportarse con normalidad, entendiendo por normal el hecho de pasarse el día en el psiquiátrico tomando notas en una libreta y observando con mirada aviesa el comportamiento de los trabajadores y pacientes del lugar. Sorprendentemente, los repentinos ramalazos literarios y la ausencia de nuevas alucinaciones no alertaron de la estafa a los médicos, quienes interpretaron aquellos comportamientos como síntomas de las enfermedades diagnosticadas. En cambio, un número importante de los enfermos reales con quienes los farsantes compartían psiquiátrico no tardaron en descubrir que sus compañeros estaban bastante cuerdos. 

La última parte del experimento de Rosenhan suponía salir del manicomio por méritos propios, convenciendo a los responsables del lugar de que estaban más sanos y menos psicóticos de lo que los médicos creían. Pero aquello, al igual que sucedió con Bly un siglo atrás, no resultó tan fácil: los falsos enfermos solo obtuvieron el alta tras reconocer oficialmente ante sus doctores que estaban mentalmente enfermos de por vida y aceptar atarse a una medicación antipsicótica de ahí en adelante. Al final, los esquizofrénicos de mentira no solo engañaron a los especialistas, sino que vivieron confinados en aquellos psiquiátricos durante diferentes periodos de tiempo que fueron desde la semana hasta los cincuenta y dos días, según el caso. El propio Rosenhan no se lo esperaba: había planeado pasarse un par de tardes en el hospital y acabó comiéndose casi dos meses bajo aquel techo. «El único modo de salir de allí no era ser diagnosticado como sano, sino admitir que los psiquiatras no se habían equivocado. Me obligaban a afirmar: “Estoy loco, pero voy mejorando”», explicaba el perpetrador de la investigación antes de sentenciar: «Está claro que en los hospitales psiquiátricos no podemos distinguir a quienes están locos de quienes no lo están». Rosenhan publicó sus hallazgos en 1973 en la revista Science bajo el titular «On Being Sane in Insane Places» (Estar cuerdo en lugares dementes) y la lio bien gorda en un terreno médico que decidió tomar medidas para evitar escándalos similares. Pero antes de eso ocurrió algo maravilloso.

A los responsables de cierto hospital psiquiátrico, tras escuchar las hazañas de Rosenhan al infiltrar a esquizofrénicos de pega en otros centros, se les ocurrió afirmar que en sus instalaciones sería imposible colar a un falso enfermo. Y el propio Rosenhan les propuso un juego: durante tres meses intentaría introducir a uno o más pseudopacientes en el lugar, y estaría en mano de los doctores descubrir quiénes eran los impostores entre todos los futuros ingresos psiquiátricos. El centro aceptó el reto y durante las semanas posteriores estudió con lupa cada una de las nuevas incorporaciones. Finalmente, los doctores llegaron a la conclusión de que entre los ciento noventa y tres posibles enfermos mentales que recibieron, cuarenta y uno eran farsantes enviados por el psicólogo, mientras otros cuarenta y dos fueron señalados como sospechosos de poder serlo. Y entonces apareció Rosenhan para aclarar que, durante aquellos tres meses, él no había enviado a ninguno de sus falsos locos al hospital.

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2 comentarios

  1. Excelente divulgación, señor. A menudo pienso que solo nosotros mostramos pena o compasión por esas personas, ya que quisiera creer que viven, a su manera, en un estado continuo de fervor o de gracia. Vaya a saber. Muy buena lectura.
    Poco me queda de aquella locura anterior,
    aquella sana, aquella buena, no la posterior
    de la cual no me acuerdo. De aquella hay y
    veo un goteo cuando no existían los grifos,
    Luna cuando tenía que haber Sol, y al revés,
    un ladrido de perros al inicio del Pleistoceno,
    bandadas de nidos vacíos en emigración,
    el mensaje de un cuerdo que vivió y murió
    antes que yo aconsejándome que no dejara
    nada escrito, y dejó su vehemente consejo
    cincelado en una piedra que el tiempo y un
    rio desgastaban de a poco: “Todo de lo que
    hemos hablado es verdad, Estimado Amigo”
    su firma (ininteligible), fecha y lugar: un suspiro
    en el desierto momentos antes de la era de Cristo.

  2. Esa situación absurda que usted describe, cuando el paciente trata de convencer al doctor que no está loco nos ha llegado en toda su dramaticidad en Terminator 2, con Sarah Connors y el doctor que no le cree.

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