La gratitud perfecta

Publicado por
Will Wheaton y River Phoenix en Stand by Me. Columbia Pictures.

La religión católica, en relación con el sacramento de la penitencia, distingue entre dos tipos de arrepentimiento, caracterizados por sendos tipos de dolor moral: el dolor perfecto o de contrición y el dolor imperfecto o de atrición. El primero —contritio caritate— consiste en arrepentirse por el mero hecho de haber obrado mal, mientras que el segundo consiste en arrepentirse por miedo al castigo. La Iglesia plantea esta distinción en el terreno religioso y en relación con el pecado, pero es aplicable a cualquier sistema ético o legal. Desde fuera, y a efectos prácticos, ambos tipos de arrepentimiento son indistinguibles; incluso es posible que el miedo al castigo sea más eficaz, como regulador de la conducta, que el mero deseo de obrar bien; pero desde dentro o desde muy cerca —en el ámbito de la subjetividad o de la intimidad— son sustancialmente distintos.

En un mundo mercantilizado, en el que las relaciones interpersonales son casi siempre —aunque no solo eso— transacciones, ocurre algo parecido con la gratitud. Podríamos decir que hay una «gratitud imperfecta» que consiste en sentirse en deuda con quien nos hace un favor, como quien compra algo a crédito, sentimiento que el lenguaje recoge de distintas formas y en distintos idiomas, desde el coloquial «te debo una» hasta el protocolario obrigado con el que los portugueses dan las gracias, pasando por frases hechas como «devolver un favor».

Tal vez la máxima expresión de este concepto transaccional de la gratitud sea el giri de los japoneses, un término de difícil traducción, pero sentido claro: la gratitud como obligación social. El origen del giri hay que buscarlo, seguramente, en el estricto código de honor de los samuráis, que, mutatis mutandis, sigue muy presente en el mundo empresarial japonés y en la sociedad nipona en general. Las deudas de honor ya no se pagan haciéndose seppuku o amputándose el dedo meñique (aunque algunos yakuzas todavía lo hacen); pero devolver un favor o un regalo en términos equitativos sigue siendo, para los japoneses, un deber social ineludible.

Por supuesto, esta forma de gratitud no es privativa de la sociedad nipona, y forma parte de la educación básica en todas las culturas. A los niños se les enseña a pedir las cosas por favor y a dar las gracias tras recibir algo, y a algunos les cuesta hacerlo. ¿Por qué? Porque es una forma de renunciar a la omnipotencia infantil, al egocentrismo absoluto, y reconocer que los demás no están obligados a satisfacer nuestras necesidades y deseos.

Huelga decir que este tipo de gratitud transaccional no es en absoluto desdeñable, como no es desdeñable el miedo al castigo como mecanismo de regulación social; pero es mejorable. Hay otra gratitud que, por analogía con el dolor de contrición, podríamos denominar «perfecta», que no consiste —o no solo— en sentirse en deuda con quien nos hace un favor o nos trata amablemente: es más bien —o además— la «grata actitud» que se genera como respuesta a un trato cordial, y que nos predispone a tratar con la misma cordialidad y deferencia a quienes se portan bien con nosotros.

Es bueno sentirse obligado a corresponder; pero es mucho mejor tener ganas de hacerlo, encontrar placer en ello, vivirlo como el desarrollo de una buena relación más que como la liquidación de una deuda. La etimología es reveladora, en este sentido: la «gratitud» es, literalmente, la condición de lo grato, es decir, lo agradable, lo que produce placer y bienestar, del mismo modo que «amable» significa, literalmente, «que puede ser amado». En ambos casos, la bisemia es expresión de una reciprocidad espontánea y gozosa.

La hija de la soberbia

Si la gratitud más genuina, la grata-actitud, es la fórmula mágica que rompe el maleficio de la soledad y nos conecta afectivamente con los demás, la ingratitud es la maldición que rompe el beneficio supremo de la amistad, y que daña sobre todo a quien incurre en ella. Porque si ser objeto de la ingratitud es recibir una puñalada trapera, ser su sujeto es tragarse el puñal, convertirse en una bomba de relojería. La propia palabra lo dice todo: el ingrato es el no grato, el desagradable por antonomasia. Muéstrale al ingrato su verdadero rostro y sentirá horror de sí mismo. Pero no es fácil, porque la ingratitud es una forma de ceguera selectiva, una ofuscación egotista que impide ver al otro como tal, y al no ver al otro, el ingrato deja de verse a sí mismo, pues el otro es el espejo necesario. No es casual que en italiano riconoscenza (reconocimiento) signifique gratitud, pues el agradecimiento supone reconocer —volver a conocer— al otro en lo que ha hecho por ti. El ingrato se niega a reconocer al otro en su generosidad y a sí mismo en su incompletitud, en su necesidad de los demás. La ingratitud es hija de la soberbia, como dice Cervantes, pueril fantasía de omnipotencia, egotismo despiadado, narcisismo suicida.

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27 Comentarios

  1. Excelente, Carlo. La lectura del contenido en menos de una página ha recreado esas piedritas en el zapato que no desaparecen, los míos y los de otros. Y de rebote me trajo la lectura -con respecto al perdón y a la ingratitud-, del grande Montanelli y de la polaca Wislawa. (disculpá lo reiterativo). Del primero recuerdo que en su Historia de Italia cada vez que narraba el pontificado de esos papas peculiares o conflictivos, siempre metía la frase “no podremos saber jamás si Fulano XX o Sutano V creían o no en Dios”. Fue desconcertante para mí. Lo daba por descontado. Pero era el grande “toscanaccio”. Y si es comprensible y honesto preguntarse por la fe de los papas, también lo es preguntarse por la sinceridad de los creyentes comunes. Misterios de la fe. La polaca no escribió sobre la ingratitud como lo hizo con otras manifestaciones humanas como el odio, la muerte, la tristeza, pero poetizó algo cercano en su “Elogio de la mala conciencia de uno mismo”…El ratonero no tiene nada de qué reprocharse… No dudan de lo apropiado de sus actos las pirañas… no existe un chacal autocrítico… de cien kilos es el corazón de la orca, pero no le pesa…. Nada más animal que una conciencia limpia en el tercer planeta del sistema solar.
    ¿Qué hubiera dicho sobre la ingratitud? Tal vez habría poetizado sobre un vecino, un amigo que no lo era tanto o un compañero de trabajo arribista, siempre dispuesto, común como el respiro pero que no recuerda tener memoria… tertulian relajados en la mesa de un bar en donde puede haber tantos como ellos, ya que a la luz salen todos, de uno y otro bando, sin ningún tipo de espadas sobre sus cabezas, ni antiguas ni recientes. Si hay un desnivel no se nota tanto, como la mesa en la que beben y tiene una pata más corta… ¿o las otras tres más largas? No me es dado saber quién se inclina para resolver el desnivel y quién faltará en el próximo aperitivo…
    Siempre un placer leerte.

      • Eso parece, a juzgar por tu inagotable memoria musical. Aunque podría ser que los elefantes y algunos cetáceos nos superaran en algunos aspectos.

    • Unamuno, en «San Manuel Bueno, mártir», plantea la misma duda que Montanelli. Y otra cosa que tuvieron en común don Miguel y don Indro fue su valiente postura antifascista. Dos grandes testigos de su tiempo.
      Interesante cuestión la de las cuatro patas de la mesa. La probabilidad de que se apoyen en un mismo plano es, en teoría, nula.

  2. Gracias por el artículo, se agradece que por estos medios también se ponga sobre la mesa la importancia de volver al origen para obedecer (ob-audire, saber escuchar) el verdadero significado de las cosas. ¡Si te animas a más artículos , a mi ya le tienes!

  3. La adhesión voluntaria y entusiasta de Irene a una “leva” para una cruzada no muy bien especificada, me ha hecho reír de gusto esta mañana. Es todo en su honor, señora: “Ob-audire (¡madre mía, estos latinos! Por lo visto un verbo que no tiene nada que ver con el obedecer de hoy) el verdadero significado de las cosas” es una causa perdida, pero de las más nobles porque no hay un botín al final, y deja un reguero de inquietudes imposibles de ignorar. Se lo agradezco. Decía que me hizo reír por una bizarra asociación de recuerdos ya que se me presentó el genial film “La armada de Brancaleone”, pero con un pseudo comandante que trata de demostrar a la soldadesca la imposibilidad de que cuatro puntos apoyen sobre un plano; otro que se expresa con oráculos sibilinos de los cuales hay que desgranarse el cerebro para saber qué quiso decir (generalmente se verifican todos); una nueva “recluta” dispuesta a todo; el que escribe, con su obsesión por periodistas italianos y poetizas polacas con sus papas ambiguos, orcas, pirañas, patas de una mesa tambaleante y, por supuesto, todos los otros inclines al silencio y a la lectura, incluyendo aquellos que participan de mala gana y consideran (y talvez tengan razón) de que es una armada de “enfermos mentales”. Es que las causas perdidas siempre las llevan a cabo los locos o soñadores. Creo que hoy será un buen día imposible de olvidar porque ha comenzado con una sonrisa.
    Carlo, tendrías que señalarme un sito donde, con lectura accesible pueda entender eso de los cuatro puntos. ¿No tendrá algo que ver con ese axioma que dice que dos o más puntos alineados definen siempre una recta, y que tres no alineados siempre corresponderán a un círculo? Este es intuitivo, pero el tuyo, Mmm…
    Agrego a tus recuerdos de Unanumo y Montanelli que el gran toscanacho no censuró o criticó la difusión de las fotos en las cuales posaba con orgullo el uniforme fascista. Fue cuando también él creyó al principio en lo inocuo de tal sistema político. Las críticas y el exilio impuesto debido a sus artículos sobre la guerra civil española lo hacen aún todavía más grande. Y no olvidemos los disparos a sus piernas que “revolucionarios marxistas” le propinaron. No lo mataron porque consideraron que no era tan “reaccionario” ya que se atrevía a criticar y denunciar todo lo putrefacto de la política italiana. Emocionante fue el recuerdo que dejó de tal hecho en sus memorias: pensó que le había llegado su hora después de los tiros a sus piernas, pero habiendo ahí una reja se aferró a ella tratando de incorporarse pues quería morir en pie. Otro loco soñador.

  4. Me ha gustado especialmente lo de que con la gratitud nos vemos en el otro y evolucionamos con los demás. Entonces si se junta un grupo de gente agradecida y empática se produce un bucle de felicidad?

  5. ¡Cimex! Me iré a dormir con otra carcajada por aquello de que los escritores son vampiros y que sufren indecibles desgracias. Si es como dices tendrás que aceptar que tú también lo eres, pero un vampiro tacaño y propenso al oráculo formato telegrama. Habría que prohibir a los que escriben criticar por la cantidad a otros del momento que escriben. Solo por la calidad o no de lo escrito. Reconozco que escribo en demasía. Es más fuerte que yo. Pero la realidad es demasiada maravillosa (y también horrenda) como para no tratar de dejar rastros o de cambiarla, aunque sea a través de la escritura fantástica. Es siempre un placer leer tus originalísimos comentarios y videos que aprecio, si bien me lleven tiempo para descifrar a los primeros. Ahora me estoy preparando para ir a dormir, colgado de los pies al techo.

  6. Uno sobre la felicidad. Y basta, Cimex, de hacer comentarios.
    La felicidad no viene en lata; es muy probable que esté en esos brotes tiernos que hoy muestran los árboles despues de haber aguantado otro invierno. La felicidad no es de plástico; seguramente tiene algo que ver con el baile sensual y compenetrado de las gentes de África. La felicidad rehúye el cansancio; sin embargo, busca el juego, el frenesí de los cuerpos amantes, la carrera desde el medio campo hasta el arco del adversario, y si pega en el poste mejor todavía pues también hay felicidad en los rebotes. La felicidad no avisa nunca; se presenta al improviso en una promesa, en una frase, en un gesto de mujer y te preguntás desorientado cómo era el tipo de felicidad que tuviste hasta ayer.

    Otro sobre la felicidad que ni yo mismo lo entiendo.
    He aquí otra vez la felicidad asomarse como a la vista de otro ignorante recién llegado, cortocircuito de la nostalgia continua del alma, despierte sin un motivo, feliz por las cosas cotidianas, carga necesaria para continuar con la rutina de vivir sin hacer siempre lo mismo, tiranía de tu cuerpo y cerebro que no quieren que tu conciencia se desprenda de quien le dio vida y los observe como a dos desconocidos. Me tendré que resignar a escribir en mi epitafio “Aquí yace, y que en paz descanse,
    la felicidad, sin nombre ni apellido”

    Otro sobre la felicidad
    La felicidad también es esperar… no se sabe qué cosa pues la incertidumbre es parte de este mundo que tiene un diseño feliz que ni siquiera él conoce, Y sé que tú no esperas nada -apostar al futuro no es tu fuerte- pues el presente se te presenta en copa de oro llena de instantes que mañana harás felices simplemente con la intención de llevarlos a cabo… ¡y cuántas veces has reanudado el mismo esfuerzo ya que el intento parecía que hubiese sido en vano! y te espero en esta esquina bajo la lluvia que aparezca tu figura que me tranquilice porque quiero ser feliz, y seguro no demostrarlo cuando te regaño porque has llegado tarde, pero descubro que ya lo soy esperándote mojado y pensando que aún humedecido la felicidad es la misma cuando los días son claros.
    El último.
    Lo extraño es que la felicidad también es un suculento helado de chocolate y vainilla en el ambiente ficticio que impone el invierno dentro de un supermercado con la bolsa repleta. Tener de todo
    para no llevarte nada, haber nacido en lo que parece la parte justa del planeta

  7. Así es más clara y comprensible que la anterior. Aquella tenía discordancias y disonancias temporales, sonoras, papilas gustativas y de ánimo.
    Lo extraño es que la felicidad
    también es un suculento helado
    de chocolate, crema y pistacho
    en el ambiente ficticio
    que impone el invierno
    dentro de un supermercado.
    Con la bolsa bien repleta
    tener de todo
    para no llevarte nada.
    Haber nacido en lo que parece
    la parte justa del planeta.
    Y tratar de pagar con las manos
    pegajosas que no dan abasto.
    Esta creo que ya la colgué. Pero como continuo a modificarlas la meto de nuevo.

    La felicidad, a veces,
    es la yesca que se enciende
    estando a punto de morir,
    o la curva de tu cuello
    tenso y terso
    tratando de entender
    las palabras de un libro
    que llegó al atardecer,
    y el tiempo se desarma,
    no funciona,
    inmóvil queda todo,
    y yo absorto como él.

  8. Excelentes reflexiones. En efecto, la incapacidad de sentir gratitud lleva a la soledad y esta separación es en lo que consiste la locura. Como dijo Erich Fromm en El arte de amar: «La conciencia de la separación humana, sin la reunión por el amor, es la fuente de la vergüenza. Es, al mismo tiempo, la fuente de la culpa y la ansiedad. La necesidad más profunda del hombre es, pues, la necesidad de superar su estado de separación, de abandonar la prisión de su soledad. El fracaso absoluto para lograr este objetivo significa la locura, porque el pánico del aislamiento total sólo puede vencerse por medio de un retraimiento tan radical del mundo exterior que el sentimiento de separación se desvanece, porque el mundo exterior, del cual se está separado, ha desaparecido.»

    • Gracias, Pere, por la oportuna cita de Fromm. En «El miedo a la libertad» hay reflexiones en la misma línea que ayudan a entender el surgimiento del nazismo.

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