La honradez volátil: fenomenología del amigo moroso (diálogo plutónico)

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Satanás atrapado en la zona central de hielo del Noveno Círculo. Ilustración de Gustave Doré para La divina comedia de Dante.

El honor no se gana en un día para que en un día pueda perderse. Quien en una hora puede dejar de ser honrado, es que no lo fue nunca. (Jacinto Benavente)

La lealtad es un deber hacia nosotros mismos, aun antes que hacia los demás. (Luigi Pirandello)

En La honradez de la cerradura, Jacinto Benavente denuncia la hipocresía de quienes solo por miedo al castigo o a la exclusión social respetan ciertas normas. La cerradura del título es la metáfora de una moral que solo funciona en la medida en que aherroja los impulsos deshonestos; una moral que no amansa a la fiera del egoísmo, sino que se limita a enjaularla. Los protagonistas de la obra, que serían incapaces de forzar una puerta para cometer un robo, no dudan en apropiarse del dinero ajeno cuando el azar lo pone en sus manos y la apropiación indebida no conlleva ninguna acción violenta u ostensible que pudiera incriminarlos.

Y, mutatis mutandis, eso es lo que hace el amigo moroso. Confiamos en él, igual que la mujer que en la obra de Benavente pide a sus vecinos que le guarden una importante suma de dinero, y él abusa impunemente de nuestra confianza.

No siempre es así, por supuesto; pero el porcentaje de amigos morosos, según mi propia experiencia y la de no pocas personas consultadas al respecto, es alarmantemente alto, y así lo expresa la sabiduría popular con sentencias irónicas como «Quien presta dinero a un amigo, pierde el dinero y pierde al amigo».

¿Por qué es una sentencia irónica?

Porque el amigo moroso no es un verdadero amigo.

¿Nunca lo fue o deja de serlo?

Un verdadero amigo no deja de serlo de pronto. «Amigo moroso» es un oxímoron, una contradicción in terminis. La amistad y la honradez son inseparables. La verdadera amistad es honradez personalizada, y la verdadera honradez es amistad generalizada, genérica.

¿Genérica?

Amistad hacia el género humano, hacia la humanidad en general.

¿Como el amor compasivo del budismo?

Sí, o como la pietas estoica, el amor al prójimo cristiano o la fraternidad revolucionaria. La solidaridad está en el núcleo de todos los grandes sistemas éticos. Y en la verdadera amistad alcanza su máxima expresión, como proclama Epicuro.

Pero si es tan frecuente que los supuestos amigos no devuelvan el dinero que les han prestado, eso significa que hay pocas amistades dignas de ese nombre.

La verdadera amistad, como la verdadera honradez, es un bien escaso; pero no tanto como parece indicar la abundancia de seudoamigos morosos.

¿Por qué?

Porque los verdaderos amigos no suelen pedirte dinero, pues no quieren causarte problemas ni ponerte en un compromiso si no es estrictamente necesario. Quien te pide dinero es, con toda probabilidad, un seudoamigo, por lo que también es probable que luego se resista a devolverlo. Por eso la proporción de morosos es tan alta. Aun suponiendo que tuvieras la misma cantidad de amigos verdaderos que de seudoamigos, la mayoría de los que te pidieran dinero pertenecerían al segundo grupo, pongamos nueve de cada diez. De esos diez deudores, el verdadero amigo te devolvería el dinero con toda seguridad; pero solo una pequeña parte de los seudoamigos lo haría, digamos un diez por ciento, por lo que ocho de esos nueve no saldarían su deuda (8.1, que es el 90 % de 9, si fuera un cálculo exacto).

Una estimación muy pesimista.

Bastante realista, según mi propia experiencia. Por razones que no vienen al caso, he sido presa fácil de pedigüeños y sablistas. Y aproximadamente cuatro de cada cinco no me han devuelto lo prestado, o solo lo han hecho bajo coacciones y amenazas.

Cuesta creer que alguien que no sea un estafador profesional o un psicópata le pida a un amigo un préstamo que no tiene intención de devolverle.

Pero es que el seudoamigo moroso sí que tiene la vaga intención de devolver el préstamo, o al menos no tiene la clara intención de no hacerlo. Lo que ocurre es que, llegado el momento de la devolución, se «olvida» de su compromiso, y si se lo recuerdas, su conciencia laxa encuentra una excusa para incumplirlo. Ahora mismo no puedo… Ha surgido un imprevisto… El mes que viene, en cuanto cobre…

Pero no puede posponer indefinidamente la devolución del dinero.

Sí que puede. Y lo hace. El razonamiento subyacente es muy simple: «Pagar mi deuda me viene mal, y si no la pago no me va a pasar nada; ¿por qué habría de desprenderme de un dinero que no me sobra, si lo único que tengo que hacer para retenerlo es poner una excusa cuando mi acreedor me lo reclame?».

Pero hacerle eso a un amigo es una mezquindad, el colmo del cinismo.

Peor aún: es un abuso de confianza y una deslealtad; una traición, en última instancia, el mayor de los pecados, al que no en vano Dante adjudica el noveno círculo del infierno. Si la conducta del seudoamigo moroso fuera plenamente deliberada y consciente, merecería el más severo de los castigos; pero la conciencia laxa suele ir acompañada de una consciencia borrosa o distraída, y ambas, en estrecha sinergia, determinan una honradez inestable, líquida, volátil, que en cada ocasión se adapta a la forma del recipiente y que se evapora al aumentar la temperatura emocional por encima de la tibieza reinante.

Pero si al seudoamigo moroso le haces estas reflexiones, ya no puede seguir engañándose.

Le resulta más difícil, pero no imposible. Nuestra cultura mercantilista ha convertido el dinero en la peor droga y el mayor fetiche, y poca gente se desprende de él si puede evitarlo, aunque sea recurriendo a los subterfugios y autoengaños más burdos.

Y al precio de la propia credibilidad, en el caso del moroso.

Efectivamente. No hay nada tan fácil como engañar a un amigo ni nada tan difícil como recobrar su confianza. Pero el seudoamigo paga un precio aún más alto: el de la propia dignidad. Una persona vale lo que vale su palabra, y el moroso se devalúa de forma drástica ante su acreedor y a sus propios ojos. La lealtad es, ante todo, un deber hacia uno mismo. Porque quien es objeto de una deslealtad recibe una puñalada trapera; pero quien la comete se traga el cuchillo, lo aloja indefinidamente en sus entrañas.

Y hablando de subterfugios, ¿por qué un diálogo contigo mismo para hablar de este tema?

Porque a mi parte más emocional le cuesta admitir que varias personas a las que quería y apreciaba hayan abusado de mi confianza, y la parte más racional acude en su ayuda.

¿Y por qué plutónico?

Porque tiene que ver con Pluto, el dios del dinero, y con Plutón, el dios de los infiernos.

¿Crees que los seudoamigos morosos deberían ir al infierno, si tal cosa existiera?

Creo que ya están en el infierno, puesto que se autoconfinan en un inframundo al que no llega la luz de la generosidad, la gratitud y la amistad. Creo que son más dignos de lástima que de desprecio o de venganza. Y creo que, en última instancia, nos hacen un favor al demostrarnos, a cambio de una cierta cantidad de dinero y de una herida moral curable, que no son dignos de confianza. A menudo sale mucho más caro descubrir la falsedad de un supuesto amigo. O no descubrirla.

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40 Comentarios

    • En realidad, no puedo quejarme:la amistad me ha dado muchas más satisfacciones que disgustos. Pero cierto es que esos disgustos, aunque sean poco, duelen mucho.Gracias por tu amable comentario, P.

  1. El propio Juvenal, si no me equivoco, lo decía ya: «Nemo Repente Fuit Turpissimus». Nadie se vuelve malvado de repente.
    De antiguo viene, y no hay ningún indicio que vaya a parar.
    PD: por cierto, señor Frabetti, ¿le importaría prestarme algo para llegar a fin de mes? Le juro que se lo devolveré en cuanto me lo pida ;)
    PPD: pues sí, el que es fácil de sablear tiene amigos en todas partes XD

  2. Como dice La Rochefoucauld, es más honroso ser engañado por un amigo que desconfiar de él, y los lectores que se toman la molestia de comentar mis artículos son mis amigos. Así que. de acuerdo, Francisco,dime cuánto necesitas.

  3. ¡Qué buen artículo! Es cierto que no he leído nada suyo que me haya decepcionado, pero este asunto, además, es de complicada explicación fuera de una filosofía como la cristiana, o la budista. Tiene que ver con lo que considerábamos que trataba la ética que exigimos lxs atexs hace 35años, y que se nos quedó en una hora tan vacía como la de religión. Una pena.

  4. Y dentro de los subamigos morosos, existe la categoría canalla de los que no devuelven los libros, películas, discos y series. Y peor todavía cuando vas por ventura a su casa, ves tu libro en un lugar destacado de su estantería y te dicen con todo su morro que son suyos desde hace eones.
    A esos al foso de los leones.

        • Efectivamente, porque en el fondo, quien relee sus libros? Una ínfima minoría, que en ocasiones, prefiere olorear un libro vuelto a adquirir. Esas estanterías repletas de libros que seguramente nadie va a volver a leer, solo sirven de rancia escenografía para videopresencias ilustradas… regalen sus libros, que rulen!

    • Pero eso no es ser moroso… Entregas una parte de tu alma, y eso no se puede devolver. Si son honrados no te devolverán lo prestado… Pero tampoco se molestarán por lo que no les devuelves tú a ellos. Y es que amor con amor se paga.
      PD: en una ocasión, hasta se molestaron porque devolví un libro que me habían prestado. ¿Se creerá que tuve que quedármelo como «regalo extraoficial» (sea lo que sea eso).

  5. Isatxa, has tocado un punto clave y de muy difícil abordaje: el de la ética sin religión y sin dogma. No es casual que la escuela institucional no esté a la altura: esta sociedad necesita miembros dóciles que no cuestionen las normas impuestas, aunque solo las cumplan por miedo al castigo.

  6. Me da la sensación de que hay personas que sienten que han sido siempre tratadas de forma injusta. Como si la vida les debiera algo. Creen que los demás son más afortunados y que están en el derecho de exigir sin límite (dinero, recursos materiales, tiempo…). Ya sé que también hay gente que tiene morro y punto.
    Vaya panda de pringaos estamos hechos en esta sección, ¿no?

    • Sí, es cierto, e incluso el «morro y punto» seguramente obedece a causas complejas. Y los grandes pringados (mejorando lo presente) son los que se pierden, por cobardía o desidia, el don supremo de la amistad.

  7. Doctor Grimor, el tema de los libros prestados merecería un artículo aparte. Tal vez se lo dedique. Gracias por la sugerencia.

  8. Puede que la fe en la amistad sea cosa de la juventud. En esa edad todo el mundo va con todo el mundo. Después, de dos en dos. Y al final, todos solos. El mal amigo será la evolución del buen amigo.
    Puede que el amigo esté en el deseo, deseo al que la realidad va mostrando que no teníamos derecho. El error será nuestro, no del amigo.
    En cualquier caso, tras una vida, gracias a los amigos, he terminado apreciando a los cabrones infames, porque no cambian jamás y permaneces en guardia. Los otros son los que te matan.
    Hay una poesía de Heine que dice (si mal no recuerdo): «Lo que te quiero, mi perro / eso lo sabes muy bien. / Y cuando te ofrezco azúcar / vienes mi mano a lamer. / Tú, perro, lo eres / con toda sinceridad. / Y mis amigos, los otros, / aún lo quieren parecer más».
    Debiera haber hablado más con mis abuelos, sí. Por desgracia, murieron bastante pronto.

    • Un budista diría que, a partir de cierto momento, uno debe despojarse de sus amigos como se despoja de todo lo demás que tiene en este mundo. Al final, la amistad, como el amor, no son sino ilusiones. Y ninguna ilusión dura para siempre.

  9. Generalmente esos amigos morosos saben como detectar a esos a quien estafarán. Y ese amigo estafado por un seudoamigo suele pisar la misma piedra.

    • Puede que no la misma, pero sí parecida, por aquello de la presunción de inocencia, el voto de confianza… Y porque no es fácil admitir que un supuesto amigo pueda engañarnos o utilizarnos sin escrúpulos.

  10. Efectivamente, Constantino, la fe, en general, es cosa de la juventud: empezamos creyéndonos todo lo que nos dicen y poco a poco vamos separando el trigo de la paja, o las voces de los ecos, como dice Machado. Pero a veces la fe ciega da paso a la confianza lúcida, y de las amistades fáciles y superficiales de la juventud sobreviven algunas, si las cuidamos adecuadamente. Alguien dijo que para hacer amigos hay que cerrar un ojo y para conservarlos hay que cerrarlos los dos. Como sentencia irónica está muy bien, pero en realidad es al revés: para conseguir amistades verdaderas hay que tener los ojos y los oídos bien abiertos. Tienes razón al decir que muchas veces el error es nuestro. El gran Heine también dijo algo así como «Si quier ir a las estrellas no busques compañía». Pero yo creo que sí, que hay que buscarla a pesar de todo; lo que no hay que hacer es engañarse al respecto. Ni dejarse engañar.

    • Puede leer mi réplica más arriba, Frabetti. Lo que plantea es discutible desde el momento que la perfección no existe.
      Puede que todos los amigos sólo esperen, a sabiendas o no, el momento adecuado para traicionarnos. De hecho, quizás todos merezcamos ser traicionados en algún momento. La única diferencia es entre el que lo hará con dolor de su corazón y el que lo hará riéndose de lo idiotas que llegamos a ser.

      • La perfección no existe, de acuerdo, y lo que seguramente es inevitable es algún tipo de decepción o frustración cuando las expectativas son muy altas. Pero la traición no tiene cabida en la amistad, y afortunadamente los amigos leales, aunque escasos, existen. Y sí, son un tesoro incluso en el infierno.

  11. Aquellos a los que yo puedo llamar amigos nunca me han pedido nada. Y alguno ha pasado por circunstancias jodidas. Y cuando les he ayudado lo he hecho sin esperar devolución de nada. Por la era satisfacción de echar una mano a alguien a quien quieres. Y porque se que son gente que de ser necesario abordarían conmigo un galeón.
    Poca experiencia he tenido con sablistas. Puedo recordar una con un compañero de trabajo, muy zalamero él, de los que te consideran colega de toda la vida a la media hora de haberte conocido. La larga cambiada que le di todavía de comenta en la páginas especializadas.
    Los libros (a no ser que manejéis ediciones de coleccionista) deben circular. En ambos sentidos.

    • O has tenido mucha suerte, o eres muy perspicaz al evaluar a los amigos y seudoamigos. La literatura está llena -casi se podría considerar un género- de deslealtades y traiciones perpetradas por amigos -o amantes, o familiares- que parecían «legales». En cualquier caso, enhorabuena: te has librado de uno de los mayores disgustos que puede depararnos este mundo cruel.

  12. Sin puntualizar, sin decir que no, ni quitarte la razón en lo más mínimo, pienso yo que algo me falta en todo esto. Quiero decir, si se trata de un amigo real, leal y muy cercano, ¿por qué habría de pedirle el dinero prestado?. Siendo un amigo íntimo (un mejor amigo en mi experiencia personal) nunca pensé al prestárselo que me lo tuviera que devolver. Si lo hacía, bien, si no, pues «a fondo perdido». Sin amarguras. Mi «consuelo» en ese caso es que la amistad real, como muy bien dices, es una generosidad que se manifiesta en doble sentido e incondicionalmente. La pseudoamistad, en cambio, es lo que traerá a tu vida todas las dudas y la inseguridad cuando se trata de valorar tus relaciones sociales. Genial, como siempre, Frabetti :)

    • Estoy básicamente de acuerdo con lo que dices: lo normal, entre amigos auténticos, es compartir, sin más. Pero hay situaciones muy concretas en las que el préstamo con plazo de devolución tiene sentido, y es cuando le das a alguien un dinero que vas a necesitar en un futuro próximo y así lo adviertes. Es un tema delicado y complejo (le he dedicado un libro y parte de otro); pero hay situaciones en las que, claramente, cabe hablar de deslealtad, ingratitud y abuso de confianza.

      • Si, sin duda. Lamento las malas experiencias en ese sentido, de veras. Imagino que sí me ha pasado, pero todo cuanto concluyo es que mi percepción (ese es el quid) fue la de que el dinero que prestaba no iba a volver a mis manos nunca más y que estaba bien así. Quizás sea un poco la postura de quien piensa «este es el precio que le estas poniendo tú mismo a nuestra «amistad» «, y por algún motivo ese pensamiento me deja con más paz interior que enfado. Un placer charlar contigo!! :))

        • Es un asunto lleno de variables y matices, y, como apuntas, no hay que confundir al seudoamigo moroso, con lo que podríamos llamar el amigo «desvalido» o «desastroso». Pero hay situaciones y conductas que en esos tiempos «elegantes» a los que aludes en otro comentario justificarían un duelo a espada.

  13. O has tenido mucha suerte, o eres muy perspicaz al evaluar a los amigos y seudoamigos. La literatura está llena -casi se podría considerar un género- de deslealtades y traiciones perpetradas por amigos -o amantes, o familiares- que parecían «legales». En cualquier caso, enhorabuena: te has librado de uno de los mayores disgustos que puede depararnos este mundo cruel.

  14. Me acaba de venir ala memoria una entrevista a Manuel Vicent que vi hace muchos años en la tele. Le preguntaron lo que era un amigo verdadero y dijo que es aquel al que le pides 300000 pesetas a las tres de la mañana y no te pregunta para qué las quieres.

    • Totalmente de acuerdo. Y si el que pide es digno de ese amigo, será él quien se preocupe de cuándo devolvérselas, en el caso de que las necesite.

    • Bueno, ese, más que un amigo verdadero, es un santo por no decir otra cosa.También cabe la posibilidad de que sea millonario y trescientas mil pesetas de la época en que Vicent dijo eso (ahora, al cambio, serían algo más de 1.800 euros) no valen lo mismo a día de hoy. Vamos a imaginar una equivalencia actual de 10.000 euros. Si yo tengo un capital de 100 millones de euros, le dejo los 10,000 y hasta incluso bastante más, sin hacer preguntas y sin la intención de recuperarlos. Pero esto, siendo millonario de verdad, no como algunos dicen que, cuando tienes un millón, ya eres «millonario», ¡Ja!

      • Entre amigos verdaderos, se supone que el demandante necesita realmente el dinero y ha valorado la disponibilidad del demandado. Seguro que hay alguien a quien, si te pidiera algo con urgencia, le dirías que sí sin hacer preguntas. Por cierto, la frase es de Marlene Dietrich.

          • Tuve el placer de conocerla personalmente y, desde luego, era una mujer de armas tomar. En el mejor sentido de la expresión, aunque cuando se enfadaba daba miedo,

            • A la Dietrich?!!. Madre mía… es la tercera referencia que te/le (¿?) leo sobre algún encuentro con celebridades francamente sorprendentes. Sé que es irrelevante, pero no he podido evitar comentarlo. Es usted un personaje muy borgiano (de Borges). De los que acumulan una experiencia vital que hunde su memoria en un mundo ya lejano que es, irremediablemente, elegante. :)

              • Milady, le ruego que nos tuteemos. Soy, sencillamente, viejo, y, eso sí, he tenido una vida bastante ajetreada. Con MD solo hablé un par de veces, una en persona y otra por teléfono, años después. Suficientes para percibir su personalidad avasalladora.

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