
El coronavirus ha acelerado una tendencia: el cambio en la movilidad, y en el bien por excelencia que ha definido la clase media, el coche. Las nuevas preferencias del público, combinadas con las políticas previstas para la recuperación postcovid, cambiarán definitivamente el panorama del automóvil.
Aunque el fenómeno es más viejo que el virus, las alarmas de los fabricantes de automóviles occidentales saltaron en 2014. Llegaban cinco años tarde a un fenómeno descrito por el periodista japonés Taku Yamoka en su libro Jóvenes que no quieren nada (Hoshigaranai Wakamonotachi) el cual analizaba un fenómeno social más complejo, el de la generación satori. Los desmotivados. Dentro de su análisis, basado en entrevistas e intercambios de información, destacaban los motivos de estos japoneses para no querer conducir. Aspiraban a un trabajo menos estresante y exigente, eligiendo una vida más modesta. El coste de un vehículo y el agobio de conducirlo, aparcarlo y mantenerlo quedaba fuera de esos planes. Pero había algo más. Habituados a vivir en grandes urbes y a desplazarse en transporte público, no encontraban más utilidad al coche que el viaje de vacaciones o de fin de semana… y para eso ya tenían los trenes, o el alquiler.
Los analistas occidentales se quedaron con el concepto de «jóvenes de dieciocho que no desean tener un coche». Era un cambio de mentalidad brutal, después de varias generaciones que desde el final de la Segunda Guerra Mundial habían visto en el automóvil un símbolo de emancipación. E incluso de juventud, como reflejó George Lucas en American Graffiti. En 2014 la consultora KPMG hizo un estudio entre los directivos de empresas de automoción preguntando por esta nueva tendencia. Su conclusión fue que el 53 % de ellos estaban convencidos de que la mayoría de jóvenes no tenían el más mínimo interés en tener coche propio. De hecho lo consideraban una carga (ver p. 21) y no preveían un cambio de mentalidad a futuro.
Hoy muchos jóvenes españoles de entre veintitrés y treinta y tres años ni se plantean tener coche. Pero sí disfrutarlo.
Carsharing y la revolución del derecho de uso
Nuestra mentalidad colectiva previa a la pandemia contenía muchas tendencias que se convertirán en la forma cotidiana de vivir a partir de 2021. Y una que va a ser definitiva es que pagaremos por el beneficio que proporciona un bien, no por el bien en sí mismo. Acabamos de verlo con lo audiovisual. Disney estrenó Mulan solo en su plataforma y ahora Warner lo hará con sus estrenos, simultáneos en salas y en HBO. Bob Dylan vende sus derechos a Universal porque el negocio de las discográficas ya no está en la venta de discos o películas para proyectar (objetos) sino en el reparto de derechos y cobro al usuario de las plataformas que los distribuyen. En cuanto al consumidor, el disco o la película física son un objeto de culto, como el vinilo, con valor en sí mismo. Disfrutar el contenido es lo que cuenta, y esa misma concepción de las cosas se ha trasladado al coche. La única gran diferencia entre el informe KPMG de automoción de 2020 frente al de 2014 es que ahora también una gran parte de los mayores de cincuenta consideran el vehículo propio un gasto fijo del que podrían prescindir.
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Lo que ha demostrado el virus es otra cosa. La gente que despreciaba los vehículos propios y lo apostaba todo al transporte público, ha quedado completamente indefensa. Si antes era esclava de los horarios, las frecuencias, las rutas inamovibles y las huelgas chantajistas, ahora se le ha sumado el virus en espacios atestados. La cara de pesadumbre y resignación de los que no tienen más remedio que ir en transporte público lo dice todo.
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