La fotografía de la movida

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La movida
Miguel Trillo Afluencias. (CC) Enric Archivel.

Se sabe cómo empezó la movida madrileña: en el Rastro, con unos chavales tratando de montar un grupo. Allí iba Fernando Márquez con Carlos Berlanga a vender y comprar discos y fanzines y libros, y de allí salió Kaka de Luxe. Lo contó el propio Márquez en su temprano y muy valioso Música moderna. Durante dos o tres años todo aquello era underground puro, underground orgulloso de serlo, por decirlo así. La precariedad dándose la mano con las ganas de hacer algo —poesía significa acción— y desde luego mofarse de lo que la autoridad competente erigiera como símbolo cultural. El empuje de una juventud con ganas de bailar y de decir barbaridades en las canciones, de tomárselo todo a broma —el cantante de Glutamato Ye-Yé con aspecto de Hitler, quiero ser santa quiero ser beata, todos los negritos pasan hambre y frío, para ti que te burlas de los críticos seniles—, produjo medio millón de canciones malas y diez o doce buenas y, entre ellas, tres o cuatro inolvidables (una de ellas, la última acaso, también de Fernando Márquez: «Cuando todo esto acabe / cuando nadie nos busque / seguro que nos vemos en cualquier fiesta…»). 

Pero lo cierto es que cuando llegó la hora adecuada, cuando los socialistas se auparon al poder para completar el perfil de la Nueva España, la autoridad competente supo hacer uso del ambiente para volverlo a su favor, darse esa pátina de descaro y juventud que le hacía falta al país: Tierno Galván gritando «Madrileños, el que no esté colocado que se coloque», y después un ministro como Solana apareciendo en la cubierta de una revista como La Luna de Madrid para completar la inteligente operación. Una operación que se ha producido muchas veces, por supuesto, tampoco hay que dárselas de ingenuo. Y que, en cierto modo, gracias a la propia retórica que ha de utilizarse en cada etapa de su crecimiento, es fácil de detectar cuando se produce. Si alguien del establishment te busca para que le eches una mano, ten por seguro que, por mucho que te digas que vas a mantener esa voz personal, esas maneras que han llamado la atención, lo que acabas de perder son la voz y las maneras.

Pongamos un sencillo ejemplo: La Fura dels Baus, el grupo teatral —o antiteatral— que sacudía bodegas abandonadas, yermos, ruinas, en todo el país con obras violentas, de metáforas excesivas quizá, muy abonadas al apocalipsis, pero con una rotundidad que acababa conmocionándonos. Su éxito los fue sacando poco a poco de esos establecimientos donde nos epataban con teatro sin texto, y esas maneras que llegaron a adoptarse como adjetivo —estética furera—  acabaron inclinándose hacia la evidencia de que todo aquel que consigue tener una voz muy personal y reconocible acaba cayendo en lo pompier. No debió extrañar a nadie que se hicieran de oro como escenógrafos de grandes óperas en los principales teatros del mundo o que se les encargaran celebraciones tan poco underground como la inauguración de unos Juegos Olímpicos. Podían decirse ellos mismos, naturalmente, que, a la vez que diseñaban un bonito cromo para todos los públicos que pudiera ser retransmitido al planeta entero, estaban estrenando en plena Expo de Sevilla una de sus obras más brutales, con actores montados en vehículos que hacían huir al público y unos andamios muy trabajados donde iban creciendo burbujas de agua en las que se criaban nuevos seres. Lo cierto es que todo lo que vino después tenía mucho más que ver con la bonitura que hicieron en la inauguración de los Juegos Olímpicos que con la barbaridad que hicieron en la Expo. Lo pompier triunfó sobre la pauta original. 

Si comparamos las primeras canciones de la movida madrileña con las que se hicieron a partir de mediados de los ochenta, veremos ese mismo efecto —que también se puede observar en el cine de Almodóvar—. Pero lo significativo de épocas así, en las que se da, o parece que se da, una especie de afán creativo que se expande por una ciudad cualquiera e infecta como un virus a ciudades vecinas, es que del monto total de producciones que se realizan entre fiesta y fiesta, de los miles de cuadros que se pintan y los miles de canciones que se componen y los cientos de poemas y las decenas de cuentos macabro-eróticos que se escriben, lo que con el tiempo queda es una atmósfera, una «voz de época», un tono, un adjetivo: «ochentero», en el caso de la movida. Y ninguna disciplina sabe sacarle más partido a eso que la fotografía: allí donde las creaciones de músicos, letristas y pintores parecían conformarse con darle de comer al ahora en el que se producían, los fotógrafos, al documentar ese efímero paso de la cabalgata de artistas y personajes por la pasarela de la actualidad, consiguieron congelar el tiempo y, limitándose a tomar la realidad —porque por algo los fotógrafos hacen tomas—, acabaron componiendo la más distinguida y resistente obra de la época, aquella en la que la época quedaba mejor definida y expresada. 

Tampoco en eso el Madrid de los ochenta es nada original, por supuesto. Se diría, variando la célebre frase de Mallarmé, que hay épocas que existen solo para acabar generando una serie de fotografías. O sea, no es que todo en el mundo exista para acabar en un libro, ni siquiera, como corrigió Susan Sontag, para acabar en una fotografía: todo existe más bien para acabar en un fotolibro. El swinging London produjo, entre otros, el espléndido London Pop Gesehen con el que Jürgen Seuss, Gerold Dommermuth y Hans Maier encerraron los aromas y gestos y figuras y ambientes del mítico Londres de los sesenta. Hay otros muchos ejemplos, sin duda: del París de Moï Vehr a la Barcelona de los cincuenta de Miserachs. En el Madrid de los ochenta destacan algunas de las potentísimas imágenes de Alberto García-Alix, sí, suficientemente celebrado, entre cuyos fotolibros me parece que sobresale Autorretratos. También merecen mención las imágenes coloreadas de Ouka Leele y los retratos de artistas de Pérez Mínguez. Pero si hay un fotógrafo que consiguió retratar el underground madrileño produciendo underground madrileño, hay que pararse en la figura, insuficientemente valorada, de Miguel Trillo.

En 1980 Miguel Trillo empieza a fotografiar a la juventud española que va a los conciertos que se reparten por toda la capital. Decide currarse un fanzine para ir recopilando sus fotos agrupándolas en tendencias: el número cero, que es el peor impreso, es un especial «movidas»; luego dedica números al mod, al heavy, al punk, al tecno y a los heavies. Hacía cien ejemplares fotocopiados y, sin firmarlo, le ponía un título afortunadísimo: Rockocó. El resultado es puro underground bebiendo del underground, sin otra pretensión que fijar en el tiempo algo que merece ser más que presente. El fotógrafo no hace el más mínimo alarde de artista, es un ojo que caza, toma la realidad y la deposita en el papel. Desfilan por sus páginas decenas de chavales que miran a cámara o son captados cuando bailan, convencidos todos, sin haber leído a Nietzsche, de que no merece la pena ningún dios que no les haga bailar. Seguramente las copias originales del fanzine circularon, como tantos otros, entre los propios personajes que quedaban retratados, entre la gente que formaba parte de aquel primer grupo de «movidos». Solo ahora, hace unos meses, se han recopilado todos los números de Rockocó en una eficiente cajita editada por La Fonoteca. Miguel Trillo apenas ha escrito unos párrafos dando sus explicaciones o aliñando las imágenes con algo de contexto. Viene a decir, con su insólita modestia, que empezó en el año 80 «por el afianzamiento de la libertad en nuestro país» y que dejó de hacerlo en el 84 porque «el espíritu amateur de aquel tiempo se había diluido y la diversión ya se había afianzado en todas las ciudades». He ahí una perfecta definición del underground

Trillo no fue el primero en retratar la escena musical que de repente sacude una ciudad cualquiera —frecuentemente grande, aunque no siempre, como demuestra el caso del beat de Liverpool—. Los punkis, tan fotogénicos, ya fueron convenientemente tomados por Salvador Costa en el libro Punk, pero los escenarios eran londinenses —como los del indispensable White Trash de Christopher Makos retrataban el punk yanqui—. Pero tanto Costa como Makos produjeron artefactos que usaban el underground para salir a la superficie: no eran obras underground como sí lo es de principio a fin la de Trillo. En la nota que pone a la reedición facsímil de Rockocó, a Trillo se le escapa, sonriente, una pequeña queja pero también un excelente canto al medio que tuvo que utilizar para dar salida a su obra: «Han sido muchos años haciendo fotos en la soledad de la felicidad. Pasarlo bien nunca ha necesitado de la solidaridad. Si me hubiera dedicado a retratar el sufrimiento, quizá hubiera recibido encargos de las ONG o fundaciones benéficas, pero no ha sido mi ruta. Los fanzines los considero caminos enrevesados del yo a la conciencia, ya sea de la palabra o la mirada. Me enseñaron a controlar el subsuelo de los territorios, a no tener que subastar los ojos en beneficio ajeno». La prueba de que Trillo ha seguido su camino, su ruta, como él dice, es que tampoco quiso sacarle más partido a su privilegiada posición y se marchó con su canción a otra parte, a otras juventudes, a fotografiar lo que hacían los muchachos en Asia, en otras movidas. Quizá sea de todos los pobladores de la movida madrileña el único que se ha mantenido realmente en la movida desde que empezó: entendió que la movida es un calambre que hoy pasa por Madrid y mañana por Hong Kong, y luego quizá alcance Ciudad de México para seguir electrizando a una ciudad cualquiera en un momento determinado.

Muchas veces, al hablar de los años de la movida madrileña, se ha hecho hincapié en que, salvo la primera película de Almodóvar, algunas canciones del Zurdo, de Nacha Pop o de Radio Futura, la movida no dejó más que la posibilidad de que alguien con talento, al hacer memoria de lo sucedido, lograra cerrar una buena novela. Se intentó en varias ocasiones e incluso se redactaron algunas memorias más o menos meritorias en las que pudiéramos abrevar a la nostalgia de haber sido adolescentes en una época orgullosa de su propia adolescencia. Pero no nos hace falta que nadie se ponga a la tarea, porque la gran novela de la movida madrileña ya se escribió hace muchos años, recién muerta la propia movida. José Luis Gallero, también militante del underground, pero sin amateurismo, con un inesquivable buen gusto en producción editorial y en diseño —como prueban las ediciones de la editorial CODA o la revista Amen—, labró la novela definitiva de aquellos años disfrazándola de tertulia, de libro de entrevistas, de encuesta. Se tituló Solo se vive una vez. Ahí comparecen decenas de voces que se ponen a hablar, a recordar, a analizar, para componer un entusiasmado artefacto narrativo, una especie de instalación, que consigue retratar la época con frescura y naturalidad espléndidas, sin renunciar a la crítica o el desdén ni a la melancolía; el hecho de que se ceda la palabra a tantas voces consigue que, como debe ser, no se pueda obtener una representación unánime de la época, que se nos presenta viva y convincente en un ejército de detalles que la vuelven a poner en pie, sin ser reducida a historia. El libro de Gallero vuelve a demostrar que hay épocas de explosión creativa que sufren esa excelente paradoja que consiste en que el estallido no produzca apenas nada que escale la tapia del tiempo, pero sin embargo sí lo consigan las obras documentales que se limitan a contar, a fotografiar, a decir lo que ocurrió en el lugar de la explosión. 

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14 Comentarios

      • En el anterior comentario tenía prisa y no pude desarrollarlo, disculpa,pero me parece que es muy interesante lo que comenta y como los describe.

        Capta perfectamente lo que fue la movida sin mitificaciones ni descalificaciones.

        Tiene mucha razón en que objetivamente la mayoría de las canciones fueron realmente malas,pero no por ello deja de ser un momento muy atractivo.

        Mi enhorabuena por el artículo

  1. «Muchas veces, al hablar de los años de la movida madrileña, se ha hecho hincapié en que, salvo la primera película de Almodóvar, algunas canciones del Zurdo, de Nacha Pop o de Radio Futura»

    Semejante estupidez descalificatoria, suele ser escupida por los rockeros ortodoxos (y envidiosos de éxitos ajenos) y por la derecha de fraCASADO y Abascal, cuya ideología nada (o casi nada) pintó en esa época de libertad recobrada.

    Carlos Berlanga, Diego Vasallo, Jaime Urrutia, y un largo etcetera, hicieton espléndidas canciones.

    • Hay buenas canciones sin duda,pero la mayoría de la.movida dejando a un lado su puesta en escena y rebeldía,era canciones desde el punto de vista musical o sobre todo en las letras realmente flojas.

      Cree que hay 10 canciones de la movida que entrarían en el top 10 de las mejores canciones españolas? Sinceramente es difícil:
      – La chica de ayer
      – Cadillac solitario
      – Agarrate fuerte a mi María
      – Camino a Soria
      – Escuela de calor

      Seguramente

      Pero eran realmente buenas autosuficiencia,bailando,para ti,pero que público más tonto tengo, ayatolá,Groenlandia,quiero ser mamá, déjame, enamorado de la moda juvenil, y otros himnos de la época?Pues no lo tengo nada claro

      Y otras eran directamente infumables

      • Nuclear si
        Por supuesto
        Nuclear si
        Como no!
        Yo quiero bañarme en mares de radio
        Con nubes de estroncio cobalto y plutonio
        Yo quiero tener envolturas de plomo
        Y niños mutantes montando en sus motos
        Desiertas ruinas con bellas piscinas
        Mujeres etereas con voz de vampiras
        robots multiformes buscando en las calles
        los restos inertes del antiguo hombre

        Nuclear si
        Por supuesto
        Nuclear si
        Como no!

        Colinas ardientes de sol abrasadas
        ciudades inmensas habitadas por ciborgs
        Serpientes monstruosas devorando casas
        y naves enormes de formas extrañas
        Volcanes rugientes escupiendo lava
        y bosques violetas con cesped naranja
        Cavernas ocultas en playas profundas
        Y valles cubiertos de flores aladas.

        Nuclear si
        Por supuesto
        Nuclear si

        Esto es poesía del siglo XXIII.

  2. Un bello adolescente crucificado sobre montaña de basura; la movida, mayo 68, rebeldes post-45; nauseabundos pilares de la tierra

  3. Algunas referencias musicales valiosas que también convendría revisar:

    Alphaville, Burning, Décima Víctima, Derribos Arias, El Aviador Dro,
    Esclarecidos, Golpes Bajos, La Mode, Los Elegantes, Polanski y el Ardor,

    Salud /os.

    • Son grupos interesantes sin duda,pero si nos ceñimos estrictamente a sus mejores canciones ( Malos tiempos para la lírica, qué harías tú en un ataque preventivo de la URSS, etc) dudo q ninguna pueda calificarse de extraordinaria.
      Burning si las tiene,pero no puede calificarse como grupo de la movida,es premovida claramente cómo lo fue ramoncin por poner un ejemplo de esa época.

      Saludos

      • El eterno femenino, Por amor al comercio..
        Ya decía Serrat que prefería disfrutar a medir. Tenía más razón que un santo….

  4. La historia de la música está llena de canciones reguleras que en su momento han procurado mucho placer a la gente que estaba allí en el momento adecuado. El que objetivamente, años más tarde, resulte que aquellas canciones no eran para tanto no me quita ni tanto asi de lo bailado.

    Salud

  5. La musica, y otras creaciones, generan diferentes sensaciones o sentimientos según quien o cuando se escuchan. No sentimos igual la musica, las peliculas o sensaciones más profundas (sexo) cuando tenemos 18 o 45 años. Creo que las creaciones de la movida dentro de contexto y para una generación, representan tanto que una letra tal vez carente de sentido, o sentimiento, fuera de lo que se vivio esos años, por fuerza se deprecia.
    No creo que la calidad de las creaciones musicales en este caso, y en otros muchos casos, sea demasiado relevante, lo importante fue hacerlas, cantarlas, como cantarlas, como transmitirlas y desde luego como nos llegaron, en el momento social y politico, las (pocas) influencias exteriores a lo nacional que recibiamos cuando teniamos aquellos 15, 16,17….veintipocos años.
    En cuanto a mi respecta, musica que me ha acompañado desde entonces, no me planteo su calidad, solo siento su poder de hacerme sentir.

  6. Nuclear sí,
    Por supuesto,
    Nuclear si,
    Cómo no…
    ¡Diablos, qué estro creativo que compendia una época que desconozco! Felicitaciones al poeta. Vaya a saber sí, de acuerdo al texto, haya inducido una mutación genética por contagio emotivo y sudorífico en sus participantes. Por los comentarios parece que sí, por la nostalgía digo, que, aunque no lo parezca, es una de las mejores mutaciones de la cual nos hemos dotado. Aparte la otra, aquella odiosa del paso del tiempo, se entiende. Muy buenas lecturas. Gracias.

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