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Las ciudades del espacio

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Conceptualización artística de una colonia espacial para diez mil habitantes, 1975. Imagen: NASA / Cordon Press.

Todo el mundo desea vivir mucho tiempo, pero ningún hombre quiere hacerse viejo.

(Jonathan Swift, Los viajes de Gulliver)

La humanidad no conquistará la galaxia en naves de la NASA.

(Alejandro Jodorowsky, en preparación de su adaptación no realizada de Dune)

A las 06:07 horas del 12 de abril de 1961, el coronel Serguéi Koroliov pronunció las siguientes palabras en el intercomunicador de la sala de control del cosmódromo de Baikonur: «Fase preliminar… intermedia… principal… ¡despegue! Le deseamos un buen vuelo. Todo va bien». Desde el interior de la Vostok 1, modelo 3KA-3, el también coronel Yuri Gagarin respondió: «Poyekhali!». ¡Allá vamos!

Una hora y cuarenta y ocho minutos más tarde, tras completar una órbita alrededor del planeta, Gagarin fue eyectado de la cápsula y desplegó su paracaídas. Diez minutos después, a las 08:05 horas, el cosmonauta aterrizó suavemente a unos veintiséis kilómetros al suroeste de la ciudad de Engels. El trayecto ni siquiera alcanzó las dos horas, pero Gagarin se había convertido en el primer ser humano en visitar el espacio. De hecho, ese «Poyekhali!» fue elevado al podio de las frases históricas: la palabra que lanzó a la humanidad a la era espacial.

El espacio, la última frontera

En ese mismo año 1961, el colectivo británico Archigram imprimió su primera publicación: Archigram I. La cosa no tuvo especial difusión, esencialmente porque se trataba de poco más que un panfleto en blanco y negro editado por un puñado de arquitectos treintañeros —y alguno veinteañero— sin predicamento ninguno en el mundo de la arquitectura académica del momento. Sin embargo, en sus páginas había ideas que no se habían visto nunca y que, en realidad, no se verían nunca en ningún sitio porque lo que Peter Cook, Ron Herron, Michael Webb y los demás componentes del grupo proponían no era ni remotamente una visión realista del futuro de la arquitectura o el urbanismo; lo que había dentro de Archigram I era un torbellino de gráficos y esquemas, de collages y señalética, de hipertecnología modular asociativa, optimismo consumista y cápsulas espaciales. Es decir, algo que tenía bastante más que ver con Popular Science o la versión más amable de Amazing Stories que con la revista oficial del Royal Institute of British Architects. Y aún faltaba lo gordo, que llegaría tres años después.

En 1964, Archigram dio a conocer la Walking City, proyecto estrella de Herron y símbolo instantáneo tanto de la arquitectura radical de los sesenta como del propio colectivo. La Walking City era una megaestructura polimórfica de edificios y calles montadas sobre un sistema de patas telescópicas que tocaban el suelo en unos pocos puntos. Aunque estaba dibujada con un detalle exquisito, lo cierto es que no resolvía los problemas estructurales, constructivos o sociopolíticos que el concepto lanzaba porque el propio concepto, desde el nombre, era tan potente que se llevaba por delante casi cualquier objeción. Una ciudad que no había crecido en el terreno, que no respondía a un entorno geográfico o paisajístico, que no dependía de accidentes orográficos. Una ciudad móvil, autónoma y autosuficiente. Una ciudad que camina.

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4 comentarios

  1. El Mundo Anillo resultaba ser inhóspito en mas de su mitad y provocaba mas problemas que soluciones, en la segunda parte de la novela se ven los fallos de las teorías y pasó sin mayor gloria

  2. José Antonio

    ¿Porqué no poner un poco de poesía ante tanto derroche de ciencia e hipótesis varias? Lo digo por si alguien la ve más idónea que la palabra chiripitifláutica, sin pretender corregir el texto del autor, interesante por otra parte.

  3. La primera parte del texto que menciona «la Walking City»,… «Una ciudad móvil, autónoma y autosuficiente. Una ciudad que camina» me ha recordado a «El castillo ambulante»:

    https://img2.rtve.es/i/?w=1600&i=1593422094102.jpg

    Que primero fue novela de Diana Wynne Jones en 1986 (https://es.wikipedia.org/wiki/El_castillo_ambulante) y película de animación de Hayao Miyazaki en 2004 (https://es.wikipedia.org/wiki/Howl_no_Ugoku_Shiro).

  4. !Vaya coincidencia! Tenía olvidado un cuento que en su momento consideré estrafalario pero entretenido. De frente al desastre iminente del planeta, se construyen en el espacio cercano miles de esas extructuras toroidales recubiertas interiormente con tierra fértil que, girando crean una fuerza de gravedad ficticia permitiendo continuar con la vida. Parte esa larguísima caravana de tubos con sus millones de ocupantes, y luego de algunas generaciones, por motivos siempre humanos, deciden dividirse en dos caravanas: izquierda y derecha, una al lado de la otra. Despues de otros cientos de años, y debido a la atracción mutua que ejercían esas inmensas moles (que, para variar, una giraba al contrario de la otra) y la velocidad de ambas hacia adelante, ven alarmados que las dos caravanas comienzan a enroscarse sobre si mismas, como si fuera la helicoide de nuestro ADN. Una imagen sugestiva en la profundidad oscura del espacio. También el autor tuvo el cuidado de explicar que sólo lo que estaba apoyado sobre la tierra, y esta a su vez a las paredes del tubo podían sentir la gravedad debido a la fuerza centrífuga, de consecuencia, los frutos que se desprendían solos no caían, flotaban. A los niños se les prohibía saltar.

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