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Llàtzer Moix: «Arquitectura y poder han ido siempre de la mano»

Llatzer Moix para jd 0

La soleada terraza del hotel Formentor parece un lugar idóneo para conversar con una personalidad tan mediterránea como Llàtzer Moix. Nacido en Sabadell en 1955, su nombre ha estado siempre vinculado al diario La Vanguardia, de cuya información cultural fue responsable durante dos décadas. Actualmente sigue ejerciendo en esta cabecera como subdirector, editorialista, columnista y crítico de arquitectura, siendo una de las pocas firmas dedicadas a esta labor en la prensa española. Es autor de títulos como Mariscal (1992), La ciudad de los arquitectos (1994), Wilt soy yo. Conversaciones con Tom Sharpe (2002), Mundo Mendoza (2006) y Arquitectura milagrosa (2010), de todos los cuales accedió a hablar para Jot Down en una larga y enjundiosa charla que comenzó en aperitivo y acabó en almuerzo frente al mar, en el marco de la entrega del Premio Formentor de las Letras y las Conversaciones Literarias organizadas por la Fundación Formentor.

Después de haber ejercido durante mucho tiempo el periodismo cultural, ¿cree que se trata necesariamente de una forma de activismo? ¿Es legítimo que sea así? ¿Es inevitable?

En el binomio «periodismo cultural», lo primero que reivindico es lo de periodismo. Se suele pensar que los periodistas culturales son una especie de misioneros de la cultura, cuya labor es protegerla del mundo regido por el consumo, y por tanto hay que defender su integridad, en particular la de la alta cultura. El periodismo tiene toda la responsabilidad que comporta su ejercicio, es un trabajo que hay que hacer bien. Esa defensa de la cultura va incorporada con un concepto íntegro y responsable del ejercicio profesional, ya está.

Usted ha vivido etapas muy distintas en la profesión. ¿Qué ha cambiado más: la dinámica de los medios, la orientación de la información…?

He vivido, en efecto, distintas etapas, pero en primer lugar quiero decir que hemos vivido una época feliz para el periodismo cultural. Hace treinta o treinta y cinco años, cuando empezaba, había una serie de islas que se defendían a sí mismas, que eran publicaciones culturales, con mucha tradición algunas de ellas. Pero en la prensa general, que es donde me he movido, las secciones de cultura con cierta holgura de espacio, incluso de medios en algunos momentos, eran algo de creación relativamente reciente. Veníamos de una etapa en la que, en términos cuantitativos —en cuanto a espacio— como cualitativos —de dotación humana— no había sido mejor. Es verdad que la bonanza que se reflejaba en los medios despertó la avidez de los agentes industriales relacionados con la cultura, en una época, además, de progresiva concentración empresarial, y por tanto de estrategias de marketing más agresivas. 

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2 comentarios

  1. Muy buena lectura. Gracias. Con respecto al fenónemo Calatrava, pienso que una víctima para nada inocente haya sido la municipalidad de Venezia, encandilada por tal lumbrera. Su puente, magnífico desde el punto de vista constructivo y estético, molesta, cruje visualmente dentro de la arquictetura veneziana hecha de ladrillos, piedras y mármoles. Y para colmo el transitar sobre una superficie de vidrio con escalones con medidas “innovativas” crea no poca aprensión. Exagerando diría que sería lo mismo que si a la Mona Lisa, en una restauración, le adosaran un móvil. Junto a la estación del ferrocarril, de la época fascista, chata, gris y fría, es lo peor de esa hermosa ciudad.

  2. Alejandro Luque

    En efecto, Moix dedica no poca atención al puente de Venezia en ‘Queríamos un Calatrava’, cuya lectura recomiendo encarecidamente a los interesados en el fenómeno de la ‘arquitectura milagrosa’ y amantes de la arquitectura en general.

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