
A la ciencia ficción le siguen pidiendo el carnet para poder entrar en el exclusivo Club de los Escritores —también llamado de la Alta Literatura—. Como su contenido suele considerarse cultura popular, no apto para mayores, por lo general se le niega la entrada. Por suerte, al cine puede entrar sin problemas. De hecho, puede hacerlo desde hace cincuenta años. Con 2001: Una odisea del espacio, la obra maestra de Kubrick, el cine de ciencia ficción dejó de ser cosa de adolescentes y frikis y alcanzó la madurez. Desde entonces, películas como Solaris, Blade Runner o, más recientemente, Interstellar o Melancolía han gozado del reconocimiento y el prestigio que sin duda merecen.
En literatura la ciencia ficción no ha subido todavía a primera. Los escritores del Club siguen mirando por encima del hombro a los escritores «de género». No hay más que ver la reacción de algunos autores consagrados cuando la crítica o el público les ha intentado colocar la etiqueta de marras:
—Señora Atwood, algunas de sus novelas, como Oryx y Crake o El año del diluvio, podrían considerarse ciencia ficción, ¿no es así?
—Pero ¿cómo van a ser ciencia ficción? ¿Acaso han visto ustedes «calamares parlantes del espacio exterior»?
—Bueno, aunque no salgan calamares parlantes, en ellas aparecen mofaches, leoneros (mitad león, mitad cordero) o cerdones, esto es, cerdos con órganos humanos…
—Mire, yo solo quiero delinear los derroteros por donde puede llevarnos la ciencia en los próximos años, todo el asunto de los animales transgénicos, la ingeniería genética…
—Pero, señora Atwood, según la definición del escritor y crítico Sam Moskowitz, la ciencia ficción «es una rama de la fantasía (…) que utiliza una atmósfera de credibilidad científica para sus especulaciones imaginativas sobre las ciencias físicas, el espacio, el tiempo, las ciencias sociales o la filosofía».
—Verá, joven, lo que yo hago es «ficción especulativa», nada de ciencia ficción.
Esto, o algo parecido, es lo que asegura la escritora canadiense para dar por zanjado el asunto cada vez que un periodista le saca el tema.
Ursula K. Le Guin, Gran Maestra de la ciencia ficción y la fantasía, le afeó a Atwood aquellas declaraciones sobre los calamares parlantes. No obstante, la canadiense no ha sido, ni mucho menos, la única que ha renegado del género. Kurt Vonnegut, que escribió novelas como Las sirenas de Titán, lo hacía en cuanto tenía ocasión. Es posible que su verdadera opinión sobre el tema se acercara a la de uno de sus personajes, el señor Rosewater, que, completamente borracho, se dirigió a los asistentes de un congreso de escritores sci-fi en los siguientes términos: «Os quiero mucho, hijos de perra. Sois mis escritores favoritos. Sois los únicos que habláis de los cambios realmente terribles que tienen lugar, los únicos lo bastante locos para saber que la vida es un viaje espacial, y no precisamente corto, sino uno que durará millones de años. Sois los únicos que tenéis el valor y el coraje de preocuparos realmente del futuro; los que realmente os dais cuenta de lo que nos hacen las máquinas, lo que nos hacen las ciudades (…)». Seguramente los quería mucho, sí, pero lo cierto es que no le hacía mucha gracia que le consideraran uno de ellos. Vonnegut aspiraba a llegar a un mayor número de lectores. Además, no quería que le metieran en un cajón que muchos críticos serios «suelen confundir con un orinal».
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La madurez de la ciencia ficción en la historia de la literatura es inversamente proporcional a la soberbia elitista intelectual de quienes la acusan de inmadura.
Una tal Mary Shelley escribió una de las más inmortales obras, casualmente ciencia ficción.
Un artículo excelente y necesario.
Felicidades.
He sentido la poesía pura, despojada, en la ciencia ficción: Crónicas Marcianas.
He leído, leo y leeré ciencia ficción desde los tiempos de Diego Valor… y ensayos (de Don Miguel). Después de hablar de ello, he llegado a la conclusión de que no vale la pena explicar lo que «el otro» no quiere entender; se lo pierden, sin más…
Estupendo artículo. Gracias!!
Es imposible separar la ciencia ficción de su tronco, digamos noble, de la «literatura fantástica» que es sinónimo de «ficción». Cuando nació la ciencia no existía o daba sus primeros pasos. Borges decía que la mayor obra de literatura fantástica era La Biblia. Estaría de acuerdo. Y agregaría casi todos los mitos antiguos, donde no faltaban carros voladores, transformaciones increíbles o personajes que descendían al Hade, el reino de los muertos, una manera de volver al pasado, o Casandra que veía el futuro. Pura ficcion, sin ciencia. La diosa que tomaba el semblante de un guerrero aqueo y el E.T me causan la misma emoción, abriéndome las puertas a la reflexión fantástica que también es cultura. El mito de Ícaro, uno de los más burdos «técnicamente» está a la base de nuestros conocimientos actuales que nos empujan a acercarnos al Sol. Sospecho que a esos escritores que se avegüenzan de la ciencia ficción les falte algo de humildad. Gracias por la amena lectura.
En España tenemos obras fantásticas de ciencia ficción, como las escritas por Gabriel Bermúdez Castillo, que sin embargo duermen en el olvido. Yo no lo considero un género menor.
Cuando se dice eso de que los de la Alta Literatura desprecian la ciencia ficción o la Fantasía y que siempre han sido considerados géneros menores, a mí me gustaría saber quienes son «ellos», esa élite. Que los señalemos con el dedo, a ellos y a los premios de supuesto prestigio literario para poder abuchearlos y llamarlos por lo que son: fanfarrones apoltronados muertos de envidia por no haber comprendido que no hay más altitud en la literatura que la imaginación. E imaginación es lo que hay en esos géneros que, lejos de ser menores, son los más importantes.