No, no eres francés: Jorge Semprún, al final de la escapada 

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Jorge Semprún
Jorge Semprún en el plató de Apostrophes, 1984. Foto; Cordon.

No soy un número, ¡soy un hombre libre!

Número seis en Patrick McGoohan y George Markstein, El prisionero, Londres, ITV, 1967.

No, no eres francés. No lo eras hacinado en ese tren al final de la noche cuyo destino fatal se anunciaba como Buchenwald. No podías ver el valle de Mosela en ese ataúd sin ventanas, tampoco sentir la «certeza deslumbrante de matices grises, los altos abetos, los pueblos rozagantes, las serenas humaredas bajo el cielo invernal». No eras, ni siquiera, un alto cargo de la resistencia; más bien, un estudiante de Filosofía trocado en miliciano que fantaseaba en el Café de Flore con ser oteado por los mandarines posibilistas… todavía temerosos de un futuro nazi. No, ya no eras ni siquiera un Maura, apellido escondido y aborrecido en tus primeras firmas; estirpe liberal de mal acomodo ante la soga de la igualdad. Trocaste a Maura —«¡Muera Maura!», gritaba Max Estrella— por otra eme, la de Malraux, cuyo periplo rojo coronado en la «posibilidad infinita de su destino» finalizó como dócil triboulet del general De Gaulle.

No, no fuiste víctima, aunque sufriste tortura. Capturado por la nueva horda mongola, te ahogaron en ducha fría y fuiste sometido a palizas. Víctima de tu ideología, mártir leninista, superviviente del campo de Buchenwald; auténtico Eurodisney en comparación con las manufacturas de muerte del este: el Holocausto como última etapa del proceso fabril, en términos marxistas. Llegaste a olvidar tu rostro ya que «no había espejos en Buchenwald»; solo oteabas tu «cuerpo, su delgadez creciente, una vez por semana, en las duchas». Te salvaste por azar, fuiste estucador en lugar de estudiante para los captores, y también, afirma tu anárquico hermano Carlos Semprún Maura, al ser investido kapo comunista. En ese puesto decidías, más allá del bien y el mal —¡otra vez el estudiante de Filosofía del liceo Henri IV!—, quién debía o no ser enviado a trabajos fatales.

No, no eres escritor. No lo eras, todavía, en el campo donde respondías al número 44 904; definición propia de un personaje de Patrick McGoohan y trasunto de D-503, la primera víctima del totalitarismo literario en la olvidada Nosotros de Yevgueni Zamiatin. Allí la lectura, la abstracción fueron tu única salvación ante esa realidad abismal y el olor a muerte. Ya eras lector, un buen lector, en tus tiempos de partisano en que cerrabas «los ojos» y recordabas «los títulos de esos libros que siempre andábamos acarreando en nuestras mochilas». La metafísica salvó tu alma en el campo de concentración; afirmabas con precisión las ediciones de Hegel o Schelling que devorabas, quizá intentando volar lejos de una realidad sin pájaros: todos huían ante la peste de las chimeneas, carne quemada de raza maldita para los invasores arios.

No, no eres comunista. Nunca lo fuiste: no podía serlo el lector de filosofía que descubrió pronto a Heidegger en el liceo. «¡Solo filósofos idealistas!», te recriminaban en Buchenwald con razón y cierta gracia; menos la tuvo Pasionaria haciendo de su capa un sayo y llamándote «cabeza de chorlito» antes de tu expulsión de la secta igualitaria en el año 1964. Es memorable ese párrafo en el que describes cómo «se alisaba un mechón rebelde de pelo blanco» antes de tu purga. Fue el fin de un proyecto de vida, sin duda, pero el inicio de tu trayectoria como literato; largamente incubada al convertirte en un personaje sin identidad propio de John le Carré: Federico Semprún, Jorge Sánchez. Los alias llenan tus novelas en una desesperada y agónica disolución del yo que habría fascinado al Pascal de los Pensées

No, no eres intelectual. O no te aplicaste lo suficiente en ello. Revoloteaste como escritor de prestigio, en una biografía que fue novela (¡mentida!) y que dividiste en decenas de libros. Tu obra más célebre, El largo viaje, ganó un Formentor más político que literario y te sirvió para entrar en esos vericuetos de Gallimard; efervescente submundo parisino donde la heterodoxia se recibía con champán. Una trayectoria novelística desigual, un libro de ensayo que jamás llegaste a finalizar (¿Sobre el comunismo? ¿Respecto al problema social? Nunca lo aclaraste…) y una huida hacia adelante como superviviente de la matanza que marcó la centuria. No casualmente, fuera de tus novelas de espías —con ese Dr. No que fue para ti el general Franco—, tu libro más doliente y mejor será La escritura o la vida, testamento hispano del Holocausto que revertía tu «amnesia» durante décadas. Era entendible: elegiste vivir.

No, no fuiste realizador. El cine, elemento guadiana en tu creación, fue un sinuoso efluvio de colaboraciones políticas, donde desprendías con acierto, reconstruías, otra vez tu biografía. Hay hartazgo, así, en La guerre est finie (La guerra ha terminado, 1966), de Alain Resnais, donde el protagonista, otro disfraz del señor de los disfraces Federico Sánchez, llegaba a afirmar: «Estoy harto de la guerra de España». Fueron esos setenta un intento de doblegar fantasmas cercanos a través de la ficción. Pocas cosas más revanchistas que el célebre monólogo que inicia Z de Costa-Gavras, tu mejor trabajo en el cine, y que podría ser un parlamento privado de Nixon o Mao:

El moho se evita rociando las vides con una mezcla de sulfato de cobre. Hay dos remedios comunes: la mezcla de Burdeos y la borgoñona; llamadas así por las provincias galas vitivinícolas más conocidas. Las vides se tratan tres veces al año: primero, cuando esos brotes tienen cerca de doce centímetros, segundo, justo antes o después de que florezcan, y, por último, un mes después. Fumigar resulta preventivo y por tanto fundamental.

Tú fuiste ese «moho» de un Partido Comunista de España que hubo de «fumigarse» pocos años antes; vigencia perfecta de esa lógica fatalista de anticomunistas como Arthur Koestler o Aleksandr Solzhenitsyn. Tu menor El cero y el infinito, menos lírico aún, más valiente, será Autobiografía de Federico Sánchez del año 1977; auténtico juicio en raso a un Partido Comunista que pasó en apenas una década de no aceptar tu política de reconciliación a humillarse ante el Borbón y la bandera rojigualda. No se te conoce, de hecho, una foto posterior a tu expulsión de esa sinagoga carmesí con Santiago Carrillo

No, no fuiste un marido fiel. Tu reciente biógrafa, Soledad Fox, fantasea con ese pelo cano con flequillo y aquella mirada perdida que engatusó a tantas jeunes filles en fleurs…. Un primer idilio, la actriz Loleh Bellon, para terminar con la productora de cine Colette Leloup, que hubo de morir un año antes que tú. Juan Cruz te encontraba, chistosito él, «el tipo más guapo de la clandestinidad comunista en Europa». No, Odile M. no «solo bailaba contigo», aunque nadie niega que al pasar «las horas, el amor del alba se anunciaba tiernamente». Los encuentros amorosos, las pasiones ciegas, aparecen en las páginas más ocultas de tus libros de memorias; efímeras citas voluptuosas, ajenas a cualquier casticismo y que quizá fueron lo que llevó a Jaime Campmany a decir que «eras un mal escritor». A lo que añade este autor: «mal escritor español».

No, no eres revolucionario. Te lo echó en cara Jaime Semprún, tu primer hijo con Loleh Bellon, que te consideraba un representante «burgués» del orden que el Mayo del 68 pretendía dinamitar con adoquines y bufandas. Tu preferías llamarte «alto burgués», pero ese año fue en el que presentiste que tu generación había muerto. Nadie quería ya aburrirse con la vieja gerontocracia marxista, aquella que veraneaba contigo en el mar Negro, en Crimea —el Benidorm leninista—. Nadar rodeado de altos cargos georgianos con rostro perruno, muchos de ellos amputados héroes de guerra, no parecía muy divertido o groovy para esa generación en vaqueros. Tu curiosa y tardía La algarabía especulaba con un triunfo de las comunas anarquistas, un 68 victorioso. En este libro un parlamento resultaría profético respecto a tu devenir: «El marxismo lleva a todas partes, a condición de salirse de él». A ti te llevaría, claro, a ser ministro…

No, no eres político. Fuiste engañado, engatusado, por Isidoro (Felipe González) —¡otro alias!— en los últimos tiempos de esa socialdemocracia faux. ¿Eras tú socialdemócrata? No eras, claro, comunista; ¿cómo podrías serlo? Pero llegaste a ser ministro de Cultura de un PSOE felipizado, más peronista que social, y que querría tapar sus vergüenzas neofranquistas con el gran superviviente de Buchenwald. Sabías, intuías que aquello no podía salir bien y se te enfrentó a ese sevillano espanto de boleros; el Errejón de Felipe González: Alfonso Guerra. Algunas de tus mejores páginas, de las más castizas, vienen de tu brillante descripción del preboste de Híspalis. Aquí, en efecto, el Campmany más Valle-Inclán aplaudiría tu semblanza de la imagen de Guerra:

… llena de suficiencia, de megalomanía, de intelectualismo kitsch, de donjuanismo andaluz de la más vulgar especie (¡aquellas páginas consagradas a describir sus noches dedicadas a hacer el amor y a escuchar a Mahler!). Era demasiado fácil —tan fácil que yo era propenso a desconfiar—; aquella máscara que Guerra había escogido mostrar, aquella persona que hacía el papel de ser me parecían tan ficticias, tan impersonales que sin duda escondían una verdad oscura, tal vez patética…

Tu novela Federico Sánchez se despide de ustedes se publicó primero en Francia y tuvo un pasar discreto en su versión castellana en 1993. Es quizá el mejor testimonio, el más veraz, de lo que supone ser un espíritu sensible y un tanto soberbio ante los juegos de poder de un país cainita. Cualquier iniciativa moral tuya, un reparto de las subvenciones de cine equitativo o la normal división del legado de Salvador Dalí con la Generalitat, se enfrentaba a una realidad de camarillas y exabruptos que parecen hacer real la leyenda negra. En cheli, ese Guerra diciéndote: «Y qué, ¿nos bajamos los pantalones ante los catalanes?», por el reparto a su muerte de los bienes del surrealista de Figueras. Pocos testamentos políticos más tristes que este párrafo oculto entre el epílogo de este libro:

Alguien ha dicho, creo recordar que André Malraux, que un ministerio para los asuntos culturales es un lujo inútil si no se les puede dar a los ministros un presupuesto decente y tiempo para trabajar.

No, no eres español. Tu España murió, como la de Max Aub, en el golpe de Estado del 18 de julio de 1936. Viviste con la idea, la presuntuosa idea, de ese país civil que derrumbó el fanatismo de los coroneles. Visión utópica que recibió su primer choque de realidad al hablar Pasionaria —¡recuerda otra vez ese mechón rebelde!— en el congreso del partido. El propio Aub, que es otro escritor extraño («señoruco que escribía», le llamó el castizo a martillazos de Francisco Umbral), recordaba que uno es «de donde hace el bachillerato». Fuiste educado entre Holanda y Francia siguiendo ese exilio nada dorado, pobre y trágico a decir de Carlos Semprún, de tu padre José María de Semprún y Gurrea. La ausencia de la madre, Susana Maura, y tu pronta sustitución de la familia carnal por la política crearon al héroe en sentido épico que enunció Joseph Campbell.

Existe en tus textos ese dolor machadiano de España, pero en la óptica propia del que se sabe ya fuera del ruedo ibérico; en el burladero galo protegido de sus brutos vecinos allende los Pirineos. Las partes más memorables de las novelas Aquel domingo (1980) y, especialmente, la muy triste Adiós, luz de veranos de 1998 evocan tu infancia madrileña y esos paseos barojianos de un país todavía feliz. Tienen que ver estos siempre con el Retiro, con la cercana casa familiar, y con la ensoñación de un parque en el silencio más absoluto de pasantes y noctámbulos, espíritus melancólicos siempre. No, el Retiro ya no era el del inicio de la República: no lo era en el 36, con sus «grupos de obreros inquietos, a ratos vociferantes»; tampoco lo era en tu vejez, cuando recorrías entre sus cipreses una infancia que fue tu único momento de quietud.

En uno de tus últimos paseos por ese parque, ya muy mayor y con ocasión de la Feria del Libro, el escritor de este texto, el juntador de letras más bien, te avistó. Eras un señor pequeñito, un poco contrahecho, y acompañabas a tu gran y ufano amigo Miguel Ángel Aguilar. Había leído algo de ti, estaba empezando la carrera, y me sorprendió la gravedad emocionante de tu rostro y ojos. Mientras Aguilar se divisaba como un jactancioso, tú desprendías un fulgor infinito que recorría años y décadas. Habías vivido lo suficiente como para comprender que esos pequeños momentos, ese paseo y firma de ejemplares, eran una célula de felicidad en un organismo viciado por ese cáncer que fueron tus trágicas vivencias diluidas en silenciosa memoria de papel.

No, no fuiste francés, ni víctima, ni escritor, ni comunista, ni intelectual, ni realizador, ni marido fiel, ni revolucionario, ni político, ni, claro, español. No fuiste nada ya que fuiste todo: biografía perfecta, admirable en supervivencia; quizá discutible en su mentira. Detrás de ese río que desembocó hace unos años en el mar, el pasado 2011 a los ochenta y siete años, se expandían decenas de afluentes. Un sinfín de máscaras, de yos, que escondían a ese joven muchachito que paseaba feliz de la mano de su padre un soleado domingo republicano del año 1931.

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2 Comentarios

  1. Decía Yourcenar «Cuando considero mi vida, me espanta encontrarla informe». Creo que Semprún llegó pronto a esa conclusión. Y no se molestó en corregir.

  2. «campo de Buchenwald; auténtico Eurodisney en comparación con las manufacturas de muerte del este»

    La estética sobre la ética.

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