
No soy un número, ¡soy un hombre libre!
Número seis en Patrick McGoohan y George Markstein, El prisionero, Londres, ITV, 1967.
No, no eres francés. No lo eras hacinado en ese tren al final de la noche cuyo destino fatal se anunciaba como Buchenwald. No podías ver el valle de Mosela en ese ataúd sin ventanas, tampoco sentir la «certeza deslumbrante de matices grises, los altos abetos, los pueblos rozagantes, las serenas humaredas bajo el cielo invernal». No eras, ni siquiera, un alto cargo de la resistencia; más bien, un estudiante de Filosofía trocado en miliciano que fantaseaba en el Café de Flore con ser oteado por los mandarines posibilistas… todavía temerosos de un futuro nazi. No, ya no eras ni siquiera un Maura, apellido escondido y aborrecido en tus primeras firmas; estirpe liberal de mal acomodo ante la soga de la igualdad. Trocaste a Maura —«¡Muera Maura!», gritaba Max Estrella— por otra eme, la de Malraux, cuyo periplo rojo coronado en la «posibilidad infinita de su destino» finalizó como dócil triboulet del general De Gaulle.
No, no fuiste víctima, aunque sufriste tortura. Capturado por la nueva horda mongola, te ahogaron en ducha fría y fuiste sometido a palizas. Víctima de tu ideología, mártir leninista, superviviente del campo de Buchenwald; auténtico Eurodisney en comparación con las manufacturas de muerte del este: el Holocausto como última etapa del proceso fabril, en términos marxistas. Llegaste a olvidar tu rostro ya que «no había espejos en Buchenwald»; solo oteabas tu «cuerpo, su delgadez creciente, una vez por semana, en las duchas». Te salvaste por azar, fuiste estucador en lugar de estudiante para los captores, y también, afirma tu anárquico hermano Carlos Semprún Maura, al ser investido kapo comunista. En ese puesto decidías, más allá del bien y el mal —¡otra vez el estudiante de Filosofía del liceo Henri IV!—, quién debía o no ser enviado a trabajos fatales.
No, no eres escritor. No lo eras, todavía, en el campo donde respondías al número 44 904; definición propia de un personaje de Patrick McGoohan y trasunto de D-503, la primera víctima del totalitarismo literario en la olvidada Nosotros de Yevgueni Zamiatin. Allí la lectura, la abstracción fueron tu única salvación ante esa realidad abismal y el olor a muerte. Ya eras lector, un buen lector, en tus tiempos de partisano en que cerrabas «los ojos» y recordabas «los títulos de esos libros que siempre andábamos acarreando en nuestras mochilas». La metafísica salvó tu alma en el campo de concentración; afirmabas con precisión las ediciones de Hegel o Schelling que devorabas, quizá intentando volar lejos de una realidad sin pájaros: todos huían ante la peste de las chimeneas, carne quemada de raza maldita para los invasores arios.
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Decía Yourcenar «Cuando considero mi vida, me espanta encontrarla informe». Creo que Semprún llegó pronto a esa conclusión. Y no se molestó en corregir.
«campo de Buchenwald; auténtico Eurodisney en comparación con las manufacturas de muerte del este»
La estética sobre la ética.