José Enrique Ruiz-Domènec: «Si los políticos quieren preservar los valores europeos, que impulsen el mestizaje»

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En un encuentro en el que los escritores son mayoría, como es el caso de las Converses de Formentor, la presencia de un historiador se vuelve particularmente simpática. Y lo es sin duda en esta edición pandémica la de José Enrique Ruiz-Domènec (Granada, 1948), que reúne en su persona la erudición, la sensatez y el buen humor. 

Especialista en la Edad Media, la cultura europea y el legado mediterráneo, el autor de títulos como El reto del historiador, Cautivos de la fama, Atardeceres rojos o España, una nueva historia ha trabajado en los últimos tiempos sobre las pestes históricas, sobre las que acaba de publicar El día después de las grandes epidemias (Taurus). Con Ruiz-Domènec se puede hablar de casi todo, pero esta vez tocaba restringir el campo a cuestiones como el mundo medieval, la leyenda negra española, Cataluña, la deriva europea o la novela histórica. Y este fue el resultado.     

Siempre se habla de «la oscura» Edad Media, pero, ¿lo fue tanto?

No, eso es un tópico hoy día indefendible. No solo porque desde mediados de los años setenta se abrieron espacios de interpretación mucho más sólidos, en la vía que dirigieron en París los dos grandes medievalistas, Georges Duby y Jacques Le Goff, ambos maestros míos y luego amigos míos, con los que mantuve hasta su muerte muy buena relación, y que demostraron claramente que esa Edad Media de la oscuridad era un prejuicio romántico, en la medida en que el romanticismo quería crear una atmósfera que luego se llamó gótica. No, la Edad Media, en su complejidad, es demasiado grande para calificarla de una forma tan simple. Y los siglos centrales son de gran desarrollo en todos los planos: economía, tecnología, cultura… Por otro lado, la ironía sería cómo una civilización como la nuestra, la europea, podría nacer de una época tan oscura, porque nuestros fundamentos son medievales. Son prejuicios que anidan generalmente en las afueras de la alta cultura: en las series de televisión que muestran a esa gente sucia, que no se lava… Cosa que es mentira, porque se lavaban tanto o más que la gente de hoy. 

Cuando se piensa en la Edad Media, a menudo la primera imagen que nos viene a la cabeza es el caballero con su armadura. Cuando uno hace ahora una visita turística a un castillo medieval y ve esos armatostes, se pregunta cómo era posible que nadie luchara con tanto peso encima…

Es un ejemplo más del tópico. Esas armaduras, que vemos tanto en las películas, se conocen como «milanesas» —la armadura blanca—, y son un producto de la tecnología y de la moda del siglo XV. No deja de ser curioso que haya una especie de identificación de toda la Edad Media con un artefacto exclusivo de ese tiempo. ¿Por qué? Porque la Edad Media se entiende como una época donde supuestamente no hay evolución, y como no la hay, tampoco evoluciona la técnica o el armamento. Hoy sabemos que, del siglo X al XV, el armamento evolucionó mucho, quizás no tanto como la Edad Contemporánea, pero sí como en la Edad Moderna. 

Lo comentaba porque cabe preguntarse si las guerras se hacían así, con dos arrobas de metal encima, o nos han vendido el torneo por la guerra, la leyenda por la realidad.

Claro, o algo mucho más interesante, la ficción por la realidad. El torneo era un deporte, y además un deporte que habría que identificar con la alta competición de nuestros días. ¿Es una ficción de la realidad? Sí, pero es una ficción real. Quiero decir que el deporte de alta competición existe, los tenistas, los futbolistas. ¿Es así el común de los mortales? Pues no, no todo el mundo está capacitado, ni tiene acceso a la alta competición. Y generan héroes colectivos, populares, algunos simpáticos, otros antipáticos. Estamos en Mallorca, y sabemos que Nadal es simpático. En cambio, ese chico de Serbia, Djokovic, es antipático. Nos gusta que le ocurran cosas malas… pues lo mismo ocurría en los torneos. Y, además, los torneos estaban bajo el ojo de las mujeres, que eran las que juzgaban los detalles, porque casi siempre se ganaba por puntos, como el boxeo. Tienes que saber mucho de boxeo para entender quién va ganando, no se trata solo de que uno reciba una bofetada y se vaya al suelo. 

Un amigo mío compara esa concepción de la guerra hecha exclusivamente por señores a caballo como si un arqueólogo del siglo XXX llegara a la conclusión de que en 2020 todos vivíamos en Disneylandia. ¿Es así?           

Efectivamente. O que todos practicábamos deportes de alta competición, y teníamos acceso a los beneficios que ese deporte da. No sé tú, pero yo difícilmente alcanzaré los estipendios de estos chicos. Ni los envidio, ¿eh?, pero hay que reconocerlo. 

¿Hasta qué punto el historiador está expuesto a la imagen que quiere proyectar una élite dominante? ¿Hasta qué punto necesita liberarse de esa proyección?

Esta ha sido la gran labor de la historia durante los últimos cuarenta años. Hemos establecido las metodologías de lectura, que proceden de la vieja hermenéutica, pero reactivada y renovada, para sacarnos de la secuencia retórica que las fuentes de la clase dominante nos quieren imponer. Es evidente que la lectura crítica de esas fuentes, o deconstructiva, como se dice en nuestra jerga, nos ha llevado a delimitar lo que había ahí de carga ideológica, eso que los franceses denominaron muy bien «el espacio imaginario», que no solo es ideología, es también procedimientos culturales, formas de gobierno, etc. Ahora lo vemos bastante bien, incluso podemos trabajar fuentes que habían sido vedadas por la literatura o la iconografía. Este fue el gran cambio. 

Recordamos aquello de «las crónicas afirman…» como si fueran autoridades, cuando las crónicas mentían como bellacas, ¿no?

En el fondo, hacer historia con una crónica sería como hacerla hoy en día con el Boletín Oficial del Estado. Son datos que tú tienes que contextualizar. Si los extraes de contexto, te dan una idea de sociedad tranquila, esperando las determinaciones del poder. Y no es así. Bueno, hubo ese momento en que a mediados de los sesenta y los setenta la historiografía generó esa inflexión, todo ello vinculado además por la gran inflexión de la época. La historia como disciplina no es ajena a los cambios que se han producido en el mundo, todo lo contrario. Muchas veces han sido arrastrados por la ola, y otras veces se han subido a la cresta, como esos surfistas que se meten en una ola de veinte metros. Recuerdo que cuando era joven y trabajaba con estos grandes maestros, me enseñaban lo que estaba sucediendo en ese momento en todos los ámbitos: la estética, la música, las prácticas sociales, la sexualidad, las poses, la moda… Y eso nos abrió otra ventana. Eso es lo que ha madurado y ha permitido a los historiadores de mi generación ese cambio, que además es colectivo, porque la historia es una república internacional de las letras. No hay fronteras, el historiador puede ser australiano o chino, pero el método es el mismo. Lo único que cambia es la lengua y el centro de interés. 

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Por cerrar el apartado medieval, en tiempos recientes ha habido una especie de boom en torno a la leyenda negra española que ha dado para muchas ventas de libros y para cierta polémica. ¿Cuál es su posición al respecto?

La leyenda negra nace de lo que podríamos llamar una batalla cultural. Batallas culturales hemos vivido muchas en el siglo XX, yo me he involucrado mucho en algunas de ellas, y de hecho, si el coronavirus me lo permite, uno de mis libros futuros para la próxima década hablará de las batallas culturales, y cómo han afectado en el conocimiento de la historia. Pero se han dado muchas veces, y una de las más intensas entre catolicismo y protestantismo, entre el imperio de los Habsburgo y el calvinismo holandés, es lo que generó la leyenda negra española. Es una visión de parte de una batalla cultural, y como siempre en estos casos, tiene una parte de verdad…

Eso iba a preguntarle. ¿Dónde acaba la base fáctica y empieza la propaganda?

Siempre hay una base de verdad, pero eso el historiador actual sabe discernirlo. Si nos ha enseñado algo el debate actual en las sociedades avanzadas es que tú no puedes fiarte de una sola fuente. Si pensamos que España es lo que dice La Razón como periódico, entraríamos en una especie de crisis de interpretación, porque España no es así. La mejor cura para esto es mirar otras fuentes, confrontarlas. Eso lo llaman objetividad, yo diría simplemente certificar la fuente. Tú, como periodista, si recibes una confidencia, tratas como mínimo de encontrar dos opiniones en esa línea antes de emitirla. De lo contrario, puede haber una visión sesgada o errónea, con mala intención o sin ella. Lo que había de propaganda del adversario y de verdad en el tema de la leyenda negra es mucho. Y no vale decir «ellos también lo hacían mal»: cada país tiene que hacer la autocrítica de su historia. Eso es lo que nos salvará siempre, por eso la historia es más necesaria que nunca. Plantear esa historia a la defensiva, lamentar cómo nos insultan…      

Quizá en eso reside el éxito de algunos de esos libros. 

Claro, se ponen tan de parte, que… Pero eso es entrar en una visión del pasado un poco de hooligan, ¿no? Pero el pasado no es un equipo de fútbol, la pasión no puede dominarte. Hemos comprobado que eso puede terminar siendo peligroso. Hay momentos de la historia en que la falsificación, o el exceso de triunfalismo, ha conducido a situaciones muy lamentables. De ir a las exageraciones para demostrar que somos una raza superior a querer exterminar a las demás hay un paso. Tenemos que crear una propedéutica, es mejor detener las enfermedades antes de que se produzcan. 

No deja de ser una curiosidad que el libro de historia más vendido en los últimos años lo haya escrito una filóloga. ¿Sienta eso mal en el gremio? 

No, el gremio no es tan cerrado como parece. Hay hallazgos que se proceden de disciplinas clásicas: yo he interpretado novelas, por ejemplo. Me pueden decir, oiga, ¿por qué hace usted de filólogo? O he interpretado a Rembrandt, ¿es usted historiador del arte? Quiero decir que eso que llamamos transversalidad se ha apoderado mucho de la historia, afortunadamente. No creo que sea un prejuicio gremial. No, creo que el historiador, lo que busca en estos libros de éxito, es ver si el autor o autora se ha atenido siempre honestamente a la realidad, o se ha forzado el mecanismo interpretativo.     

No se puede empezar escogiendo bando para orientar luego todo en esa dirección, ¿no?

Ahí está. El historiador tiene que mantenerse un poco más frío. La pasión es para el estudio, para perder horas indagando, leyendo, incluso interpretaciones contrarias. En estos libros leo pocas opiniones contrarias, pocas ganas de encontrar un equilibrio de información.

Relacionado con esto, pero aplicable a otros ámbitos, está ese empeño en aplicar el sistema de valores actuales a otras épocas. Se me ocurre, por ejemplo, el reproche que se hace al colonialismo europeo… ¿Podría existir Europa sin ese afán expansionista? ¿No define a Europa ese afán?

¡Claro! Los italianos le dan un nombre enormemente enfático: ucronía. ¿Qué hubiera pasado si…? Bueno, lo que hubiera pasado ya no es labor del historiador. Podemos divertirnos con ello, y en ocasiones lo hemos hecho, pero esa no es la cuestión. Mirar el pasado con ojos del presente se llama presentismo, que es un pecado mortal del historiador. No puedes jugar con ventaja, es como si te digo los resultados de la quiniela el lunes. No, mejor dímelos el viernes [risas]. Esa es la cuestión. Ahora bien, la historia es maestra de la vida, es un espejo donde te tienes que mirar. Y se ha dicho muchas veces: si tú no la entiendes, se repite. 

A menudo en lo peor…

Bueno, Marx decía que en términos de farsa. Y es verdad. Eso demuestra que el darwinismo, aplicado a la historia, no funciona. Muchas veces, las segundas partes son muy degradantes. Hay un ejemplo típico de esto en los dos napoleones, Napoleón tío y sobrino. Si la historia va en esa evolución, ¿cómo será el nieto? Así es. ¿Qué no entendió Marx? El sentido de la revolución. La revolución es algo que nos acompañó desde la segunda mitad del siglo XVII, y es un tema a resolver. Y cómo aceleró la historia, y los procesos de cambio social y económico, el acceso de una población numerosa a valores culturales o materiales… ¿Cuál fue el sarcasmo? Convertir la revolución en un armatoste, en un pharmakós que dicen los ultramodernos, una farmacia para engañar al público. Y claro, Luis Napoleón es un estafador de la historia, por eso molesta tanto a Marx. No habíamos llegado a la revolución de 1848 para que este impresentable nos conduzca a un camino diferente de lo que queríamos…

La historia tiene una lógica. Y además, es como un puzle, cuando se conocen todas las piezas y se colocan, se ve perfectamente la imagen. Si falta una pequeña pieza, en cambio, la figura aparece distorsionada. A mi hija pequeña le regalaba cada vez puzles más grandes, para que tuviera paciencia. Pasábamos un día entero con ello, y cuando veía al fin la imagen, un pájaro, un pez o lo que fuera, se sentía muy reconfortada, había aprendido algo de ese esfuerzo. La historia es lo mismo. Es una filosofía del detalle. Se basa en el detalle. Un mal detalle, una mala cronología, un error geográfico, te puede desbaratar las teorías más bellas. ¡Qué obsesión tiene este señor con la cronología! Pues sí, pero nadie negará que hay, por ejemplo, un antes y un después del 18 de julio de 1936. Eso solo se puede negar si se desconoce. 

Ya que me saca el tema, me consta que hay historiadores que niegan la cronología tal y como la conocemos, y hay debates muy encendidos en internet al respecto. ¿Qué hacemos, nos fiamos de la cronología que estudiamos en el colegio?

La cronología es el esqueleto de la historia, y lo mismo que en el cuerpo humano nadie confunde el fémur con la clavícula, nosotros no podemos confundirnos. La cronología genera a su hermana mayor, que es la periodización, y esta sí que se está rectificando, ajustando las fechas en las que se notan los procesos de cambio. Los cambios de siglo jamás se producen en el año cero de un siglo cronológico. Por ejemplo, el siglo XXI empieza este año, como casi todos los grandes siglos han empezado en los años veinte. El XVII empezó en 1715, el XIX empezó en 1815, después de las guerras napoleónicas, el XX empezó después de la Primera Guerra Mundial… Hay una serie de ajustes a través de la cronología que lo que hace es explicar mejor: cuando el marco lo tienes más claro, explicas mejor el contenido.

Un historiador con el que tuve buena relación en los últimos años de su vida, Eric J. Hobsbawm, cuando escribe su libro más potente, El corto siglo XX, piensa que el siglo XX se extiende desde el final de la Primera Guerra Mundial al final del imperio soviético. Si ahora estuviera vivo Hobsbawm, lo hubiera rectificado. No le podemos traer de nuevo a la vida, desgraciadamente, pero se hubiera dado cuenta de que muchas cosas que ocurrieron después de la caída del muro son todavía propias siglo XX. Y el XXI ha tenido un inicio trufado de problemas, cuando parecía que iba a surgir, sobreviene la crisis financiera de 2008-9 que nos retrasa el mecanismo, hasta hoy: ya no hay retorno. 

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Volviendo a Europa y las miradas presentistas, estamos viendo mensajes de políticos como Abascal, LePen o Salvini, sobre la defensa de los «valores europeos» frente al «otro»… ¿Eso es una ignorancia interesada de que el concepto de Europa, cuya mitología nace en una playa de Sidón, es indisociable de las orillas vecinas? ¿Hasta qué punto los valores europeos no son valores mediterráneos?         

Sobre eso diré varias cosas. Una, de carácter programático: cuando se dice que hay que salvar los valores europeos, yo estoy de acuerdo. Con lo que no estoy de acuerdo es con lo que llaman «valores europeos», porque no tienen ni idea. El principal valor de Europa es un mestizaje sociocultural, por tanto, si los políticos quieren preservar los valores europeos, que impulsen el mestizaje, que es lo que hay que hacer en este momento. Europa surge de la cultura latina, romana, germánica, eslava, en un cóctel cuyos procesos conocemos hoy bastante bien… Vivimos en un momento en que el mestizaje sociocultural es una evidencia. Frenarlo es ridículo, porque la historia tiene una dinámica que no se frena. Justamente, si Europa es capaz de volver a sus orígenes y asumir ese mestizaje, y canalizarlo, se recuperará. Esos políticos tienen en cambio una imagen distorsionada de Europa, presentista y contemporanista, pensando que la única Europa es la surgida del siglo XIX. Europa se sintetiza mucho antes, cuando el Imperio romano ya no es capaz de articular el armazón de la civilización, sucumbe y deja paso a otra civilización.

Imagino que hay también un factor religioso, pensar que pertenecemos a un bloque cristiano opuesto a otro, musulmán, y que cada uno trae aparejados sus propios valores. Pero ¿no demuestra la historia que hemos estado siempre mucho más cerca?

Desde luego, hoy sabemos cosas muy interesantes y hasta divertidas, que por desgracia no se están difundiendo suficientemente. Por ejemplo, el gran cambio en el Imperio romano es la llegada a finales del siglo III de una nueva dinastía, capitaneada por un general llamado Septimio Severo, que era bereber. Yo lo he comparado de una forma un poco atrevida con Obama: este habla un inglés que claramente sabías cuál es su etnicidad, y Septimio Severo hablaba un latín que delataba claramente su origen bereber. Era una persona fosca, oscura, es muy complicado decir si era negro, y mucha gente negra en Estados Unidos no quiere ser llamada afroamericana, siendo de quinta generación… Oiga, África ya se me ha olvidado, fueron mis tatarabuelos. Es como pretender que nosotros seamos visigótico-españoles. Son cosas ridículas, porque para resolver un problema creas otro mucho más grave. Septimio Severo era un hombre de África, pero el Imperio romano era todo, le daba igual Tarragona, Cartago o una ciudad de la actual Siria. Lo que no le daba igual eran las formas sociales diferentes o razas diferentes. Septimio Severo, sin embargo, se casa con una niña rica romana.

Pero ese miedo al inmigrante… Recuerdo una película de mi juventud, Adivina quién viene a cenar esta noche, en la que Sidney Poitier hacía del negro educado, de primer nivel, que reflejará el reto del matrimonio interracial. Ese problema, Septimio Severo lo resuelve, y el mundo romano cambia cuando, al poco tiempo, el Imperio nombra romano a toda persona que viva en el Imperio romano. Eso lo hace Caracalla, porque él no es romano de origen. Solución: ¡todos somos romanos! Pues hoy podríamos decir que todos somos europeos, o seres humanos… ¿Cuál es el problema? Las resistencias que la historia no ha resuelto, pero es un espejo magnífico: Roma duró siete siglos más después de aquello, en algunas partes doce siglos más… El mestizaje no fue la causa de la ruina.

Leí una reseña suya del libro Los europeos, de Orlando Figes, en la que se hablaba de ese temor a perder la cultura cosmopolita que también es la esencia de España. ¿Cómo afectan los racismos y los nacionalismos a esas estructuras históricas? 

Orlando, al que aprecio como historiador y publicista de la historia, persona brillante y consecuente, firmó en contra del Brexit —como casi todo inglés sensato—. Perdió y, ¿qué hace un perdedor en una sociedad democrática? Se ha hecho alemán. Acepto el resultado, porque en democracia se acepta hasta lo que no te gusta, pero dejadme tomar una decisión en el orden personal. Y la segunda cosa es escribir un libro, Los europeos, magnífico, muy bien tejido, sobre cómo se pudo haber evitado la Primera Guerra Mundial, una guerra nacionalista entre naciones torpes. Entonces él lo que pretende es crear ese tejido de una Europa sin fronteras. Estamos aquí en Formentor celebrando el premio de un gran europeísta como Cees Nooteboom, que piensa como Orlando Figes. Europa es un constructo donde pocas personas viajeras pueden sentirse extrañas. Yo no me he sentido extraño nunca en ningún sitio, dentro de Europa. Y me he sentido más europeo fuera. Si voy a Japón y me preguntan, yo digo que soy europeo. ¿Cree que voy a decir que soy granadino? ¿Qué es eso? El europeo es un constructo, y probablemente dentro de tres siglos, estaremos hablando de un constructo más mundial. La resistencia del nacionalismo es muy perniciosa. Da igual el nacionalismo que sea, porque además se revisten luego de populismo, y es un cóctel explosivo. 

Sobre esto, un periodista definió a RuizDomènec como «la tercera vía» para Cataluña. ¿Se siente a gusto en esa etiqueta?

Bueno, como dijo alguien una vez, la tercera vía es esa en la que te dan bofetadas desde las otras dos… [risas]. No, cuando se planteó este problema, yo escribí un librito a pedido de la editorial, en el que dije claramente: desde el amor que siento por este país, y del conocimiento que tengo de su historia y de su carácter, considero que los pasos que están dando están equivocados. Y son pasos que están en la raíz de muchos pasos equivocados anteriores. Por tanto, sería bueno, en vez de tener una historia falsa, acudir a una historia verdadera, auténtica, donde se muestre que esos pasos equivocados los han llevado hacia el desastre. Solo alguien que quiere a un país puede advertir del desastre. Si no fuera así, uno dice «ahí os quedáis», se va a Alaska y los ve caer. No es mi interés. Soy una persona de una generación que tenía una palabra hoy en desuso, pero que me gusta: la responsabilidad de los intelectuales. Muchas bofetadas he recibido por asumir esa responsabilidad. 

Tengo anotada una frase suya: «Cataluña no se merece una historia mal hecha». ¿Está haciendo algo para rectificar la historia mal hecha?

Bueno, una buena señal es que de mi libro se han agotado ocho ediciones, cuatro en español y cuatro en catalán. Significa que hay ansiedad de conocimiento, y hay muchísima gente interesada en estas cuestiones en privado. Por otro lado, tengo que decir que se han filtrado mucho más las ideas que he ido proyectando en este libro de lo que se quiere asumir. Yo no tengo ganas de hacerme famoso, lo que quiero es colaborar en una situación más sensata en el país. Si quisiera hacerme famoso, me dedicaría a cantar o ficharía por el Barça, para dejarlo al día siguiente [risas]. 

A la Real Academia de Historia la acusan de «Real Academia Madrileña». ¿Es así? ¿Es el centralismo el gran lastre de esta institución?

La Academia, lo digo con pena, no ha cumplido la misión que se le tenía encomendada. Si España es solo Madrid, no te quejes de que nadie quiera ser español fuera de Madrid, claro. No puedes dar munición al adversario. Recuerdo un debate en la televisión, hace muchos años, cuando dije que la Orden del Toisón de Oro entró en España con Alfonso el Magnánimo. Y un señor que estaba allí había dicho que el primero en recibirla había sido Felipe el Hermoso. No, le corregí, fue Alfonso el Magnánimo treinta años antes. «Pero Alfonso el Magnánimo no era español», soltó literalmente. Y dije: eso aseguran los independentistas catalanes. ¿Por qué no va a ser español? ¿Porque era rey de Aragón, rey de Valencia, conde de Barcelona, eso ya no es España? O nada es español, o todo es español. Esa es la cuestión. Y desde el punto de vista de una institución, así como la de la lengua sí está perdiendo esa centralidad, la de historia no puede convertirse en una institución madrileña. La Academia tendría que ser integradora de identidades diversas, de esa riqueza que tiene España. Si otros países tuvieran nuestra historia y nuestra diversidad, se pondrían las botas. Nosotros nos asustamos ante ella. No nos gusta el relato.     

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Otra frase suya: «El peso de la historia real, si se supiera, haría de Cataluña un país más orgulloso». ¿Significa que en el asunto catalán subyace algún complejo histórico? ¿Es una cuestión de orgullo nacional?

Cuando Cataluña, a mitad de siglo XIX, necesita inventarse la historia, porque la que le han contado no es buena, en lugar de investigar y descubrir las cosas, se mete en el túnel de la invención. Y cada vez es más invención. Te pongo un ejemplo muy sencillo: una de las cosas más admirables es que, a mediados del siglo XI, en tres o cuatro ciudades del Mediterráneo, se inventa un nuevo procedimiento económico. Y bueno, ese procedimiento, que termina siendo el capital social, que tiene una trayectoria inmensa en lo positivo y en lo negativo, y del cual siempre se había dicho que había surgido en las repúblicas marítimas italianas: Génova, Venecia, Pisa… Al descubrir yo un paquete documental que certificaba que en la Barcelona de los años sesenta y setenta de ese siglo también se llevaba a cabo, en Italia al final han acabado aceptando esa tesis, a pesar de que va en contra de su orgullo. Sin embargo, en Barcelona y en Cataluña, está la cosa de creer que si se acepta esa tesis hay que desmontar algunas cosas… aunque sea desmontar a su favor. No lo quieren hacer.

Una vez me dieron un premio en Barcelona y le dije al alcalde que no me dieran premios, que pusiera una plaza con el nombre de ese señor y descubramos nuestras auténticas raíces. Esto no solo se aplica a Cataluña, también a mi tierra de origen, a la que algún día tendré que volver para agitarla adecuadamente, para que despierte y descubra la fuerza que tiene. Porque una buena historia siempre genera orgullo de verdad, no las vanidades esas que producen las mitologías. ¿Qué ocurre con nuestra historia, la española en general? Pues que para entenderla de verdad tienes que romper un prejuicio inmenso, ya que durante siglos muchos que construyeron esta historia forman parte de otro modelo cultural. Mientras no tengamos en cuenta que, del siglo X al XV, la mitad de nuestros grandes poetas escribían en árabe, no avanzaremos. ¿Por qué escribían en árabe? Porque había una civilización que se expresaba en ese idioma. No podemos pensar que la literatura española tiene como gran poeta al Arcipreste de Hita y no a Ibn Zamrak, que es el poeta de la Alhambra. «Oiga, es que eso no es España». Ah, si no es España, ¿qué es? ¿China?

Vendrían de los lejanos desiertos, como diría cierto expresidente. 

Esa cuestión ayudaría muchísimo, rompería el mito de la unidad. Porque no ha habido unidad, ha habido voluntad de construir un espacio. Y se ve mejor desde fuera. El hecho español ha gustado siempre, porque es muy complicado. Y eso fascina. Toda la tarea ha sido meter información para el sosiego. Así te sale una historia diferente, pero será más auténtica, aclara más las cosas, nos dará orgullo… ¿Cómo no vamos a estar orgullosos de Maimónides? Solo un país como nosotros podría permitirse ese lujo. 

Entre los populismos de nuevo y viejo cuño, el Brexit y todo lo que hemos estado viviendo últimamente, ¿queda esperanza para eso que se ha dado en llamar el proyecto europeo?  

El proyecto europeo está pasando por un mal momento, hay que reconocerlo. Y en el reconocimiento está precisamente la solución. Si uno piensa que se resolverá por una cuestión de reajuste económico, está muy equivocado. Europa tiene que tener un objetivo de supresión de las fronteras, de asumir la diversidad como elemento de convivencia. No pretendo que todos seamos iguales en el sentido de ser todos parisinos —donde ni siquiera los parisinos son iguales, la mitad son ya senegaleses o argelinos—, sino buscar la identidad en la diversidad. ¿Por qué me he involucrado en este fenómeno del programa Formentor? Porque es un ejemplo de lo que buscamos. Ese cosmopolitismo libre, esa manera crítica de afrontar las cosas, de avanzar equivocándose. En definitiva, con el proyecto europeo no soy optimista, pero creo en la sensatez: nadie va a malograr esto, porque la alternativa ya la conocemos: la Europa de la segunda mitad del XIX y de la segunda del XX no es asumible.   

Sin embargo, hay gente que piensa, y hasta proclama en voz alta, que no les importa que Europa se vaya al diablo. Quienes dicen eso, ¿de qué no son conscientes?

Ignoran cómo se vivía cuando no existía Europa. Yo, que en mi juventud viví fuera de Europa, porque España formaba parte geográficamente, pero no económica ni culturalmente, he sufrido eso, el procedimiento equivocado de las fronteras y el capricho de naciones. He sufrido en mis carnes inflaciones galopantes, como han sufrido mis amigos argentinos hace poco. De una noche para otra, por un capricho de aquellos mangantes del tardofranquismo. Afortunadamente, hoy Europa tiene resortes para evitar esto. Inflacionar un país es arruinar varias generaciones. Y cuando vivía a caballo entre París y Barcelona, mis amigos me decían: quédese usted aquí. No, les respondía yo, vuelvo, es mi obligación. No se trata de ponerse uno medallas, no estás luchando contra las SS.

Pero cuidado, hay siempre esa complacencia: los que creen que Europa es el problema, no ven que salir de ella nos haría de nuevo muy pequeños. Y empezarían a salir los fantasmas, porque cada país tiene los suyos. Francia tiene muchísimos, Italia es una verdadera película de miedo, Alemania ni te cuento… El otro día, por un descuido de nada, empezó a salir gente rodeando el Reichstag con el brazo en alto, ¿eh? ¿No han aprendido nada de lo que sucedió entre 1933 y 1945? Fueron doce añitos y estuvieron a punto de acabar no con Europa, ¡sino con el mundo mundial! De hecho, liquidaron hasta a un pueblo, y descentraron a otros muchos. Porque muchos efectos que todavía hoy sufrimos, de emigración, de rupturas de las redes familiares, todos esos problemas de destrucción de una clase media de origen judío, proceden de ahí. Toda esta cuestión de ignorar la historia es muy peligrosa. Por eso me molesta tanto ese empeño. ¿Vamos a repetir de nuevo los años veinte? Un día Claudio Sánchez-Albornoz me dijo en broma, o no tanto, que nuestra generación era la más preparada. Y fuimos tan idiotas que terminamos en una guerra civil. No fuimos responsables de provocarla, sí de no verla venir.

Es usted amigo de Arturo Pérez-Reverte. ¿Recomendaría sus novelas como forma de acercarse a la historia, o mejor usarlas solo como entretenimiento?

Yo siempre defenderé la novela histórica, en tanto se asuma que es una novela. Si piensa que sustituyen a los libros de historia, no. Ahora bien, si te pillas el Alatriste y te sirve de estímulo para intentar comprender cómo era el Imperio español, perfecto. Arturo es un hombre que estimula de muy diversas maneras a la gente, para bien o para mal, pero estimula. Además, utiliza el Twitter para hacerlo, y no se calla. ¿Comparto todas sus teorías? No, la amistad que tengo con él es que lo tolero incluso cuando discrepamos, y lo hemos hecho fuertemente, ya que en la discrepancia no es un hombre tibio. Sin embargo, posee la grandeza de la amistad, no sé si le viene de la época en que era reportero de guerra. Yo he tenido la suerte de tener buenos maestros, eso me marcó a mí el carácter, los vi tolerantes, «eres joven, ya llegarás», decían. Y a Arturo, sobre la última novela dedicada al Cid, lo he defendido, porque me encuentro en condiciones de reconocer que emplea una versión plausible, novelísticamente impecable, ¿fue así el Cid? No, ni lo pretende. Pero sí nos da una llave para que entendamos muy bien su figura. Si un país no hace historia de esa manera, está perdido el país, porque se hará en otro sitio. 

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Ahora está trabajando, muy oportunamente, en las pandemias históricas. ¿Qué podemos aprender de las pestes anteriores?

Es casi pura actualidad. Yo detuve mis investigaciones el 1 de marzo, cuando la editorial para la que trabajo me propuso un alto en el camino y escribiera un breve libro sobre el significado de la pandemia que nos asola desde una perspectiva histórica. Acepté la propuesta, que para mí suponía un doble desafío: cómo investigar encerrado, dado que me confiné completamente por mi edad, tenía demasiados números para acabar en ese pasillo infame… Y me metí en un territorio que había sido ajeno siempre a la historia, que es la epidemiología. Creé un marco y se me ocurrió analizar cuatro grandes epidemias (la peste de la época de Justiniano, la peste negra de la Edad Media, la serie de epidemias que asolaron América tras la llegada de las naves de Colón y las pestes del siglo XVII, incluyendo la famosa gripe española), para comprobar si el coronavirus responde a esos criterios. 

¿Y qué descubrió?

Vi que hay un leit motiv en todas ellas: estupor, miedo, incertidumbre, pequeñas respuestas de orden programático (cuarentenas, confinamientos, mascarillas… todo lo que contaron los genoveses en el siglo XIV). Y llego a esa conclusión inicial: lo importante en una epidemia es cómo se sale de ella, la gestión para salir. Me di cuenta de que si la respuesta de la sociedad es positiva, se dan pasos hacia delante, y aquellos que no saben responder se quedan atrás. Ya tenemos la clave. Lo explico, lo sintetizo, y concluyo que, si sabes responder, no es una tragedia. Eso me conduce a revisar a fondo a lo que ocurrió en la última de ellas, la que nos pilla más próxima. Y en el epílogo planteo que el coronavirus, de momento, es una gran epidemia porque ha sido comunicativamente asumida como tal. Y como vivimos en una sociedad de la comunicación, lo que se absorbe comunicativamente es verdad. Lo cierto es que no sabemos si estamos a mitad de esta pandemia, o al diez por ciento o… El caso es que el número de muertos no es lo definitorio. La manera en cómo la sociedad entiende la pandemia, eso sí es determinante. Y desde Wuhan a San Francisco hay un convencimiento de que va a cambiar el mundo, y por eso lo va a hacer. Es una tautología. 

Bueno, en plena pandemia salieron libros como el de Zizek, que se apresuraban a extender el certificado de defunción del capitalismo a raíz de la pandemia. Pero, ¿no es cierto que las demás pandemias de la historia, al capitalismo —en sus diversas formas— ni lo tocaron?

Ni lo tocaron. Bueno, creo haber enfocado bien el tema. Hay una idea de origen marxista, según la cual toda sociedad, cuando asume un reto de esta naturaleza, tiene que hacer un cambio morfológico. Y ese cambio se puntualizará en una serie de cuestiones, que a lo mejor obliga a cambiar el sistema económico, o a lo mejor no. Es un problema del orden del discurso. El ministro de Sanidad me llamó cuando se enteró de que estaba en esto. Estemos de acuerdo o no con los procedimientos, es nuestro ministro. Y en la conversación se dio cuenta de que tenía que haber ese cambio morfológico. El primer país que lo haga será el primero en salir, y eso tendrá beneficios económicos, beneficios sociales, incluso de sosiego social. El país que más se resista a ese cambio, será el que más tarde en salir. 

Sin embargo, todo se está fiando a las vacunas…

La vacuna es una solución, pero no la única, y parece que es lo único que estamos esperando. Tenemos que operar de otro modo. ¿Cuál es nuestro riesgo, aprendiendo de la historia? La gripe española comenzó en la primavera en que estaban más preocupados los generales por terminar la guerra que por sus soldados, que estaban muriendo en las trincheras como moscas. En una línea que era como Senderos de gloria, la famosa película de Kubrick. Y Europa, a pesar de que se le advirtió que tenía que hacer un cambio morfológico, tardó treinta años en hacerlo. Pero qué treinta años: de 1918 a 1948, los más sombríos de la historia. Fascismo, nazismo, guerras civiles, algunas tremendas como la nuestra… No está mal para una civilización que se las da de madura, que tenga que esperar, destruyéndose como se destruye, para acabar con la frontera del Rhin. El Tratado del Carbón y el Acero es un cambio morfológico. «Franceses y alemanes ya no serán enemigos nunca más». Qué tontería, ¿no? Nosotros ahora tenemos que hacer un cambio que afectará a las fronteras. Yo, como mediterráneo, me pregunto por ejemplo qué papel va a jugar Turquía en un futuro inmediato. Y el coronavirus, como todas las epidemias, no puede ser interpretada en términos de apocalipsis. Porque el apocalipsis no está ocurriendo por el coronavirus, está ocurriendo en Siria. El capitalismo no acabará, o sí, pero no es relevante. 

¿Cabe esperar, en fin, un Renacimiento como el que hubo tras una peste? 

Lo habrá. El problema es dónde. Nosotros, como españoles, tenemos que pensar que ese dónde, sería bueno que fuera aquí. ¿Por qué no? Si tomamos conciencia y creemos, somos un país creativo, por qué no. Es una toma de conciencia. Pero si lo olvidamos estamos perdidos. Si logro que se venda el libro mucho, habré ganado. Porque la gente tomará conciencia. Los catastrofistas no han mirado la historia. Espero que los gobernantes en un fin de semana puedan leerlo, y tomen decisiones en el sentido de ese cambio. Y cuando lo hayas leído tú, me llamas y lo comentamos.

Jose Enrique Ruiz Domenec para jd 5

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2 Comentarios

  1. Un historiador que insiste en identificar a alguien con una nacionalidad cuando en su época no existía ese territorio como nación o estado se desprestigia solo.

    • No lo creo, lo que está diciendo es precisamente lo contrario, que en esa época no existían los conceptos que mencionas, ni «nación» ni «estado», habla en términos geográficos.

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