Robinsones, japoneses invictos y tribus no contactadas: cuando te alejas del mundo

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Hiro Onda tribus
Fotografía: CC.

A veces el mundo es un coñazo. Así de claro que se lo digo. Que si mantener actualizado el Instagram, que si estar al tanto de todas las series y libros, que si no perder demasiado de vista a tu equipo de fútbol para así poder criticar al entrenador con fundamento. Eso, un estrés. Por eso, en ocasiones, viene bien mirar ahí afuera. A la tranquilidad, la vida pausada, el tiempo anterior. Tiene pegas, ojo, como lo de morirte de hambre o la falta de aseos limpios. Pero oigan, nadie dijo que fuera fácil. Aquí les mostramos algunos ejemplos de personas que, por unas u otras razones, se han mantenido al margen de la sociedad moderna.  

Tribus sin contacto y tipos con poco tacto

Vista desde el aire parece una curva con forma de búmeran. Cientos de kilómetros, casi calcando las fronteras de Perú, Bolivia y Brasil. Allí existe la mayor concentración de tribus no contactadas del mundo. Matsigenkas, isconahuas, matsés, mastanahuas, flecheiros, katukinas, tsohom djapá. Cientos más.

Algunos de estos pueblos viven todavía en la prehistoria, aprovechando los recursos naturales de la selva a través de una existencia casi siempre nómada. Duermen en malocas (casas comunes), y saben de la existencia de otros. De otros. Pueblos como el suyo, también un mundo distinto. No hay escritura, no hay recuerdos más allá de la memoria colectiva. Pero aun esa habla de tragedias. Los no contactados no siempre estuvieron al margen de la sociedad moderna. Muchas de estas tribus vieron cómo las tierras donde llevaban morando desde hacía generaciones fueron ocupadas por tipos de gatillo fácil y ambiciones grandes. La fiebre del caucho. Violencia, enfermedades, una vida que acaba. No es que nunca hayan conocido «la otra humanidad». Es que huyeron de ella. Hoy en día pasa algo parecido a causa de las madereras, de la deforestación, de las prospecciones petrolíferas. Ellos llegan donde otros no pudieron. En 1987 Alejandro Lavaca e Inés Arango, ambos religiosos católicos, se fueron hasta el Ecuador para evangelizar a los waorani. A estos no les hizo demasiada gracia, así que los sacrificaron, clavaron sus cuerpos en el suelo de la selva y rellenaron con hojas verdes su heridas. Para que no sangrasen demasiado, se entiende. Tan belicosa etnia se ha visto obligada ahora al abandono de sus tierras tradicionales. Allí buscan petróleo, y nada detiene a las máquinas. Es difícil constatar la magnitud de estos genocidios porque, sencillamente, se realizan sobre seres humanos cuya existencia a veces desconocemos.

Oceanía es otro de los puntos donde más tribus no contactadas hay. Si incluso en un sitio tan «culturalmente cercano» como Australia existieron pueblos aislados hasta hace bien poco. En 1984 se contactó con los pintupi, unos aborígenes que seguían viviendo en pleno desierto de Gibson sin preocuparse de lo que ocurría fuera de allí. Dicho de otra forma, un lustro después de estrenarse Mad Max los aussies tenían en su isla gente que jamás había hablado con nadie que supiera quién es Mel Gibson.

Pero seguramente Nueva Guinea albergue la mayor concentración de estas sociedades. Terreno montañoso, junglas casi impenetrables, comunicaciones imposibles. Gran parte de su territorio es todavía terreno inexplorado, y allí algunos calculan que puedan existir hasta medio centenar de tribus no contactadas. Muchas más conocieron de la civilización cuando lo más horrendo de la civilización llamó a su puerta, durante la Segunda Guerra Mundial. El frente del Pacífico combinó horrores militares con el descubrimiento de pueblos que habían permanecido aislados durante cientos de años. De esos contactos tan bizarros quedan relatos tirando a frikis (como los del culto-cargo) e incluso una tribu de Vanuatu que aun considera, a día de hoy, que su máxima deidad es… el duque de Edimburgo (ese anciano arrugado que va siempre un par de pasos por detrás de la reina de Inglaterra). Son los yaohnanen, y creen que el simpático Felipe de Edimburgo (Felipe de Grecia y Dinamarca por nacimiento, que es algo así como «García Pérez» pero en aristocrático) es hijo del espíritu que mora en la montaña de esa isla, y un día viajó más allá de los mares para casarse con hembra rica y poderosa. Ya ven, la cultura del braguetazo es algo universal.

Quizá la más conocida de todas estas tribus sea la de los sentinelenses, que habita la isla de Sentinel del Norte. Archipiélago indio de Andamán y Nicobar, a mitad de camino entre el subcontinente, Tailandia e Indonesia. Más o menos, vaya. Fama y popularidad por belicosos. Los sentinelenses viven cojonudamente allí, aisladitos, y no tienen ninguna gana de que los vayan a salvar con patatas fritas de bolsa y una suscripción al Tinder.

Que no les toquen tampoco las pelotas… En noviembre de 2018, un estadounidense llamado John Allen Chou tiene la feliz idea de irse para Sentinel del Norte. El tipo es misionero, y se tira las noches sin dormir pensando en las pobres almas de esos salvajes, qué van a hacer en el infierno, qué desgracia la suya. Así que decide, sin preguntar a nadie, marcharse allá, armado con una biblia y varios himnos. Buenas, que os vengo a evangelizar. Los sentinelenses debieron mirar de arriba abajo, pensando si era una broma. Luego siguieron el protocolo habitual y lo mataron.

No era la primera vez. Pescadores furtivos, por ejemplo, también cayeron bajo las lanzas de esta tribu. Y en 2004 se llegó a grabar a un sentinelense amenazando (con arco y flechas) helicópteros que sobrevolaba la zona. Al parecer en los años ochenta sí que se intentó algún contacto, pero desde hace tiempo el gobierno de la India sigue una política de «observación y no intromisión». 

Tribus
Sentinel del Norte. Fotografía: CC.

Persignarse con tres dedos es cosa fea

Se dieron cuenta muy pronto. Muy pronto. Algo había cambiado. Allí, en el cielo. Al caer la noche. Algo. Las estrellas… las estrellas se mueven. Solo que no son las de siempre, no son las que conocemos. Estrellas nuevas, que no logran estarse quietas. El patriarca de la familia («el padrecito») tuvo una intuición certera. Son ellos, los de fuera, los otros. Ellos han conseguido mandar máquinas allá arriba, al sitio donde viven la luna y el sol. Su hijo empezó a burlarse. Cómo va a ser, es imposible, todo eso es contrario a Él. Pero el viejo, en silencio, rumiaba. Solo puede explicarse de esa forma.

Año 1654. Ya ven, hace cuatro días. Nikita Mínov, que pasará a la historia como el patriarca Nikon, dispone todo para la reforma. En la iglesia de Rusia. Correcciones sobre los textos principales, cambios para detalles que pueden parecer menores. Nos persignaremos con tres dedos, y no con dos, como hasta ahora. Pecadores, que sois unos pecadores. En realidad Nikon lo que estaba haciendo es acercar el cristianismo ortodoxo al nuevo Estado que se estaba conformando a partir de Moscú. Una tercera Roma, oh, sí, suena bien. Solo que… en fin, ya saben, hay gente muy apegada a sus viejas costumbres. Que lo de los tres dedos es libertinaje, gorrinos. Que sois todos unos sicalípticos, que iríais al infierno si no estuvieseis ya haciendo uno en la tierra. Quienes quisieron mantenerse fieles a sus creencias de siempre recibieron el nombre de «viejos creyentes». En la práctica una secta conservadora (pero conservadora, conservadora) que renunciaba a todos los placeres mundanos, y también a sus frutos. Sufrieron persecución en diversos momentos de la historia. Bajo Pedro I, por ejemplo, que iba de occidental por la vida. Así que huyeron.

Para vivir tranquilo Rusia es una opción interesante. Si no te mueres de frío, o no te comen los lobos, o no se te lleva una hambruna. Pero espacio libre… un montón. Por eso estos «viejos creyentes» se establecieron en diferentes lugares de la taiga siberiana, levantando pequeñas comunas autosuficientes alejadas del resto del mundo. Ancladas, también, en su propio tiempo, ajenas al transito de los siglos. Nada de tabaco. Nada de alcohol. Nada de cortarse la barba. Ya ven, un club hipster-straight edge. Modernuquis ellos, y sin saberlo.

Salto temporal. A lo grande. Zas, elipsis de las gordas. Estamos en 1978. Un helicóptero soviético sobrevuela el bosque boreal. A bordo va un equipo de geólogos que quieren iniciar unos trabajos en la región. ¿Aislada? Bueno, aun eso sería generoso. Algo más. El pueblo más cercano, Tashtagol, está a 250 kilómetros, y tampoco es Gotham City. No hay carreteras, ni caminos, solo sendas que serpentean por entre alerces y légamos. A patita, un par de semanas. Pues bien, allí, en ese sitio donde no debería haber nada, el piloto encuentra algo. Un claro. Artificial. Construcciones. Y personas que  miran al aire…

Es la familia Lykov.

¿Recuerdan a los «viejos creyentes»? Pues Karp Osipovich Lykov era la mar de viejo creyente. Campeón del mundo de viejos creyentes. Primero se marchó de su pueblo porque no estaba de acuerdo con la forma que tenían los otros de enfocar el tema religioso. Que os relajáis, que os relajáis demasiado… Después, temiendo que los comunistas quisieran cepillarse todo ese asunto de la fe, se internó cada vez más en tierras vírgenes. Su último contacto con el mundo fue en 1936. Durante esa huida hacia el pasado lo acompañaba su esposa, Akulina, y sus hijos Savin y Natalia. Ya en la cabaña de robinson siberiano llegaron otros dos. Dimitri y Agafia.

Los geólogos contactaron con ellos y empezaron a alucinar. Hablaban un ruso antiguo, ya desaparecido, una mezcla entre el moderno idioma soviético y el antiguo eslavo. Cultivaban patatas. Patatas totalmente distintas a las de la civilización. Las mismas desde hacía décadas. Sabor particular, forma propia. Caza, pesca, agricultura… todo con aparejos y técnicas desaparecidas hace un par de siglos. Los Lykov eran, a todos los efectos, una cápsula del tiempo.

Su historia la contó maravillosamente Vasili Peskov en Los viejos creyentes, un libro recientemente traducido al castellano por Editorial Impedimenta. Todo es asombro allí. El recuerdo a la madre, que murió de algo tan natural como la inanición unos inviernos antes del contacto. Las nuevas noticias que reciben sin darles demasiada importancia. Ya no está Stalin, hubo una Segunda Guerra Mundial. Otras las habían deducido. Lo de los satélites que contamos al principio, por ejemplo. No se dejaban tocar, no se dejaban sacar fotos (al menos en un primer momento), no aceptaban nada que viniera de ese sitio lleno de pecado e incertidumbre que estaba más allá de los árboles. Unas cinco horas al día dedicadas a la oración. Hablaban del cisma como si hubiese ocurrido ayer. Y, para ellos, así era. 

Pronto fueron objeto de estudio. Lingüistas, antropólogos, genetistas. También palparon lo insondable de la civilización. Tres hijos murieron al poco. Un catarro mal curado, quizá una cepa nueva que trajeron aquellos tipos que tan raro vestían (mujeres con pantalones… qué será lo siguiente) desde sus ciudades modernas. 

Quedaron Karp y Agafia, quienes poco a poco aceptaron ayuda para su subsistencia. Él falleció en 1988. Ella aun continúa con vida. Ya no habita el corazón de la taiga, sino que mora más cerca de los demás hombres. Pero sigue negándose a integrarse en la sociedad. Para qué. Pasó por un monasterio, pero tenía diferencias doctrinales con las mujeres de allí. En 2019 las autoridades conminaron a Agafia (casi sin dientes, mirada vivaz, energía que se desborda) a mudarse. Este sitio es peligroso, vamos a lanzar un cohete desde Baikonur, podría haber riesgos. Ella sonreía. Ya cayeron cosas antes y no paso nada. 

Qué más podría ocurrir.

Que no me rindo y no me rindo

Los llaman zan-ryū Nippon hei, porque la cosa es ponerle nombre a todo. La traducción exacta significa «Soldados del Japón dejados atrás». ¿En pocas palabras? Los tíos que no se rindieron en 1945 y siguieron haciendo la guerra por su cuenta, escondidos en cuevas, malviviendo como otros vivían hacen miles de años.

Tipos desconfiados. Que no, joder, que no puedo creerlo. Que el emperador no bajaría la cabeza así como así. Yo me tiro al monte y ya después iré viendo. Un poco filosofía ronin, vaya, aunque con menos glamur y más roña. Yanquis y japoneses intentaron acabar con esta realidad, que se extendía por sitios como Filipinas, Guam, las Molucas. Octavillas que caen del cielo, anuncios con megáfonos surcando las selvas. Pero claro, hazle tú creer a uno de esos tipos que lo que dices es real. No, no, propaganda enemiga que quiere minar nuestro ánimo. Nada, no hagáis caso, mis muchachos. Bueno, a ver, muchachos ya no hay, pero tengo bellos recuerdos. Ustedes me entienden. Así que… a la selva.

Con aviesas intenciones, además. Encuentros armados, tiros, proclamas por la grandeza de Hirohito respondidas con exclamaciones tipo «qué coño hace este loco». Muertos. No será hasta 1972 cuando fallezca última persona caída en combate durante la Segunda Guerra Mundial. Léanlo de nuevo. Casi treinta años desde Nagasaki, por ejemplo. Fue Kinshichi Kozuka. Junglas de Lubang. Tiroteo con soldados filipinos. 

La de Kozuka fue una unidad especialmente activa. Cuatro tipos al principio, luego tres, porque uno, desertor infame, se rindió. Veinte años antes de la muerte de Kozuka un compañero suyo, Shoichi Shimada, cayó en otro enfrentamiento (aunque en este caso fue con pescadores, lo que resulta mucho menos glamuroso). Ellos tampoco se estaban quietecitos. Se calcula que alrededor de treinta personas murieron a causa de sus ataques a lo largo de los años.

El superior de Kozuka y Shimada se llamaba Hirō Onoda. Fue el postrer combatiente del conflicto más grande que jamás haya visto la humanidad. Inasequible al desaliento. Si del cielo caen papeles… treta de los enemigos. Si lo que llegan son cartas de mi familia, fotos, ruegos para que vuelva… desconfianza, seguro que esos sucios occidentales los tienen presos y les están obligando a que escriban esas cosas. El honor por encima de todo, al resto que le den. Labores de sabotaje, quema de cosechas, tocar un poco los cojones a los campesinos. Tranquilos, la guerra está casi, casi ganada. De este invierno no pasa. 

El 20 de febrero de 1974 fue un día especial para Onoda. Fecha para el recuerdo, vaya. Qué tipo tan raro, menudas pintas lleva, mira la melena que calza. El recién llegado se llama Norio Suzuki, y es un universitario hippie japonés que, en lugar de ponerse a escribir libros sobre jazz y corderos con superpoderes, decidió emprender un viaje. Uno de descubrimiento. Quiero ver tres cosas, dijo. Un panda, al yeti y a Hirō Onoda. Cumplió dos, no está mal. El caso es que Suzuki le contó todo el asunto de la modernidad a Onoda (lo de los coches, y los transistores, y Godzilla) pero este sigue desconfiando. Oiga, véngase, que aquí está ya todo el pescado vendido. Que no y que no. Así que Suzuki, tipo de recursos, se puso a pensar con mentalidad castrense. ¿Qué podría hacer que Onoda cambiase de opinión? Fácil. Una orden. Encontró a Yoshimi Taniguchi, su antiguo superior (librero por esas fechas) e hizo que le acompañase. Que te rindas ya, hostias. Más o menos. El 11 de marzo de 1974 Hirō Onoda entregó su sable a Ferdinand Marcos, terminando así su epopeya (y dejando tiempo libre al dictador para seguir con sus cosillas).

Aún hubo otro posterior. Se llamaba Teruo Nakamura, solo que lo bautizaron como Attun Palalin y los taiwaneses se referían a él como Lee Guang-Hui. Ya ven, un lío. El caso es que el tipo era de Taiwán, etnia amis, y andaba enrolado con el ejército imperial cuando lo de Morotai. Enhiestas las banderas yanquis por aquellas playas, Nakamura decidió huir al interior de la isla, hacerse una cabañita y vivir de las rentas. Ya ven, menos espectacular que el caso anterior. Descubierto su nidito de amor (en fin, de amor solitario, pero amor al fin y a la postre) por un piloto, a Nakamura se le jodió el plan de jubilación, y tuvo que volver a la vida en sociedad, con la pereza que da eso. Lo arrestaron el 18 de septiembre de 1974 (seguía oficialmente en guerra, recuerden) y luego lo empaquetaron al Japón. Extranjero, soldado raso, dedicado a la actividad agropecuaria, Nakamura despertó bastante menos interés que Onoda, porque parece que si no albergas alma de samurái no se te tienen en cuenta los méritos.

Qué mundo este.

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2 Comentarios

  1. Apreciada divulgación. Gracias
    …ya no hay lugar donde esconderse. Con razón o sin ella. Lejos los parientes, curas y vecinos moralistas, que los acreedores aumenten el tiempo y manden a pérdidas inevitables lo que con sudor no se ganan, que mis congéneres continuen inventando guerras y liquidez monetaria flotante a partir de frios logari(s)mos. Si se pudiera con las estrellas que desconocen el egoísmo. Lo único que queda es ser montaraz con deudas de las cuales no soy culpable, ni siquiera con la de mi vieja. Hablar de lejos con ella funciona todavía a pesar de las palizas… (fragmentos de una cueca chilena de un poeta domador y trashumante)

  2. Excelente articulo. Un poco mas de historia de los Huaorani. El contacto inicial con los Huao fue realizado por el «Instituto Liguistico de Verano» de misioneros evangelicos estadounidenses. 5 de ellos fueron muertos a lanzazos por los Huao. De ahi los Huao fueron reducidos a sedentarios y confinados en una reserva en Tiguino y se abrio su territorio a la explotacion petrolera. Algunos grupos, entre ellos los Tagaeri, se negaron y quedaron en aislamiento en su territorio ancestral. Ellos fueron los que en los 80 mataron a Alejandro Labaka e Ines Arango (Monseñor Labaka ya venia teniendo contacto desde los 70 con distintas comunidades que habian escapado al confinamiento en Tigino) El problema, pues, comenzo bastante antes. En los 90, debido a los reclamos de los Huao, el estado ecuatoriano devolvio 600.000 hectareas de bosque de su territorio ancestral, las que ahora comparten con los Tagaeri-Taromenane, que siguen en aislamiento voluntario dentro de la zona intangible, el Parque Nacional Yasuni, y con la extraccion petrolera, ya que los derechos de tierras no incluyen el subsuelo, que pertenece al Estado. La situacion, como señalas, es terriblemente compleja, y el territorio de los Tagaeri, pueblo en aislamiento voluntario, es insostenible x la tala ilegal y la explotacion petrolera.

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