Los quiénes y los porqués

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Joven decadente (1899), de Ramón Casas.

Este artículo se encuentra disponible en papel en nuestra trimestral nº33 especial Argentina.

Los argentinos y los españoles habitamos en las dos puntas más extremas de la cuerda psicoanalítica. Nosotros vamos al psicólogo sin prejuicios y en masa, como quien concurre a la matiné del cine los domingos; ellos lo hacen con gafas de sol y a escondidas del barrio, como quien decide ir por primera vez a un cine porno para ver una cinta indecorosa. Y ni siquiera. En realidad —en los quince años que viví allí, a principios de este siglo— no conocí a ningún español que fuese al psicólogo por propia voluntad. Suelen llevarlos los parientes cercanos cuando huelen el suicidio o la debacle.

Esto ocurre porque el español contemporáneo todavía no sabe exactamente en qué consiste estar deprimido. Muchos lo confunden con la jaqueca, otros con el dolor de espalda y la mayoría supone que la depresión es un deseo irrefrenable de pasar por el bar de camino a casa. Quizás por eso hay tantos bares.

Todo lo que sigue es una generalización espantosa, pero permítanme la comedia. Si bien la diferencia frívola entre nuestras dos culturas tiene que ver con la incompatibilidad gastronómica —sigo sin entender por qué el dulce de leche no es el ingrediente principal de todo—, el gran desencuentro reside en que, por culpa del mucho psicoanálisis o su ausencia, somos incapaces de comunicarnos en la misma frecuencia emocional.

Un español y un argentino pueden hablar de fútbol, de trabajo, de amor, de política y de casi cualquier cosa; pero no les está permitido conversar sobre nada. Hablar de o hablar sobre, ahí está la cuestión. La diferencia entre estas preposiciones parece mínima a simple vista, pero no lo es.

Para hablar de amor, por ejemplo, solo es necesario saber a quién le ha ocurrido qué. Para hablar sobre el amor, en cambio, es obligatorio analizar por qué ocurren ciertas cosas en el alma humana. Nosotros nos comunicamos a través de ideas abstractas, muchas veces densas y enroscadas, mientras que ellos lo hacen desde la circunstancia y la anécdota. «A ver, tío, ve al grano o ponme un ejemplo», dirá en este momento el lector español, si es que queda alguno.

Lo siento en el alma, querido amigo, pero los argentinos no sabemos ir al grano. Ese es el mejor ejemplo. Hemos nacido y crecido, a veces sin desearlo, en una sociedad psicoanalizada. No todos somos moradores habituales del diván, es cierto, pero cada uno de nosotros tenemos una madre, un hermano, un jefe o un compañero de trabajo que todos los martes y jueves hacen terapia y regresan con los ojos hinchados de llorar. Estamos habituados al discurso, al recurso y al método analítico.

No; no podemos ir al grano.

En nuestro lenguaje coloquial utilizamos los neologismos depre, neura, masoca y persecuta como quien dice «agüita fresca», y también hemos creado los verbos histeriquear, paranoiquear y sicopatear —tuvimos que inventarlos porque no podríamos armar una frase sin conjugar alguna de esas acciones—. El argentino medio conoce las diferencias básicas entre la terapia freudiana y la gestáltica. El español medio, a fuerza de ir siempre al grano, todavía sigue confundiendo psicología con psiquiatría.

En realidad, nos resulta imposible profundizar con los españoles porque en España existe el culto del quién. En las conversaciones privadas, en los debates públicos, en los enfrentamientos políticos, en los titulares del periódico, en las charlas de sobremesa y en el cotidiano discurrir de cualquier diálogo español es necesario, es urgente y es fundamental saber a quién le ha ocurrido o de quién se está hablando. «No estoy de acuerdo, argentino. Yo no soy así. Estarás refiriéndote a los madrileños, a los andaluces o a los gallegos. No a mí. ¿De quién estás hablando exactamente?»

Quién. Necesitan saber el quién. Difícilmente les interesa el porqué.

En España solo se habla de arte, de literatura, de política, de humor o de sexo cuando hay un cotilleo de por medio. Al no ser España un país con costumbre de psicoanálisis ni de sobremesa filosófica, es muy difícil que alguien quiera preguntarse, alguna vez, el porqué de las cosas que ocurren.

Por qué no podemos reírnos de nosotros mismos. Por qué tenemos una derecha tan caricaturesca que da risa y una izquierda tan hipersensible que nunca entiende el chiste. Por qué, aunque ahora tengamos el dinero, seguimos sin tener la felicidad. Etcétera.

El largo tentáculo de la prensa rosa ha invadido todos los campos de la comunicación española y sus ideas. Ya nadie se pregunta por qué, o peor: nunca se lo han preguntado. Nadie se recuesta en el diván, nadie cierra los ojos y mira serenamente su pasado o su interior. Todo el mundo está ansioso por saber a quién, y después cuándo, y después, si queda tiempo, dónde.

¿A quién se refiere este cómico cuando dice «la puta España»? ¿Qué ha dicho esta mañana el periodista facha que siempre dice cosas fachas? ¿Quién le ha respondido desde el otro lado y cuál fue el insulto progre que usó esta vez? ¿Cuántos euros me han subido el salario y dónde coño está mi hijo, que nunca me da un abrazo?

Nunca por qué.

A nosotros nos ocurre justo lo contrario, y también es un desastre: el gran desastre argentino. A cada charla, por más estúpida o superficial, la seccionamos con bisturí y la teorizamos, la recurrimos, la impugnamos y la cortamos en pedacitos. Conversamos sobre nuestras cosas y nuestras acciones hasta quitarles el sentido. Cada sobremesa entre amigos se convierte en terapia de grupo. Histeriqueamos, sicopateamos, somatizamos y sublimamos hasta la neurastenia. Siempre alguno de nosotros acaba llorando, otro pegando el último portazo de su vida y un tercero descubre que es peronista. O que está desesperado. O que ya no puede vivir más en Argentina y se va a vivir a España, como está pasando ahora otra vez, después de nuestra crisis pandémica.

Los argentinos y los españoles somos dos familias destrozadas. Estamos hechos mierda por motivos tan diferentes, tan extremos y extrañamente tan idénticos, que parecemos rostros calcados en el reverso y el anverso de la misma hoja.

Una de estas familias, de tanto gritarse las verdades a la cara, de tanto sacar la mierda a la luz del día, de tanto hacerle la autopsia al desencanto, se ha quedado desnuda y mutilada, sin saber quién es el asesino. La otra familia no habla sobre el tema de su dolor, no sabe, no contesta, no encuentra los porqués de su desdicha y, por no poder, no puede ni mirarse en los ojos de su hermano. (Cuando España mete un gol en el Mundial, medio país no está saltando.)

Le hizo muy bien a la Argentina, hace cien años, recibir en su pampa a los gallegos laburadores que después fueron nuestros abuelos. Y le hace bien a España, en estos tiempos, mezclarse con tanto charlatán de feria, cancherito y bocasuelta. El vecino que llega desde fuera, desde el mundo contrario, nunca trae las respuestas exactas que calman nuestro dolor, pero, muchas veces, a fuerza de ser extraño o extranjero, nos acerca las preguntas adecuadas.

Quién; y por qué.

Nosotros, los argentinos, deberíamos aprender a bajar dos cambios en la retórica del por qué y preguntarnos, de verdad, quién carajo nos ha hecho tanto daño. (Cuando Argentina mete un gol, los diputados se suben el sueldo porque todos estamos saltando.) Deberíamos matar de una vez al padre de todas nuestras miserias. Aprender de los españoles, al menos, esa mínima enseñanza.

Y ellos, está claro, deberían saber que ya es hora de sentarse en el diván, entrecerrar los ojos y empezar a preguntar por qué.

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6 Comentarios

  1. Un porqué básico: ¿Por qué la charlatanería de feria italiana se convirtió en charlatanería lacaniana? O, dicho de otro modo: Che, porteños, ¿no podían conformarse con engordar la pizza?

  2. Qué bien que escribís, che. No podías no ser argentino. Me has llenado la mañana de glicinas y madreselvas, pampa y esquinas con gusto a mate y esas sobremesas infinitas en las cuales no resolvemos nada pero sin ellas no seríamos argentinos…. Ser argentino es… no ser ni demasiado blanco ni demasiado negro, la pincelada intermedia y perfecta del eterno vagabundear de los pueblos que terminan en el bar, en terapia y divorciados, ser argentino es hablar hasta por los codos y con un susurro medroso y quedo de frente al finado, sus amigos y los que esperan, o llorar por los que no vieron El Gol sabiendo que jamás se repetirá otra maravilla igual, ser argentino es ser un poco fanfarrón, pero de corazón bueno, digamos medios ingenuos, ser peronistas y su contrario según el tiempo y la inflación, ser argentino es hablar con el diminutivo en cualquier momento por más que difieran las condiciones de grandeza del montón, insultar carnalmente a los amigos con epítetos vergonzosos, de puro amor sabiendo que sin ellos la paradoja del existir se haría sin los necesarios reclamos a la bronca y al corazón y, sobre todo, ser conscientes de que habitamos en el país más austral, el último, en el fin del mundo como dijo un tal Francisco, lo más lejos posible de la cultura occidental que continúa a mortificarnos, pero ser argentino también es esperar la Argentina Planetaria con los versos de nuestra constitución: para todos los Humanos de buena Voluntad que quieran habitar el suelo de la Tierra.

  3. Sinceramente creo que, ni argentinos, ni españoles nos diferenciamos nada de cualquier otra sociedad. Unos lo miran desde arriba, otros desde abajo, algunos de lado… y el peronismo da para verlo desde todos los puntos de vista….algo parecido a su pasión por el fútbol…, lo único que une a personas que lo necesitan sólo ellos saben por qué

  4. Una vez más, charlatanería sin medida. Creo conocer bién latinoamérica y debo decir que, a mi parecer, y siempre sin generalizar, es lo que usted hace como buén argentino y bla, bla, bla. Los argentinos resultan ser algo verdaderamente mareante quedándose bastante a menudo en intentos de pseudointelectualización de todo. Lo que se mueve y lo que no. En mi caso, que he vivido allá y voy vengo al menos un par de veces al año, en poco se parecen los argentinos a los españoles, tal vez por ese punto ciego que tienen de carecer casi por completo de sentido de identidad. Se empeñan en creerse europeos, cultos, intelectuales e inteligentes sin pararse a pensar que tan solo se trata de un gran autoengaño ” efecto placebo” que necesitan para poder seguir sintiéndose “superiores” al resto de latinoamericanos, no siéndolo y, con respecto a España… pues no pueden. Con todos los respetos, tal ausencia de identidad les envía directamente al fantaseo inútil y al diván. Y puestos a comparar, ya que ahí lo lleva usted, al argentino le falta lo que al español le sobra: altísimo sentido de la realidad así como el no confundir jamás lo accesorio con lo fundamental.
    Saludos, hermano.

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