En el prólogo a la edición española del libro de Dacia Maraini Isolina. La mujer descuartizada (Altamarea, 2020), Paula Bonet escribía: «Ahora mis vísceras son cetrinas y danzan como anguilas». La autora valenciana se expresaba en primera persona como representante del cuerpo-cadáver de aquella joven veronesa que, en el año 1900, fue arrojado en pedazos al río Adigio —el mismo lugar donde se torturó y decapitó a los santos Fermo y Rústico, para más señas— en un hórrido e ignoto caso de violencia de género. Esa imagen de los órganos desarraigados que adquieren apariencia de anguila parece haber acompañado a Bonet en los últimos años, que coinciden con la escritura de su novela La anguila (Anagrama, 2021) y, casi al mismo tiempo de su lanzamiento, la exposición Esto es un cuadro, no una opinión, que acoge el centro cultural La Nau de la Universitat de València. Artista plástica e ilustradora que ha ido ganando repercusión en el último lustro con un puñado de libros donde lo gráfico aún era axial, para su primera novela se entrega a la autoficción como forma de renacer a los cuarenta años, de darse nombre ella misma y decidir, como autora, cuál es su historia personal.
Para ello, primero ha de pasar por un quíntuple duelo que se empieza a deslizar pronto en estas páginas: las muertes sucesivas de su abuelo, de su abuela y de sus tres hijas abortadas. Esta última pérdida trina, especialmente, funciona como desencadenante: «Amo a las monstruas que descansan en mi vientre con el corazón parado. Les agradezco que hayan matado en mí toda esa sangre que me mantenía presa en la más absoluta ignorancia». Frente al tono de reportaje sobrio que Maraini (quien también perdiera un hijo durante la gestación, y lo contase en Cuerpo feliz) adoptó en su día para levantar acta de aquel proceso judicial, Bonet escribe desde lo emocional, aunque con similar crudeza y también con cierto distanciamiento. Ya en esos primeros compases, a la hora de describir los hechos físicos, su mirada es clínica y sin paliativos. Menciona La pianista de Jelinek, otra obra concentrada en el dolor. Pero en La anguila no hay desequilibrios mentales ni tal grado de sequedad; no hay tanta luz de fluorescente como de cortinas descorridas. Y todo nace cuando la autora, tras ese conato de maternidad, conjura su miedo pintando embriones. Tal vez afronta un sexto luto: la pérdida de su propia inocencia.
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Felicito a Bruno Padilla por este magnífico artículo. Me invita a rascarme el bolsillo y pagar una suscripción al medio.
Genial querido Bruno.
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