Canciones con historia: «Leaving Las Vegas»

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Leaving Las Vegas
Sheryl Crow en el videoclip de «Leaving Las Vegas». Imagen: A&M.

Semanas antes de su suicidio, el escritor John O’Brien, autor de la hoy famosísima novela Leaving Las Vegas, se sentó ante el televisor para llevarse uno de los últimos disgustos en su breve y atormentado paso por este mundo. La causante fue la cantante Sheryl Crow quien, en un programa de máxima audiencia, interpretó una canción inspirada en el libro de O’Brien. Ante la pregunta del presentador sobre si la letra era autobiográfica, Sheryl Crow respondió: «Sí, aunque nunca he vivido en Las Vegas». No hizo la más mínima mención al libro que había inspirado la canción, lo cual, ya veremos por qué, enfureció a O’Brien. Otro que se quedó atónito viendo el programa desde su casa fue David Baerwald, uno de los miembros del grupo que había compuesto el debut de Sheryl Crow, y el autor material de la letra de la canción.

Todavía faltaban unos días para que se publicase el sencillo que convertiría a Sheryl Crow en una estrella internacional (los más viejos ya saben de qué canción hablo), pero la mencionada actuación en el programa de David Letterman fue un importante paso hacia la fama y, sobre todo, dejaba claro a los músicos que habían ayudado a Crow que ella estaba embarcada en una campaña estratégica para convencer al mundo de que su buenísimo álbum de debut, Tuesday Night Music Club, era obra de ella y sobre todo de ella. La historia de la canción «Leaving Las Vegas» es la historia de cómo Sheryl Crow, admirable intérprete pero no tan admirable persona, ascendió al Olimpo a costa de quienes se habían esforzado por ayudarla. Lo cual no es nada nuevo; la industria discográfica siempre ha sido escenario de puñaladas por la espalda. Me dirán ustedes que al igual que cualquier otro sector, incluido el periodismo. Cierto. Lo que ocurre es que en la música era más fácil que estas historias saliesen a la luz, sobre todo cuando un disco vendía millones de ejemplares y empezaban a aflorar las historias que había detrás. Así pues, vamos con el cuento de una ganadora, varios perdedores, y una carrera estelar edificada sobre las cabezas de estos últimos.

Uno de los principales damnificados de esta historia fue Kevin Gilbert. Supongo que el nombre no le sonará a casi nadie, porque es casi como si el personaje estuviese enterrado en algún yacimiento arqueológico olvidado. Gilbert falleció en 1996, a la temprana edad de veintinueve años, ahogándose mientras practicaba la llamada «autoasfixia erótica». Lo mismo que le sucedería el año siguiente a Michael Hutchence, cantante de INXS, solo que la muerte de Hutchence apareció en todos los noticiarios y a Gilbert apenas lo nombraron unas breves notas de prensa que, para añadir escarnio a la desgracia, lo mencionaban como «el antiguo pianista de la banda de Sheryl Crow». Algo que le hubiese disgustado bastante; según David Baerwald: «Kevin odiaba el disco de Sheryl Crow y eso es todo por lo que es conocido: ¿el pianista? Debe de estar revolviéndose en su tumba». Gilbert había sido un individuo inseguro repleto de amarguras y dudas sobre sus propias capacidades musicales, acentuadas por el hecho de que había fracasado no una, sino tres veces en su intento de alcanzar el éxito. No obstante, había sido uno de esos raros diamantes polifacéticos que aparecen muy de vez en cuando en la industria. Quienes coincidieron con él dicen lo mismo: que era uno de los músicos más talentosos con los que habían coincidido. Gilbert fue una de las principales mentes que estuvieron detrás del brillantísimo disco de debut de la que había sido su pareja, Sheryl Crow. Aunque lo poco que conocemos de su versión de los hechos procede de los diarios que Gilbert dejó tras su muerte, esa versión ha sido ratificada varias veces por sus antiguos compañeros. En el diario había menciones poco amistosas sobre Sheryl: «No sé si podré perdonarla alguna vez. No la odio, pero estoy muy decepcionado».

Kavin Gilbert había sido descubierto por la industria cuando aún no había cumplido la veintena. El productor Patrick Leonard, famoso por su trabajo junto a Madonna, lo vio en un concurso de grupos jóvenes y se apresuró a ficharlo. Esto permitió que el jovencísimo Gilbert se curtiese como músico de sesión para superestrellas como Madonna o Michael Jackson. Recordemos que Sheryl Crow estuvo una de las giras de Jackson ejerciendo como corista y hasta teniendo la oportunidad de brillar junto al mismísimo Michael sobre el escenario. Así, las historias de Gilbert y Crow eran paralelas: ambos empezaron sus carreras ejerciendo como meros empleados de grandes estrellas. Y ambos eran talentosos, carismáticos y guapos, así que había productores que tenían grandes planes para ellos.

En 1989, Patrick Leonard reunió a varios de los músicos a sueldo que había conocido grabando con Madonna —nivel altísimo, como podrán suponer— para formar un grupo propio llamado Toy Matinee. La idea era facturar un pop-rock de vocación comercial. En aquel grupo, Kevin Gilbert empezó como cantante, pero no tardó en convertirse en el alma de la banda. Además de cantar y componer, Gilbert podía tocar casi cualquier instrumento que le pusieran en las manos: guitarra, bajo, teclados, batería, etc. En una ocasión, cuando se necesitaba añadir una pista de cello pero no había cellista disponible, Gilbert se ofreció a grabarla él mismo; nunca había tocado ese instrumento, pero le bastó una hora de práctica para estar en condiciones de grabar. Puesto que Patrick Leonard tenía mucho trabajo como productor de otros artistas y no podía centrarse al cien por cien en Toy Matinee, el disco fue producido por Bill Bottrell, quien había trabajado con Electric Light Orchestra y el supergrupo Traveling Wilburys, y había recibido dos nominaciones a los Grammy por su trabajo con Michael Jackson y el nunca lo bastante valorado Thomas Dolby (a quien podemos ver aquí compartiendo videoclip con su majestad George Clinton). Desde el punto de vista creativo, Gilbert terminó haciéndose con el timón de la grabación. Ilusionado por la oportunidad, pasaba noches enteras a los mandos de la mesa de mezclas, retocando pistas y tratando de perfeccionar el sonido. Gracias al dinero de Leonard, el álbum fue grabado con mucha libertad y sin las presiones habituales de las compañías discográficas. Tenían tal independencia creativa que una de las canciones estaba dedicada a Madonna bajo el cariñoso título «Queen of Misery».

El disco debut de Toy Matinee fue publicado en el verano de 1990. Era una muy buena combinación de pop ochentero y AOR («rock para adultos» o, si prefieren, rock melódico). La compañía lanzó dos sencillos que funcionaron relativamente bien, sobre todo «The Ballad of Jenny Ledge», en cuyo videoclip aparecía la actriz Rosanna Arquette, exnovia de Gilbert. Aunque el tema que más me fascina es el otro sencillo que promocionaron, «Last Plane Out», una canción tristemente olvidada pero verdaderamente sensacional (que, por cierto, hablaba de un asunto que hoy está de actualidad, los refugiados de guerra).

El debut de Toy Matinee tenía muchísima calidad y al principio, gracias a la MTV, obtuvo un éxito modesto, vendiendo doscientos mil ejemplares en Estados Unidos. Era un buen arranque comercial pero, si atan ustedes cabos con las fechas, se darán cuenta de que el disco tenía un problema irresoluble: en 1990, ese tipo de pop-rock ochentero estaba condenado a la extinción. Para situarnos en contexto, baste decir que en aquel mismo verano de 1990 aparecieron discos que ya sonaban a una nueva época, como Ritual de lo Habitual o Time’s Up. Aún pasarían unos meses más antes de que se hiciese del todo evidente, pero el ochenterismo musical ya estaba agonizando. En 1991 ya no quedaría duda.

Todo esto pilló a contrapié a Gilbert, que preparó con muchas ganas la gira de presentación del disco, reclutando a algunos músicos nuevos para suplir a los que no podían o no querían irse de gira. Entre los reclutas estaba su nueva novia Sheryl Crow (en estas imágenes se puede ver a Gilbert cantando y a Sheryl Crow en los teclados). Todo el esfuerzo fue inútil, pues Gilbert estaba nadando contracorriente. La discográfica terminó entendiendo que los tiempos estaban cambiando y retiró su apoyo al proyecto. Eso significó que, pese a la aceptable repercusión inicial de los dos primeros sencillos, no habría más MTV, ni más radio, ni conciertos teloneando a artistas de renombre en recintos medianos o grandes. El álbum de Toy Matinee quedó desfasado en cuestión de meses y la gira fue condenada a recintos pequeños. A finales de 1991, el disco ya estaba en las góndolas de descuento de los grandes almacenes. El grupo no se separó oficialmente, aunque desapareció de manera natural tras caer en la repentina irrelevancia.

A mediados del año siguiente, 1992, Sheryl Crow tenía similares problemas con su proyecto de disco de debut. La discográfica A&M la consideraba un diamante en bruto y había apostado por ella, no reparando en gastos: medio millón de dólares invertidos en la grabación (incluyendo un suculento anticipo para la todavía desconocida cantante) y la presencia del importantísimo productor británico Hugh Padgham, que había trabajado con Police y Phil Collins, y tenía dos Grammy a sus espaldas. Sin embargo, una vez finalizada la grabación, en A&M no sabían qué hacer con el resultado. Era un disco al estilo Belinda Carlisle (para quien Crow también había hecho coros en el pasado), algo que podía haber funcionado en 1989, incluso a principios de 1990, pero que en 1992 sonaba asombrosamente demodé (aquí puede escucharse entero). En 1992, recordemos, Nirvana habían terminado de ponerlo todo patas arriba. Una vez más, contexto temporal: aquel costoso disco de sonido tan ochentero fue grabado después —insisto, después— de que el público ya se hubiese familiarizado con cosas como esta o esta otra. La discográfica hizo lo inteligente y decidió no publicarlo. Ojo, aclaro que yo pienso que el arte es intemporal y que el decir «esto no me gusta porque suena antiguo» es una demostración de gilipollez, pero si lo reducimos al puro negocio y me pongo en la piel de quienes querían vender discos, he de admitir que pretender promocionar a la nueva Belinda Carlisle en 1992 era una idea tan absurda como pretender crear una estrella del Charleston en 2021. Ahora las cosas van más despacio, pero en los noventa todo avanzaba a velocidad de vértigo, y había estilos musicales enteros que fenecían en cuestión de meses. Así, el debut de Sheryl Crow se quedó en un cajón y ella tuvo que resignarse a tener una sustancial deuda económica por haber aceptado cobrar anticipos de un disco que no nunca llegó a publicarse.

Así pues, Kevin Gilbert y Sheryl Crow formaban una talentosa pareja de perdedores. Irónicamente, eran tan jóvenes como los músicos que triunfaban y les habían dejado fuera de juego. Pero había una diferencia entre ellos dos, que se habían curtido como empleados del mainstream ochentero, y gente como Nirvana o los Red Hot Chili Peppers (los de entonces, no los de 1999 en adelante), que surgieron de la nada haciendo la música que les daba la gana sin pensar en vender millones de discos; eso los había hecho sonar frescos y diferentes, justo lo que se requería cuando los adolescentes de la generación X empezaron a reclamar nuevas sensaciones.

Tras el fracaso de Toy Matinee, Kevin Gilbert se había refugiado en un grupo de músicos que se reunían para ensayar y componer los jueves por la noche. Se hacían llamar Tuesday Night Music Club. El grupo había sido reunido por el productor de Toy Matinee, Bill Bottrell, que había construido un estudio de grabación en su casa para poder estar pendiente de su hijo pequeño, nacido con problemas de salud (el pobre niño sobrevivió a sus difíciles primeros meses, pero estaba marcado por el destino: en 1998, a los ocho años de edad, moriría al caer por un barranco). La intención de Bottrell era crear, a pequeña escala, un grupo de músicos-compositores a semejanza de los que trabajaban en las discográficas negras de los sesenta. Esto es, instrumentistas con talento que pudiesen componer buenas canciones, grabarlas ellos mismos y, en caso necesario, defenderlas en directo. En Tuesday Night Music Club, Bottrell ejercía como productor y tocaba la guitarra, mientras que Kevin Gilbert tocaba varios instrumentos, dependiendo de lo que requiriese el momento. También estaban David Baerwald (guitarra), David Ricketts y San Schwartz (que se alternaban guitarras y bajos), y Brian MacLeod a la batería. Todos ellos tenían buenas ideas, algunas de las cuales se habían plasmado ya en canciones o en temas instrumentales, aunque todavía no habían planeado qué hacer con todo ese material.

Un día, Kevin Gilbert llevó a Sheryl Crow al ensayo para presentársela al resto de miembros del grupo. Sheryl empezó a cantar algunos temas que ellos habían compuesto. Funcionaba. Por ejemplo, la famosa «All I Wanna Do» había sido escrita como instrumental y así la ensayaban Tuesday Night Music Club, pero cuando apareció Sheryl le añadieron una melodía vocal y vieron que se convertía en un tema con gran potencial. Pronto, los ensayos derivaron en sesiones para preparar un disco completo en el que Sheryl sería la cantante (lo cual también tenía sentido desde el punto de vista discográfico, pues la compañía A&M continuaba interesada en Sheryl, en caso de que ella presentase material adecuado). Las sesiones de grabación en el estudio de Bottrell tenían un ambiente más que distendido; solían beber hasta tarde, tocando y grabando como si estuviesen de fiesta. Por la mañana, mientras los demás dormían o combatían la resaca, Bottrell mezclaba las pistas e iba dándole forma al sonido del futuro disco.

En una de las primeras sesiones nació «Leaving Las Vegas». David Baerwald la había escrito inspirándose en la mencionada novela de su amigo John O’Brien. Baerwald se presentó en el estudio habiendo tomado LSD, y empezó a cantarla con la guitarra. Crow le puso voz después de haber bebido bastante. Tras comprobar que el tema era perfecto para el disco, David Baerwald fue a ver a O’Brien y le pidió permiso para poder usar el título de su libro como título. O’Brien aceptó y ni siquiera pidió derechos de autor. Se conformó con pedir que, si el futuro disco era promocionado, se dejase claro que la canción estaba inspirada en su libro. Por entonces, O’Brien necesitaba esa promoción; todavía no había recibido una oferta de Hollywood para convertir el libro en película, y si la canción recibía algo de difusión, podía contribuir muchísimo a la publicidad de la novela. O’Brien y Baerwald cerraron el trato verbal con un apretón de manos, pero sin contratos de por medio.

La novela Leaving Las Vegas narraba, como muchos de ustedes ya saben, la historia de un hombre que se muda a esa ciudad con la intención de matarse bebiendo. John O’Brien ambientó el libro en Las Vegas porque, decía, era la única ciudad estadounidenses donde se podía comprar alcohol a cualquier hora del día o de la noche. La publicó cuando tenía solo treinta años y había pasado más de un tercio de su vida consumido por una salvaje adicción al alcohol. No hablamos de un escritor que romantizaba sus vicios para proyectar una imagen de «artista maldito», no: O’Brien tenía un serio, serio problema. Era incapaz de levantarse por la mañana sin pegarle un trago a una botella de vodka porque, sin suficiente alcohol en sangre, su cuerpo padecía violentos temblores que le impedían funcionar en la vida diaria. Por el mismo motivo llevaba siempre consigo una petaca. Le entraba pánico si no conseguía almacenar en su residencia suficiente alcohol para llegar al día siguiente: de pasar más tiempo del acostumbrado sin beber, era presa del delirium tremens. Ese alcoholismo aparentemente incurable se combinaba con un historial de depresiones profundas, y la familia de O’Brien estaba comprensiblemente preocupada por su deriva. El libro Leaving Las Vegas es, según la hermana del escritor, una «fantasía» sobre la manera en que a O’Brien le hubiese gustado morir: bebiendo. Su padre fue incluso más conciso y calificó Leaving Las Vegas como una «nota de suicidio». En cualquier caso, antes de su muerte, O’Brien estaba necesitado de promoción y estabilidad profesional.

Volviendo al disco, Sheryl Crow escribió algunas letras, pero la música era en su inmensa mayoría, por no decir toda, obra de los miembros originales de Tuesday Night Music Club. Aun así, a Sheryl se le dio coautoría en todas las canciones para ayudarla a pagar sus antiguas deudas con A&M. Su contribución como compositora había sido muy pequeña, pero iba a aparecer en los créditos de todas las canciones y, por lo tanto, a quedarse con una gran tajada de los derechos de autor. Obviamente, ninguno de los implicados sospechaba que el disco terminaría teniendo ventas millonarias.

El ambiente en las grabaciones era muy bueno, pero en 1993, conforme avanzaba el proceso y se acercaba el momento de sacar el disco a la calle, las cosas empezaron a torcerse. Para empezar, la relación sentimental entre Kevin Gilbert y Sheryl Crow se agrió cuando esta inició una relación con un ejecutivo de A&M. Esto, incidentalmente, otorgaba a Crow una posición de mayor poder de decisión en cuanto a cómo aparecería cada cual en la carpeta del disco y la futura gira. Por otra parte, empezaba a ser patente que A&M planeaba un lanzamiento por todo lo alto. Se perfilaba ya una estrategia: la biografía de Sheryl Crow iba a ser vendida como un cuento de hadas. Sheryl iba a ser la antigua corista anónima empleada de grandes estrellas, que ahora rompería moldes con su primer disco. Un talento rescatado del olvido. En realidad, esto mismo podía aplicarse a todos los miembros de Tuesday Night Music Club, pero la discográfica no estaba interesada en promocionar un grupo. Sheryl Crow tenía la imagen perfecta para ser presentada como lo que A&M pretendía vender: una Cenicienta.

El inminente disco empezó a ser reinventado no solo como un disco en solitario, sino como un disco que, en el relato publicitario, era obra casi exclusiva de la brillante mente de Sheryl Crow (táctica respaldad por el hecho de que, como decíamos antes, iba a aparecer como coautora en todos los temas). Empezaron a sucederse los signos de que Sheryl no quería compartir con sus compañeros la hipotética gloria del disco: los miembros de Tuesday Night Music Club fueron ninguneados en el diseño de la carpeta de un álbum que irónicamente se iba a titular como el propio grupo (eso sí, no se los pudo eliminar como autores de canciones ya registradas; más tarde, con el inesperado aluvión de ventas millonarias, vendrían nuevas disputas por los créditos de las canciones). Incluso Kevin Gilbert fue relegado a una nota de agradecimiento, en la que Sheryl decía «Te debo una por dos años de apoyo emocional y musical», como si él no hubiese sido uno de los principales responsables de la música que ahí sonaba. Como estacazo final, los Tuesday Night Music Club supieron que no iban a formar parte de la gira de presentación. La noticia les llegó tan in extremis que algunos de ellos ya se habían gastado mucho dinero comprando flamantes instrumentos nuevos para lo que sabían iba a ser una campaña promocional por todo lo alto.

Para cuando el disco apareció en agosto de 1993, era ya el debut «en solitario» de Sheryl Crow, pese a conservar el título previsto Tuesday Night Music Club. Los demás miembros de la banda así llamada no se lo podían creer. Quien sí lo había visto venir había sido Kevin Gilbert. Antes del lanzamiento, desanimado por la ruptura sentimental, se había desvinculado para refugiarse en la grabación de su propio debut en solitario. El disco Tuesday Night Music Club no había salido a la venta, pero Gilbert ya intuía que iba a ser un bombazo y anotó en su diario que envidiaba el lanzamiento que A&M le estaba preparando a su expareja. Esto era una frustrante segunda oportunidad perdida de tener éxito: «Ese disco probablemente va a ser enorme. Tengo que prepararme mentalmente».

En marzo de 1994, Sheryl Crow ya estaba dando que hablar, aunque el terremoto internacional de «All I Wanna Do» todavía estaba a pocas semanas de suceder. Por entonces, solamente había promocionado dos sencillos, «Run Baby Run» y «What I Can Do For You», pero el relato biográfico que debía respaldar su ascenso estaba funcionando. Sheryl Crow era la gema recién descubierta, la gran artista que había languidecido como corista de sesión. Ni Kevin Gilbert, ni John Baerwald formaban parte del relato. Los únicos que siguieron junto a Crow fueron Bill Bottrell, que estaba atado a A&M por contrato, y el batería Brian MacLeod, que no tenía grandes pretensiones y no discutía nada pues no había aportado mucho en el aspecto compositivo. Eso sí, la relación entre Sheryl Crow y Bill Bottrell también se volvería agria durante la grabación del siguiente álbum de la cantante.

En ese marzo de 1994, Sheryl apareció en el programa de David Letterman tocando «Leaving Las Vegas». El presentador le dijo: «Esta canción debe de ser autobiográfica, ¿es correcto?». Ella respondió: «Sí, aunque nunca he vivido en Las Vegas» (Letterman, con su habitual agudeza, comentó: «¿Puedes encontrarla en un mapa?»). La cantante no hizo mención a la novela de O’Brien ni al hecho de que había sido John Baerwald quien había escrito la canción. O’Brien, al ver esto desde su casa, creyó que había sido Baerwald quien había incumplido su palabra; furioso, el escritor salió en plena noche, fue a casa de Baerwald y empezó a aporrear la puerta. Baerwald tuvo que tranquilizarle asegurándole —como era cierto— que él mismo no había tenido idea de que Sheryl Crow iba a atribuirse la autoría de la canción o de la temática. Al día siguiente, Kevin Gilbert telefoneó a Sheryl para recriminarle que estuviese ninguneando a sus antiguos amigos, amén de incumpliendo acuerdos verbales con terceros. La discusión telefónica fue muy avinagrada. Gilbert y Crow ya nunca volvieron a estar en términos amistosos, aunque aún se los vería juntos en los Grammys donde ambos recibieron un premio como coautores de «All I Wanna Do».

O’Brien se sintió muy dolido cuando Sheryl Crow le ignoró. Sobre el papel, pudo resarcirse ese mismo mes, cuando un productor de Hollywood le propuso convertir Leaving Las Vegas en una película. Era el espaldarazo definitivo que podía impulsar su carrera literaria y, desde luego, darle liquidez financiera. Por desgracia, el escritor ni siquiera llegaría a ver la etapa inicial de los preparativos del guion. Quince días después de haber firmado el contrato con Hollywood, sucumbió a sus padecimientos y se quitó la vida con un disparo. Este suceso, como es lógico, terminó desviando la atención hacia Sheryl Crow. La familia de John O’Brien descartó que el asunto de la canción «Leaving Las Vegas» tuviese algo que ver con el suicidio, pero para entonces ya había empezado a aflorar la historia que había detrás del ascenso de la cantante. David Baerwald fue menos diplomático y publicó una carta en la prensa donde acusaba directamente a Crow de haber contribuido al suicidio de O’Brien. Pero los medios no se cebaron mucho con el asunto, pues por entonces O’Brien y los demás eran poco conocidos. Con el tiempo, Bill Bottrell rehusó defender la versión de los hechos que contaba Sheryl Crow, lo cual terminó de arruinar su relación con ella.

Mientras Sheryl Crow se hacía mundialmente famosa, Kevin Gilbert trabajaba componiendo bandas sonoras bajo pseudónimo. Incluso tuvo que producir una canción que Sheryl Crow cantaba para una película, aunque Gilbert no estuvo presente cuando ella fue al estudio para cantar, así que no llegaron a verse. En marzo de 1995, editaba su disco de debut en solitario, titulado Thud. Era un muy buen disco con un sonido propio («Joytown», «Goodness Gracious», «Waiting»), pero la discográfica PRA fue incapaz de promocionarlo. Tanto fue así, que el único tema que funcionó en las radios lo hizo por sí mismo, ya que la discográfica ¡lo había dejado fuera del álbum! Hablo de una versión del clásico «Kashmir» de Led Zeppelin, en la que Kevin Gilbert cantó y grabó todos los instrumentos, modificando de forma muy hábil la cadencia del original. Esta versión empezó a sonar en las radios californianas pese a que la compañía no había hecho nada por promocionarla, mientras que las canciones que sí había (presuntamente) promocionado sonaron mucho menos. En fin, la industria. Por entonces, según contó después su nueva novia, Gilbert estaba completamente desencantado con el negocio y no tenía ganas de amoldarse a las modas, como demuestra el que sus últimos proyectos fuesen la reunión del grupo de su adolescencia, Giraffe, y de los propios Toy Matinee. No tendría tiempo para mucho más: Gilbert murió trece meses después del fallido lanzamiento de su disco Thud.

Tras el descomunal éxito de Tuesday Night Music Club, Sheryl Crow era una gran estrella que no tenía intención de renunciar al relato de la Cenicienta. Y no lo hizo. Sobre la polémica con sus antiguos compañeros se limitó a decir que «quizá debí cambiar el título del disco», como si ese hubiese sido el único problema que la había enfrentado a ellos. De Kevin Gilbert dijo, tras la aparición del diario con referencias a ella, que el músico era una de las personas «más autodestructivas» que había conocido. Mientras, la familia de Gilbert, la familia de John O’Brien y los antiguos miembros de Tuesday Night Music Club han hablado sobre Sheryl Crow con una frialdad que apenas disimula su común disgusto. En fin, y sirva esto como recordatorio en cualquier ámbito de la vida: el camino al éxito está empedrado de cadáveres. Como decían en Hill Street Blues, «tengan cuidado ahí fuera».

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11 Comentarios

  1. Jot Down merece la pena por muchas cosas, pero una de ellas sin duda son los artículos de Emilio de Gorgot: claros, rigurosos y amenos. Una maravilla. Enhorabuena al autor.

  2. Gran artículo!! Yo también me creí el cuento de hadas de Sheryl Crow. Una pena lo que le pasó a los de la banda, debe ser muy jodido ver cómo esa tipa se apropia de tu música y tu talento.

    • El heteropatriarcado intentando socabar los logros de una artistaza.

      Es broma. Esta tía me parece una petarda duermeovejas y toda la cera que se le de me parece poca.

      PJ Harvey o Bjork mismamente sí que eran artistas dignas de admirar, (sin rebuscar mucho)

  3. Mola mil descubrir qué guardan en la trastienda algunos de los artistas más conocidos. Nunca he sido mucho de Crow, pero es cierto que el primer disco estaba bien. Ahora descubro el por qué no cuadraba con el resto de su discografía. Tirándome mucho a la piscina, me atrevo a predecir que detrás de Jagged Little Pill de Alannis Morrisette hay alguna historia similar. Alguien tocó ese disco para hacerlo como es (bastante bueno), porque lo que es ella, no hizo nada igual, ni antes, ni después.

    Muy buen articulo, Nico!

    • Glen Ballard: coescribió casi todas las canciones y lo produjo. En los agradecimientos Alanis le dedica un agradecimiento considerándolo como un hermano.

      • Gracias por el apunte. No conozco a ese señor, pero está claro que controla en lo suyo. Y veo que casi no he acertado ninguna con el nombre de la canadiense… Saludos!

  4. Hola! Gran artículo! Ya saben, cría Crows y te sacarán los ojos…

    Dos cosas:
    Michael Hutchence no murió por “asfixia autoerótica”, se suicidó voluntariamente, víctima de su depresión y excesos de medicación y drogas. De echo, llamó a varias personas para decirles que ya no podía más… Alguien que se va a hacer solo una pajilla no hace eso, creo yo…

    Y me ha generado una gran duda: si el grupo de Gilbert se reunía los jueves por la noche, según el artículo… ¿por qué se llamaban “Tuesday (Martes) Night Music Club”? XD

    Besotes, gracias por darnos a conocer estas estupendas historias!

  5. Gracias por el artículo. Cierto talento acompañado de belleza… Una artista Pop, vaya. Esta tipa me agradó (como supongo a tantos otros) durante la efervescencia de la adolescencia. Deja claro el artículo que vió su oportunidad y la agarro con ganas (y pocos escrúpulos). Otra más.

  6. En 1er lugar excelente articulo me encantan cuando escriben asi
    en 2do lugar no conocía esa cara de la buena de crow … supongo que no se puede confiar en nadie en los negocios… la industria de la música tiene muchísimas historias así…

  7. Vende mucho lo del compositor torturado e injustamente olvidado por el público. Se han lanzado aquí los machirulos de siempre a sentir lástima por él. Luego escuchas las canciones del genio en solitario y… madre mía, qué cosa más pasada, hortera y sosa. Por cierto, para mí Tuesday Night Music Club es el peor disco de Sheryl Crow, sin duda. Menos mal que pasó de todo y siguió con su carrera en solitario.

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