
—Mi profesor de ciencias de noveno grado me dijo una vez que si pones una rana en agua hirviendo, saltará enseguida. Pero si la pones en agua fría y la calientas gradualmente, se quedará ahí cociéndose hasta morir.
—¿Qué es eso, Harry, tu receta de la sopa de rana?
—Es mi receta de un desastre.
Harry Dalton (Pierce Brosnan) y Nancy (Arabella Field) en Un pueblo llamado Dante’s Peak.
Primeras señales
Hollywood se encontraba en plena transición entre finales de los años sesenta y principios de los setenta: las cúpulas de los estudios languidecían, los catálogos y las compañías cambiaban de manos, las recaudaciones llevaban años desplomándose. Una nueva generación de cineastas —Francis Ford Coppola, Steven Spielberg o Martin Scorsese, entre otros— amenazaba con cambiar las reglas del cine. Los disturbios, los movimientos estudiantiles, los magnicidios, la guerra de Vietnam o la crisis del petróleo alteraban el barómetro social. En este escenario la industria puso de moda faraónicas cintas sobre catástrofes que perseguían el éxito de masas, un género que ya se había manifestado durante la Gran Depresión.
Aeropuerto (George Seaton, 1970), basada en la novela superventas homónima de Arthur Hailey y producida por Universal Pictures, fue el antecedente de una corriente de cine de catástrofes. El ficticio aeropuerto Lincoln International se enfrenta a la peor tormenta de nieve en años. Un Boeing 707 —la película sirvió de magnífico escaparate para promocionar las bondades del modelo, en un momento financiero delicado para la compañía debido a la recesión— despega con un pasajero dispuesto a hacer estallar una bomba. Un fastuoso thriller nominado a diez Óscar —ganador de uno para la insigne Helen Hayes como mejor actriz de reparto—, que tiene el honor de ser una de las primeras producciones en superar los cien millones de dólares de recaudación. Inauguró una saga y sentó las bases del género: gente normal enfrentada a circunstancias extremas, que lidia con las incontrolables fuerzas de la naturaleza y la imprevisible condición humana.
La aventura del Poseidón (Ronald Neame, 1972) fue un empeño personal del megalómano productor Irwin Allen. Fascinado con el poder destructor de la naturaleza y con los nuevos avances tecnológicos de la industria, estaba dispuesto a ofrecer al público la misma fórmula, con un realismo y espectacularidad inéditos. En esta adaptación de la novela homónima de Paul Gallico, una ola gigante voltea un trasatlántico de lujo dejándolo semihundido, con los supervivientes atrapados en sus entrañas. Implicaba construir complejos decorados que reproducían el navío boca abajo, donde los actores y especialistas tendrían que interactuar con fuego y agua. Nadie quería abordar semejante reto técnico; Allen tardó tres años en levantar el proyecto. La extinta Twentieth Century Fox se implicó ofreciendo inicialmente un escueto presupuesto de cinco millones de dólares, pero la delicada situación financiera que atravesaba obligó a cancelar la producción. El audaz Allen la rescató, rebajando la petición hasta la mitad y consiguiendo el resto por su cuenta. Logró un éxito apoteósico de casi cien millones de recaudación solo en Estados Unidos.
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Fantástico artículo. Con autores así da gusto leer. Estaremos muy atentos a la segunda parte.
Qué recuerdos me traen estas películas. Será nostalgia o de verdad ya no se hacen con tanta «alma»?
Aeropuerto 1, 2, 3, 4… hasta que llegó Aterriza como puedas y se cargó el chiringuito.
Me parece indignante que no se hable de Sharknado en este articulo.
Excelente articulo!!! queremos la segunda parte ! saludos