Que cunda el pánico: la furia de la naturaleza arrasa Hollywood (y II)

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Hard Rain. Imagen: Paramount Pictures. naturaleza

(Viene de la primera parte)

Una roca de diez kilómetros de ancho lo cambió todo. Impactó con la fuerza de diez mil armas nucleares. Un billón de toneladas de tierra y rocas se precipitaron en la atmósfera, creando una sofocante capa de polvo que el sol no pudo penetrar durante mil años.

Sucedió antes. Sucederá de nuevo. Solo es cuestión de saber cuándo.

(Charlton Heston, narrador del prólogo de Armageddon–)

Agua

El líquido amniótico en el que nos formamos durante la gestación está compuesto esencialmente de agua. Más de la mitad de nosotros es agua. Siete décimas partes del planeta son agua. El agua da la vida… y la quita. Hard Rain (Mikael Salomon, 1997) parece uno de esos títulos que solo pasaron por la cartelera fugazmente para darse lucimiento más tarde en las estanterías del videoclub. Se trata de un original wéstern acuático que mezcla elementos del cine de catástrofes con acción, sin disimular su reverencia a El bueno, el feo y el malo (Sergio Leone, 1966). El bueno es Christian Slater, el feo, Morgan Freeman; el malo, Randy Quaid. Los tres nadan tras un tesoro escondido en un cementerio a punto de desaparecer bajo las aguas que inundan el pueblo de Huntingburg —Indiana—, donde los impermeables sustituyen a los guardapolvos y las lanchas motoras, a los caballos.  

Un diluvio universal de poco más de hora y media de metraje en el que no dejará de llover ni un segundo, dotando de un valor añadido a las vigorosas secuencias de tiroteos. Para el complejo rodaje se construyó uno de los decorados más grandes concebidos hasta entonces, emplazado dentro de un hangar. Se reprodujo el centro del pueblo —formado por medio centenar de casas de madera en perspectiva trucada— dentro de un tanque con dieciocho millones de litros agua, de unos doscientos metros de longitud, cien metros de ancho y metro y medio de hondo, lo suficiente para transmitir realismo y garantizar la seguridad de los actores y del resto del equipo. Un decorado de fondo de veintiún metros de alto y seiscientos de largo ayudaba a crear un efecto de profundidad. Las casas y otros elementos se izaban para seccionar sus bases y recrear la subida del nivel del agua.

El filme costó unos pasmosos setenta millones de dólares. El danés Mikael Salomon había sido nominado al Óscar al mejor director de fotografía en 1990 por Abyss (1989), la absorbente hazaña submarina de ciencia ficción dirigida por James Cameron —también se encargó de la fotografía de la icónica Llamaradas (Ron Howard, 1991), en la que el fuego es un carismático personaje más—. Buen conocedor de los inconvenientes de rodar en tanques con millones de litros de agua, facturó un aguacero de balas contundente. El público y la crítica ignoraron la película, pero reflotó en el mercado videográfico. 

Algo poseen las películas protagonizadas por el líquido elemento, sobre todo cuando las disfrutamos en el enjugado salón. Quizá el agua represente mejor que ninguna otra fuerza nuestra esencia más inasible. Waterworld, la mastodóntica superproducción de Kevin Costner con fama de ruinosa —un calco de la saga Mad Max en formato aquatic park que advertía de las consecuencias del derretimiento de los casquetes polares—, tuvo una merecida segunda vida en las reediciones domésticas y pases televisivos tras su discreta permanencia en las salas. En la lejana era prestreaming, la mencionada Daylight. Pánico en el túnel fue la película más vista de la primera década del siglo XXI, acumulando 6,4 millones de espectadores en la emisión del 2 de enero de 2000 en TVE. 

Un récord que casi superó el estreno televisivo del gran filme de catástrofes de la segunda década, la muy spielbergiana Lo imposible (J. A. Bayona, 2012), la segunda película española más taquillera de la historia en nuestro país. Da vida al mayor maremoto jamás registrado, que barrió las costas del sur y sudeste asiático el 26 de diciembre de 2004 dejando más de doscientas mil víctimas: la mayor catástrofe natural del siglo XXI. Diez años después, el 18 de noviembre de 2014, Telecinco la emitió de estreno en versión extendida. Sumó 6,1 millones de telespectadores tras amasar más de 42 millones de euros de taquilla solo en España. 

El pase de la película de Telecinco Cinema rebasó por poco el de Titanic (James Cameron, 1997). El lujoso melodrama catastrófico del cineasta canadiense —erigido en el mejor heredero espiritual de Irwin Allen— congregó delante de los televisores a una media de 6 millones de espectadores el lunes 28 de mayo de 2001, en una emisión que incluía más de cuarenta minutos de anuncios publicitarios. Se dice que Antena 3 pagó 1300 millones de pesetas por la que ostentaba el título de fenómeno más taquillero de la historia del cine hasta la llegada de la fábula ecologista Avatar (2009), del mismo director. Esta fue desbancada por Vengadores: Endgame (Anthony y Joe Russo, 2019), a su manera, otra película de catástrofes. A la espera del siguiente récord, el laurel ha regresado a manos de Cameron tras el reestreno de Avatar en China, donde su cine se venera.  

Éter

Nuestro planeta es el elemento a destruir por titánicos cuerpos exteriores de formación rocosa que nos mandan las profundidades del cielo. Steven Spielberg, Jeffrey Katzenberg y David Geffen fundaron en 1997 el estudio DreamWorks SKG. Su carta de presentación fue el glamuroso thriller de acción El pacificador, dirigido por la debutante en el largometraje Mimi Leder. No funcionó y subieron la apuesta: en 1998, a dos años del 2000 —el acabose del mundo para algunos—, estrenaron Deep Impact. Un cometa del tamaño de Nueva York se dirige directo hacia la Tierra y los Estados Unidos se preparan para evitar la desaparición de la especie humana. Recuperaba la sensibilidad catastrofista de los años cincuenta y sesenta, marcados por la Guerra Fría —representada por filmes como el influyente Cuando los mundos chocan (Rudolph Maté, 1951)—, que cimentaron el imaginario spielbergiano. Deep Impact es un apocado y sentimental melodrama tanto a escala humana como espiritual que Spielberg estuvo tentado de dirigir; finalmente se lo cedería a Leder. El director se desquitaría destruyendo el planeta más tarde en La guerra de los mundos (2005), interpretación sy-fy del trauma del 11S, que nos dejó algunas de las imágenes más contundentes de su filmografía reciente.   

El asteroide del tamaño de Nueva York —según el guion— de DreamWorks debía competir por impactar antes que otro de la envergadura de Texas —según el guion— perteneciente a Touchstone Pictures —la desaparecida filial adulta de Disney— y al poderoso productor Jerry Bruckheimer. Las comparaciones geográficas no parecen casuales, dan una pista sobre los mercados locales predilectos a los que estaba dirigida cada propuesta. Los responsables del pedrusco texano acometían apresuradamente un proyecto de argumento idéntico: Armageddon (Michael Bay, 1998); los «doce del patíbulo» en el espacio. La respuesta anabolizada y gamberra a la forzada trascendencia de Deep Impact.

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Deep Impact. Imagen: DreamWorks SKG.

De nuevo, twin films enfrentados. Pasamos de una balada melosa a otra rockera, desmesurada y más divertida. Deep Impact colisionó antes, se estrenó el 8 de mayo, pero Armageddon destruyó más a su llegada el 1 de julio: 550 millones de taquilla mundial frente a los casi 350 de la cinta de Leder. Atardeceres eternos, lujuria militarista y fibra redneck: un formidable entretenimiento y a la vez opulento spot para la NASA de casi tres horas, que conmemoraba el trigésimo aniversario de la llegada de la agencia a la luna. Greenland: El último refugio (Ric Roman Waugh, 2020), que ofrece de nuevo la posibilidad de la inminente exterminación por culpa de un cometa, compensa sus hechuras de serie B con un planteamiento más realista, a escala de rancio drama familiar.  

Tierra

Cuando me desperté esta mañana / Podría haber jurado que era el día del juicio / El cielo era púrpura / Había gente corriendo en todas direcciones. Lo cantaba Prince en «1999»; la canción que abre el álbum homónimo de 1982. Finalizaba el siglo del cine. En su último año de gloria Hollywood entregaba obras con vocación de clásicos como Eyes Wide Shut, de Stanley Kubrick; El dilema, de Michael Mann, o The Straight Story. Una historia verdadera, de David Lynch. Los reyes analógicos de los ochenta y buena parte de los noventa fueron relegados —salvo Tom Cruise, inmune a hecatombes— por las pantallas verdes. Arnold Schwarzenegger, la fuerza de la naturaleza del siglo XX hecha superhombre, pasó del frío cortante de Batman & Robin (Joel Schumacher, 1997), por la que embolsó la friolera de 25 millones de dólares, al bochorno de El fin de los días (Peter Hyams, 1999). 

La oscura película atestiguaba el calvario del Prometeo austríaco. Emparentada con la estética del psycho-thriller que inauguró Seven (David Fincher, 1995) y contagiada de la tendencia demoniaco-apocalíptica, aguanta el tipo gracias a la elegancia tenebrista y el pulso del siempre eficaz Hyams. Schwarzenegger se empeñó en celebrar el fin de siglo enfrentándose al mayor villano de la historia: Satanás. Si quería vencer al mal, debía inmolarse: «Entre su fe y mi Glock de 9mm, elijo mi Glock», le espeta su personaje, Jericho, a un cura interpretado por Rod Steiger. En esa one-line se intuye la claudicación de quien se sabe relegado por los tiempos y se aferra a su particular interpretación de la justicia divina. El ídolo genuino del actioner se iba a sacrificar haciendo su papel más dramático; cedería el trono a una nueva generación de superhéroes con origen de celulosa que llegaría muy pronto. La segunda edad de oro del cine de catástrofes llegaba a su fin. El apocalipsis era la catástrofe ¿natural? definitiva y más tarde daría lugar a una nueva etapa de su género particular, reflejo de tiempos cada vez más inciertos. 

Restos del temporal

La tormenta perfecta (Wolfgang Petersen, 2000) exhibe el poder de la naturaleza en toda la magnificencia digital que podían permitirse los mejores ordenadores de Industrial Light & Magic, de nuevo. Clausura la etapa catastrofista con inaudita madurez, llevándola hasta la cresta de la ola. Navega a toda máquina entre el escapismo y el (melo)drama obrero de camaradería y valores —la fría Marea negra (Peter Berg, 2016), que narra el accidente —evitable— de la plataforma petrolífera Deepwater Horizon en el golfo de México, un desastre ambiental de secuelas incalculables, podría entroncarse también en esta línea. En el polo opuesto se encontraría Brigada 49 (Jay Russell, 2004), un panegírico pos 11S dedicado al cuerpo de bomberos. El trabajo de Petersen plasma con esmero y respeto la tragedia de la tripulación del barco pesquero Andrea Gail, desaparecido en el Atlántico Norte el 28 de octubre de 1991, durante una colosal tempestad sin precedentes fruto del choque de los estertores del huracán Grace con dos frentes tormentosos, levantando olas de hasta treinta metros de altura. 

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La tormenta perfecta. Imagen: Warner Bros.

Con el mismo tono sobrio de homenaje y sin rastro de épica, Héroes en el infierno (Joseph Kosinski, 2017) muestra el infortunio de diecinueve de los veinte miembros de los Granite Mountain Hotshots —el equivalente a un equipo de bomberos forestales de élite—, fallecidos durante las labores de extinción de un traicionero incendio en la colina de Yarnell —Presscott, Arizona— el 31 de junio de 2013. Fue considerado por las autoridades como el peor incendio forestal en treinta años; arrasó unas 800 hectáreas y la mitad de la población de Yarnell. Nada comparado con la furia del gigafire de August Complex —California—, que el 9 de septiembre de 2020 ya era el más grande y destructivo de la historia del estado, con más de 350 000 hectáreas carbonizadas. 

Los vientos volverán a soplar fuertes: Kosinski negocia con Universal Pictures encargarse del reboot de Twister, bajo la producción de Frank Marshall, uno de los socios habituales de Spielberg. La película no solo causó sensación, también se ganó el aprecio de los perseguidores y observadores de tormentas. El 26 de febrero de 2017, un día después del fallecimiento de Bill Paxton, más de doscientos cazadores de tornados en colaboración con Spotter Network —una red sin ánimo de lucro que colabora con órganos oficiales para hacer seguimientos de temporales—, le rindieron un homenaje: deletrearon las iniciales del actor introduciendo coordenadas de GPS en un mapa negro alrededor de Wakita, localización de Twister, donde los vecinos le dedicaron un museo. El pueblo se encuentra en Oklahoma, a su vez dentro en un extenso territorio entre las montañas Rocosas y los montes Apalaches conocida como «el callejón de los tornados» —Tornado Alley—. Abarca también los estados de Texas —de donde procedía Paxton—, Kansas o Nebraska, entre otros. Allí a finales de la primavera se mezclan las masas de aire polar de Canadá, las cálidas del golfo de México y las secas de las Rocosas, dando lugar a los tornados más destructivos que se conocen.

Horror climático

En la Conferencia del Clima de julio de 1996 celebrada en Ginebra, los delegados de ciento cincuenta países establecieron medidas para limitar las emisiones de gases de efecto invernadero con vistas al año 2000, fijando propósitos para 2020. La mayoría de países reconocieron que los objetivos no se alcanzarían. No se alcanzaron. Las audiencias estadounidenses seguían haciendo cola para asombrarse en el cine viendo la disfrutable e inofensiva Twister. Atiborrándose de palomitas, admiraban su magia a salvo desde una cómoda y segura butaca en la negrura. Revisarla hoy, veinticinco años después de su estreno, es un sano ejercicio de evasión. Conserva intacta en sus imágenes la ingenua emoción de «lo nunca visto»; sin embargo, frente a nuestra mirada fogueada y saturada de catástrofes, ahora este filme y el resto pueden resultar inesperadamente inquietantes. Involuntarios preconizadores del cambio climático. 

Una de las consecuencias del calentamiento global son los fenómenos meteorológicos extremos como superincendios, tormentas devastadoras y olas de calor o frío, estas últimas han aumentado un 232 % entre 2000 y 2019. En apenas dos décadas del siglo XXI se han producido más de 6500 catástrofes naturales vinculadas al clima, un 80 % más comparado con el mismo periodo del siglo anterior. Cerca de 5000 han acontecido en Asia y América, donde se encuentran los países más contaminantes del mundo. Estos desastres han acabado con la vida de más de un millón de personas —se incluyen las víctimas de fenómenos geológicos, como terremotos—, dejando millones de refugiados climáticos. Son cifras de la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR), considera que nunca son naturales, sino consecuencia directa del impacto humano. En 2016 EE. UU. sufrió 160 desastres naturales, el mayor número desde 1980. El 15 de octubre más de 150 países firmaron en la cumbre en Kigali —Ruanda— un acuerdo que enmendaba el protocolo de Montreal de 1987, para eliminar progresivamente el uso de los hidrofluorocarburos a partir de 2019. 

El fin del mundo está aquí

El temporal Filomena fue la peor borrasca que azotó España en medio siglo. Las imágenes de distintas poblaciones bajo su mortaja, entre el viernes 8 y el sábado 9 de enero de 2021, podrían evocar —salvando las distancias— los fotogramas de la risible El día de mañana (Roland Emmerich, 2004), que visibiliza el cambio climático en clave maximalista. En el nuevo milenio la catástrofe —y el entretenimiento— es global. Ante un mundo hiperconectado cada vez más imprevisible azotado por los titulares y las evidencias de la denominada crisis climática, el nuevo cine de catástrofes lo reduce a polvo en un tótum revolútum sintético. Emmerich lleva su sello personal hasta la autoparodia en 2012 (2009): la alineación de los planetas del sistema solar en el comienzo del solsticio de invierno de 2012, el día del juicio final según la predicción de los mayas, recrudece la radiación solar. El núcleo de la Tierra se funde y la desestabilización de la corteza terrestre genera cataclismos en cadena. Igual de camp, Geostorm (Dean Devlin, 2017) se apoya en el andamiaje del thriller conspiranoico de ciencia ficción para mostrar cómo nuestra canica azul queda a merced de fenómenos de proporciones apocalípticas, cuando la red de satélites meteorológicos que mantiene a raya los estragos del calentamiento global empieza a fallar. Por su parte, The Core. El núcleo (Jon Amiel, 2003) es una encantadora fantasía de ecos juliovernianos: un grupo de científicos viaja hasta el centro de la Tierra con la misión de reactivar el núcleo interno, que se ha parado. El campo electromagnético que protege el planeta empieza a desintegrarse, desencadenando tormentas solares masivas que lo abrasan. 

Han surgido otras manifestaciones aisladas de cine de catástrofes, tal y como se entendía en los años setenta y noventa, con los inevitables lavados de cara: Poseidón (Wolfgang Petersen, 2006) es un darwinista remake del clásico de 1972 despojado de cualquier matiz psicológico, En el ojo de la tormenta (Stephen Quale, 2014) versiona Twister al estilo found footage, y San Andrés (Brad Peyton, 2015) recicla todos los tópicos sin escatimar en medios para que Dwayne Johnson se las vea con el mayor terremoto de la historia. Las siguientes muestras se han hibridado con otras etiquetas como el suspense o el subgénero de robos: es el caso de honestos subproductos como Operación: Huracán (Rob Cohen, 2018), curiosa actualización de Twister y Hard Rain, o la simpática Infierno bajo el agua (Alexandre Aja, 2019), que mezcla con habilidad una inundación con un tornado y caimanes. En el ámbito del documental, el empresario, político y activista Al Gore se valió de la gran pantalla para concienciar a la ciudadanía y demostrar la relación directa entre el calentamiento global y las catástrofes naturales: Una verdad incómoda (Davis Guggenheim, 2006) y Una verdad incómoda: Ahora o nunca (Bonni Cohen y Jon Shenk, 2017) son sus esclarecedores postulados sobre la crisis climática, tan didácticos como petulantes.

A rebufo de la fiebre climática, los informativos y espacios meteorológicos se han convertido en las nuevas y asépticas superproducciones de catástrofes, por entregas. Informan, entretienen y conciencian sobre los desastres venideros. Presentadores campechanos, chaparrones de datos, gráficos electrizantes, inmersivos sismos de realidad aumentada —como los ofrecidos por el canal de televisión estadounidense The Weather Channel— y las fotos y vídeos que comparten los usuarios son sus recursos dramáticos. Las carísimas imágenes del cine de catástrofes y sus poco sostenibles aparatajes, que hacían aullar a las masas dentro de la sala oscura, se desvanecieron como una borrasca ante las incontestables imágenes reales en alta definición de los nuevos y mediáticos desastres naturales. Más poderosas que cualquier ficción millonaria, invaden las (multi)pantallas y alcanzan el umbral de nuestros hogares. 

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