Jaime Martín: «Me gusta trabajar sobre lo feo, soy misántropo: no creo que vayamos a mejor»

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Jaime Martín

Dibujante precoz, Jaime Martín (Barcelona, 1966) se ha pasado toda una vida vinculado a las viñetas. Fue una referencia en el cambio generacional entre los dibujantes surgidos en los setenta y los que refrescaron la escena en los noventa. Su clásico Sangre de barrio se alimentaba de lo que ocurría en la periferia de las grandes ciudades para narrarlo sin épica, solo con un realismo que ya resultaba de por sí bastante épico. En sus siguientes trabajos mostró interés por diversos géneros, pero siempre con una mirada y sensibilidad hacia los excluidos y automarginados. Sus últimas publicaciones son de corte autobiográfico: los tres volúmenes de la «trilogía de los 20 años» comprenden las vivencias de tres generaciones de la misma familia. Son vidas de aquellos que atravesaron la guerra, la pobreza, la dictadura y las crisis económicas de la democracia. Viñetas que se detienen en las pequeñas historias, vivencias insignificantes para la alta política, pero que les ponen cara y ojos a los episodios de la historia. Testimonios sin los que no entenderíamos nada. Imágenes que pueden explicar más que un ensayo. 

Para hablar de tus orígenes no hace falta que nos remontemos muy lejos, porque es lo que has contado en tu último trabajo, Siempre tendremos 20 años. Un relato sobre la adolescencia, salir adelante en un barrio complicado, la adversidad, pero también la parte divertida.

El Hospitalet de finales de los setenta y principios de los ochenta, como te imaginarás, era un lugar que imprimía carácter. Era una ciudad dormitorio, con barrios construidos para los inmigrantes que vinieron de diferentes puntos de España a trabajar en la ampliación de Barcelona. En aquella época, más que ahora, vivir en una ciudad obrera implicaba cierta conciencia social y política. Eso era así en mi casa y en muchas más, aunque no tengo claro que se siga conservando esa conciencia de clase; creo que hemos sucumbido a las tendencias que desde hace años han tratado de diluirla para que nos sintamos falsamente igualados, aunque seguimos siendo clase trabajadora y cada vez más explotada, a pesar de los avances conseguidos. 

También tenía fama de ser muy violenta. En aquellos años se la llamaba «Hospitalet, ciudad sin ley», como en las películas del oeste. Había mucho quinqui, la delincuencia juvenil estaba a la orden del día, solo hay que ver las películas de «el Vaquilla». Esto te hacía ir siempre alerta por la calle, porque te podía salir un mangui en cualquier esquina. No era extraño que alguien volviera descalzo porque le habían robado las zapatillas. Todo esto te marca. Por ejemplo, ahora si me voy a Japón de vacaciones, donde dicen que no hay carteristas, no voy a dejar de controlar mi mochila ni un momento, porque me he pasado la vida viviendo de cerca todo lo que te digo.

Te iniciaste en las viñetas por la montaña de tebeos que atesoraba tu tía Catalina.

Catalina era la tía de mi madre, su casa tenía un gran patio con una higuera. Una parte de la casa era almacén, donde se amontonaban grandes paquetes de papel compuestos de revistas, periódicos y todo tipo de publicaciones. Se dedicaban a la compraventa de papel, pero también de envases de vidrio. Era tal cual lo dibujé en mi último álbum, una gran montaña de paquetes de papel por la que escalaba hasta alcanzar la cumbre y, una vez allí, iba arrancando revistas de un bulto o de otro y a leer. Me solían separar los tebeos en una pila aparte, pero también era divertido escarbar y descubrir tesoros. Lo recuerdo como el paraíso. 

Tu primer encargo vino de un cura.

Fue para anunciar la Semana Santa. Le hice un Cristo cargando la cruz y unos romanos que le daban con el látigo. Lo coloreé con ceras y me pagó cincuenta pesetas o algo así. En el siguiente curso me volvió a pedir otra ilustración, también para celebrar la Semana Santa, pero yo acababa de ver la película Tiburón. Me había impactado… Jodido Spielberg, todavía tengo miedo de que algo me coma los pies cuando me meto en el mar. La cuestión es que al cura le dibujé un tiburón. Se me había olvidado por completo que él esperaba un dibujo religioso. Se quedó en silencio mirando el papel y me devolvió la ilustración sin decir nada, ni siquiera le salió ese rollo de adulto complaciente en plan «toma las cincuenta pesetas, anda». Me lo devolvió y nunca más me pidió otro. 

¿Qué recuerdo te dejó esa educación religiosa?

Fue una época extraña, durante los primeros cursos de la educación primaria. Nos interrogaban constantemente acerca de si teníamos «malos pensamientos», o si hablábamos con chicas y de qué hablábamos, pero sobre todo estaban obsesionados con los «tocamientos». Yo era tan pequeño que no sabía de qué me estaban hablando, pero aquello les traía de cabeza. Menuda panda de retorcidos. Daban la misa en una capilla y antes de comulgar teníamos que confesar los pecados. Pecados de un crío de ocho o diez años… Muchas veces nos los inventábamos porque no teníamos nada que confesar. Le decías al cura: «He llamado idiota a mi hermano», y él contestaba: «Pero algo peor habrás hecho…». Entonces emprendíamos la escalada del mal: «Lo he llamado desgraciado», «Le he escupido», «Le he pegado». No sabíamos qué inventar, decíamos cualquier cosa, pero al final la conversación derivaba en lo de «¿te tocas o no te tocas?». Y, claro, como no sabía de qué me hablaban, pues le decía que sí, que cuando iba a mear me tocaba porque tenía que aguantarme el pito para no hacérmelo encima. Entonces el cura se cabreaba porque creía que le tomaba el pelo. Ese era el nivel. Menuda panda de retorcidos.

Te marcó ver a Ramones.

Fue el primer concierto que vi, en el año 80, en la fiesta del PSUC en Montjuïc. Cerraba Mike Oldfield

Vaya mezcla…

Sí, aunque tocaron a horas muy distintas. Mi madre se pasó toda la semana diciéndonos que nos iba a llevar a un concierto muy chulo el fin de semana, pero creo que no sabía muy bien lo que nos íbamos a encontrar. Ella nos despertaba todos los días con una cinta en la que había grabado de la radio canciones de Ramones, Ted Nugent, Sleepy LaBeef o Tequila. Íbamos al cole bien espitosos. Cuando supo que Ramones venían a la Festa de Treball, se alegró mucho, porque los creía simpatizantes comunistas. Mi madre era un poco como la protagonista de la película Good Bye, Lenin! Fue mucho después cuando descubrimos que a Johnny Ramone, que en realidad era muy de derechas, lo habían engañado. Explicó en una entrevista que no tenía ni idea de dónde lo habían metido. 

Pero tú al verlos tuviste la epifanía.

Fue como ver un grupo de extraterrestres, algo inesperado, pero el ambiente reinante también me marcó. Nunca olvidaré aquel magma rocanrolero que nos llevaba de un lado para otro. En aquel momento se puso en marcha un automatismo, el rock se convirtió en una religión que, junto con los cómics, me acompañó toda la adolescencia y juventud. Y así sigue. 

También fue alucinante que mis padres nos llevaran, porque yo tenía catorce años, mi hermano mediano doce y el pequeño tendría diez u once. A mi abuelo, aunque era progresista, aquello no le gustó nada. Era de una generación a la que no le entraba en la cabeza que un chaval llevase los pelos largos. Decía que así solo iban las chicas. Cuando éramos adolescentes nos ofreció una pasta si nos cortábamos el pelo hasta que intervino mi madre para que nos dejara tranquilos. 

Y con los cómics, el iniciático fue Creepy.

Cuando era muy pequeño quería ser pintor de cuadros realistas. Pensaba que cuanto más se parecía un cuadro a una fotografía, mejor era. Creo que ni siquiera pensaba en transmitir nada, solo pretendía imitar la realidad. Imagino que es normal, estaba iniciándome en la pintura. ¿Quién quiere contar nada cuando aún estás aprendiendo a construir una paleta de color? Cuando descubrí Creepy todo cambió. La narrativa del cómic me pareció más interesante que el mundo estático de la pintura. Además, yo adoraba el género de terror porque a mi madre le gustaban mucho esas películas y nos llevaba al cine a verlas con ella. A la revista Creepy le siguieron 1984, Totem, El Víbora

Que te lo pasó una chica, según cuentas.

Sí, en Siempre tendremos 20 años podemos ver ese momento. Eran dos chicas con aspecto de hippies incipientes, las más avanzadas de la clase, guapas y simpáticas. Una me dijo un día: «Déjate de tonterías, de muñequitos y extraterrestres, y léete esto». Y me dio un Víbora

Claro, entonces 1984 y El Víbora eran mundos completamente separados.

La revista 1984 eran los extraterrestres, los robots, los rayos láser… Todo muy bien dibujado, pura evasión. El Víbora era sexo, droga y rock and roll, denuncia social, etc., con unos dibujos nada academicistas. A los lectores de 1984, El Víbora les parecía una revista burda y fanzinera, mientras que a los lectores de la publicación underground, 1984 les parecía cosa de críos. Yo fui lector de 1984, aprendí mucho copiando a grandes dibujantes que publicaron allí, pero cuando descubrí El Víbora todo cambió. Las revistas de fantasía me atrajeron por sus dibujos; con El Víbora fue diferente, era el contenido lo que me atrapó. Sentí que había más gente como yo, que se encontraban atrapados en un mundo feo, lleno de problemas. En el instituto acababa de descubrir los canutos y en las historietas de El Víbora la mitad de los personajes los fumaban, en ninguna historieta de terror o de ciencia ficción vi nada parecido. El cómic underground fue otra revelación, como la de Ramones. 

Un profesor te dio una lección cuando te aconsejó que no te preocupase tanto reflejar la realidad en un dibujo porque tú podías ver más que una cámara de fotos.

Se llamaba Adrián Lanuza y estuvo muy acertado intentando hacerme comprender la importancia de la interpretación de la realidad y no tanto su imitación. Para eso ya estaban las cámaras de fotos, decía. En aquel momento también conocí a Josep Maria Beà y apuntaba en la misma dirección. Beà es un autor de cómics importantísimo que además editó junto con otros autores la revista Rambla, una cabecera mítica. Me recibió cuando yo tenía catorce años y me enseñó el oficio. Él también me insistió en prestar atención al mensaje, en ofrecer una visión personal de las cosas. Cuánta verdad en todo eso. Ante la infinita avalancha de excepcionales artistas que hoy podemos descubrir en internet, ¿cómo es posible destacar? Desde mi punto de vista, solo ofreciendo una interpretación original, con personalidad propia. En ese sentido, el descubrimiento de la revista El Víbora me hizo apreciar el guion por encima del dibujo. Todo cambió desde entonces. La forma es importante en cualquier producto, pero sobre todo lo es el fondo. 

La verdad es que ahora coges el Cimoc, o lo más famoso, el propio Moebius con Jodorowsky, y el dibujo es una obra de arte, pero en el guion es todo tan aleatorio que aburre.

Yo leí todo tipo de cómics porque estaba aún en la fase de aprender a dibujar y narrar, pero me olvidé pronto de la ciencia ficción y la fantasía, donde predominaba el academicismo. Con la música me pasó lo mismo, el virtuosismo dejó de impresionarme enseguida. 

¿Es verdad que por el bosque te podías encontrar en esa época calaveras con un agujero en el cráneo, como has dibujado en Siempre tendremos 20 años?

Mis amigos fueron de excursión a un pueblo abandonado del Baix Penedès, un lugar de difícil acceso, bastante lúgubre. Uno de mis amigos encontró el cráneo y se lo llevó a casa, lo conservó durante mucho tiempo. El agujero de la cabeza podría ser por cualquier motivo, estaba en muy mal estado, pero a mí me sirvió para introducir la historia del abuelo de uno de mis amigos: un hombre que acabó la mili durante la República, luego hizo la guerra y después otra vez la mili porque, según los franquistas, el servicio militar hecho durante la República no valía para nada… Unos seis o siete años jodido entre militares. Menudo drama.

Jaime Martín

Hubo dibujantes en la época que te rechazaron invocando a Umberto Eco.

Era un fanzine muy profesional, con autores mayores que yo. Les llevé historietas de melenudos que fumaban canutos, se emborrachaban, tomaban tripis y vomitaban… Y pasaron de mí, lógicamente. En aquellos años, el libro Apocalípticos e integrados, de Umberto Eco, era como la Biblia, el empujón que necesitaba el cómic para convertirse en un medio artístico con mayúsculas. Cuando vieron mis páginas fue como si les echase un cubo de basura sobre su bandeja de plata. Yo no daba la talla, no tengo duda, pero ellos seguían imitando a Moebius.

Les dio la confirmación, la validación que necesitaban.

Sí, Umberto Eco los elevó a la altura que ellos consideraban que debían estar. 

Eso también sigue, ¿no? Ha habido gente que hasta que no le han puesto el tebeo en tapa dura en una librería no ha podido comprar cómics sin sentirse mundano, vulgar. O lo peor: menos culto.

Tengo sentimientos encontrados con eso. Por un lado, me parece necesario que podamos hablar del cómic como un medio adulto, que se pueda encontrar en librerías generalistas, que no dé vergüenza llevar bajo el brazo y que su lectura a cualquier edad esté completamente normalizada y desvinculada del halo paternalista de la literatura. Pero no puedo evitar arrugar el morro cuando veo actitudes elitistas que, tratando de defender esto mismo, reniegan de aquello que consideran fuera de los estándares del buen gusto y el artisteo. Lo que hablábamos antes de Umberto Eco: lo peor es que esta actitud se da en las dos direcciones, y también los defensores del tebeo más popular arremeten contra los otros. Afortunadamente, las dos posiciones están cada vez más cerca y la gente alterna entre lecturas más densas o más ligeras según el momento, sin tener que hacer bandera de nada. Como cuando un día nos apetece un vino joven, sin demasiadas pretensiones, y en otro momento escogeremos uno más complejo. Yo no pienso renunciar a ninguno de los dos. 

Tus primeros pasos como profesional fueron muy pronto, en revistas como Caníbal, Bichos y Pulgarcito. En el Grupo Zeta te admitieron, pero con contratos leoninos…

Todavía era estudiante de bachillerato cuando empecé a publicar en Humor a tope. Los contenidos podían ser eróticos o políticos, yo tiré por los segundos. La primera historieta que publiqué se llamaba «Perros callejeros», como la película, pero los perros eran Margaret Thatcher, Ronald Reagan, Gorbachov… En casa toda la familia estaba muy politizada y me impregnaba de aquel ambiente. Lo importante fue que una vez que empecé a publicar todo evolucionó a mejor y de una manera bastante tranquila. No puedo quejarme de haber tenido inicios complicados, me resultó fácil. Aunque entonces yo lo viviera con cierta ansiedad, lo normal era que no me aceptaran en ningún fanzine, que no ganase ningún concurso de cómics y que mis primeros intentos editoriales fueran nulos. Era muy joven y estaba aprendiendo. De hecho, iba a las editoriales en busca de una opinión sobre mis dibujos, más que de un contrato. Si me hubieran ofrecido uno puede que incluso me hubiese asustado. 

Aparte de humor político, también hice infantil y juvenil para la revista Bichos, donde dibujé de todo, hasta pasatiempos. Era una revista semanal y eso me hizo trabajar a un ritmo constante. Aprendí a controlar los tiempos de producción y entrega, y desarrollé una gran autodisciplina. Además, mi trabajo se fusionó con mi vida privada y nunca lo percibí como algo negativo. Los fines de semana me iba con los amigos al campo, a alejarnos de las familias, los estudios, los trabajos… y a fumar canutos. Grabábamos en casete todas las majaderías que hacíamos cuando estábamos fumados, también tomaba notas en una libreta y allí mismo esbozaba algún guion.

Para el público infantil…

Sí. Leí un artículo en internet sobre la revista Bichos donde un antiguo lector, ya adulto, se preguntaba qué se meterían los autores mientras escribían aquellas historias. Me hizo mucha gracia porque, desde luego, yo sí que hice bastantes de aquellos guiones bajo la influencia del hachís y algún que otro tripi. Aquel lector captó el fondo lisérgico de aquellos trabajos. Pero, como decía antes, yo era muy disciplinado y siempre tenía preparada mi libreta para tomar notas [risas]. 

¿Cómo fue la entrada en El Víbora?

Fue más fácil de lo que me esperaba. Cuando nos juntábamos gente que aún no habíamos publicado gran cosa, en las conversaciones salían las revistas de Toutain, las de Norma, etc. En cuanto se mencionaba El Víbora, todos coincidían en que allí solo entrabas si tenías amigos dentro o si te drogabas. De El Jueves se decía algo parecido, que había que conocer a alguien para entrar. No eran más que habladurías sin fundamento, pero eso hacía que la gente se cortase bastante. A mí me gustaba demasiado El Víbora como para no intentarlo, así que para allí que me fui. 

Llevé una historia basada en la letra de un grupo llamado Rigor Mortis, que acababa de ganar un concurso de rock en Barcelona. Josep Maria Berenguer, el editor, no se quedó con mis páginas, pero me propuso trabajar con unos guionistas de la casa. Y así empecé, con historias cortas escritas por Alfredo Pons y Onliyú, de los que aprendí mucho. Pasado un tiempo, planteé mis propios guiones y ya me dejaron trabajar a mi aire, también con historias cortas. Nunca me pusieron pegas ni me marcaron directrices. Recuerdo El Víbora como un lugar donde se trabajaba en completa libertad. 

¿Ahora se dirigen más los proyectos en las editoriales?

No lo creo. Pero en ocasiones puede ocurrir cuando se trata de productos más comerciales, aquellos en los que la editorial tiene previsto llegar a un amplio sector del público y va a invertir bastante dinero. Suele pasar que pidan modificar tal o cual viñeta por considerarlas inapropiadas o cambios de guion porque, aunque el proyecto ya se había aprobado, al ver el texto en detalle alguien decide que tal o cual escena no es adecuada. Esas cosas son normales en este tipo de proyectos.

En productos más modestos no suele suceder así. O simplemente porque hay colecciones con unas políticas editoriales específicas que no dan lugar a esto. Por supuesto que hay que presentar un proyecto y este tiene que ser validado, pero una vez aprobado nadie suele meter las manos en el trabajo de los autores.

Te premiaron muy pronto por Sangre de barrio.

En el Salón del Cómic del 90. Tenía veintipocos años. Recuerdo que tuvo muy buena acogida en la prensa, incluso salió reseñado en el suplemento dominical de El País. Aquello aumentó aún más la popularidad del álbum, hice muchas entrevistas, tuvo una repercusión que no me esperaba. Me sentí desubicado, como si estuviéramos hablando de cine en lugar de cómic. Alguien me comentaba hace poco que, en aquellos años, en el cómic no se hablaba de personajes como los que yo retrataba, y por eso Sangre de barrio o Los primos del parque se hicieron populares… Puede que no fuera desencaminado. Cuando era adolescente, como lector de tebeos, no recuerdo ver personajes como la gente con la que me juntaba, melenudos rocanroleros, así que enseguida que pude me puse a dibujar cómics a medida, retratando a mis amigos y nuestras movidas. 

En la foto del premio salías con lo más: Vázquez, Eisner, Shelton…

Pero solo hablé con quien pude y como pude, porque era muy vergonzoso y mi inglés nulo. Con Eisner tengo un par de fotos, pero no recuerdo si llegamos a cruzar cuatro palabras. Con Vázquez sí, lo tuve como jefe en la segunda etapa de la revista Bichos. Era un tío muy jovial, muy divertido.

Sangre de barrio lo dibujaste en un piso de treinta y ocho metros cuadrados con toda la familia dentro.

Dormía en una habitación con mis dos hermanos. Trabajaba en el comedor con un flexo antiguo, de aquellos de latón, que quemaban como el demonio. Lo bueno es que el terrado era grande, y cuando alguien de la familia se estresaba a causa del hacinamiento, podía subir arriba a relajarse. Así trabajé hasta que me fui de casa. El resultado de aquello es que no me incomodan los espacios pequeños y he adquirido hábitos minimalistas que me facilitan la vida.

Es increíble que en esas condiciones y siendo tan joven te saliera un dibujo con esa madurez.

Soy muy currante. Y entonces era muy joven, le echaba las horas que hicieran falta y más, incluso salía la calle a sacar fotos para hacer mejores dibujos. Para Sangre de barrio compré una cámara réflex barata, una Zenit de fabricación rusa. Iba con mi novia en el coche, ella conducía y yo iba echando fotos a lo largo de un recorrido que había planificado para dibujar una secuencia de una persecución. Desde Hospitalet hasta Plaza España y luego montaña de Montjuïc arriba, disparando fotos sin parar. También hacía posar a mis colegas para las escenas de peleas. Quería ser un buen dibujante, y cuando Berenguer me dio la oportunidad de sacar un álbum supe que me lo tenía que currar a muerte. Y así lo hice. 

Hay canciones de Burning, de Ramoncín…

Eran grupos que me gustaban mucho y me inspiraban. También me ocurría con las historias de amigos o cualquier relato impactante que hubiera escuchado en la calle. En Siempre tendremos 20 años también aparecen letras de canciones. Según iba escribiendo el guion, me venían a la mente algunos temas y decidía incluirlos sobre la marcha. 

Hay una escena en que un personaje, Loli, va por la calle, un hombre se le acerca y le agarra por la vulva. ¿Llegaste a ver esa escena en la realidad?

Se lo hicieron a mi suegra y a mi novia, en el metro. A finales de los setenta y en los ochenta había esa tendencia entre machista y prehistórica en la que los hombres se creían con el derecho de poder hacer ese tipo de cosas a una mujer. Lo peor es que muchos creían estar haciendo una «gracia», y ellas no podían sentirse ofendidas porque se trataba de una broma. En Siempre tendremos 20 años hay una escena donde mi tía Isabel, al final de los setenta, atraviesa un túnel de peatones y se topa con un hombre que le echa mano a las tetas. Aquel pobre desgraciado no sabía que mi tía llevaba años practicando kárate, así que cuando le puso las manos encima, le activó el botón nuclear y le dio un golpe en el cuello que lo dejó KO. El tipo se quedó inconsciente; mi tía pensó que se lo había cargado y le dio dos tortas para despertarlo. Cuando recobró el conocimiento no entendía por qué le había pegado, el pobre idiota estaba convencido de que había hecho una broma. También recuerdo ir con mis padres y mis hermanos paseando por la Rambla, en los setenta, y a un marinero americano acercarse a mi madre y darle un beso. Mi padre se puso hecho una fiera y se enfrentó a tres yanquis enormes. Los tuvo que separar la gente. 

Jaime Martín

Los personajes del propio cómic eran muy machistas, puteros y homófobos. Se repiten varias veces los encuentros con travestis.

Siempre me ha gustado trabajar con personajes de vidas complicadas, aquellos que son estigmatizados por la sociedad, también marginales o los machistas y puteros que comentas. En los años ochenta abundaban estos estereotipos y a mí me gustaba hacerlos desfilar por mis historias. De adolescentes, salíamos de Hospitalet y nos adentrábamos en el Barrio Chino de Barcelona, nos creíamos exploradores en busca de los rincones más exóticos. En cuanto uno de los nuestros se sacó el carnet de conducir, las excursiones se prolongaron hasta altas horas de la madrugada y a lugares más lejanos. Visitamos las zonas más degradadas y lumpen de Barcelona, pero también los barrios ricos a los que no llegaba el metro. Visto ahora puede parecer una tontería, pero éramos mocosos descubriendo otras caras de la ciudad, aquello de lo que no hablaban nuestros padres ni las noticias. 

Si ahora alguien contase la vida en el barrio en esa época no se atrevería a meter esas situaciones, esas aristas.

No sé, tal vez. En aquellos años fuimos educados en un ambiente de machismo generalizado, y ahora, afortunadamente, cada vez menos. Cuando era joven no tenía filtro, es cierto, pero ahora, si tuviera que reeditar aquel material, me cortaría un poco. No sé si es bueno o malo, lo que sí sé es que no daría el mismo tratamiento a ciertas cosas. Sea como sea, la juventud es un espacio de libertad y es en ese intervalo de tiempo cuando hay que actuar irreflexivamente, con las tripas, porque luego ya nos ocupamos nosotros mismos de pisar un poco el freno.

Bueno, lo que sacaste era real. Es que así era la vida. Los comportamientos eran esos. 

Sí. A mi padre una vez lo sorprendí en la puerta de su trabajo, en el taller, diciéndole algo a una chica que pasaba por la calle. Él no me vio, pero yo a él sí. Cuando llegué a su altura le dije: «¿No te da vergüenza?», y se excusó diciendo: «No, no, que le he dicho una cosa bonita». 

Otra escena sorprendente es la de ir a la gasolinera a pedir que te echen gasolina en un trapo para luego tú inhalarla.

Cuando no teníamos dinero para fumar hierba esnifábamos disolvente, aunque no lo hacíamos mucho porque era una guarrería. Una vez un conocido de otra pandilla dijo que había estado inhalando gasolina y ya se sabe que a esa edad basta oír cosas así para salir corriendo a probarlas… Este era uno que, en una ocasión que no tenía nada que meterse, probó a colocarse dándose golpes en la cabeza contra la pared. Era un pobre diablo que solo quería ausentarse de este mundo, aunque solo fuera unos minutos. Estos detalles te dicen hasta qué punto pueden llegar algunas personas a desear cortar con la realidad. Qué fácil sería disponer de un interruptor y desconectarnos un rato para volver más tarde. 

Hay un fenómeno que se ha olvidado de lo que eran aquellos barrios, que es el de los pasotas, una generación que vio a sus padres deslomarse y no querían seguir el mismo camino. Como decía el historiador de las drogas Juan Carlos Usó en la web Sense Nom, en lugar de ganarse la vida, decidieron buscársela. Un personaje tuyo describía perfectamente ese espíritu cuando decía: «Yo nunca acabaré como mi padre, si he de joder a los demás, lo haré, pero no me arrastraré nunca». 

Esa frase se la había oído pronunciar a un buen amigo y la utilicé en Sangre de barrio; de hecho, el personaje que la pronuncia está bastante inspirado en él. Cuando se ha visto a los padres doblar el lomo y ser tratados de cualquier manera, cuando se vive en un barrio marginal y al ir a buscar trabajo se reciben miradas de desaprobación, esa actitud de «si he de joder a los demás, lo haré, pero no me arrastraré nunca» es más que comprensible. En los adolescentes, esa actitud puede ser una deriva hacia la delincuencia, y en ocasiones solo son maneras de tipo duro puestas en la boca de un crío. Por ejemplo, en una ocasión me inspiré en un perla de mi barrio, un delincuente en potencia, pero un púber, al fin y al cabo. Se juntaba con tres de mis colegas y se iban a su casa a beber vino barato. Ponían el tapón en la bañera y vaciaban tres cartones de vino y una gaseosa, como el que llena una olla de ponche. Luego sumergían los vasos y a beber. Cuando ya estaban tiernos salían a la calle y compraban una barra de helado, se la cortaban en cuatro partes y pedían ocho galletas. Y se iban a comer ese ladrillo de helado al parque, todo ciegos, dispuestos a buscar las cosquillas al primer pardillo que pasara por allí [risas]. Aquel tipo se convirtió en una buena pieza, como te decía. Un cacho de bestia que llegó a apagar una farola de un cabezazo. 

Joder con los cabezazos en tu barrio…

Hay gente muy bruta, sí, aunque la mayoría no hacemos esas cosas [risas]. En muchos casos, los personajes que desfilaban ante mí se movían en la cuerda floja, a punto de caer en el lado peligroso de la vida. Esa fragilidad es lo que quise reflejar en Sangre de barrio

¿Cómo es que los personajes de «La basca que más casca» no acabaron en El Jueves? Le pegaban mucho a la revista.

Llegué a recibir una oferta de alguien que formaba parte del consejo de redacción. Creo que era para hacer una serie con personajes parecidos a «Los primos del parque», que en aquella época publicaba en la revista El Víbora. Ya hace muchos años, y no recuerdo cómo fue. El caso es que no me pareció correcto hacer una especie de clon de algo que ya se publicaba en otra revista. Unos años antes sí que les llevé una propuesta de serie que acordaron publicar en una revista hermana de El Jueves, se llamaba H-DIOS-O. Pero justo cuando debía publicarse mi trabajo, la revista cerró. 

Al abrir Flores sobre el asfalto, donde uno espera encontrar sus historias de porros y tal, había una introducción de Beà que decía: «La técnica gráfico-literaria de introspección es usada por el autor —posiblemente por elaboración inconsciente— como objetivo concluyente de efecto-causa en el discurso formal del planteamiento narrativo, capturando al lector en un apasionado entretejido de situaciones recreadas por singulares personajes de inequívoco paradigma existencial». ¡Dios…!

Es que a Beà le flipa esa retórica. En aquella época, muchos personajes de sus obras hablaban así. Marca de la casa. Un prólogo de Beà es una extensión de su obra, tiene que estar escrito según sus propios cánones [risas]. De hecho, ayer mismo me envió una tira de humor que ha hecho para la revista Lardín, y sigue en esta línea. 

¿Cómo es que te dio por introducirte en el porno con Sex Games? Empecé a leer hace poco algunos números de esta colección de La Cúpula y se me caían de las manos los guiones, me pasaba igual que con alguna ciencia ficción. Sin embargo, tus historias aquí eran diferentes, era pornografía, pero con guiones basados en paradojas, etc. Había algo, al menos.

En esa época —estamos hablando de principios de los noventa—, oí en la editorial que el porno vendía bien. Por eso hice una serie de historietas de sexo autoconclusivas, con la idea de que se recopilaran en álbum. Había que pagar las facturas… Como no me gustaban las historias de sexo porque estaban llenas de topicazos y chorradas, me apeteció darles un toque de humor para echarnos unas risas, un humor negro, que me gustaba mucho. Años después, el jefe de producción de La Cúpula me dijo que, en mis historias de sexo, que deberían ser para poner cachonda a la gente, los personajes siempre acababan mal y les pasaba una desgracia tras otra. Todas daban mal rollo y al lector se le cortaba la trempera [risas]. Yo las hice más que nada porque necesitaba dinero, pero también para experimentar con diferentes técnicas de color. Imagino que dentro de la Colección X habrá quedado como un número un tanto anómalo.

Sin embargo, en La memoria oscura, que era una historia muy currada que hiciste justo después, había una escena en la que un chico de trece o catorce años iba a tener relaciones con una mujer mucho mayor que él, y eso era, en tres viñetas, mucho más excitante que cien páginas de porno…

La memoria oscura es una historia que dibujé en 1995, posterior a Sex Games. Allí quise hablar acerca de la salida de la pubertad y la entrada en la adolescencia. Era una historia de ficción, pero con elementos captados de mi alrededor, como siempre. Lo de los menores que se lo montan con una mujer de mediana edad era algo que me contaron unos amigos unos años mayores, cuando yo debía tener unos trece años. Son esas cosas que uno guarda en la memoria y un día les da salida en un relato. Suelo trabajar mucho con retazos de vida, de aquí y de allá, que voy engarzando en torno a un argumento. Me gusta, es una labor entretenida, de artesano.

Ahí empezaste a meter fotografía real intercalada, un recurso que has seguido empleando después.

Ese álbum es terrible gráficamente, no lo puedo ver. Empecé a experimentar con el ordenador en el año 92, tratando de integrarlo como herramienta de dibujo, pero en esa época en España no había ningún referente en el que fijarse y fue un aprendizaje duro. Los ordenadores solían tener entre dos y cuatro megas de RAM —ojo, megas, no gigas—, y ahí instalé una versión primeriza de Photoshop. Creo que sería el año 95 cuando hice esa historia. No podía trabajar las páginas a color enteras porque el ordenador no podía con aquello, tenía que escanear y colorear viñeta por viñeta para después montarlas con el programa de maquetación QuarkXPress. El ordenador se paraba por falta memoria RAM y le tenía que insertar un disquete vacío ¡con capacidad de 1440 kB! para que lo usara como memoria virtual. Cada vez que el Mac leía la memoria del disquete, hacía unos ruidos… Además, empecé pintando con ratón, aún no disponía de tableta Wacom. 

La cuestión es que, como estaba descubriendo las maravillas de las que era capaz Photoshop, esa historia quedó como un catálogo de todos los efectos que se podían hacer con el software. Iba probando todo lo que se me ocurría. Entonces me pareció muy guay porque no había nada así, y flipaba con cada efecto que se me ocurría. Pero con el paso de los años, cuando la informática se estandarizó y todos adquirimos la cultura visual que nos permite identificar los filtros y efectos que nos ofrecen este tipo de herramientas, de repente ese álbum me pareció monstruoso, aunque en su momento fuese innovador. Fue una pena, porque para esa historia hice estudios en acuarela muy bonitos, pero yo estaba decidido a introducir la informática en mi trabajo. Lo bueno de aquello es que adquirí una gran experiencia en el cómic digital que me permitió avanzar de forma rápida y segura en los siguientes trabajos.

Jaime Martín

La memoria oscura acababa como una reivindicación de la intimidad de cada uno, eso que te querían arrebatar los curas en el confesionario. Me llama la atención leerla hoy porque actualmente la intimidad es algo que casi no existe, que no se valora.

Sí, el valor de la intimidad fue un tema importante en aquel libro. Mi paso por el colegio de curas debió de tener mucho que ver, puesto que la intimidad era algo que ellos siempre trataban de arrebatarnos. Ahora, efectivamente, tiene un valor bien distinto al que recordamos los más mayores. Desde la total integración de las redes sociales en nuestras vidas ese valor ha ido a la baja. Las generaciones más jóvenes no tienen problema en exponerse ante miles de desconocidos, aunque yo lo veo como si fuéramos por ahí enseñando nuestro álbum de fotos personales a cualquiera que nos encontrásemos por la calle. Lo curioso es que quienes no somos nativos digitales también hemos cedido espacios de intimidad, porque todo nos lleva hacia ahí, ya sea por trabajo o por otros motivos. Me reconozco en ese estado de laxitud frente a lo que antes consideraba sagrado. 

No se pudo publicar en Alemania, y eran los años noventa. 

Empezaron a cambiar algunas leyes por unos casos de pedofilia que se hicieron públicos en los medios de comunicación. También hubo autocensura por parte de los editores. Yo estaba loco por publicar fuera, así que me alegré mucho cuando me dijeron que una editorial alemana iba a editar La memoria oscura, pero enseguida se echaron atrás a causa de una viñeta. Cuando me enteré de aquello, pedí a la editorial que les dijeran a los alemanes que no tendría ningún problema en cambiar la viñeta por otra menos explícita, pero se cerraron en banda. Mi gozo en un pozo.

Dices que Invisible te pareció durante un tiempo lo mejor que habías hecho nunca. 

El germen de Invisible empezó porque una vez, bajando por Paseo de Gracia con mi compañera, después de cenar en un restaurante japonés muy rico, disfrutando de una hermosa noche, noté un movimiento con el rabillo del ojo y vi, entre unos contenedores, un indigente que se subía los pantalones justo después de hacer lo que estuviera haciendo. Cuando nos cruzamos las miradas, parecía como que él me estaba pidiendo disculpas y yo me sentí muy violento, como si hubiese entrado en su casa sin pedir permiso. Me sentí muy mal. Esa misma noche empecé a tomar notas para esa historia. Eso fue en 2003, y estaba intentado cambiar el estilo de dibujo, pero no conseguí nada satisfactorio hasta que probé a hacer el entintado con ordenador. Como la tableta no tenía mucha sensibilidad, salió un trazo bastante tosco y me gustó el resultado. Hice algunas pruebas con ilustraciones que acabé publicando en El Periódico de Catalunya. Me animé e hice una historieta corta que enseñé a Paco Camarasa, de Edicions de Ponent. El personaje protagonista era un indigente y tenía algunas ideas para llegar a completar un álbum. Enseguida me ofreció publicarlo. 

Una mezcla de terror y denuncia con un rollo artie.

Me animé con esa rareza de historia porque el editor me dijo que, en aquella colección, Mercat, el autor podía hacer lo que le diese la gana en el formato que quisiera. La única condición era que había que entregar el libro maquetado y listo para la imprenta. Me pagaron poquísimo, de risa. La tirada fue menos que escasa, mil ejemplares. No tocaba ni a un ejemplar por librería en España. 

Pero siempre han sacado cosas muy bonitas.

El editor jugó la baza del «haz lo que quieras: cualquier formato, cualquier tipo de impresión, cualquier historia, pero pasta no hay». Mi compañera se encargó del diseño del libro y quedé muy contento con el resultado del proyecto. Fue mi primer cómic cien por cien digital, hasta entonces solo había usado el ordenador para colorear.

El punto del que no espera nada de la sociedad y no quiere nada de ella, que, aunque desde la sociedad se piense que está fuera, él como se siente es en la libertad absoluta.

Más de un compañero de profesión me ha dicho que mis historias son de poner mal cuerpo a la gente. Este álbum, Invisible, también es así, sin embargo, me apetecía acabarlo con un pequeño mensaje de esperanza. Habrá quien diga, habiendo visto el final, que vaya esperanza de mierda, pero la tranquilidad con la que vas por la vida cuando ya lo has perdido todo, sin miedo a nada, para mí es algo importante. Por supuesto que no es un final deseable para nadie, pero si nos quedamos con el concepto de «menos es más» y lo aplicamos a nuestras vidas, sobre todo en tiempos de crisis, veremos que es una herramienta de supervivencia muy útil. Hablando con amigos de la crisis económica de la década pasada, uno me comentaba lo mucho que perdió, pero también cuánto había ganado en libertad. Me interesan las historias en las que se recuperan cotas de libertad, como sea y a costa de lo que sea. 

Jaime Martín

Cuando dibujaste Lo que el viento trae, fue porque estabas leyendo a Bulgákov. Hiciste un guion muy elaborado, complejo. Un paso más allá de lo que habías hecho hasta entonces. 

Siempre quise dibujar una historia de terror, como lector de la revista Creepy que fui. Me hubiera encantado poder publicar allí, pero cuando me convertí en profesional la revista ya no existía. En 2005 leí Morfina de Bulgákov y empecé a escribir una adaptación. Pensé que estaba libre de derechos y resulta que no era así. Llamé a CEDRO y me dijeron que faltaban unos pocos años; no era mucho, pero no quise esperar. Así que deseché gran parte de lo escrito y decidí seguir adelante a partir de otras lecturas y también de una leyenda que me había contado Josep Maria Beà. Una de esas lecturas fue El siglo de los cirujanos, un compendio de casos médicos anteriores al descubrimiento de la anestesia. Puro terror. Si algún día me preguntan cuál ha sido el mejor descubrimiento del ser humano, diré sin dudar que es la anestesia. Leer acerca de operaciones de piedra en el riñón, sin anestesia, pone los pelos de punta… O morías de shock traumático o sufrías lo indecible durante la operación para después fallecer de una infección. 

La leyenda que comentaba antes es la historia de un joven al que, a comienzos del siglo XIX, en un pueblo de Girona, lo sorprendieron robando un reloj. Como castigo le agujerearon las palmas de las manos con un hierro incandescente. El chico huyó despavorido a la montaña, se quedó a vivir allí y enloqueció. Cuando soplaba la Tramontana, el viento le pasaba por los orificios de las manos produciendo un silbido que en ese momento le hacía recordar el duro castigo al que fue sometido. Entraba en tal estado de enajenación que, si un día de viento se cruzaba con alguien, lo asesinaba sin más. Así fue como nació Lo que el viento trae

Es curioso que Balabánov rodara solo un año después su película sobre Morfina.

Alguien me comentó en aquella época que el cómic y la película tenían una estética muy parecida. Supongo que ambos recurrimos a las mismas fuentes para documentarnos: los pintores rusos. Precisamente un lector ruso me comentó lo bien ambientado que le había parecido el cómic, incluso en detalles como las tazas de té. Y es así porque me apoyé mucho en la pintura de la época. Es allí donde se encuentran las cosas tal como son, desde los estampados de la ropa hasta unos candelabros, mientras que, en el cine, generalmente, se apañan con lo que tienen porque el presupuesto es el que manda. Luego, a partir de esa información detallada, cada cual interpreta el entorno estético según le interese. 

¿Por qué en Todo el polvo del camino trabajaste con un guionista?

Wander Antunes es el autor del guion, una historia ambientada en la Gran Depresión americana. Me acababan de publicar Lo que el viento trae y debía ponerme a escribir el siguiente proyecto. Cuando me ofreció dibujar su historia, me pareció buena idea porque pensaba que al mismo tiempo podría ir trabajando en mi próximo guion, Las guerras silenciosas. Ocurrió que Todo el polvo del camino requirió un gran esfuerzo de documentación y me lo pasé tan bien dibujando que al final no escribí nada. Solo dibujé y dibujé, y quedé muy satisfecho del resultado. El álbum fue nominado a los premios del Festival Internacional de BD de Angulema en 2011. Salió a la venta en plena crisis económica.

Coincidía con la nuestra.

Totalmente. Por puro azar, llegó en el momento más oportuno. La historia arranca con este texto: «Los señores de Wall Street la han armado buena. Todo el país está de rodillas. Hasta ese banco que me quitó las tierras y se fue a la quiebra no hace mucho». Era justo eso lo que estaba pasando ante nuestros ojos.

Te apasiona Steinbeck.

De Steinbeck me marcó en su día Las uvas de la ira, claro, pero también lo hizo Fitzgerald con El gran Gatsby. Los contrastes son algo que me interesa mucho y en la novela de Fitzgerald hay momentos memorables. Me gusta la parte fea de la sociedad, siempre me ha atraído trabajar el lado oscuro. Me cuesta quitarme esa capa de misantropía. No soy optimista, no creo que vayamos a mejor. Todo se está hundiendo y seguimos encabezonados en no verlo, perpetuando conductas que no hacen más que abocarnos a un mal final. Creo que mi nivel de aceptación de la conducta humana está en el límite. Tengo que huir de la gente, cada vez tolero menos a las personas y a la sociedad tal y como está actualmente construida. Por eso me desahogo contra ese tipo de actitudes en mis historias. 

A veces tengo la impresión que mi trabajo lo utilizo más como terapia que como medio de ganarme la vida. Mientras estoy ocupado en un nuevo álbum me libero de esa presión y permanezco en mi burbuja durante dos años o lo que dure el proyecto. Cuando salgo de ese entorno controlado y me reencuentro con el mundo real, aprovecho para obtener nuevas ideas para la próxima historia. Así que, como te decía, me gusta trabajar con los contrastes y también lo valoro como lector. 

En tu último álbum, los efectos de la crisis quedaron perfectamente retratados. Con ese personaje que tiene una trombosis venosa en los pies por la cantidad de trabajo que ha soportado como cocinero, algo que, si me lo cuentas de un trabajador del sudeste asiático, me parecería horrible, y resulta que ocurre aquí.

Siempre tendremos 20 años es una historia que debía acabar en la década de los noventa. Ya tenía casi terminado el guion, pero un día me reencontré con un amigo de toda la vida que había desaparecido del radar durante unos años. Fuimos a tomar una cerveza y me contó su historia. Había estado desconectado de la pandilla por una situación personal poco agradable, de pareja, de trabajo, de dinero, un montón de cosas. La cuestión es que había estado trabajando en restauración, le gustaba mucho la cocina, había estudiado para ello, y cuando llegó la crisis la economía se fue a pique y acabó trabajando donde podía, como todo el mundo. Restaurantes cada vez peores, contratos abusivos, cocinas muy pequeñas, donde a veces eran tres y no se podían mover porque estaban encajonados, hombro con hombro. Si uno no alcanzaba el bote de sal se lo tenía que pasar el que estaba al lado de la sal, porque ninguno de los tres se podía mover. Imagina que tu radio de acción ocupa cuatro baldosas del suelo, como en un submarino. 

Estaban ahí todo el día, porque en hostelería se trabajan más horas de lo que marca la ley. Tenía una pequeña pausa para comer un bocadillo, allí mismo, de pie porque no había sitio para más. Un mes así no pasa nada, pero un año tras otro… Cuando llegaba a casa estaba tan cansado que tenía que elegir entre cenar o dormir. Acabó agotado y mal alimentado. Parece que también le afectó el hecho de llevar apretada durante tantas horas la cinta del delantal, dificultando el riego sanguíneo. Empezaron a dolerle los pies, un día los tenía tan hinchados que no se pudo abrochar las zapatillas y se fue descalzo al médico. Se le pusieron las piernas azules y no podía flexionarlas, andaba como si fuera un muñeco de Playmobil. Recibió una buena bronca del médico por no haber acudido antes, ya que podía haber sufrido una trombosis y haberse quedado allí.

Yo creo que es lo que voy a recordar siempre de ese tebeo.

Para mí fue trascendental. El guion ya estaba acabado, pero cuando mi amigo me contó esto, removió todo mi interior. Hice un cambio de planes y modifiqué el guion, alargando la historia hasta los años de la crisis económica para mostrar una evolución mucho más amplia del grupo de protagonistas. 

Jaime Martín

Antes de 2005 tuviste una crisis creativa en que estuviste a punto de dejar el oficio.

No exactamente. Tenía períodos de crisis bien localizados, siempre entre el final de un proyecto y el comienzo de otro. Era en ese intervalo de tiempo, que podía durar semanas o meses, cuando lo pasaba mal. Aquel agujero negro me absorbía y no me dejaba escapar fácilmente. La incertidumbre de no saber de qué vivir hasta que se me ocurriese la siguiente historia, la presión de las críticas, las ventas, renovar la confianza de los editores… Cuando identifiqué cada uno de los motivos por los que me sentía así y comprendí que esos ciclos seguirían repitiéndose porque eran parte de mi oficio, me liberé de aquella angustia.

Por otro lado, está mi decisión de explorar el mercado francés. El cómic atravesaba un momento de crisis en España, la revista El Víbora cerró definitivamente, los precios que se pagaban por la realización de un álbum seguían siendo insuficientes porque la base de personas que leen tebeos es la que es. Me di cuenta de que llevaba demasiados años trabajando mucho y cobrando poco, por lo que acabé haciendo más trabajos alimenticios de los deseados. Era terrible, la publicidad nunca me ha gustado, pero está muy bien pagada si la comparamos con la historieta, así que imagínate la dicotomía: aquello que te gusta te hace sufrir mientras que lo que te desagrada te ofrece una buena vida… Decidí que, antes de decir adiós a los tebeos, me daría una última oportunidad. Enfoqué mi trabajo al mercado francés porque era el que podía ofrecerme mejor perspectiva de futuro, por pura supervivencia.

¿En qué medida te ha ayudado Francia profesionalmente?

En 2007, empecé a trabajar para la editorial Dupuis y desde entonces me siento como en los primeros años, lleno de ilusión y con ganas de contar cosas. Puedo volver a vivir del cómic, modestamente, pero satisfecho de saber que estoy haciendo lo que quiero en cada momento. Además, he conectado con un nuevo público, no solo en Francia, también aquí, gente que no conocía nada de lo que había hecho en los ochenta y noventa. Es una situación ilusionante.

¿Qué feedback te llega del público francés con estas historias tan españolas?

Los lectores franceses valoran mucho descubrir nuevas cosas. Muchos se enfrentan a la lectura no solo como una forma de evasión, sino también para aprender algo. A mí me parece genial porque yo también soy ese tipo de lector. Me gusta que, con la trama, además de pasármelo bien, descubra hechos históricos o detalles de una profesión, de un colectivo, de lo que sea. Además, con libros como Jamás tendré 20 años y Las guerras silenciosas, he descubierto que están muy interesados en la Guerra Civil y la dictadura. 

Una vez, un profesor francés contactó conmigo porque tenía previsto viajar a Barcelona con un grupo de estudiantes para fin de curso, y querían aprovechar para visitar los refugios antiaéreos de la ciudad y las baterías antiaéreas del barrio del Carmelo. Me pidió si podría darles una charla sobre cómo vivieron la guerra mis abuelos y hablarles del álbum Jamás tendré 20 años. Y así lo hicimos: cuando llegaron a la ciudad me acerqué al instituto que los acogió y allí estuvimos un buen rato hablando de todo aquello. Todo surgió casi de una semana para otra, pero fue muy gratificante ver el interés de aquel profesor y su grupo de estudiantes.

En Las guerras silenciosas contaste la mili de tu padre.

Sí. Este álbum es el primero de la «trilogía de los 20 años». Mi padre hizo la mili en Sidi Ifni y conozco bien sus batallitas desde que era pequeño. De mayor me di cuenta de que ese podía ser un buen material para un cómic. Cuando me decidí a escribir sobre su paso por Ifni a comienzo de los sesenta, me fue de gran utilidad el diario en el que mi padre había ido anotando sus vivencias. Durante la realización de la parte gráfica, si no encontraba fotos que pudieran ayudarme a dibujar algún rincón del cuartel, por ejemplo, la cantina, me sentaba a su lado con una libreta y él me iba describiendo con detalle cómo eran las cosas. Le iba enseñando los dibujos y me iba corrigiendo según le parecía. El resultado quedó convincente, según me han ido diciendo muchos de los veteranos de Ifni a los que he ido conociendo en las sesiones de firmas de Las guerras silenciosas. Eso me animó a afrontar el siguiente reto, la Guerra Civil tal como la vivieron mis abuelos. 

Me llama la atención que retrataste a tu familia recogiendo botellas de vidrio para sobrevivir en la posguerra y ahora esa es una escena frecuente en Berlín, jubilados con pensiones bajas o sin ella, que buscan vidrio todo el día para sobrevivir…

Sí, sí, lo he visto en un documental de la televisión pública alemana. Al final, nos damos cuenta de que no estamos aprendiendo demasiado. Mis abuelos se ganaron la vida así durante la posguerra, mis padres también conocieron eso en su juventud, en los cincuenta y los sesenta, y yo también he sido testigo de esa precariedad en los ochenta, pues en mi calle había almacenes donde la gente iba a vender botellas, cartones y hasta pan duro. Pues así seguimos aún, en un mundo precario… 

Aparecen en la historia los bofetones con los que se trataba a los soldados en la mili. 

Es un matiz importante. Un bofetón es más humillante que un puñetazo. 

Son pequeños detalles locales que reconoces como propios, que los has respirado.

Supongo que te refieres a la escena del cura militar repartiendo tortazos en Las guerras silenciosas. En casi todas partes, la religión y el ejército forman una piña, pero en España es algo… Mi padre hizo la mili en 1963 y mi hermano en 1987, y ambos podrían contar las mismas mierdas respecto a los curas castrenses. En algunos aspectos, esa experiencia con el poder ejercido por religiosos era muy parecida a la que viví de niño en el colegio de curas, salvo que mi padre y mi hermano la sufrieron en un cuartel siendo adultos, que es más humillante. 

Cuando ven a dos bañarse juntos en el mar…

En ese momento tiene lugar un interrogatorio que pretende ser sutil, pero es muy tosco. Así me lo describió mi padre. Los curas militares trataban de encontrar alguna «maldad» en dos reclutas que se escapan a la playa a darse un baño. Siempre obsesionados con encontrar una relación homosexual, tocamientos inapropiados… Esa actitud de tratar a las personas como seres despreciables, cargados de culpa, de suciedad, es algo tan prehistórico, tan triste… 

Sobre la jura de bandera de tu hermano, al final del volumen, añades la documentación que empleaste y hay un manual militar que decía: «La autoridad de mis jefes viene de Dios, se la otorga España»; «Todo deber entraña sacrificio, no me entretendré con la blandura femenina, escogeré siempre el más duro deber». De remate, se menciona a Franco como «salvador de España», y lo más cachondo del tema es que esto circulaba en los cuarteles ¡en 1987! Textos que parecen yihadistas…

Esas fichas las dibujé tal como son en el álbum Siempre tendremos 20 años, las usaban para la formación teórica de los reclutas. Estamos hablando de la mili en 1987, como dices, pero el ejército iba a la suya y seguía con ese discurso franquista, patriotero y machista propio de la dictadura. Mi hermano me habló de un cura militar que les daba la misa —obligatoria, por cierto— donde el tipo se ponía en mitad de la ceremonia a hablar de los objetores como una «pandilla de maricones y cobardes que merecen ser fusilados». Este era el molde con el que se trataba de dar forma a los jóvenes reclutas. Elementos como esos son los que han abonado el terreno a los soldados que veíamos estos días en las noticias, haciendo el saludo fascista y jaleando a los oficiales que hablaban de fusilar a no sé cuántos millones de españoles.

Otra mentalidad que recuerdo es lo de que no ibas a ser nadie si no tenías la mili. A mí me decían lo de «lo mejor es quitársela cuanto antes».

Sí, yo también lo recuerdo. Mi padre me comentaba que, tanto en las empresas como en la familia de tu novia, no se te trataba como un adulto si no pasabas ese trámite. Si no hacías el servicio militar estabas bajo sospecha: ¿Estás enfermo? ¿Escondes algún problema? En mi época no había tanta presión social, pero recuerdo que, si eras objetor de conciencia, no podías trabajar en organismos públicos. Yo me pude acoger a la nueva ley de objeción de conciencia del año 87, si no recuerdo mal, en el último momento. Eso evitó que los objetores fuésemos tratados como delincuentes. Con ese trámite de hacernos pasar por el aro militar pretenderían enderezarnos a todos y que no «se echara a perder la juventud del país».

La imagen que dibujas del carguero varado en una playa del desierto me parece espectacular; en una película sería un fotograma histórico. Encima, es real. 

Sí, allí sigue desde los sesenta, si no antes. Antes de escribir Las guerras silenciosas ya sabía que dibujaría ese barco, porque mi padre nos enseñó la fotografía y ya entonces me pareció una imagen muy potente. A mí me recuerda la película de El planeta de los simios, pero reemplazando la Estatua de la Libertad del fotograma final por el carguero. En ocasiones me han comentado que mis tebeos tienen un punto cinematográfico. Es curioso porque, cuando pienso en escribir una nueva historia, me lo planteo como si fuese a hacer una película, no como un tebeo. Sin embargo, el cine es algo que ni controlo ni me ha llamado nunca la atención como medio de expresión.

Jaime Martín

Tu hermano grabó en una cinta los recuerdos de la guerra de tu abuelo.

A mi hermano José María siempre le han interesado la historia reciente y los conflictos bélicos. Un día quiso conocer la experiencia de mi abuelo durante su paso por la guerra. Ya lo había intentado en otras ocasiones, sin éxito, por eso no tenía mucha esperanza. Le acercó una vieja grabadora, hubo un tira y afloja, y empezó a hablar y hablar hasta que acabó la cinta. Contó toda la guerra y parte de la posguerra. Esa grabación me fue de gran ayuda en el desarrollo del guion de Jamás tendré 20 años.

Frases escalofriantes que salen en el cómic, la de que preferían que los matase la Guardia Civil que los falangistas, porque estos disparaban a la tripa para que murieran lentamente.

Ese detalle lo saqué de la hemeroteca de La Vanguardia. En los primeros meses del conflicto se produjo un intercambio de prisioneros y los republicanos recuperaron a un preso que estuvo en Melilla. Esa persona relató cómo los falangistas pasaban cada noche por el calabozo y se llevaban un grupo de republicanos para asesinarlos de un tiro en el estómago, lo que les producía una muerte larga y dolorosa. Cuando se produjo el relevo y fue la Guardia Civil quien se encargó de los asesinatos, aquel hombre contaba que al menos estos tiraban directamente a matar, lo que les supuso un gran alivio. Qué triste paradoja. 

Tu abuela tuvo que salir a salto de mata de Melilla.

Creo que dibujar a mi abuela huyendo por los tejados de Melilla es uno de los momentos cumbre de Jamás tendré 20 años. Tuvo la suerte de que un militar retirado, fiel a la República, la avisó de que aquella noche irían a por ella. La pusieron en una lista porque diseñaba el vestuario de un grupo de teatro de jóvenes anarquistas. En esa huida por las afueras de Melilla, se encontró con los cuerpos de sus amigos asesinados, imagen que llevó grabada a fuego hasta sus últimos días. Siempre nos hablaba de ese noviete anarquista que tuvo, lo hacía delante de mi abuelo, sin tapujos, porque aquel chico fue quien estuvo más cerca de conseguir que mi abuela aprendiese a leer y escribir. Ella era una niña en los años veinte, cuando dejó la escuela; un profesor le había dado un tortazo y salió corriendo a la calle, agarró unas piedras y rompió los cristales del colegio. Por eso dejó los estudios, entró a servir en una casa y allí permaneció varios años. Solo volvió a intentar leer con este chico, pero lo mataron el día del golpe de Estado y ya nunca aprendió. Aún recuerdo la voz de mi abuelo leyéndole el periódico todos los días. 

A la madre de tu abuelo le quisieron robar el bebé.

Por lo visto era habitual en esa época. Mi compañera me contó un caso igual relacionado con su familia. Durante las épocas de absoluta miseria, médicos y religiosos hacían de intermediarios entre la persona que había tenido un hijo y la que quería adoptar, y en la mayoría de casos se producían abusos de poder. 

Hablas también de ejecuciones sin miramientos en el lado republicano.

La que describo en Jamás tendré 20 años me la contó mi abuelo, que recordaba todo, hasta la época del año en que sucedió, por cómo estaban los campos de cultivo. Contaba que, mientras tenían rodeado un pueblo de Aragón tomado por los franquistas, un joven escapó del pueblo y se unió a los republicanos. Cuando el alcalde tuvo noticia, ordenó a la Guardia Civil que fusilaran a la madre de aquel joven, para dar escarmiento. Los hechos llegaron al hijo de la mujer asesinada y aquella misma noche entró en el pueblo y sacó de la cama al alcalde y al guardia civil al mando, los condujo hasta las líneas republicanas y los ejecutó. Barbaridades así tengo grabadas un montón, pero todo tiene un límite. 

Al acabar la guerra, estuvo a punto de ser ejecutado.

Vinieron a buscarlo a casa en mitad de la noche, armados con fusiles. Mi abuelo recordaba los nombres y apellidos, tanto de su delator como de sus acompañantes. El apellido de su delator, que no es muy común, coincide con el de un cargo importante en el PP de mi ciudad. No sé si tienen relación o no, ni me importa; no creo que los nietos deban cargar con las culpas de los abuelos. Lo que sí creo es que cuando a tantos políticos de derechas les molesta que se saque de las cunetas a los represaliados republicanos será porque algunos abuelos de esos políticos tuvieron que ver con esos asesinatos. 

El detalle con lo de tu abuelo es que nunca pudo volver a pisar en el lugar donde se ejecutaba a la gente después de la guerra, donde ahora hay un centro de salud.

Se salvó porque en el pelotón de fusilamiento había una persona que había ido al gimnasio de boxeo con él, antes del inicio de la guerra, lo reconoció y lo apartó del grupo. En mi barrio, el lugar donde asesinaban a los republicanos acabada la guerra era un descampado maloliente, a quinientos metros de la casa de mi abuelo. En aquel lugar había un curioso negocio donde se compraban animales muertos para hervirlos y hacer abono para los agricultores. Si te encontrabas cualquier animal muerto, lo llevabas ahí y te lo compraban. Era un lugar nauseabundo. Según contaba mi abuelo, allí trabajaban mujeres, entraban a las seis de la madrugada y se encontraban con los cuerpos, algunos aún con vida, de los pobres desgraciados a los que los falangistas habían fusilado. Los dejaban agonizando toda la noche y las trabajadoras tenían prohibido auxiliarlos, no podían darles ni agua. Morían cruelmente, en el barro, con aquel olor a sopa de animal descompuesto que salía de los calderos. En los ochenta, en aquel mismo lugar se edificó el centro de salud del barrio de Santa Eulalia. Por ese motivo mi abuelo nunca asistió al centro médico. Murió con casi cien años y jamás lo vieron por allí.

Mi abuelo vivió momentos desgarradores, que debieron de dejarle huella, como la historia de un amigo suyo, huido a Francia al acabar la guerra. Volvió a España tras el llamamiento a la reconciliación que hizo Franco, que era una trampa. En cuanto llegó al barrio y se instaló en casa de su hermana, apareció la policía. Se lo querían llevar. El hombre decía que estaba limpio y tenía sus papeles en regla; los policías ni caso, se lo querían llevar sí o sí; la hermana desconfiaba y sujetaba a su hermano para que no se lo llevasen, y uno de los policías sacó la pistola y mató a aquel hombre en la puerta de su casa, delante de su hermana. Guardó la pistola y se fueron sin más. La hermana enloqueció y ya nunca se recuperó. 

De adolescente, la relación con mi abuelo no fue fácil. Se enfadaba conmigo por llevar el pelo largo, por los pantalones rotos, por la música que escuchaba… Cuando empecé a conocer todas estas historias sobre su pasado entendí muchas cosas. Demasiado cuerdo se había conservado para el drama que vivió. 

Y la historia del miliciano que le cae un jamón en la cabeza, lanzado desde un avión, y se la revienta ¿Eso es de tu abuelo también?

Parece que en Belchite lanzaron víveres desde un avión a los fascistas que permanecían sitiados. Los alimentos iban dentro de cajas de madera, atadas a un paracaídas. Debió de abrirse una caja de la que salió una pata de jamón, que cayó desde gran altura, como una bomba, con la mala fortuna de impactar sobre un soldado, aplastándole la cabeza. Cuando nos lo contaba lo hacía como si fuera un chiste, para quitar dramatismo, porque éramos pequeños. Es puro humor negro. Estás en la guerra muerto de hambre, esperando el maná del cielo, y te cae un jamón y te deja tieso…

Haciendo balance, ¿qué futuro le ves al cómic en plena revolución tecnológica? ¿Crees que morirá con nuestras generaciones, o habrá relevo?

Creo que lo interesante es que la lectura de cómics sea transversal, que nos liberemos de prejuicios y saltemos de un género a otro, disfrutando de todo lo bueno que este medio nos ofrece. Hay una amplia base de jóvenes que leen cómics, solo hay que ver los festivales de manga. Ahí está una buena parte del futuro. El cómic se irá adaptando a los tiempos, a los nuevos soportes que vayan surgiendo, incorporando nuevas formas de expresión. Puede que sea diferente a lo que hoy entendemos como un cómic, pero en el fondo será lo mismo. Si a un antiguo usuario de carruaje tirado por caballos le dieran un paseo en un coche eléctrico conducido por un ordenador, ¿entendería que eso es una evolución de su carro? Tal vez no, en un principio, pero no tardaría en darse cuenta de que sí lo es. Quién sabe si pasará algo así con los tebeos.

Decías en una entrevista en TVE que el cómic era el cine de los pobres. Matizo: el cine de los pobres de antes.

Era una manera rápida de decir que el cómic es un medio barato para transmitir historias, y esa economía de medios es la que lo hace totalmente libre comparado con el cine. La historieta no soporta la presión que hay en cualquier medio de masas en el que intervienen grandes intereses económicos. Por eso la gente del cómic seguimos ejerciendo esta actividad. Hemos pasado por épocas mejores y peores, sabemos que es un medio que no siempre nos pone las cosas fáciles, pero nos sentimos gratificados porque tenemos la certeza de que avanzamos hacia un ideal, por un camino tortuoso, pero estamos muy cerca, casi lo tocamos con la punta de los dedos. Pocas personas pueden disfrutar de esa sensación. La búsqueda de espacios de libertad está por encima de todo y quienes hacemos historietas lo sabemos.

Jaime Martín

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2 Comentarios

  1. Interesante entrevista. Yo he leido un par de sus trabajos, Siempre tendemos 20 años y Jamás tendré 20 años, y los dos están muy bien, me han dejado con ganas de más. Un buen dibujante y buen narrador.

  2. Gran entrevistador y gran entrevistado.
    La trilogía de la memoria, o “de los veinte años”, como aquí la llama el propio autor, es una auténtica maravilla, especialmente “Siempre tendremos 20 años”.

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