Buenos tiempos para el baile y la filosofía

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baile filosofía
Eva Ryjlen en el videoclip de «Bailas». Imagen: SonoSuite. baile

Habrá quien ya lo haya borrado de su mente (y no podemos culparles), pero, cuando explotó la burbuja de la pandemia y descubrimos que Occidente era tan vulnerable a la amenaza vírica como Oriente, un grupo de organizadores de eventos idearon un traje para asistir a festivales y a bares de copas llamado Micrashell. Dando rienda suelta a su imaginación, y viendo que la distopía había llegado —presumiblemente— para quedarse, diseñaron una prenda de corte ciberpunk, con su escafandra con un código QR bien grande, su entrada para vapear (sí, en serio) junto a otra para introducir no-se-sabe-muy-bien-cómo bebidas alcohólicas, sus guantes de limpiar el baño hasta los codos y, en fin, todos sus avíos con luces led y mucho fluorescente para que la fiesta no pare. Porque una cosa es que el mundo se acabe, y otra, muy distinta, es que rompamos la promesa del profeta Sabina y no nos pille bailando. O, peor, que le quitemos la razón a Fredric Jameson cuando decía aquello de que «es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo».

Bromas y ordinarieces aparte, la loca propuesta de un EPI festivalero fue, quizás, la segunda señal de un nuevo síntoma comunitario traído por la expansión del SARS-CoV-2, que no se hospedaba en los pulmones, sino en la visión de nuestro entorno y el futuro. Como si el tiempo hubiese sido definido ya para siempre en torno a la pandemia, como si se hubiese detenido, con carácter retroactivo, haciendo del futuro una repetición en bucle del ahora enfermo: como si fuese más fácil pensarnos bailando con bolsas de plástico en la cabeza (como peces recién sacados del centro comercial más cercano), antes que volviendo a la «antigua normalidad». 

La primera señal, sin duda, fueron las prisas que les entraron a los participantes de Sopa de Wuhan (VV. AA., 2020) por volcar un análisis a contrarreloj de lo que estábamos viviendo y lo que nos quedaba por venir, como si quisieran ganarle la partida al tiempo, al futuro, o, simplemente, intentar dejarnos fatal a todos los que todavía nos excusamos de llegar tarde a los temas de actualidad arguyendo que, sin perspectiva ni distancia temporal, no hay posibilidad de análisis certero. En fin, que siempre ha habido dos clases: los nostálgicos y los futurólogos. Los creadores de Micrashell son ambas, a todas luces.

Lo curioso de estos dos ejemplos, que hemos mencionado juntos y consecutivos, es que la filosofía, en principio, parece contraponerse al baile. Y, si no lo creen, intenten imaginarse a Agamben, a Žižek, o, yo que sé, a Nietzsche, bailando. Aunque este último reconociera que «solo creería en un dios que supiera bailar». Y, por esa aparente contraposición, imaginamos que Robe Iniesta ha marcado como segundo movimiento de su última obra maestra, Mayéutica, una canción que, sin tapujos, se llama «Mierda de filosofía», y que, a modo de himno generacional de los boomers y los millennials, nos hace cantar con él lo de: «no quiero asomarme al borde del abismo, que tengo que acercarme y pierdo el equilibrio. Que no quiero asomarme ni al fondo de mí mismo, que pierdo el equilibrio y yo solo quiero hacerte bailar, bailar, bailar, bailar como una puta loca». Mientras se paladean a fuego lento estas últimas palabras, pesadas en contraste con la ligereza del mensaje y de la música que le sigue, podemos pasearnos por los primeros comentarios de YouTube de la canción para ver cómo la justicia poética se abre paso a través de las impresiones de los oyentes, quienes, deleitados por las letras y los giros de guitarras eléctricas de un rock apisonador, viviendo en presente la esperada sensación orgiástica postmascarilla, no dudan en hablar de, y desde, sus abismos y otras formas de espiritualidad .

Algo parecido a lo que pasa dentro de la canción de Eva Ryjlen, «Bailas», también lanzada este año dentro del álbum Onírica, en la que se rompe la expectativa del título al no ser mencionada explícitamente la acción de moverse al ritmo de la música ni una sola vez, pero sí sus efectos: la sensación de armonía del cosmos y de los danzantes en el lapso de un baile que viene a restituir el significado religioso de los espasmos corporales. Los mismos efectos curativos que pone a nuestra disposición Zahara en el estribillo de «Berlín U5» (adivinen el año de publicación): «Llévame a bailar, como si aún fuera real, como si fuéramos ese animal, como si el mundo no se fuera a acabar, como si el universo no tuviera un plan. Aunque quiera llorar, tú solo llévame a bailar». 

Que nadie se alarme, que no es nuestra intención decir aquí que con la pandemia se ha inventado la música de baile (no electrónica) como vía de escape de una realidad cada vez más pesada y difícil de digerir. No somos tan jóvenes como para no haber escuchado a Chubby Checker, ni tan viejos como para negar el reggaetón. Ni, tampoco, pretendemos proclamar que se ha abierto una nueva dimensión entre baile e intento de superación del pesimismo, porque hemos tenido la suerte de corear las canciones de los Burning o de los Zigarros, y de dejarnos llevar con el Pájaro en su solemnemente exquisito «Yo fui Johnny Thunders». Pero sí parece que esta situación límite nos ayuda a recordar la función corporal enfatizada de acercamiento radical al otro, la necesidad de ese contacto carnal donde es el lenguaje no verbal el que marca las reglas del juego sin tener que verse privado, por ello, de la falta de reflexividad. Es decir, que esta situación pone otra vez sobre el tapete lo primario del baile como un «estar de acuerdo en reorganizar lo que uno ha sido hasta ese momento», que diría Ramón Andrés en Filosofía y consuelo de la música (2020). La parte lúdica, que en las últimas décadas solíamos asignarle al baile, queda relegada a un segundo, si no un tercer, plano al habernos visto privados de ella por fuerza mayor, obligados a volver a tomar asiento en el espacio del espectador distante, propio de la ópera, virtualmente callado y quieto en su butaca —aunque en la realidad esté buscando la patata con más colorante en el fondo de una bolsa de formato familiar—, porque para el que crea y/o disfruta frente a él, no hay nadie en frente, no hay otro y, por tanto, no hay opción a estar creando algo común.

Y es entonces cuando el baile desenfrenado, lejos de desaparecer por convertirse en una versión renovada del 4’33’’ de John Cage, muta a su forma pasada, desconocida para la mayoría de los presentes, en la que el deseo por volver a bailar con un otro distinto a los convivientes, o al reflejo en el espejo, es deseo por encontrar un relato coherente con la memoria de uno y, a la vez, la de todos. Adentrarnos en una catarsis similar a la de los bailes tribales y religiosos pudiendo desentendernos, justamente, de lo físico, por cederle la responsabilidad de coordinación a un motor inmóvil que mueva nuestros pasos, cuasi poseídos, para redescubrirnos en el goce interior que provoque el peso de nuestro cuerpo contra el suelo o contra otros cuerpos en movimiento. Dicho de otro modo, que el tiempo de las coreografías y de la estética del baile parece haber quedado, por ahora, en suspenso, pues lo que apremia es el anhelo de sentirse a salvo, de sentir que somos dueños, por lo menos, de nuestro papel en el teatro del mundo, y de la esperanza en un futuro mejor. Mejor en lo más básico que se despacha en cuanto a dignidad humana: pensar que se pueden llegar a generar nuevos símbolos y recuerdos, idénticos en frecuencia cardiaca a los de antes de la pandemia. 

Porque, verán, el problema no radica, como ciertos sectores de la sociedad se empeñan en defender, en las restricciones de movilidad según la tasa de incidencia covid, sino en que, dentro del espacio que tenemos para movernos, no nos sentimos libres de poner en práctica «la necesidad espontánea de bailar el mundo» (Santiago Bolaños, 2020); ni tampoco para sabernos parte de una sociedad de la que nos sintamos orgullosos («Cantando y bailando se manifiesta el ser humano como miembro de una comunidad superior». Nietzsche, El nacimiento de la tragedia, I), porque lo único que parece unirnos, ahora que no hay verbenas, ni festivales, ni ferias de pueblo, es el coexistir en una sociedad vulnerable y enferma. El carácter retroactivo de la percepción temporal y vivencial que nos aprieta, que mencionamos unos párrafos atrás, nos lleva a evocar cierto temor por haber dado por sentado que no nos podían quitar lo bailao.

A lo mejor, desde esta intuición comunitaria, es de donde surge la paradoja de poner en las letras, de manera explícita, lo que le estaba reservado a la música instrumental, a sabiendas de que esas canciones nunca podrán ser interpretadas en directo como antes, porque el horizonte de posibilidad cercano parece, como hemos dicho, incapaz de soltarse de la situación actual. De modo que, si no podemos saltar, si tenemos que permanecer sentados, podamos imitar el éxtasis de un baile con la voz y con el movimiento de la imaginación, dándole cuerpo a los recuerdos que tal vez nunca lleguen a materializarse tal y como los pensamos, pero que funcionen como renovación de la esperanza en pause.

Y, por si todavía no se ve claro, la filosofía únicamente se contrapone al baile en su embalaje, en la forma, o en el músculo ejercitado de apertura a la experiencia, si lo quieren. Porque, aunque se entienda que la filosofía es un acto concienzudo, serio, muy serio, de la más alta gravedad, de mirada cínica (o sea, perruna; o sea, como el perro con mirada sospechosa de los Simpsons) y semblante oscuro, cuando el filósofo, o la filósofa, o la persona que se pone a filosofar, se sumerge en el pensamiento, está asistiendo a su propio baile de ideas. Bucea en su memoria para seleccionar al bailarín principal y, luego, este, se encarga de encontrar las parejas más insospechadas, así como cadencias que no siempre se corresponden a lo que en un primer momento había sido orquestado. Como el baile que realizan las extremidades piernas-brazos, la tarea de pensar supone un esfuerzo por sacar a la superficie algo que solo preexistía hasta ese momento como intuición, haciendo del cuerpo, por un lado, el medio para religar lo íntimamente nebuloso de la mente con lo extenso soleado del mundo exterior; por otro, sabiendo que es fin en sí mismo, en tanto que ser es, también, ser cuerpo, y que pensar en él es ponerlo, de algún modo, en movimiento. Y puede darse en la mente el baile frenético que quiere adelantarse a los acontecimientos futuros para preparar al cuerpo propio y al ajeno a lo que vendrá; y a la par, el pausado, que busca la conexión con los latidos ya vividos para afianzar los pasos del baile, organizados, memorizando el papel y la partitura a representar. Pero, vamos, que todo esto tampoco es nuevo, porque estaba ya en Platón

—¿Y qué no? — dirá alguno que haya leído al Ateniense o a Whitehead.

—Pues también es verdad — habrá que contestarle.

Decía Platón que tanto a los recién nacidos como a los enfermos o extasiados hay que mecerlos constantemente, «que si fuese posible, sería preciso que estuviesen en casa como en una barca en el mar» (Platón, Leyes, VII, 790d), porque con ello se templa el alma, y permite al perdido encontrarse, ubicarse de nuevo en el mundo como danzante. Es decir, habiendo conquistado la virtud de traducir los pensamientos en gestos significativos y sanadores. ¿No os suena esto a lo que narran los comentadores del último disco del Robe?

Pero, sintiéndolo mucho por los fans de Platón, si alguien lo expresó de manera cristalina, ese fue Silvio Fernández Melgarejo al afirmar que «hay que tener rock, roll, hasta para llevar un paso, porque es la única manera de que no te pese nada». En ese ir hacia adelante y hacia atrás que representa el rocanrol se encuentran la filosofía y la música hermanadas, siendo, cada una de ellas, partes distintas de un mismo bálsamo, que nos conectan con lo primario y dan algo de orden al fragmentarismo claustrofóbico que nos acecha tras el silencio de las salas de conciertos vacías.

En fin, que parecen buenos tiempos para el baile y la filosofía, o, mejor dicho, para reflexionar sobre la potencialidad del baile (como recientemente también mostró Paula Ramos en su análisis político «Danzad, malditos, danzad»), sin distraernos con movimientos de cadera, o midiendo cuán bajo se llega al perrear y cuánta dignidad ha quedado al subir. Habrá que aprovechar, porque cuando nos dejen de nuevo menear el bullarengue, seguramente, el contenido de este artículo quede en agua de borrajas al vernos demasiado ocupados, ya sea como víctimas de un nuevo episodio comunitario de coreomanía, o abrazando cabras, como marca en un nuevo imperativo categórico postpandémico Rigoberta Bandini en «Fiesta». Con suerte, sin Micrashell mediante, que las cabras no tienen culpa de nada.

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2 Comentarios

  1. Genial, y con unos giros de prosa asonante, bien templados, con ritmos aquí y allá como para empezar una danza sin reglas. Creo que fue Schopenhauer que dijo que los músicos eran los mejores metafísicos, o sea quienes mejor explicaban los objetos de tal disciplina, como el alma, la libertad, el amor, la religión. Y si es así, entonces los que bailan vendrían a ser como la coreografía de la vida, si no la vida misma. Y si lo hacen con la música roc, mejor todavía, y si es con Sex Pistols, sublime. Me ha hecho recordar viejos bailes desenfrenados. Excelente lectura, señora. Gracias.
    Se baila con el olvido a las espaldas en un estado de extrañeza con el cuerpo que se mueve que parece que el mundo fuese pista despreocupado de su giro, y tu cintura que presiento ya lista y los ojos de los otros bailarines abiertos a la danza y no basta el cálculo incierto de la espera y cuánto dure nuestro anhelo de que no acabe esta música que nos hace libres y vibrar los cimientos de una casa donde por un hecho fortuito se festejan los años que se han ido Y se bailabailababaila extraviando los sentidos en la noche sin edad sin fin y sin principio esperando aquel lucero fríofríofrío que apenas respira y titila todavía exhausto por el fervor de tanta danza.

    • Gracias a usted, señor E.Roberto. Por su tiempo de lectura y por su estimulante y bellísimo comentario.

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