
Marcaban los calendarios el mil novecientos y pico cuando a un tipo alemán llamado Thomas Mann se le encendió la bombilla. «Todo es política», dijo con la emoción de quien logra aparcar el culo en el metro en hora punta. Era escritor y un espabilado. Uno de esos adelantados a su tiempo. Tenía razón, pero no era el momento. A los rostros entendidos que le rodeaban, le faltaban todavía un par de vueltas para llegar conceptualmente hasta el mismo lugar. «Todo es política». Hoy nadie tuerce el gesto al escuchar la revelación de Mann; ni si quiera el más distraído. Ayer. Hoy. Todo es política. O, más bien, todo es (y ha sido siempre) susceptible de serlo. Todo. Incluso la danza.
«Muévete y devuélveme el poder»
Año 2010. La caribeña nación de Trinidad y Tobago se preparaba para celebrar elecciones a la presidencia. Se enfrentaban los dos principales partidos del país: el UNC (United National Congress) —apoyado por la población hindú— y el PNM (People’s National Movement) —que reunía los votos de la mayoría de los afrocaribeños de la región—. No se preveían, sin embargo, unos comicios normales. El UNC, también conocido como «Partido Indio», tenía un plan: que la empresa británica Cambridge Analytica hiciese magia y le devolviese el poder. Sí, magia. La larga lista de precedentes exitosos de dicha compañía —autodefinida como «agencia de cambio de conducta»— provocó que todos los miembros del partido aplaudiesen (y mitificasen) sus capacidades del mismo modo que un devoto lo hace con el poder del dios de turno.
Con la mirada (siempre) fija en las posibilidades de cosechar una victoria más, los cabecillas de Cambridge Analytica tuvieron claro desde el principio que rechazar la petición de trabajar para el UNC no era una opción. Trinidad y Tobago les abría una nueva oportunidad de reafirmar su paradigma. Uno que parecía no fallar nunca. Cambridge Analytica peleaba siempre por ganar; por los intereses de sus clientes, pero también por los suyos propios. Porque sí, Cambridge Analytica se beneficiaba (también) en cada caso en el que intervenía con mucho más que dinero; rostros adulados dispuestos a repetir, alimento para seguir engordando el mito, y —en el caso particular de Trinidad y Tobago— el encuadre indirecto de un mensaje dirigido al mundo entero: «ni el rincón más recóndito del planeta se nos resiste».
Aceptada la petición, los tipos y tipas de Cambridge Analytica se concentraron en trazar el plan perfecto para darle al UNC lo que quería: ganar. Tras el pertinente y concienzudo estudio sobre el terreno, comprendieron que no podían basar su estrategia en la prototípica captación de votos; de esa manera, las posibilidades de que el UNC se hiciese de nuevo con el poder sin sobresaltos por el camino eran casi nulas. Con los sondeos y análisis sobre la mesa, la superagencia no tardó en llegar a la conclusión de que la clave de su éxito en esos lares pasaba por aumentar la apatía social hacia el genérico hecho de votar. Sobre todo entre los más jóvenes, que no tenían esa «conciencia» respecto a la importancia de acudir a las urnas que sí presentaban sus predecesores. Nada de tratar de convencer con promesas y eslóganes a los paisanos para que votasen por el UNC. El objetivo era uno y único: conseguir movilizar a los jóvenes para que no votasen. La cosa, claro, no era tan fácil como ir pandilla por pandilla diciendo «oye, tú, no votes». Tenía que ir mucho (muchísimo) más allá y Cambridge Analytica lo sabía. Siempre lo sabía. El truco estaba en conseguir que los sujetos-objetivo en cuestión comprasen la idea y la interiorizasen de tal manera que sintiesen que lo hacían única y exclusivamente por convicción propia. Cuando no.
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