Matad a Kennedy 

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John F Kennedy
John F Kennedy en 1960. (DP)

No olvidemos

Que una vez existió un lugar

Que durante un breve pero brillante momento 

Fue conocido como Camelot

Fue Jackie quien le contó al periodista de Time, Theodore White, que a su marido le gustaba escuchar música antes de acostarse. La que le dijo que su tema favorito era el final de Camelot, el musical representado en Broadway entre 1960 y 1963 obra de Alan Jay Lerner, compañero de Harvard del propio JFK, y cuyos últimos versos son los que abren este texto. 

«Nunca volverá a haber otro Camelot», le insistió a White la viuda que siete días antes había tenido la sangre de su marido esparcida sobre su modelo de Chanel. Ella, que aquel mismo día habría de ser testigo, con el Chanel todavía ensangrentado, de cómo a rey muerto, rey puesto. Por eso a White, cronista-amigo, le dijo: «Habrá otros grandes presidentes, pero jamás volverá a haber otro Camelot». El universo mítico recreado por el británico T. H. White en el libro The Once and Future King (1958) y en el que se hacía soñar a la gente con una mesa redonda como el mundo en la que las naciones, como caballeros, se sentarían lideradas por Arturo, el rey justo entre los justos.

Jackie Kennedy, antes Bouvier, no se sentó jamás en una mesa redonda que no fuera la de un cóctel benéfico o un acto de partido. Tampoco su marido, que por supuesto nada tenía que ver con Arturo. Pero fue Jackie, la viuda de América, la encargada de cerrar el círculo mítico abierto en torno JFK el 22 de noviembre de 1963 en Dallas, Texas. A las 12:30 hora local, al menos dos impactos de bala segaron la vida de John Fitzgerald Kennedy y de paso la inocencia del país más poderoso de la Tierra. Según la historia oficial el presidente, de cuarenta y seis años, había sido asesinado en directo por Lee Harvey Oswald. Casi sesenta años después, lo único claro de aquel suceso es que ningún presidente norteamericano volvería a circular en un descapotable. También que allí murió el hombre y nació la leyenda.

Para llegar a mito el camino más rápido es morirse. Nadie dice que JFK, un tipo al que perdían las mujeres incluso más que el poder, pensara en la muerte como modo de dejar huella en la historia. Sí que la huella que JFK ha dejado en la historia tiene mucho que ver con aquellas dos balas, el trabajo de su viuda y la televisión. Porque aquel día y los tres siguientes, el que se hizo mayor con el resto de EE. UU. fue el medio: el 93 % de las televisiones mundiales sintonizaría en algún momento con lo que fue la primera gran cobertura masiva de la historia. 

Cuando se cumplieron cincuenta años del asesinato del presidente más mitificado de la historia de EE. UU. junto a George Washington, Abraham Lincoln y Franklin D. Roosevelt, un sondeo de Gallup certificaba que, para el 74 % de los estadounidenses, JFK era el mejor presidente moderno (desde Eisenhower). Por encima del glorificado Ronald Reagan, el hombre del milagro económico y el tipo que a base de palo y zanahoria dejó lista de papeles a la URSS. 

Jackie Kennedy era una profesional y sabía lo que se hacía. Puede que la presidencia de su marido hubiera acabado de forma repentina pero quedaba la tarea de forjar una leyenda. Y allí estaba Jackie pero también Arthur Schlesinger y Ted Sorensen, dos de los asesores de cabecera de JFK que se dedicaron a maximizar su legado en sendos libros. Todo el trabajo del clan Kennedy para poner a uno de los suyos en la Casa Blanca no podía terminar de un plumazo y era hora de sentar las bases para que en cuanto fuera posible, otro Kennedy recuperara el cetro. Hasta el momento no ha habido ocasión, pero la leyenda sigue intacta. 

Frente a la imagen popular, pocos son hoy los que sostienen la luminaria de JFK. La mayoría de los historiadores lo consideran un presidente «del montón». Por debajo de Harry Truman por ejemplo, cuyo logro es ser el único mandatario en haber lanzado dos bombas atómicas sobre población civil. Sin embargo, y pese a todos los problemas, que eran muchos ya antes de su asesinato, JFK era una figura icónica para gran parte de sus compatriotas. El reflejo de la imagen que el país pretendía mostrar al mundo: joven y carismático con un prometedor futuro. Incluso podría decirse que en los dos años y diez meses que duró su presidencia, el reinado mágico «de mil días y mil noches», en palabras de Sorensen, había logrado lo imposible: impedir que el mundo saltara por los aires en la crisis de los misiles cubanos en 1962 y, antes, en el Berlín dividido; además de acabar con la vergüenza de la discriminación racial. Al menos una de las dos cosas es cierta y el apocalipsis atómico todavía no se ha producido. Aunque el agradecimiento debería ser compartido con Nikita Jrushchov. El tortuoso matrimonio que fue la guerra fría era cosa de dos. 

Cuando presentó su candidatura en 1960, JFK dijo que conseguiría los derechos civiles de la minoría negra: «Si soy elegido, acabaré con la discriminación de un plumazo», prometió. En 1963 no había movido un dedo. JFK era un pragmático con una fachada impecable y no quería molestar a los demócratas del sur, casi tan racistas o más que los republicanos y a quienes necesitaba para otros menesteres. Cuando los delegados sureños lo respaldaron como candidato a vicepresidente en la convención demócrata de 1956, Kennedy confesó a los suyos que se pasaría el resto de su vida cantando «Dixie», la canción compuesta en 1859 por Daniel Decatur Emmett y que los estados del viejo y racista sur confederado adoptaron como himno oficioso. 

Pero ahí tenemos a Kennedy. Nacido en el seno de una influyente familia de Boston con una flor en el culo que se convirtió a los cuarenta y tres años en el segundo presidente más joven de EE. UU. después de Theodore Roosevelt. El primero nacido en el siglo XX y el primer católico. Un conservador pragmático que consideraba «repugnante» el aborto y el comunismo la encarnación del mal sobre la faz de la tierra. La propia Eleanor Roosevelt, viuda de Franklin Delano, lo llamaba «el pequeño McCarthy». Sus compañeros durante los catorce años que sirvió en el Congreso y el Senado veían en él a un «engreído incapaz», mientras que los sindicatos eran para JFK «un cáncer a extirpar», como podría dar fe el fantasma de Jimmy Hoffa

John no estaba predestinado a la Casa Blanca. Esos planes los reservaba su padre Joe para el primogénito de la familia, Joseph, pero el destino quiso que la guerra mundial se cruzara en sus planes. Mientras Joseph moría al explotar el bombardero B-24 Liberator en el que volaba el 12 de agosto de 1944 sobre Inglaterra, su hermano se convertiría en héroe en las aguas del Pacífico. Fue el 2 de agosto de 1943 cuando la lancha de Kennedy, una PT-109, fue abordada por el destructor japonés Amagiri cerca de Nueva Georgia, en las islas Salomón. John cayó de la lancha hiriéndose la columna, una lesión que unida a sus otras dolencias harían de él un adicto a los calmantes. La leyenda dice que ayudó a sus otros diez compañeros sobrevivientes, y cargó a uno hasta que fueron rescatados. Por esta acción JFK recibió la Medalla de la Marina y del Cuerpo de Marines. Hollywood convertiría el suceso en película en 1963. Hay que decir que el futuro presidente nunca se sintió cómodo en ese rol. Cuando un reportero le preguntó por ello durante la campaña presidencial, Kennedy contestó: «Fue involuntario. Ellos hundieron mi barco».

El patriarca Kennedy era un irlandés hecho a sí mismo que a principios de siglo había medrado en el seno de la buena sociedad bostoniana, especialmente en los años de la Prohibición. Nadie mejor que un irlandés sabe de la insaciable sed del género humano. La fortuna trajo las relaciones políticas y acabó como embajador en Londres entre 1938 y 1940. La presidencia le quedaba lejos, no a sus hijos, y errada la bala de Joseph llegó el turno de John. Este se dejó llevar pues a nadie amarga un dulce como la Casa Blanca. Lo tenía todo y el resto lo compró el dinero de su padre. 

La leyenda atribuye a su encanto buena parte de su victoria en 1960. Especialmente a su telegenia. Se suele citar el debate del 26 de septiembre de 1960 frente al vicepresidente Nixon. Otro mito. En los tres siguientes encuentros, Nixon pateó el culo de Kennedy, sobre todo en el último centrado en política internacional. En aquel momento, si los debates eran una novedad, también las encuestas de opinión. Pero había. En concreto Gallup dispone de datos que demuestran que el enfrentamiento entre ambos fue parejo. Desde mediados de agosto, los candidatos se mantuvieron empatados y poco o nada influyeron los debates. Cualquier ventaja cosechada por un Kennedy impoluto frente al enfermo y sudoroso Dick del primer cara a cara se había disipado ya antes de la elección del ocho de noviembre. El presidente Dwight Eisenhower hizo campaña por Nixon y la foto final demostró lo apretado de la votación. Kennedy cosechó 49,72 % del voto frente al 49,55 % de su rival. De unos 69 millones de votos emitidos, JFK ganó por 112 827 votos (el menor margen de la historia). En todo caso, su victoria no acabó dependiendo de los votos de los electores muertos que el alcalde de Chicago, Richard J. Daley, al más puro estilo electoral gallego, levantó de sus tumbas para votar por Kennedy. Como haría muchos años después George W. Bush frente a Al Gore, JFK se habría llevado también la elección ya que en el colegio electoral ganó con 303 votos contra los 219 de Nixon (se necesitaban 269 para ganar). La acción del patriarca se notó y bien. La mafia irlandesa puso en marcha su red de influencias. También la italiana, con quien Kennedy mantenía estrechas relaciones, vía amistad (Frank Sinatra le llamaba «Pollito»), vía alcoba: el todavía candidato compartía amante, Judith Campbell, con el boss de Chicago, Sam Giancana.

Campbell fue solo una de las muchas que pasaron por la cama presidencial. Entre ellas destacó Ellen Rometsech, esposa del agregado militar de la embajada de la RFA en Washington y, según J. E. Hoover, espía de la RDA. Rometsech era una celebridad en los círculos de poder masculinos de Washington. JFK estaba enterado y entre 1961 y 1962 tuvo acceso al Despacho Oval. Su especialidad, dicen las crónicas, era el sexo oral y no hay trabajo más estresante que el de presidente de EE. UU. Bill Clinton, que durante su campaña de 1992 blandió una foto de 1963 en la que aparecía estrechando la mano del mito, citó a Kennedy más que ningún otro presidente vivo. En su afán por imitarlo hasta metió a Monica Lewinsky debajo de la mesa y casi le cuesta la presidencia. 

Y por supuesto Marilyn Monroe hasta que la cosa se hizo demasiado evidente y la rubia tuvo que superar el veto presidencial en brazos de su hermano Robert. «En privado, Kennedy vivía consumido por sus relaciones sexuales casi diarias y sus fiestas libertinas en un grado que resultaba chocante para los miembros del grupo de agentes del Servicio Secreto que le protegían», escribe el célebre periodista Seymour Hersh en The Dark Side of Camelot, publicado curiosamente poco ante del escándalo Lewinsky.

Uno de aquellos agentes era Anthony Bouza, un gallego nacido en Seixo en 1928 y emigrado a Nueva York a los nueve años. Califica a JFK de «mal presidente» cuyas acciones tenían muy poco que ver con sus grandes discursos. Porque la leyenda de Kennedy se debe también a sus discursos, obra muchos de ellos de Sorensen y Schlesinger. Desde el célebre «No preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta lo que tú puedes hacer por tu país» de su discurso inaugural el 20 de enero de 1960, hasta el «Ich bin ein Berliner» («Yo soy berlinés») pronunciado el 26 de junio de 1963 en Berlín occidental con motivo del decimoquinto aniversario del bloqueo de la ciudad por parte de los soviéticos. Pero como muy bien ha demostrado Obama, los discursos son poco más que palabras bonitas en boca de un magnífico orador. En sus libros de 1965, tanto Sorensen y Schlesinger se ocuparon de moldearlo a gusto para donar una imagen del presidente mucho más acorde a sus propios postulados liberales, muy lejos de los del propio JFK. Por ejemplo, ambos invierten cronológicamente dos discursos sobre las relaciones con los soviéticos para presentar a JFK como un perseguidor de la paz y el entendimiento cuando en realidad era un exacerbado luchador de la guerra fría.

Es curioso que sin embargo ni la viuda hubiera quedado satisfecha con la benévola imagen que de su marido darían sus colaboradores. Jackie ya había dictado en la entrevista que Life publicó el 3 de diciembre de 1963 cómo debería ser recordado JFK. Nada más. En 1973, en el décimo aniversario de su muerte, The New York Times pidió a algunos historiadores una primera evaluación de la figura de JFK. Uno de ellos vaticinó que en cincuenta años «se lo habría tragado» la historia. Richard Neustadt, un politólogo cercano a JFK, dijo: «No creo que la historia tenga demasiado espacio para John Kennedy. La historia es poco amable con las figuras de transición».

Hoy podemos decir que si la historia ha sido poco amable lo ha sido con su sucesor apresurado, Lyndon B. Johnson, convertido en presidente inesperado en la cabina del Air Force One ante la mirada perdida de la viuda. Ella nunca se lo perdonó. 

Él, Lyndon B. es, con sus muchas sombras, el gran presidente de los años sesenta en EE. UU. Pero la cámara adoraba a JFK y poco relato podía ofrecer un hábil político de Texas frente a un joven héroe de guerra al que la mismísima Marilyn había susurrado el «Cumpleaños feliz». Hoy pocos se acuerdan del viejo Lyndon B. Da igual que se lo jugara todo por los derechos de los negros, incluida la Ley de Derecho al Voto de 1965, dejando varios cadáveres por el camino. No importa que fuera LBJ el que pusiera en marcha el plan nacional contra la pobreza que, solo unos días antes de ser asesinado, Kennedy había descartado por ser «demasiado caro». No importa que fuera LBJ el que aprobara el Medicare para los ancianos y el Medicaid para los pobres. En la memoria queda que LBJ la cagó en Vietnam ―pese a que JFK fue el que se enfangó en una guerra que no se podía ganar― para acabar retirado y olvidado en su rancho de Texas. No es de extrañar que un cabrón como Frank Underwood tenga un retrato de LBJ en su despacho. 

Pero claro, pocos pueden resistirse a la imagen de John F. Kennedy Jr., con tres años, haciendo el saludo militar al paso del ataúd de su padre. Una verdadera lástima. La historia precisa de relato y nadie mejor que los yanquis construyéndolo. Aunque sea propio de la mitología artúrica.  

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One Comment

  1. kennedy era un ser humano con virtudes y defectos,pero duela a quien le duela, hizo historia y en general ella lo juzga con benevolencia, por ello aunque los perros ladren la caravana pasa.

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