Charly García, el tipo que no quería volverse tan loco (y al final lo logró)

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Charly García
Charly García en 1976. Foto: Rubén Andón.

«Lo que más me gustó es ese personaje que inventaste: Charly García». Eso le decían los lectores españoles a Martín Lombardo tras leer su primera novela, Locura circular (Los Libros del Lince, Barcelona, 2010), que narra las desventuras de un argentino que se ha mudado a la Ciudad Condal y busca su destino allí guiado por las canciones de su ídolo, su faro: Charly García. Todo el texto, narrado en primera persona, está surcado por las letras de esas canciones, fragmentos ensamblados en el relato como una suerte de hilo conductor, de leitmotiv.

Lo curioso es que, por supuesto, no se trata de una invención de Lombardo: Charly García existe. Es un tipo de carne y hueso que vive en Buenos Aires, que en estos días está cumpliendo setenta años y que probablemente sea el artista popular más extraordinario que ha dado la Argentina y uno de los más grandes de América Latina en el último medio siglo. Nada menos.

¿Y cómo puede ser que en España sea tan poco conocido —que se tome por el personaje de una novela— un músico de este calibre, un tipo del que se puede arriesgar semejante afirmación? Quizá porque sus años más brillantes fueron también los del rock argentino, la década de 1980, que coincidió con la movida madrileña y unos años brillantes también para el pop español. Tal vez por razones comerciales que escapan al público conocimiento. A lo mejor García sea «demasiado argentino» y quién sabe si por eso los pocos españoles que lo escucharon no lograron conectar con él (una de sus canciones se titula «El karma de vivir al sur»). En cualquier caso, conviene conocerlo. Hablemos de Charly García. Tratemos de describirlo, de contar quién es. Si acaso esto es posible. Quienes saben de filosofía oriental afirman que el Tao que se puede explicar con palabras no es el verdadero Tao; tal vez podría decirse lo mismo de Charly García. Pero tal vez no. Hagamos el intento.

* * *

La historia puede empezar en 1972, cuando se editó su primer disco. Desde ese momento, y durante las dos décadas que le siguieron, Charly compuso e interpretó decenas de canciones —una veintena de discos en casi veinte años—, muchas de las cuales forman parte de la banda sonora de este país. Primero con los grupos de los que formó parte (Sui Generis, PorSuiGieco, La Máquina de Hacer Pájaros, Serú Girán), de los que fue líder incluso aunque a veces se propusiera no serlo, y luego como solista.

García «simboliza el rock argentino por excelencia» —escribe la investigadora Mara Favoretto en su libro Charly en el país de las alegorías, de 2014— pues «estuvo cerca de sus comienzos, alcanzó una audiencia masiva y se mantuvo en el centro del aparato musical rockero durante décadas». Pero no es solo rocanrol: también «transformó la música popular argentina de muchas maneras diferentes», dice Favoretto. Y también más allá: su alcance y su influencia abarcó toda Latinoamérica, como de algún modo corroboran el unplugged que grabó para MTV en 1995 y el Grammy a la Excelencia Musical que recibió en 2009.

Biografías, entrevistas, crónicas, análisis de sus canciones: los libros que se han escrito y publicado sobre Charly, especialmente en los últimos años, componen por sí solos una biblioteca. Pero ya a comienzos de los noventa —es decir, al cabo de aquellas esplendorosas dos primeras décadas de carrera— García era una institución. León Gieco, otro de los músicos populares de más vasta y reconocida trayectoria en la Argentina, lanzó en 1992 la canción «Los Salieris de Charly», que jugaba con la idea de que todos los músicos de este país «le roban melodías a él».

En Argentina, entonces, Charly venía a ser Mozart. O Gardel: recibió tres veces el Gardel de Oro, el galardón más importante de la música nacional. O Dios: «Vos sos Dios, vos sos Gardel, yo soy lo más», dice su canción «V.S.D», en la que dialoga consigo mismo. Nunca le interesó ser humilde: más bien todo lo contrario. Demasiado ego se titula uno de sus discos. «Acá no había estrellas de rock, solo había músicos de rock, hasta que yo me la inventé —dijo en una entrevista con la revista Rolling Stone en 1998—. Ahora hay superestrellas: soy yo. Lo dije y me creyeron. Y ahora ya está. Lo agregué en la lista y pasó». 

O los Beatles. Joaquín Sabina, amigo y admirador suyo, dijo alguna vez que a Charly García «en España casi nadie no lo conoce, pero en Argentina es como los Beatles». Fueron los cuatro de Liverpool, precisamente, quienes marcaron las búsquedas musicales de un jovencísimo García, que era todavía Carlitos a comienzos de los años sesenta. Fue al escuchar «There’s a Place» cuando descubrió que, en efecto, había un lugar que no era el que él ocupaba, y que era allí hacia donde quería ir.

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Porque la historia también puede empezar antes, desde luego: el 23 de octubre de 1951, cuando en el seno de una familia de clase media bastante acomodada del barrio de Caballito, en Buenos Aires, nació un bebé al que llamaron Carlos Alberto García Moreno. Nombres y apellidos demasiado comunes para un tipo demasiado fuera de lo común.

Fue un niño genio. Cuando tenía tres años le regalaron una sitarina —un pequeño instrumento de cuerdas, una especie de arpa muy elemental— y se reveló virtuoso. Comenzó a estudiar música y dio su primer concierto en el Conservatorio Thibaud-Piazzini el 6 de octubre de 1956, cuando le faltaban un par de semanas para cumplir cinco años. Así lo cuenta el monumental Esta noche toca Charly, de Roque di Pietro: más de mil trescientas páginas en dos tomos (el primero de 2017, el segundo recién salido de los hornos de Gourmet Musical Ediciones) que reseñan con exhaustividad todos y cada uno de los conciertos que el artista dio en más de seis décadas de carrera.

Poco después protagonizó una de sus anécdotas más conocidas: le señaló a Eduardo Falú, uno de los músicos de folclore argentino más prestigiosos, que una de las cuerdas de su guitarra estaba desafinada. Falú no se había dado cuenta, y al probarla advirtió que el niño tenía razón. Así supieron que el pequeño Carlitos tenía oído absoluto. ¿Cómo es que ese niño estaba presenciando la prueba de sonido de Falú? Pues porque su mamá era productora de músicos. El ambiente más propicio para que Charly desarrollara su talento. Tras escucharlo tocar, Mercedes Sosa le dijo a Ariel Ramírez (otros dos gigantes del folclore argentino): «Este chico es como Chopin». Ella en ese momento tenía poco más de veinte años; luego sería una de las amigas más entrañables de Charly, hasta su muerte en 2009.

La educación musical de Carlitos fue muy tradicional. De todos los maestros su preferido era Chopin, «el que tenía más sensibilidad pop entre los clásicos». Compuso su primera canción, «Espejos», cuando tenía diez años. Y a los doce se recibió de profesor de teoría y solfeo. Lo malo es que era un niño muy nervioso. Dice que no dormía: «Nadie es profesor de piano a los doce años si duerme». Como fruto de esos nervios, tras un largo viaje de sus padres, empezó a sufrir vitíligo, una enfermedad que provoca una despigmentación en diversas áreas de la piel. El resultado más visible es su rasgo físico más peculiar: el bigote que adorna su cara desde mediados de los años setenta es, casi en partes iguales, blanco a la izquierda y negro a la derecha.

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Sui Generis, el dúo que Charly conformó con Nito Mestre, grabó tres discos de estudio que revolucionaron el por entonces incipiente rock argentino y contribuyeron de modo clave con su masividad. Esos discos, cuyas canciones en su totalidad fueron compuestas por García, fueron Vida (1972), Confesiones de invierno (1973) y Pequeñas anécdotas sobre las instituciones (1974). Después el grupo se separó en busca de nuevos rumbos. El concierto de despedida, titulado Adiós Sui Generis, se realizó en el Luna Park en septiembre de 1975, y a tal punto fue un hito para la música popular argentina que a partir de su registro audiovisual se editaron un disco triple y una película.

Después vinieron PorSuiGieco, un «supergrupo» (a la manera de lo que harían unos años después The Traveling Wilburys) fugaz que dejó un disco homónimo, y La Máquina de Hacer Pájaros, banda especializada en el por entonces tan en boga rock progresivo: era «el Yes del subdesarrollo», según declaró el propio García. Tal vez ese mismo subdesarrollo, o el horror de la época —la banda existió durante los años más salvajes del terrorismo de Estado en Argentina—, hicieron que en ese momento el público le diera la espalda. Solo años más tarde, sus dos discos (La Máquina de Hacer Pájaros, de 1976, y Películas, 1977) obtuvieron elogios y reconocimiento.

Lo que Charly deseaba en aquel entonces era integrar una banda de la que no fuera el líder, sino un miembro más de su formación. Y nunca estuvo más cerca de lograrlo que con Serú Girán, el grupo que armó con David Lebón, Oscar Moro y Pedro Aznar. Fueron ellos quienes terminaron de confirmar el carácter masivo y popular del rock nacional: los llamaban «los Beatles criollos». Grabaron cuatro álbumes de estudio: Serú Girán (1978), La grasa de las capitales (1979), Bicicleta (1980) y Peperina (1981), y uno en vivo: No llores por mí, Argentina (1982). En ese momento, tras una década de discos y éxitos grupales, y casi en coincidencia con el final de la dictadura en Argentina, Charly sintió que era tiempo de lanzar su carrera solista.

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Durante todos esos años, Charly fue una especie de cronista de la situación sociopolítica argentina, y el rock fue su vehículo de protesta. Así lo señala Sergio Pujol, historiador especializado en música popular, en su libro Rock y dictadura, de 2007. Pero ¿cómo se podía protestar en esa época marcada por la censura y el terror? García tuvo que extremar el carácter metafórico y alegórico de sus composiciones. «Me decían: “Está la dictadura, no podés decir eso”, y yo lo decía de alguna manera», explicó en una ocasión. Así es como en sus letras aparecen Casandra (la griega que anticipaba el futuro pero condenada a que nadie le creyera), Alicia (la niña que va a un país que funciona con reglas extrañas y a menudo «al revés») y reyes imaginarios «o no», por citar solo algunos ejemplos.

Fue Jorge Álvarez (que en los sesenta había sido uno de los grandes editores de libros de la Argentina y en los setenta se convirtió en productor musical) quien, tras leer las letras de Instituciones, el último disco de Sui Generis, le preguntó a Charly si no «se podía decir eso mismo siendo más sutil». Charly lo hizo, y con el tiempo llegó a la conclusión de que ese álbum «es mejor así como salió que como hubiera sido con las letras originales».

Claro que eso también tenía como consecuencia que, para mucha gente —como lo reflejan algunas críticas en diarios de la época—, las letras eran «ininteligibles». «Con las letras de sus canciones sucede algo interesante: muchas veces se entienden años más tarde», ha explicado Mara Favoretto. Algunas «fueron criticadas por su aparente falta de coherencia para luego ser recibidas con mayor apertura. ¿Por qué sucede esto? Porque estamos frente a un sistema de órbitas alegóricas y su interpretación no solo no es simple sino que es ambigua», apunta la investigadora. El propio Charly se refirió años después a «la inteligencia para plantear una respuesta de un modo que pueda ser entendida por gente que a uno le interesa y no entendida por gente que a uno no le interesa y que puede llegar al punto de matarte». Literalmente, claro: matarte, en esa frase, no es una metáfora.

Una anécdota de esos años lo retrata muy bien. Sui Generis dio un concierto en Montevideo en agosto de 1975, cuando Uruguay ya era gobernado por una dictadura militar (para el golpe de Estado en Argentina faltaban unos pocos meses). Terminado el recital, todos los miembros de la banda fueron arrestados por haber interpretado la canción «Botas locas», censurada por entonces en ambos márgenes del Río de la Plata.

«Después nos hicieron declarar a todos por separado —recordaba Rinaldo Raffanelli, bajista de la banda, fallecido en junio de este año—. El primero en ir fue Charly, que cuando volvió nos hizo señas de que dijéramos que no sabíamos las letras. Va Juan Rodríguez y cuando le preguntan por la letra de los militares dice que es el baterista y no canta. Yo hago lo mismo, digo que toco el bajo, y Nito dice que toca la flauta. Después nos soltaron a todos. Cuando estuvimos lejos le preguntamos a Charly qué era lo que había hecho. El Flaco les cambió toda la letra de “Botas locas” y les hizo creer que era un tema nacionalista. En vez de “si ellos son la patria, yo soy extranjero”, les dijo “si ellos son la patria, yo me juego entero”. Fue increíble, lo hizo todo en el momento y sin consultarnos. La sangre de pato de Charly nos salvó la vida».

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El comienzo de la etapa solista de Charly coincide, entonces, con el retorno de la democracia. Y en esos años grabó tres discos que constituyen su trilogía consagratoria, quizás el pico más elevado de su larga carrera creativa: Yendo de la cama al living (1982), Clics modernos (1983) y Piano bar (1984). Clics modernos fue considerado por Rolling Stone el segundo mejor disco de la historia del rock argentino. Otros ocho de sus discos están entre los primeros cien de ese ranking, y también son nueve las canciones incluidas entre las cien mejores del género en este país.

En esta época su estilo es mucho más ácido, directo, transgresor: el clima político lo permitía. Y coincide con los años de oro del rock nacional, con el ascenso de bandas y artistas como los Abuelos de la Nada, Virus, Soda Stereo, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Andrés Calamaro, Fito Páez… Para Charly, los ochenta continuaron con otros álbumes: Parte de la religión (1987), Cómo conseguir chicas (1989), un disco en dupla con Pedro Aznar titulado Tango (1986), y de algún modo se cerraron con Filosofía barata y zapatos de goma (1990) y Tango 4 (también con Aznar, 1991). Aunque se pueden añadir a ese período —a modo de epílogo— dos obras de alta calidad: La hija de la lágrima (1994), una ópera rock que ya marcaba otras búsquedas y nuevos rumbos en su carrera, y Hello! (1995), el ya citado acústico en MTV.

Pero Charly, en esos años, también empezó a ser noticia por asuntos extramusicales. Diversos escándalos durante sus conciertos (como la famosísima vez en que se bajó los pantalones y le mostró el pene al público que le gritaba «¡puto!» en Córdoba en 1983) fueron ocupando cada vez más páginas en los diarios y más minutos en la radio y la televisión. A los excesos clásicos —sexo, droga y rocanrol— Charly le sumaba los rasgos de una personalidad sumamente excéntrica, problemas nerviosos, paranoias y quién sabe qué otros posibles diagnósticos. («Maníaco-depresivo con personalidad esquizoide»: así lo habían catalogado ya en 1971 al darlo de baja de la mili, después de que sentara un cadáver en una silla de ruedas y lo llevase a tomar el sol, porque «lo había visto muy pálido». Por supuesto, fue una estratagema de García para obtener esa baja, después de que no dieran resultado todos los desórdenes físicos que fingió).

A comienzos de los noventa Charly pasó varias temporadas ingresado en clínicas psiquiátricas, casi siempre en contra de su voluntad. A los miembros de su banda les fue cada vez más complicado seguirle el ritmo de vida, el caos se fue apoderando de sus conciertos, al punto de que muchos de ellos sonaban muy mal y terminaban pocas canciones después de comenzar… Lo que ahí comenzó fue un período de cierta oscuridad.

* * *

En 1996 apareció Say No More, que más que un disco es un concepto. A partir de esa expresión —tomada de la película Help!, de los Beatles— Charly compuso un disco extraño, experimental, grabado sin guion previo ni un listado de temas definidos, elaborado sobre la marcha, una obra en que la decadencia es tema, forma y fondo. Pero además García diseñó un logo, y más aún: creó un personaje, se disfrazó de mito posmoderno, una alegoría de sí mismo, una parodia de la estrella de rock. No fue Martín Lombardo en su novela quien inventó al personaje Charly García: lo hizo el propio Charly, cuando pasó a vivir en una performance constante de su propia persona. El músico como artefacto mediático, el artista que hace del mundo entero su escenario. Say No More como filosofía. Había comenzado The García Show.

Los discos posteriores a Say No More transitaron la línea del mismo personaje, plagados de líneas autorreferenciales, sonidos sucios y «planificado caos»: El aguante (1998), Influencia (2002) y Rock and Roll Yo (2003). «La construcción del mito, del héroe “Charly García” —afirma Mara Favoretto—, es una alegoría que señala a ese sistema perverso que inventa ídolos populares y los utiliza a su antojo. Antes de que lo utilicen a él también, Charly les gana de mano. Se autoproclama héroe mítico popular para así manejar a su antojo su popularidad».

Por supuesto, las excentricidades lo siguieron acompañando, cada vez más presentes, desde el descontrol cotidiano y los mil escándalos aquí y allá hasta quizás el episodio más alocado de su vida: el 3 de marzo de 2000, en Mendoza, saltó desde un noveno piso hasta la piscina del hotel en que se estaba alojando. Sufrió apenas algún rasguño. Dicen que fue porque unas horas antes un comisario de policía le había dicho: «Para mí, usted es un ciudadano más, una persona común y corriente», a lo que Charly respondió: «Yo no soy igual al resto, yo soy un genio». Poco después compuso un tema titulado «Me tiré por vos». Diez años antes, en una de sus letras más conocidas, había escrito: «No pienses que estoy loco / es solo una manera de actuar. / No pienses que estoy solo / estoy comunicado con todo lo demás».

Hasta que, como suele ocurrir, los excesos empezaron a pasar su factura. En 2008 su salud se resquebrajó tanto que sintió a la Parca golpear la puerta de su casa. Y entonces Charly hizo lo que antes había evitado sistemáticamente: aceptó la ayuda de sus amigos. Salió de una neumonía, ganó peso, hasta se hizo unas gafas con la graduación apropiada y se sometió a un tratamiento estético de odontología. Hasta eso necesitaba, así de bajo había caído. «Yo no quiero volverme tan loco», se titula uno de sus hits, y de algún modo se volvió todo lo loco que pudo. Ese fue el fondo que tocó. Y desde ahí comenzó a subir.

* * *

El 23 de octubre de 2009, el día en que cumplía cincuenta y ocho años, Charly volvió a los escenarios tras sus problemas de salud, y dio uno de sus shows más recordados: el «Concierto Subacuático», llamado así porque se desarrolló casi en su totalidad bajo una lluvia torrencial en el estadio de Vélez Sarsfield, en Buenos Aires. En esos días comenzó la —por ahora— última etapa en la carrera de García, una etapa que incluye dos discos (Kill Gil, de 2010, y Random, de 2017), multitud de homenajes (como el brazalete Say No More que rodeó el obelisco porteño en agosto de 2009) y el reconocimiento generalizado.

Al dejar atrás sus transgresiones y sus excesos y dedicarse a una vida más serena («Buscando un símbolo de paz» es otro de sus temas más famosos), las críticas que en un tiempo arreciaron sobre él también parecen ser cosa del pasado. Como en una fábula hollywoodense, el héroe ha sobrevivido a su caída y ahora puede observar desde lo alto su propia obra. Como si ahora la mayoría de la gente pudiera lo que antes a muchos les costaba: mirar (escuchar) atrás con cierta perspectiva y advertir lo gigante de su música. Y lo bueno es que toda su música está ahí, a un clic de distancia, para que quienes quieran —los españoles, las nuevas generaciones, el porvenir— se asomen a ella cuando sea la ocasión.

En estos días, mientras poco a poco salimos de la pandemia, tanto el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires como otras instituciones y medios de comunicación organizan diversas celebraciones por sus setenta años, desde conciertos hasta muestras fotográficas e instalaciones artísticas. He ahí el mito, ese que tanto él mismo como todos los argentinos hemos edificado. Está claro que nos fascinan los mitos: ahí están Gardel, Perón, Evita, Maradona, por qué no Borges, el Che. García ya ocupa su lugar en ese panteón. «¿Cuántas veces tendré que morir para ser siempre yo?», se pregunta una de sus canciones de los años setenta. A su manera tuvo unas cuantas muertes, pero siempre volvió para contar cómo le había ido.

«Sí, yo asumo que soy Charly García —le dijo a Sergio Marchi, autor de la biografía No digas nada, de 1997—. ¿Serlo es una porquería? Hay veces que la gente piensa que vino Alá y me dijo: “Vos sos Charly García y tenés los poderes del mundo para hacer lo que quieras”. Y yo soy Charly un poco porque lo inventé yo, un poco porque se dieron las circunstancias y un poco porque me decían Charly en el colegio secundario». Qué bueno ese personaje que se inventó.

Y sin embargo en la misma entrevista dijo también: «El truco es nunca decir quién es uno. Dejar que los demás digan todo de vos. Es como jugar al ping-pong. De pronto un tipo te viene a hablar y te dice: “Pero lo que pasa es que vos sos Charly García”. Entonces la pelotita está ahí arriba. Y tu raqueta contesta: “Y vos no”».

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One Comment

  1. Faltó mencionar que también para Miguel Ríos fue una gran influencia, llegando a versionar algunos de los hits de Charly y hacérselos suyos (especialmente “No voy en tren, voy en avión”). Dos artistas con trayectorias paralelas, aunque con personalidades que no podrían ser más diferentes. Pero ambos, puntos de referencia para muchos artistas incipientes a cada lado del charco que, años después, ya son artistas consagrados.

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