Arte y Letras Filosofía

El libertino moderado

Hombre con copa de vino, de Alberto Gamón libertino moderado
Hombre con copa de vino, de Alberto Gamón.

Hay un problema con el libertinaje y consiste en saber si estamos a favor o en contra. ¿Es un ideal válido y realizable? Depende de lo que se entienda por libertino, diremos. Pensemos en todos sus nombres: hedonista, disoluto, depravado, calavera, vicioso, pervertido, crápula, golfo, juerguista, etc. Cada uno de ellos designa un grado de exceso que nos merece un juicio distinto. Admiramos al amigo seductor que conoce cuerpos sin tasa, cada noche una perfección distinta; lo imaginamos pataleando de gozo y lo envidiamos secretamente; pero basta imaginar a una presa abandonada, al cónyuge traicionado, para que un gusano zapador comience a horadar nuestra conciencia. Una fechoría de más y nos apartamos; un límite franqueado: el asco. ¿Pero dónde está ese límite? Hay cinismos y crueldades que nos divierten. Otros que nos repugnan. Entre ellos existe toda una gama de perversiones que despiertan dudas: ¿pulgar para arriba o para abajo? Y suponiendo que supiéramos dónde poner la raya, ¿quién la ha trazado? ¿El centinela de turno o nosotros mismos? Vi por televisión el anuncio de un hotel de Las Vegas que ofrecía just the right amount of wrong («la cantidad justa de pecado»). Me pareció un lema inteligente y retador: apela al mismo tiempo al vicio y a la responsabilidad. Es lo que queremos: un vicio administrado en dosis homeopáticas: pecamos más a gusto sabiendo que el mal no dejará rastro en el organismo. 

Dudas, dudas. Lo mejor será recurrir a testimonios de la época dorada en la que el libertino acuñó su prestigio. Ya dice el ladino Talleyrand que aquel que no hizo el amor en el Antiguo Régimen no conoce la alegría de vivir. Así que consultemos la autorizada voz de la Enciclopedia: «Libertinaje es el hábito de ceder al instinto, lo que nos lleva a los placeres de los sentidos; no respeta las costumbres, pero no aparenta enfrentarse a ellas; […] está a medio camino entre la voluptuosidad y la depravación; […] no excluye el talento ni un carácter agradable». ¿A medio camino? ¿No excluye el talento? ¿En qué quedamos, Diderot? Vemos que tampoco los enciclopedistas lo tenían claro: no quisieron sancionar ni reprobar; seguramente porque todos ellos habían probado más de una vez, y más de dos, las delicias del libertinaje. ¿Qué otra cosa puede significar la maliciosa sonrisa de Voltaire en todos sus bustos y retratos, con peluca o sin peluca?

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2 comentarios

  1. No creo que pueda existir libertinaje con moderación. Tampoco creo que exista el libertinaje sin la moderación que pide el espejo tras una noche de chupitos. Lo que hay que aprender es a no molestar. Pero ya lo dijo confucio, para hacer el bien hay que conocer el mal. Bueno, confucio, o los libros que nos venden como confucio. Quién lo haya escrito es un maestro de la obviedad que hoy en día nos falta por reconocer.

  2. The Lady of Shalott

    Me ha encantado tu artículo. Efectivamente, son malos tiempos para el libertinaje en ese sentido «clásico». En el mundo de hoy ese concepto creo que se ha sustituido por el de «challenge» y si no lo aireas en las redes sociales, entonces no ha pasado. Supongo que tenemos la suerte de pertenecer a las generaciones que recuerdan que el pecado era una delicia que no debía ser compartida. Un saludo

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