Shyamalanazo (y 3)

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Shyamalan
Múltiple. Imagen: Universal Pictures.

(Viene de la segunda parte)

De múltiples, series, cristales y el tiempo en la playa

En los meses posteriores al estreno de la exitosa aventura low-cost de La visita, M. Night Shyamalan se embarcó en aventuras para las pantallas de menor tamaño. Devoró el libreto de lo que iba a ser piloto de una nueva serie titulada Wayward Pines, basada en una trilogía literaria de Blake Crouch, y decidió subirse al carro: «No entendía cómo eso podía tener sentido a la larga. Los llamé y les dije: “Mirad, mientras al final no se descubra que estaban todos muertos durante toda la serie, yo me apunto”». Shyamalan ejerció de productor ejecutivo y se encargó de rodar el primer episodio. El show, definido como un cruce entre Twin Peaks y Lost, tuvo buena acogida y fue renovado, algo que no se esperaban ni sus propios creadores ni sus propios actores, para expandirse durante una segunda temporada.

Meses más tarde, se desveló un teaser anunciando una nueva versión televisiva de Historias de la cripta amparada por Shyamalan: una pequeña secuencia con un conserje en el turno de noche, un tipejo maquillado como el guardián del Atmosfear y un susto facilón. Parecía una asociación acertada, porque las Historias de la cripta originales también remataban casi siempre sus entregas con un twist ending. Pero aquel tráiler era poco más que un Lorem ipsum visual para captar atención mientras se gestaba la serie, y a la larga se convertiría en lo único que se rodaría de ella. Ocurría que resucitar Historias de la cripta suponía embarrarse en un hermosísimo follón legal, porque los derechos del show estaban repartidos entre diversas personas que fueron incapaces de llegar a un acuerdo, cancelando el proyecto antes siquiera de que naciese en serio. En el fondo, tampoco pintaba demasiado bien: aquel reboot habría eliminado al Guardián de la Cripta del programa y reducido el gore, y para cosas desaboridas ya tenemos los productos light en el súper.

A la altura del año 3 Antes del Covid, Shyamalan vuelve al cine con Múltiple, un thriller con toques de horror con la ajedrecista Anya Taylor-Joy donde la estrella de la función es James McAvoy interpretando a un psicópata llamado Kevin Wendell que, por culpa de un trastorno de identidad disociativo, era un container de diferentes personalidades. El rol era un caramelazo para un actor virtuoso, y McAvoy lo bordaba al mutar en pantalla de un personaje a otro en cuestión de segundos.

Múltiple era un film competente, bastante digno pero sin excesivas alegrías más allá de la actuación del escocés. Eso sí, dentro de la filmografía de Shyamalan es una pieza importantísima por lo excepcional de su twist ending. Porque Múltiple contenía un girito final, pero en este caso se trataba de uno muy especial que no afectaba a la trama principal de la película, sino al propio universo de Shyamalan. La gran sorpresa de Múltiple consistía en revelar, durante los últimos segundos de metraje, que en realidad era una secuela de El protegido, algo que la cinta hacía de manera evidente pero sutil: mostrando al protagonista de El protegido, David Dunn (Bruce Willis), mientras deslizaba un fragmento de la banda sonora de aquella película.

Era el shyamalanazo definitivo, el ultimate metagiro tuerceculos, uno que se retroalimentaba de la producción del autor para sorprender. La jugada era de lo más ingeniosa, la audiencia ya se esperaba un twist ending y el creador se la coló a todos al introducirlo por donde nadie lo vio venir. En el fondo, era un ejercicio de reciclaje creativo: el personaje de Kevin y algunas de sus escenas formaron en cierto momento parte del guion de El protegido, pero fueron extirpados de allí porque desequilibraban el asunto. Además de sorprender, Múltiple hizo una buena caja, reforzando la imagen de Shyamalan. 

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Múltiple. Imagen: Universal Pictures.

Shyamalan aprovechó la inercia para estrenar Glass dos años más tarde, en 2019. Una secuela de Múltiple que combinaba definitivamente aquella con El protegido cerrando diecinueve años después una trilogía que nadie se esperaba. Era también una producción muy inusual, porque para llevarla a cabo Shyamalan tuvo que convencer a los dos estudios cinematográficos que poseían los derechos de El protegido y Múltiple (Disney y Universal) para que dejasen a un lado sus diferencias y colaborasen juntos, cediéndose metraje, algo inaudito, y repartiéndose la distribución de la peli, más raro aún.

La premisa de Glass era llamativa, encerraba a los tres personajes con superpoderes de las anteriores entregas (los roles de Willis, Samuel L. Jackson y McAvoy) en un centro psiquiátrico y se dedicaba a juguetear con ellos. Pero resultó ser un patinazo que sabía a poco como cierre, decepcionando a críticos y espectadores. En su favor habría que apuntar que Glass es exactamente lo que quiere Shyamalan: una película decidida a subvertir la grandilocuencia superheroica. Se presenta como un thriller psicológico que encapsula a personajes con potencial en un mismo recinto. A medio camino de su desarrollo anuncia que el colofón a la historia será legendario, con una batalla que supuestamente tendrá lugar en un rascacielos. Y finalmente acaba limitándose a tener al reparto correteando entre habitaciones, urdiendo planes y palmándola en el parking del psiquiátrico. La obligada sorpresita final, el shyamalanazo, ni siquiera era tan espléndida como para perdonarle lo anterior y aunque no se ganó los corazones, sí que mordió una buena taquilla. 

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Pinta superemocionante esta nueva peli de superhéroes. Imagen: Buena Vista, Universal Pictures.

A finales de 2019, Shyamalan regresaría a la televisión como productor ejecutivo y director ocasional de Servant. Una serie para Apple TV+, con buena fama entre las masas, que apostaba por los escalofríos tirando de una de las ocurrencias de la vida modernas que más acojonan: los muñecos de bebé reborn

Llega 2021 y el indio-estadounidense estrena Tiempo. Una película rodada en plena pandemia en la República Dominicana y con un reparto coral donde figuraban, entre otros Vicky Krieps, Gael García Bernal, Abbey Lee o Alex Wolff. La publicidad no se molestaba en decirlo, pero en este caso la nueva cinta de Shyamalan ya no era una idea original suya, sino la adaptación de un tebeo titulado Castillo de arena que las hijas de Shyamalan le habían regalado cuatro años antes durante la celebración del Día del Padre.

El cómic Castillo de arena (publicado en España por Astiberri) lucía un guion firmado por el cineasta francés Pierre Oscar Lévy, estaba dibujado por el suizo Frédérik Peeters (autor del famoso Píldoras azules), y narraba las desgracias de un grupo de personas atrapadas en una playa donde el tiempo avanzaba a una velocidad extraña, condenándolas a envejecer prematuramente. A Shyamalan aquella premisa tan de The Twilight Zone, es decir, tan de su estilo, le encandiló tanto como para convertirla en un largometraje que contaría lo mismo que el tebeo, pero peor.

Aunque la prensa solo la anunciaba como «inspirada por…», Tiempo bebía bastante de las viñetas de Lévy y Peeters. Agarraba gran parte del diálogo y los roles originales del tebeo para trasladarlos a los terrenos del producto norteamericano: un inmigrante armenio del cómic se convertía en la pantalla en un rapero negro, y las teorías de un personaje que aparecía en la historieta, pero no en el film, se introducían en el guion en forma de libreta abandonada en la playa. La mala noticia es que a partir de ahí, casi todo lo que añadía Shyamalan era catastrófico: diálogos de chiste, una oxidada pistola de Chéjov enterrada en la arena para meter acción burda en la trama, un ego-cameo de Shyamalan interpretando a un personaje que contemplaba la acción a través del objetivo de una cámara (porque la sutileza no es lo suyo) y un desenlace que, al contrario de lo que hacía el cómic, donde se obviaban las explicaciones, revelaba demasiado sobre la playa maldita e ideaba detrás de ella unos tejemanejes científicos de teleserie barata. También incluía a una rubia repelente jugando al Cirque du Soleil de la peor manera posible.

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Tiempo. Imagen: Universal Pictures.

Tiempo resulta curiosa dentro de la filmografía de su autor porque, al utilizar Castillo de arena como esqueleto base sobre el que construir, nos permite estudiar la capacidad del creador para gestionar y elaborar sus ocurrencias. Y el resultado no lo deja bien parado. Es cierto que Shyamalan se casca secuencias meritorias, las de los protagonistas descubriendo el deterioro de sus sentidos al envejecer, y también que demuestra maña en los planos secuencia que caminan marcando el ritmo por la playa. Pero la mayor parte del Tiempo nos encontramos al realizador chapoteando en lo ridículo, en la serie B regulera y en las conversaciones bobas durante un cuento que había nacido con ansias, reconocidas, de ser algo similar a El ángel exterminador de Luis Buñuel.

A orillas de todo esto, existen diferencias curiosas entre el cómic y la película. Detalles divertidos que sirven para medir la distancia entre la mentalidad estadounidense y la europea: en cuanto los personajes de Tiempo descubren que envejecen con extrema celeridad, aquello se convierte en un drama muy tenso que tiende a la histeria. Castillo de arena también contiene tragedia existencial y mucho personaje alterado, pero la actitud de sus protagonistas es en general mucho más interesante. En el tebeo, cuando los condenados descubren que morirán en cuestión de horas, se opta por descorchar botellas, sacar comida, celebrar un picnic festivo, follar, bailar y finalmente dormir ante la hoguera escuchando una historia. El cómic también tiene muchas más carnes al aire y gente lasciva porque a este lado del charco somos así, más casquivanos. Y también acaba mucho peor porque asimilamos mejor los finales crueles.

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Viñetas del cómic Castillo de arena.

De Shyamalan

El 5 de agosto de 2002, la revista Newsweek colocó a Shyamalan en portada arropado por un texto bien gordo que lo anunciaba como «El próximo Spielberg». El agasajado confesaba que llevaba regular tanta expectación y fama repentina, pero en el fondo estaba claro que disfrutaba con la atención: gustaba de incluir sus cortos caseros como extras en los DVD de sus películas y El protegido ya se abría con un texto que rezaba «De M. Night Shyamalan», como si él fuese en aquel momento una marca de prestigio. El tío lo tenía claro: «Tras El sexto sentido comencé a pensar “¿Cuál es mi lugar en el mundo?”. La gente me decía que yo era el próximo Spielberg, pero me preguntaba si mi éxito era solo casualidad. Así que esta película [El protegido] trata sobre un hombre al que le han dicho “Oye, eres extraordinario ¿Te lo crees o solo recuerdas lo corriente que eres en muchos sentidos?”. Dicho de otra manera: “Sí, tienes razón, soy el próximo Spielberg”». 

Lo cierto es que Shyamalan se reunió con Steven Spielberg después de que aquel quedase tan maravillado con El sexto sentido como para verla tres veces seguidas. El indio-estadounidense incluso llegó a ponerse enfermo por culpa de los nervios que le brotaron ante el meeting con el padre de Indiana Jones. Lo menos bonito es que siempre que los medios han nombrado un nuevo heredero del rey midas cinematográfico la cosa nunca ha terminado bien. Porque ser etiquetado como «el próximo Spielberg» es una de las grandes maldiciones Hollywoodienses, la condena a embarcar en un tren del hype que descarrila antes de llegar al destino.

En realidad, la comparación ni siquiera es justa. Y no solo porque Spielberg fuese capaz de parir en menos de diez años Tiburón, Encuentros en la tercera fase, En busca del arca perdida, ET el extraterrestre e Indiana Jones y el templo maldito. Sino porque lo hizo en el momento apropiado, en una época en la que descubrió como perfilar el blockbuster perfecto que andaban buscando en Hollywood desesperadamente. A Shyamalan, como a tantos otros (hola J. J. Abrams, un abrazo enorme) se le estampó en los morros la etiqueta demasiado pronto, antes de que fuera capaz de cumplir. 

Shyamalan
El sexto sentido. Imagen: Buena Vista.

En lo que respecta exclusivamente a su cine la conclusión es obvia: Shyamalan da rabia. Pero no porque sea un desastre tras la cámara, en absoluto, sino porque su producción demuestra que dentro de él habita un gran director, uno que a veces asoma la cabeza y otras parece un octópodo rodando por el piso de un garaje. Referentes no le faltan, porque es admirador y estudioso de la obra de Akira Kurosawa, Alfred Hitchcock, Satyajit Ray, Spike Lee, el mentado Steven Spielberg o Francis Ford Coppola. Alguien con un talento evidente pero con muchos problemas para gestionarlo. Una persona que ha logrado convertir en películas formales conceptos que sobre el papel suenan a chufla: una de fantasmas, una de marcianos, una de superhéroes o una de monstruos. Él mismo es consciente de ello al definirse como el creador que «agarra una historia de película de serie B, aborda temáticas de película de serie B y les aporta un acercamiento, equipo, reparto y principios de película de serie A».

No es un director sin personalidad, uno de tantos mercenarios genéricos fabricados en Hollywood, es alguien que sabe mirar a través de un objetivo y cuando quiere lo demuestra: El protegido contiene una conversación entre dos personas en un tren filmada con mucho estilo, convirtiendo el punto de vista del espectador en un pasajero invisible que observa la charla espiando entre los asientos a la pareja. La secuencia donde el chaval de El sexto sentido susurra «En ocasiones veo muertos» logra cocinar una atmósfera escalofriante, incluso lidiando con la jeta repeinada de Bruce Willis a contraplano poniendo cara de haberse sentado sobre una chincheta durante un funeral. El bosque contiene un par de secuencias respetables de (no) monstruos atacando, y también un apuñalamiento rodado con elegancia y sencillez entre dos miradas en primer plano. Señales ha grabado para siempre en la memoria de todos sus espectadores aquel bote que se pegaron durante la efectiva maniobra del vídeo cumpleañero con marciano.

La verdad es que incluso las cintas más denostadas de Shyamalan contienen detalles reseñables: El incidente posee una secuencia a ras de suelo donde la cámara persigue una pistola, que salta sobre el asfalto de un suicida a otro según estos hacen uso de ella. Y varios planos de Tiempo circulan con gracia alrededor de los personajes mientras se desata la pesadilla, con un movimiento parece acompasado para asemejarse al de las agujas de un reloj. Todo lo anterior es obra del mismo tipo que hace trotar a Wahlberg para huir del viento, el que idea a un crítico de cine en la pantalla diciendo sandeces para burlarse de los críticos de cine, el que considera ingenioso calentar el ambiente poniendo a los personajes de Tiempo a soltar chascarrillos fáciles sobre el paso del tiempo, el que después de marcarse una narración muy engrasada en El sexto sentido decide cerrar la cinta con un fundido a blanco como si aquello fuese un telefilm teutón de media tarde.  

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Glass. Imagen: Buena Vista, Universal Pictures.

Shyamalan parece encallado en ser la eterna promesa porque su gran retorno triunfal es anunciado con cada nueva película, y a lo mejor esa no es la mejor forma de enfocar su cine. Bastaría con asumir que es un creador de películas de género (fantástico) capaz de insuflarle a sus historias un aura de cine de autor, de autor pop al ladear realmente más hacia Historias de la cripta que hacia Buñuel. Shyamalan es alguien muy válido que con frecuencia se cae de morros en el disparate.

Cuando mejor parece funcionar últimamente es cuando trabaja con presupuestos pequeños y se ve obligado a afilar el ingenio para sacarlos adelante, fabricando productos agradecidos de los que resulta más fácil exprimir beneficios que de las grandes superproducciones. Tiempo, siendo lo que es, ha acumulado noventa millones de dólares y solo ha costado dieciocho. Pero lo que de verdad sería interesante en su carrera como director, y probablemente le vendría bien en general, sería dejar de rodar ocurrencias propias y comenzar a trabajar sobre guiones ajenos, relatos de gente que tenga más maña al ensamblar una historia y sepan escribir diálogos que no suenen a coña.

Shyamalan. El del bombazo con El sexo sentido. El guionista en la sombra de Alguien como tú. El otrora futuro Spielberg. El fabuloso inventor del Shyamalazo. Entre sus proyectos futuros ya tiene plan para febrero de 2023: una película titulada Knock at the Cabin en la que trabaja en asociación con Universal Pictures, con quienes ahora se lleva muy bien después de colaborar en películas como La visita, Múltiple, Glass y Tiempo, baratas de fabricar y con muy buen rendimiento en salas.

De Knock at the Cabin no se sabe nada, y toda la producción está envuelta en un secretismo curioso de cara a engordar el misterio. Su otra película en la recámara llegará un poco más tarde y se titulará Labor of Love. Es probable que al lector atento le suene de la segunda parte de este artículo, se trata de aquel guion de 1992 que, en su momento, iba a protagonizar Bruce Willis en el papel de un viudo dispuesto a cruzar Norteamérica a patita en honor de su difunta señora. A saber qué sale de ahí. Mientras no haya plantas asesinas a lo mejor hasta vamos bien. Lo que es casi seguro es que en esa excursión le va a ser difícil colarnos un nuevo shyamalanazo por sorpresa.

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Tiempo. Imagen: Universal Pictures.

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18 Comentarios

    • Hombre… tiene cosas salvables, y cosas francamente brillantes. No creo que un director de las características de Shyamalan se merezca un comentario así, ni siquiera en el supuesto de que el que emite el comentario tenga una ratio superior de obras maestras en su haber.. que me pega que no.
      Un saludo cordial.

        • Gracias, amable señor (o señora) por lo educado y sensato de su comentario.
          Si opina que lo que he escrito es una imbecilidad, también es una opinión respetable.. aunque por lo visto la mía no.

          Confío en que el hecho de que mi opinión sea para vd. una imbecilidad no me convierta en un imbécil. Dado lo acertado de su juicio, me sentiría muy mal todo el día… pero tendrá que admitir que sería una descalificación personal que está muy fea en estos días, y más viniendo de gente exquisita como vd.

          • No te pongas tan digno, Transeúnte, que entraste al ruedo con la falacia ad hominem y te dieron una buena corná.

            • Creo que la falacia Ad Hominem se aplica más bien cuando se ataca a la persona en lugar de al argumento. Si a la gracieta del café con leche y el carajillo se le puede llamar argumento, pues se lo compro.

              Ahora, que llamen imbecilidad a una opinión mía vd. lo define como recibir una “corná”, pues no, mire. Una “corná” sería un razonamiento que rebatiera mi opinión y la dejase en evidencia. Llamarlo imbecilidad es como si viene un crío y me escupe sin motivo: ligeramente desconcertante pero sin la mayor importancia. Aunque al niño que escupe hay que enseñarle que no se escupe, y eso no es ponerse digno.

              Buenas tardes a vd. también, señora de ilustre apellido.

              • Exacto. Usted ha atacado a la persona diciendo que como no es un reputado cineasta con obras maestras su opinión no vale un pimiento. Oséase: falacia ad hominem.
                El resto de su respuesta no lo he leído. Chao.

  1. Excelente Director, las ideas, guiones y diálogos en sus películas es algo que llama la atención de los que apreciamos su cine a ser promocionadas, siempre tendiendo a la sorpresa, que lastima que muchas personas criticaron a El Bosque por no ser una película de terror, cuando su trama y buena filmografía hacen que sea todo un clásico, no solo esta sino todas, cada una tiene su toque.

  2. ¡CELEBRITIEEEEEES! Hoy: M. Night Shyamalan. (Aparece Joaquín Reyes maquillado como una mezcla imposible entre Peter Sellers en ‘El guateque’ y Apu de ‘Los Simpson’) ¡Hola, zanguangos! Soy M. Night Shyamalan, director, guionista, productor, y el visionario en “de la visionaria mente de M. Night Shyamalan”. (Risas nerviosas en el plató. Es posible que ese manchego que habla con acento de Pondicherry sea el auténtico Shyamalan. Ernesto Sevilla cree haber visto un arma oculta bajo su gabardina). ¿Os gusta reiros de los artistas de verdad, eh? Pues a los críticos les digo que se vayan a zurrir mierdas con un látigo, y Spielberg es un… (Fundido a carta de ajuste. Se lo llevan los de seguridad. Lo que parecía una pistola es en realidad el guión de After Earth 2. Los guardias le disparan una docena de veces.)

    • ¡Quiero un remake de Muchachada Nui sólo para que los chanantes hagan el Celebrities de Shyamalan! ¡Shyamalanazo!

      • Y que salga Marcial soltando una ristra de improperios cada vez que alguien mencione su nombre y el de Spielberg en la misma frase: ¡Mangurrián! ¡Gaznapiro! ¡Tunante! ¡Gañán!

  3. El sexto sentido, Señales, El incidente, El bosque, son grandes películas, redondas. El protegido, Múltiple, me parecen pasables. Airbender, Glass o Tiempo son vergonzantes, grandes mojones.
    Desde luego este autor es capaz de lo mejor y lo peor.

  4. Para gustos los colores. No sé porqué tan hate el artículo. Pero vamos. Que si no te gusta la creatividad de este señor pues no veas sus películas :)

  5. Mojón Shyamalan tiene UNA sola buena película en toda su patética carrera: la del niño que ve fantasmas. El resto podría compararse a la discografía de Queen sin Freddie Mercury.

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