
No pude reprimirme:
—¿Dónde es eso? —pregunté.
(Lanzarote, de Michel Houellebecq)
Titerroigatra es, al parecer, el nombre que daban a Lanzarote sus antiguos habitantes y fue el título que barajó José Saramago para su proyecto inacabado sobre esta isla canaria, según relataba en Cuadernos de Lanzarote. En esta obra de difícil catalogación puesto que no se trata ni de una guía de viaje ni de un diario, Saramago nos contaba sus ideas y proyectos, sus vivencias diarias y su trajín social, con el nexo común de estar todo redactado durante su estancia allí (fue su residencia durante sus últimos años de vida). Michel Houellebecq, por su parte, también ha expresado su fascinación por Lanzarote en más de una ocasión, e incluso ha ambientado allí ese relato largo/novela corta titulada con el topónimo isleño en la que hasta un trío sexual con dos valkirias lesbianas quedaba en segundo plano frente a los paisajes volcánicos.
Tras estos dos importantes alicientes intelectuales (no en vano Saramago y Houellebecq son dos de mis escritores favoritos), el tercero y definitivo fue algo menos sofisticado y fruto del siempre peligroso cóctel que forman la envidia y la codicia; hace tiempo tuve un jefe que realizaba dos viajes de placer al año: un destino internacional a lo largo de la primavera y, en Navidades, siempre acababa en Lanzarote. No era hombre que escatimara en gastos, puesto que durante su estancia de un mes en Irán se compró una alfombra con un número de nudos por centímetro cuadrado que desafiaba lo físicamente posible y cuya superficie total se podría medir en campos de fútbol, mientras que de sus veinte días por China se trajo una reproducción artesanal, a tamaño real, de un guerrero de Xi’an. En realidad encargó que lo trajeran, hecho del que se acordarán perfectamente tanto dos operarios, que tuvieron que subirlo por las escaleras porque no cabía en el montacargas, como todo el santoral que mentaron durante el proceso. Es cierto que estos caros souvenirs son excesivos como decoración de un despacho, pero delatan ciertas inquietudes artísticas que ya se le presuponían por su profesión (que omitiré).
Sea como sea, al llegar mediados de diciembre, invariablemente cogía un vuelo y se presentaba en un hotel de lujo de Lanzarote sin billete de vuelta cerrado, una frivolidad no exenta de cierta lógica puesto que siempre retrasaba la vuelta unos días más de lo esperado. Mientras él alargaba su estancia, presumiblemente paseando al sol sin preocupaciones aparentes, yo languidecía en mi puesto de trabajo aún aturdido por el comienzo de un nuevo año y no entendía que, con tantos sitios a donde ir y sin problemas económicos de por medio, alguien repitiera sistemáticamente el mismo destino todas las vacaciones navideñas. Los argumentos objetivos son bien conocidos: en unas tres horas de vuelo estás, sin salir del país, en un paisaje totalmente diferente, que muestra la crudeza de las fuerzas telúricas, un lugar que cuenta con un clima apacible y hace gala de una arquitectura autóctona peculiar. Y aceptan euros y te hablan (más o menos) en castellano. Todos ellos argumentos de peso, pero aun así se me hacían insuficientes. Hasta que movido por la curiosidad (y también el resentimiento), tuve la oportunidad de visitar, por fin, la isla: entonces lo comprendí. Creo que nunca me compraría una alfombra iraní. Ni un guerrero de Xi’an. Pero si pudiera, volvería con regularidad a Lanzarote.
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Sr. Domosti, mire que le leo siempre con gozo, pero es hoLLar y no hoyar lo que hace un astronauta
Buen artículo de promoción turística de la isla de Lanzarote (de verdad)… gracias. Una pena que su relato corresponda solo a una parte de la isla y a un momento pasado de su historia. Canarias es un destino turístico masivo y, para bien o para mal, hay de todo en la isla, aunque sabiendo buscar y encontrar es fascinante.Cierto, la connivencia entre Manrique y Ramírez marcaron un hito en lo que sensibilidad y política pueden alcanzar (fundamentado en la amistad entre ambos). Como canario, uno de los grandes regalos de mi vida fue la decisión de mi familia de pasar las vacaciones de verano cada año en una isla… y Lanzarote me marcó de niño. Parece un viaje a otro planeta… un planeta con un clima envidiable además. A día de hoy trato de hacer lo mismo con mis hijos, a los que espero que, entre otros descubrimientos, el secreto de La Cueva de los Verdes se les grabe en la mente como lo hizo conmigo. ;)