
«Decir la verdad y después prenderse fuego»: esa es la situación a la que se ve abocado quien defiende no normatividades más allá del punto social en el que resultan divertidas o interesantes. La frase original es de Schopenhauer, pero por los clavos de Cristo que no he conseguido encontrar la referencia exacta. Tendrá usted que confiar en mí. O no, porque de confianza va la cosa.
Hay una serie de ideas que, cuando se exponen ante el gran público, generan reacciones menores, como un fruncimiento de cejas o un par de preguntas inquisitivas no muy bien intencionadas. Eso es lo mejor que puede pasarle a quien, tal y como se percibe, atenta contra los cánones de Occidente. Uno de ellos es la norma no escrita (aunque la encontrará usted escrita por todas partes) de que el amor, la sexualidad y la intimidad vinieron de fábrica con un manual de uso correcto, y que apartarse de esas instrucciones oscila entre la temeridad y la simple mala utilización del aparato. De ahí que me permita emplear el término «no normatividad». Su amplitud polisémica viene de la idea de que la normatividad es una, mientras que cuanto existe fuera de la caja es tan plural y etéreo que más vale definirlo en contraste con aquello a lo que se opone. Pero vamos por partes.
La «normatividad» designa aquello que es «normativo», y lo normativo es simplemente lo que fija la norma (resérvese el aplauso). Hasta ahí, no hay por qué prenderse fuego. El problema surge cuando le pasa a uno lo que a muchos nos ocurrió en clase de religión: que le da por cuestionar la premisa y poner en duda que exista Dios, o para el caso, la noción de amor que nos inculcan cuando somos renacuajos desde Hugh Grant hasta las tarjetas del banco en San Valentín. Si a usted le pasa o le ha pasado esto, quizá se haya encontrado en la tesitura de buscar un modelo alternativo al que ofrece la normatividad. Allí donde la normatividad, en tanto que normativa, propone, digamos, la exclusividad romántica, quizá quiera usted explorar la multiplicidad de sus afectos. O en la cláusula decimocuarta del noveno punto del contrato amoroso, donde se establece que si besa usted a alguien que no sea su pareja está casi automáticamente condenado al exilio de su relación, tal vez quiera tachar un par de palabras. «Nos referimos a cualquier acuerdo relacional en el que las partes aceptan abiertamente tener más de una relación sexual o romántica como NMC [No Monogamias Consensuadas]» (Rubin et al., 2014, p. 21, traducción mía), que aquí, con su permiso, denominaré simplemente «no monogamias», porque, si carece de consenso, no estamos hablando de no monogamias, sino de engaño.
Las no monogamias son un conjunto de paradigmas relacionales cuyo objetivo es contraponer al esquema hegemónico de los afectos otras maneras de vivir y configurar nuestros vínculos. Por abrir la primera espita: en ningún sitio firmé yo (ni usted tampoco) al nacer que solo podía amarse románticamente a una persona. No obstante, será cuanto menos arriesgado insinuarlo siquiera sobre la mesa del desayuno a cuyo otro lado su pareja le hinca el diente a la tostada. No porque no pueda hacerse, sino porque la programación a la que estamos cognitiva y emocionalmente sujetos se encuentra tan arraigada que desprogramarla requiere de tiempo, tacto y mucha disposición. Y a veces, ni así. Hay daños que no se superan. Pero sobre este tema de la pluralidad, las autoras de Ética promiscua (1997) dan en el clavo cuando dicen que:
Muchas actitudes tradicionales hacia el sexo se basan en la creencia no escrita de que no hay suficiente de algo —amor, sexo, amistad, compromiso— para todo el mundo. Si lo crees, si crees que hay una cantidad limitada de lo que quieres, puede parecerte muy importante reclamar tu parte. Puede que creas que tienes que separar tu parte del resto de la gente, porque si es una cosa buena, probablemente alguien está compitiendo contigo por ello (¡cómo se atreven!). O puede que creas que si alguien más consigue algo, eso significa que habrá menos de ese algo para ti (Easton y Hardy, 2018, p. 125).
Y, como al doctor Freud le encantaría oír, lo que vale para el sexo vale para casi todo lo demás. En efecto, a la normatividad monógama subyace, indiscutible aunque no exclusivamente, un estrato de miedo. Miedo a que, si nuestra pareja inicia otra relación, encuentre insuficiente la que tiene con nosotros. Miedo a que, si ama a otra persona, nos ame menos a nosotros. Miedo a que, si duerme con otro ser humano, no le guste tanto dormir con nosotros. Miedo, en definitiva, a perder lo que tenemos. O a que nos lo roben, que ya es el epítome del consumismo romántico. Sin embargo, y por paradójico que resulte, «el poliamor es generalmente invisible en nuestra sociedad, pero cuando está presente, se lo representa como algo malvado o, en el mejor de los casos, extraño» (Barker, 2005, p. 80, traducción mía), lo cual es casi igual de negativo que «malvado», ya que existe un espíritu de rechazo instintivo a lo que no conocemos. Hay quien dice que lo llevamos en el ADN, y puede que sea verdad, pero si le hacemos caso a Sartre y a su perorata sobre la responsabilidad individual, deberemos ser un poco más exigentes con nosotros mismos a la hora de excusarnos tras lo que, dicen, «es natural».
Llevamos toda la vida sin hacer ciertas cosas porque «eso no se hace». A mí me lo dijeron cuando le robé un tazo (¿se acuerda de los tazos?) a un compañero del colegio, y en el momento no le di más vueltas. Pero ese se en el «no se hace» ¿qué leches significa? ¿Quién no lo hace? ¿O es que es, más razonablemente, un reflexivo aspiracional, del tipo: «ojalá esto no se hiciera»? Con las normatividades ocurre lo mismo. Hay cosas que no se hacen, pero el motivo permanece oculto. Y no es que no puedan buscarse razones, sino que se buscan a posteriori para justificar algo que ya damos por cierto. Por ejemplo: si yo le preguntara a qué se debe la censura social respecto a tener numerosas parejas sexuales, quizá usted, o alguien a quien conoce, replicaría con argumentos respecto a lo moralmente reprobable de lo que alguien dio en llamar «promiscuidad», o, si es más pragmático, sobre el peligro de las infecciones de transmisión sexual. A eso, yo podría contraponer que lo primero es puritano y se basa en una noción restrictiva, retrógrada y controladora de la expresión del deseo, y que lo segundo es, hoy en día y gracias al cielo, evitable con relativa facilidad. Aquí vendría el problema, porque a la mayoría de nosotros se nos instruye para tener los argumentos justos con los que defender una causa, siempre que no nos la cuestionemos mucho, pero en el momento en el que se somete al escrutinio de la razón, se enciende la alarma de «Problema». Lo ilustro con otro ejemplo: piense en cuántas veces ha escuchado usted en un contexto social a alguien que pregunta sin el menor complejo, y casi siempre a una mujer, «por qué no tiene hijos». Esa es nuestra programación social, mientras que un servidor defiende que la pregunta lógica, como comentara Ricky Gervais en aquella entrevista, es «por qué los tienes tú». Pero tal es el poder de la inercia social que se consideran válidos ciertos esquemas y aquel que los siga estará respaldado frente a aquel que los niegue o, simplemente, no los acepte.
Algunos de los ejes de privilegio social más significativos se basan en los formatos de control normativos que hemos aprendido y consideramos «naturales». Partiendo del control sexual y reproductivo —estructuralmente sobre la mujer— que escala desde el concepto de fidelidad en la pareja monógama tradicional —históricamente asimétrico— para alcanzar todas las esferas y formas de regulación sociales, hasta el individualismo radical extrapolado a la familia nuclear, que hace moralmente elogiable y casi preceptivo el egoísmo extremo cuando se concreta en la defensa del grupo familiar (Pérez Cortés, 2020, p. 19).
Esto último deberíamos tenerlo especialmente presente cuando examinemos los paradigmas culturales a los que se nos pide sometimiento: la noción ultracapitalista de «lo mío». Defender «lo mío» es lo que debo hacer, porque, de no estar yo, el peligro está servido. Si, pongamos, tengo un hijo con mi pareja y mi pareja empieza otra relación, esto es un claro motivo de alarma, gabinete de crisis y lanzamiento de misiles, porque la tercera persona, lejos de ser un potencial miembro de la familia con capacidad de aportar ayuda logística y afecto y enriquecer la crianza, es un competidor a quien derrotar.
Se ve por dónde voy, imagino, pero si tuviera que sintetizar lo dicho hasta ahora, le pediría lo siguiente: antes de tomar cualquier decisión transversal en su vida, como tener hijos o ser monógamo, pregúntese, primero, si es usted, y no la tradición cultural, quien ha decidido que así sea, y segundo, si, en caso de haber sido usted, lo ha hecho porque realmente cree en ello, o porque es lo que siempre le han dicho que era lo correcto. O peor aún: lo único.
El poliamor se erige desde la confluencia de varios discursos sexualmente emancipatorios. Intenta proveernos de lenguajes y guías éticas para estilos de vida alternativos, así como relaciones sexuales e íntimas más allá de la «monogamia obligatoria». En su definición más básica, el concepto de poliamor se refiere a la asunción de que es posible, válido y merece la pena mantener relaciones íntimas, sexuales o amorosas con más de una persona (Haritaworn et al., 2006, p. 518, traducción mía).
Y no porque la multiplicidad equivalga a la satisfacción, entiéndame, sino porque lo contrario tampoco, pero así se nos vende. Un servidor ha escuchado hasta la saciedad, como seguro que usted también, aquello de que «las relaciones abiertas no funcionan». A eso cabe contraponer varias cosas, como que «relación abierta» puede significar una miríada de configuraciones afectivas.
Por ejemplo, una triada poliamorosa puede consistir en un miembro que no tiene parejas fuera de la triada, otro miembro que tiene solo parejas sexuales de forma casual, y un tercero que puede mantener relaciones kink sin contacto genital con otras personas (Scoats y Campbell, 2022, p. 1, traducción mía).
Por añadidura, a todos nos convendría reflexionar sobre qué nos hace considerar que algo «funciona». Yo conozco muchos más casos de separación de parejas monógamas que no monógamas. Ahora, usted podría replicar que se debe a que estas proliferan menos. Puede ser. Pero a nadie le he escuchado decir: «Las relaciones monógamas no funcionan», infiero que porque todos conocemos también a parejas que permanecen juntas desde el primer beso hasta la muerte. Con todo, ¿es ese el parámetro que empleamos para medir el éxito de algo? Si una relación acaba, ¿necesariamente fue un fracaso? ¿Aunque el final viniese precedido de años de alegría, convivencia, intimidad y apoyo? Es, cuanto menos, una visión muy finalista de los vínculos humanos, que evidencia que «nuestra cultura monocéntrica tiende a asumir que el propósito y fin último de toda relación —y todo sexo— es una relación emocional de pareja a largo plazo, y que cualquier relación que no alcance ese objetivo ha sido un fracaso» (Easton y Hardy, 2018, p. 53). Esa teleología de los afectos es muy venenosa, si me permite opinar. Algo no vale más o menos por aquello a lo que conduzca. Si no, pregúntele a Kant (pero cuídese de preguntarle nada más, so pena de tragarse el primer volumen de Crítica de la razón pura a capella).
Si amar a una persona se considera, en general, algo positivo, ¿por qué no iba a serlo doblemente amar a dos? Todas las restricciones que sirven de encadenamiento social al respecto son de nuestra invención, y tal cual las ponemos, podemos quitarlas. No digo que el proceso no requiera de paciencia y deconstrucción, pero está a nuestro alcance. La alternativa es esa idea tan arraigada en nuestra cultura de que solo se puede amar a una persona, y su secuela aún más nociva: que amar a otra implica que los sentimientos por una de las dos no son reales, yendo unos en detrimento de los otros. Ahí tiene de nuevo la economía de la escasez a la que se referían Easton y Hardy: no hay suficiente amor para todos, esto es mío y de nadie más, una ruptura es un fracaso que aboca a morir en el lecho solitario, si mi pareja ama a otra persona implicará necesariamente que ya no soy digno o digna o digne de su afecto, y mi estatus habrá bajado… ¿Se percibe el sustrato de miedo e inseguridad que vertebra ciertos planteamientos? Y no crea que nadie ha tratado de frotar esa lámpara. En un estudio que nos presenta Meg Barker,
Varios participantes sostuvieron que las personas monógamas se sentían amenazadas por el poliamor debido a que este representaba una forma honesta de tener más de una pareja, algo que muchas personas monógamas harían, o se plantearían hacer, pero a lo que no están abiertas debido a las reglas culturales dominantes acerca de la infidelidad (Barker, 2005, p. 81, traducción mía).
Y hablando de apertura afectiva: en otro estudio realizado en 2016 se concluyó que aquellas parejas cuya relación se estructuraba alrededor de los cánones normativos mostraban una menor calidad en el resto de sus vínculos (Sarkisian y Gerstel, 2016). Ahí queda eso.
Pero mire qué tarde es. Vamos a ir abrochando esto, que querrá usted acostarse, y no me gustaría que se fuera a dormir pensando en estas páginas como una crítica furibunda contra la monogamia. Nada más lejos (bueno, algo habrá más lejos, pero es lo que se suele decir). La monogamia, como cualquier otro paradigma relacional que se base en el consentimiento libre de las partes, es un modelo perfectamente válido. Las contrapropuestas que aquí le hago no van destinadas a socavar los cimientos de Occidente, como antes le decía, sino a sugerir que existen múltiples formas de vivir y relacionarse que apenas se conocen ni se plantean siquiera porque están culturalmente proscritas. Quien tenga varias parejas sexuales (especialmente si es mujer) se encontrará sin duda con acusaciones, más o menos veladas, de promiscuidad. Quien tenga más de una pareja, carecerá de credibilidad ante los ojos de la sociedad, por considerarse un modelo romántico precario, extraño y contrario a las más fundamentales nociones del Amor. Este artículo no tiene más pretensiones que la de lanzar una bengala por todas esas relaciones no normativas que reclaman respeto y un hueco en la selva del canon.
Queremos abrir nuestra visión para acomodar la monogamia junto con una plétora de opciones diferentes; queremos plantear estructuras familiares y sociales que tengan espacio para crecer, que continúen extendiéndose y adaptándose, que podamos adaptar a nuestras necesidades en el futuro. Creemos que las nuevas formas de familia están evolucionando ahora y que continuarán evolucionando, no para suplantar a la familia nuclear sino para complementarla con una abundancia extraordinaria, un mundo de posibilidades para compartir familia, sexo y amor. Queremos liberarte para que crees la sociedad en la que quieres vivir (Easton y Hardy, 2018, p. 449).
Me cuesta concebir un amor que se autolimite desde sí mismo. El sujeto que ama mira hacia fuera, y lo que hay fuera le devuelve solo un reflejo parcial de lo que contiene. No hay exclusión en el afecto, aunque haya grados de proximidad en la intimidad. Nada de esto es un problema, a menos que cada cual lo problematice. Pero si uno ama para el otro, se olvida de sí y no se cuenta entre la población adyacente. Es un fenómeno bidireccional que solo le interesa en una dirección, y es aquella en la que quien ama deja de hacerse presente. Puede estar, como usted y yo, pero es irrelevante si, cuando no esté, hay cabida para lo demás. La habrá, se le otorgue o no, si bien prestarle atención es estricta materia individual.
Así que usted dirá.
Bibliografía
Barker, M. (2005). This is my partner, and this is my . . . partner’s partner: Constructing a Polyamorous Identity in a Monogamous World. Journal of Constructivist Psychology 18(1), 75-88.
Easton, D. y Hardy, J. (2018). Ética promiscua. Melusina.
Haritaworn, J., Lin, C-J., & Klesse, C. (2006). Poly/logue: A Critical Introduction to Polyamory. Sexualities, 9(5), 515–529.
Pérez Cortes, J. C. (2020). Anarquía relacional. La revolución desde los vínculos. La Oveja Roja.
Rubin, J. D., Moors, A. C., Matsick, J. L., Ziegler, A., & Conley, T. D. (2014). On the margins: Considering diversity among consensually non-monogamous relationships. [Special Issue on Polyamory]. Journal für Psychologie, 22(1), 19-37.
Sarkisian, N., y Gerstel, N. (2016). Does singlehood isolate or integrate? Examining the link between marital status and ties to kin, friends, and neighbors. Journal of Social and Personal Relationships, 33(3), 361–384.
Scoats R, Campbell C, What do we know about Consensual Non-monogamy? Current Opinion in Psychology.








Qué buen artículo, interesante sobre un tema recurrente, da para pensar y darle vueltas al asunto. Sin ánimo de ser plomazo, me gustaría apuntar un par de cosas:
Quizás el amor sea «infinito». Se puede sentir amor por siete hijos, por cada uno de ellos, con la misma intensidad que se amaría a un hijo único. Realmente no estoy seguro, pero supongamos.
Sin embargo, los efectos de ese amor no son «infinitos». Igual hay una persona en Cuenca que lee este comentario y comienza a amarme con locura el resto de sus días (cosas peores se han visto), pero a mí eso no me aporta nada (y menos mal). Me aportaría si esa persona quisiera conocerme, pasáramos tiempo juntos, compartiéramos experiencias y tantas cosas que, estas sí, son finitas, muy finitas.
Es algo que entiende todo el mundo, a dios pongo por testigo que vaya si lo entiende todo el mundo. ¡De-dí-ca-me a-ten-ción! O nuestra relación es un mojón. Hay un sector que me estará entendiendo perfectamente.
Y como eso suele ser un problema, quizá tener tres atentos sea una solución. Quién sabe. ¡Somos tan limitados en solitario, en esta época de la sistemática explotación! Así que sí, quizá sea la hora del amor-turismo, del amor-dividendo-cartera-de-inversión. Del amor-cooperativa. ¿O siempre lo fue?
«Se puede sentir amor por siete hijos, por cada uno de ellos, con la misma intensidad que se amaría a un hijo único». Para nada. El hecho de tener siete hijos, diluye ese enorme amor que tienes por el hijo o hija únicos para que pueda distribuirse equitativamente si es que esto fuera posible, que no lo creo. Lo mismo pasa con el amor sexual, la exclusividad por ambas partes enciende una barbaridad y otras distracciones solo vendrían a marear la perdiz. Naturalmente, hablo de un lapso de tiempo limitado, en algunos casos dos, tres años. En el nuestro y de manera excepcional, nos duró algo más de diez años. A partir de ahí, o se busca por ahí algo más o ya se pueden clausurar ambos genitales para todo lo que no sea micción.
Encargado, no estoy de acuerdo con que a un hijo único se le quiera más que a varios. El amor a los hijos no se diluye. Lo digo por experiencia. Tengo 3 hijos
Ya sé que es imposible. Pero la única manera de saber eso con certeza, sería que ahora, en vez de los tres hijos, vivieras en tus carnes la sensación de ser madre de uno solo. Te falta esa experiencia para pronunciarte sobre el tema con total conocimiento.
Gracias por el comentario y tu análisis, Pablo. Interacciones así enriquecen el debate social, que falta nos hace ?.
Hola, Pedro.
Gracias, pero no es para tanto, solamente un comentario que leyéndolo ahora veo que quedó un pelín retorcido.
Este es un tema, el de las relaciones, que me gusta mucho pero no soy experto, y gracias a tu artículo me da pie a reflexionar.
Que las personas en relación poliamorosa merecen respeto y que nos ahorremos las chanzas, eso lo doy por sentado. Curiosamente, yo tenía la impresión de que la capacidad para el poliamor era un marcador moral positivo, al menos en determinados círculos.
A partir de ahí, me interesa mucho lo que no se ve ni se suele decir del poliamor. Por eso mi comentario: se incide mucho en lo positivo de la apertura amorosa, y bien está, pero se habla menos de las forzosas limitaciones que impone su repartida expresión. Pero bueno, hay gente admirable capaz de sacar tiempo para todo.
Es un tema que merecería una genealogía foucaultiana ?.
Quizás lo que más me fascina del poliamor es su carácter a contracorriente con los tiempos (y quizá no solo con los tiempos). Ahí tenemos al país volcado con un programa-teatrillo bastante burdo sobre el tema de las tentaciones, infidelidades y celos. Los celos constituyen una emoción cuya potencia me sorprende cada vez más y más. Por eso el poliamor me resulta extraño y entrañable a la vez, como una fantasía valiosa en medio del culto bruto a los celos. Un saludo!
Me ha encantado que tú acercamiento sea riguroso y complejo, nada me molesta más que leer sobre temas tan amplios con miras microscópicas.
¡Dios mío, la «claque» Narcob se viene arriba con Kalelena a la cabeza!
¡Trabajazo! Texto lúcido y necesario, con una prosa que combina el filo de la crítica con el humor personal, peculiar, de Pedro Narcob. Debemos (re)pensar —obviamente, más allá del cliché que sustenta la realidad— esa arquitectura afectiva que habitamos sin descanso. La pregunta, juraría, no es si la monogamia funciona, sino por qué hemos asumido que debe ser la única opción legítima. Lo cual es a todas luces interesante. Costumbre humana de convertir lo familiar o común en dogma; muchas, muchas, muchas de las convicciones más íntimas de cada cual son, en realidad, una suerte de préstamo cultural aceptado sin demasiada resistencia. ¡Genial artículo!
No sé si me ha gustado más el artículo o los comentarios al mismo. El artículo me parece muy interesante, bien escrito y que da para la reflexión a tope.
Sobre el contenido con la cabeza pienso, » pues es verdad, es una mezquindad tener solo amor para una persona, aunque sea una detrás de otra». Con la experiencia me digo «madre mía si tirar de la relación con una persona es tan complejo, como será la gestión de varias ???
Según he encontrado en internet: “Decir la verdad y después prenderse fuego. Esa es la tarea del filósofo.”
― Arthur Schopenhauer, The World as Will and Representation, Volume I
Espero que la referencia sea correcta.
Todo el artículo se basa en una idea que el autor no explicita nunca (hasta pudiera ser que no sea consciente de ella) : que la normatividad es arbitraria, cuando es el resultado de necesidades biológicas, sociológicas y políticas.
Nada de lo que ha existido en todas las épocas y por todas partes es arbitrario. Si la pareja es la norma y no el trío, es evidente que no es por capricho. Todos los experimentos de «poliamor» que se han hecho en comunidades utópicas o hippies han fracasado.
En realidad, creer que el ser humano es libre es una estupidez. Todos no somos más que marionetas de la Vida (com mayúscula). Pero de eso nos damos cuenta cuando en el último tercio de nuestra vida reflexionamos sobre por qué hemos hecho lo que hemos hecho en ella, sobre los «azares» que han determinado nuestra existencia, sobre la manera inconsciente que hemos tenido de actuar en muchos casos.
En resumen, hay mucha ingenuidad en la tesis del autor del artículo, que me recuerda la ingenuidad de todos los utopistas en general y la de los wokistas en particular. Yo recomendaría al autor que leyese la fascinante utopía de B. F. Skinner «Walden dos» y luego se preguntase por qué ha fracasado.