Sociedad

«Padre, que le pidan lo perdonen, porque no saben lo que hacen»

me pide me perdona
Su Campechanidad Juan Carlos I pidiendo perdón. Imagen: RTVE.

¿Qué es el perdón? Ni idea. A bote pronto, A agravia a B y en ese momento nace una deuda inmaterial de A para con B. La propia existencia, forma, volumen y alcance de esa deuda inmaterial es tan subjetiva y voluble que a veces solo existe para un tercero C, y hasta en ocasiones solo florece mucho tiempo después. El perdón sería la condonación de esa deuda, generalmente a petición del deudor, o sea, pidiendo perdón. Si alguien te roba mil euros quieres que te los devuelva y además puede que vaya a la cárcel. A veces con esto es suficiente, pero otras todavía faltaría ese no-sé-qué que significa «estaba tan tranquilo y has venido a robarme mil euros, me los has devuelto, pero pídeme perdón, además». O: «Te he puesto los cuernos, eso ya no tiene remedio, pero, por favor, perdóname».

El perdón puede ser pedido pero no concedido, puede ser concedido sin ser pedido, puede solicitarse sin en realidad quererlo, puede ofrecerse sin querer darlo; a veces el asunto no está claro: A y B se sienten ambos agraviados (o pretenden estarlo) y los dos se sienten acreedores de la deuda. Muchas veces solo se pide perdón para evitar males mayores. Hay gente que no pide perdón jamás de los jamases y otros que nacen ya disculpándose por todo. Cuando esa deuda es muy grande o permanece demasiado tiempo sin ser saldada, puede que a ese sentimiento de agravio se le amargue el humor y se transforme en Odio, que a veces se materializa en forma de Venganza para cobrar la deuda, o también ese Odio puede permanecer latente acariciando nuestra alma y llegar a ser con el tiempo algo que pueda manejarnos la vida y hasta traspasarse de padres a hijos, de comunidad en comunidad, de nación a nación. Hijo, todo esto que ves es tuyo, y ni a aquel hijo de perra ni a sus hijos les dirijas la palabra porque mete el tractor en la linde y patatín patatán.

Todo esto es un enredo al que espero contribuir con unos ejemplos absurdos.

«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». (Jesucristo, año 33 después de sí mismo)

Con esta frase lanzada en un momento de debilidad, embriagado de dolor y, por tanto, cercano al estado místico solo alcanzable con un sufrimiento indecible o por una buena ración de estramonio, casi desfallecido, pero aún con más vigor que Nacho Vegas en sus momentos más álgidos, Jesucristo establece las bases del perdón cristiano. Resulta que los acreedores de la deuda no somos nosotros, pecadores humanos agraviados por otros pecadores humanos, sino Dios. Yo solo chapurreo el arameo1, pero queda claro: solo Dios puede perdonar, centraliza la gestión de todos los perdones. Jesucristo está viendo cómo unos asquerosos soldados romanos se están jugando su túnica a los dados y no da crédito, si le quedaran fuerzas se reiría por dentro porque no se puede ser más bruto y tener menos sensibilidad, una metáfora de la humanidad toda: Padre, algo hicimos mal con esta caterva de hijos de perra, hay que perdonarlos.

Lo importante del episodio aquí no es si se produjo o no realmente, lo importante es que es totalmente creíble, tan cierto como hijos peleándose por herencias en la habitación de al lado de donde agoniza el enfermo o cuarentañeros en las rebajas tirándose con cuidado de los pelos recién injertados por culpa de unos pantalones skinny fit que vienen rotos de fábrica, decadencia occidental total. Muchos y muy conocidos cristianos (incluido Cristiano Ronaldo) a lo largo de los siglos han interpretado después a su manera las supuestas palabras de Jesús: yo no te puedo perdonar, solo Dios puede; así que prepárate. 

Un poco más circunscrito al cristianismo financiero estaría el «Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores». Es cierto que este fragmento del Padre Nuestro se ha modificado, pero varias generaciones de españoles, entre ellos muchos estafados con preferentes y otros instrumentos financieros del diablo, nos sabíamos este verso de carrerilla. Todos los peces gordos de la banca de misa y comunión al menos semanal también lo conocían bien, cabalgaron a lomos del «perdónanos nuestras deudas», pero después, una vez recobrado el aliento, hicieron oídos sordos a la parte que dice «nosotros perdonamos a nuestros deudores». La religión y la banca y su letra pequeña. Un ejemplo de cherry picking cuyo resultado fue muchas familias jodidas y una cosa llamada Banco Malo. La redacción de diez líneas que escribió Daniel acerca de la profesión de su padre comenzaba así: «Mi papá trabaja en el Banco Malo, pero mi papá no es malo en absoluto, salvo cuando sale el coletas en la tele y entonces…».

«Lo siento mucho; me he equivocao y… no volverá a ocurrir». (Juan Carlos I, rey emérito de España. Año 2012 d. C.)

Lo más parecido a un perdón anterior en la dinastía borbónica probablemente fue el famoso y sutil «Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional» del cacho asqueroso de Fernando VII2. El entonces todavía rey de España sale de una especie de sala de espera de hospital ayudándose de una muleta, no sé, lleva cara rara, mitad robótico, mitad con ganas de estar cagándose, qué sé yo, de dolor físico y moral, le acaba de ver el médico, me imagino el diálogo: 

—Doctor, ¿podré hacer vida normal después de esto?

—Vida normal sí, no lo que viene usted haciendo los últimos treinta años, alteza.

—Je, je, je, que jodío doctor.

El ahora emérito dirige la mirada de cordero degollado a los periodistas que lo esperan, tan solo pretende pasar el mal trago cuanto antes, llegar a su apartamento de soltero y ponerse un whisky con hielo y fantasear con que está en el regazo de Corinna, que ella bebe de su copa también y deja marcado su carmín russian red, puede que quizá después ella le deslice el vaso helado por las partes todavía doloridas de él, Juan Carlos quiere que eso que está en su imaginación gracias a la mía llegue cuanto antes y entonces un periodista con voz de tenor hace la pregunta que han acordado previamente: «Señor, ¿cómo se encuentra?». Un poco de paja previa y lanza el bombazo: el rey pide perdón y vaticina que «no volverá a ocurrir».

No volverá a ocurrir porque casi todo lo que tenía que ocurrir ya había ocurrido. Nosotros no lo sabíamos, tan solo algunos eran capaces de imaginar hasta dónde llegaba el iceberg bajo la superficie, pero debimos de haberlo sospechado, porque que un rey se rebaje a pedir perdón (por mucho que andar matando elefantes en plena crisis sea una buena cagada) no puede significar más que un cortafuegos.

Podría ser un ejemplo de disculpa táctica, el propio hecho de pedir perdón ejerce de cortina de humo sobre lo que se ha hecho y se sabe, pero sobre todo sobre lo que se trata de ocultar a toda costa. Le salió el tiro por la culata3, mostró debilidad y desde ese momento mucha gente empezó a indagar, a romper esa ley del silencio que no se sabía bien de dónde venía. Salieron a la luz actividades cuando menos poco ejemplares para alguien de su posición y tuvo que acabar abdicando por el bien de la Corona, pero finalmente su causa acaba de ser archivada por una mezcla de prescripción e inviolabilidad4. Habría que actualizar los nombres de calles y parques a su nueva situación: «Avenida Juan Carlos I “el inviolable”». Ahora en España ya hay incluso menos juancarlistas que carlistas, pero hay que recordar a los más jóvenes que, en su momento, el juancarlismo fue considerado casi una nueva forma de gobierno: autocracia, plutocracia, república presidencialista, monarquía parlamentaria y juancarlismo campechano.

«No te lo perdonaré jamás, Manuela Carmena. Jamás». (Cayetana Álvarez de Toledo, año del señor 2016)

¿Es la realidad que sentimos la realidad real o todo esto es una farsa? Casi ningún niño se pregunta esto porque bastante tienen con no hacerse caca encima, pero deberían. Todos los mayores nos confabulamos, aunque solo sea a través de nuestro silencio cómplice, para que las criaturas (sobre todo occidentales) vivan en una especie de Matrix o de Show de Truman toda su infancia y en especial durante las fiestas navideñas.

Mantener a las pequeñas y los pequeños en una burbuja de felicidad y fantasía forma parte de un plan consistente en «disfruta ahora todo lo que puedas, hija mía, que después en la vida hay muchos momentos amargos». Tan solo algunos Morfeos-Chiquetetes intentan a veces sacar del engaño a los niños, de repartir píldoras de realidad antes de que la realidad venga ella sola a abofetearlos; pero también hay heroínas como Cayetana Álvarez de Toledo que tratan de hacer lo contrario, de poner a salvo a sus vástagos y a toda la pequehumanidad.

Para la que no lo recuerde, la cita formaba parte de un tuit de Cayetana durante la cabalgata de Reyes del año 2016, que coincidía con la alcaldía de Manuela Carmena. El detonante fue un presunto comentario de su hija de seis años en el que destapó un error de Matrix al fijarse detenidamente en el traje rosa-locatis que llevaba Gaspar y afirmar sin tapujos que «Mamá, el traje de Gaspar no es de verdad». No me gusta abusar y corregir a niñas de seis años porque mi edad mental ya es de nueve, pero lo cierto es que el traje a mí me parecía de verdad; otra cosa bien distinta es que su diseño fuera un tanto discutible y, sobre todo, algo distinto al tradicional. Además, se ahorró descaradamente el elogio a la verosimilitud del rey Baltasar, que era negro de verdad y no un madrileño pintado con betún. A mí, cuando me piden que diga el nombre de la primera persona negra que me viene a la cabeza, siempre digo Alberto Ruiz Gallardón; eso sí que es imperdonable, me viene a la mente antes incluso que Michael Jordan o Julio Iglesias.

Aunque podría ser que la hija de la señora Álvarez hubiera disfrutado de algún campamento de verano en Bangladesh cosiendo con otros niños de allí y que por eso supiera ya tanto de ropa. Si es así, pido perdón por anticipado5. Por lo visto, la señora Álvarez de Toledo cumple lo que promete y no piensa en perdonar jamás, porque tampoco perdonó a Pablo Casado y ahora ambos (Casado y Carmena) están fuera de juego mientras ella sigue a su manera en la brecha. 

«Que me pida me perdone». (Inmigrante chino, año 2018 en España, año 4716 en China, año del perro)

No hace falta que les recuerde el fantástico hilo de Twitter en el que Andrea relató desde el punto de vista privilegiado de observador-personaje secundario este esperpento patrio, ejemplo de integración-desintegración del núcleo irradiador de los migrantes venidos allende los mares a mezclarse con la raza comic-sans que es la española.

La historia se resume en que una señora estaba mangando unas plantillas de setenta y cinco céntimos en un bazar chino y la cazaron con ellas puestas porque el dueño (que era chino) ya la tenía en el punto de mira y lo había grabado todo a la chita callando. Hubo tiras y aflojas, llegó la policía, la señora erre que erre a negarlo todo y sostenella y no enmendalla, hasta que a un agente se le hincharon las narices y la denunció de oficio.

El día del juicio, el honorable dueño renunció a sus setenta y cinco céntimos en una muestra de magnanimidad, y pidió «que ella me pida me perdone». Entonces se produce un Lost in Translation total, la señora interpreta que el dueño le está pidiendo perdón y, en un alarde de casticismo y españolidad, de orgullo de dibujo animado, y aun sabiendo que es culpable hasta las trancas, no baja la guardia y se niega a otorgar su perdón. Vaya huevos. Por supuesto, el dueño salta como un dragón y aclara: «QUE ME PIDA ELLA A MÍ». Si los juicios de Núremberg fueron los más importantes del siglo XX, sin duda este lo será del siglo XXI, el siglo de las plantillas debería pasarse a llamar en el calendario gregoriano y en el chino: año del perro, siglo de las plantillas.

Es posible que la señora atravesara una mala racha, como nos podría pasar a cualquiera, o puede que simplemente sea su forma de ser; en todo caso, todo el episodio produce una mezcla de hilaridad y ternura. Me invento y caricaturizo: el chino y su némesis, la castiza, ambos conceden al perdón el valor máximo, el ciudadano asiático perteneciente a una cultura donde el honor y el esfuerzo son la guía de sus actos, puede que un tanto cerril y poco tendente al sarao, una vez tuvo un accidente y vio pasar su vida por delante y no le gustó nada, dispuesto a perdonar solo con que se lo pidan, pero también capaz de a ir a juicio por ello; al otro lado la españolaza de clase media-alta seguramente venida a menos y que se ha quedado en clase cuarto y mitad, alta representante de la picaresca patria, quevedesca y berlanguiana, lo del esfuerzo y el honor está bien pero ya tal, y rencorosa además, un puntito racista, que sumado a cierto clasismo le permite pasearse por el bazar con todo el desparpajo porque ese establecimiento está en territorio español, la mitad de las veces volviendo a descambiar las cosas sin llevar el ticket y deterioradas porque las ha mordisqueado el gato. 

Esto no hay inteligencia artificial que lo replique, os lo juro por Dios. 


Notas

(1) Nota mental: incluir en aquella canción punk que nunca terminé.

(2) Desconozco cuántos reinados han de pasar para no ser acusado de injurias a la Corona. Si es delito, lo retiro, señora fiscal.

(3) Ingenioso y sutil juego de palabras en clara relación con el hecho detonante de todo el escándalo.

(4) En Inglaterra lo han declarado no inviolable, esperemos a ver qué pasa con la acusación de acoso de la señora Larsen.

(5) El perdón por anticipado, preciosa forma de perdón.

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6 Comentarios

  1. Hervé Niquet

    Una precisión a tu profuso artículo.
    En lo referente a Jesús de Nazareth, la cita que empleas pertenece a S. Lucas (Lc 23:34), no de Jesús. Pero el tal S. Lucas no fue contemporáneo de Jesús, sino discípulo de S. Pablo quien, a su vez, tampoco conoció a Jesús. Además, S. Marcos, quien sí le conoció, recuerda que Jesús dijo “Padre, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15:34). Su colega, S. Mateo dice lo mismo (Mt 27:45-46), aunque S. Mateo parece resumir lo que dijo S. Lucas. De manera que Jesús, si hacemos caso a S. Marcos, tras ser prendido por el Imperio se sintió abandonado. No tuvo aliento para pensar en los demás.
    En cualquier caso, es el juego de los evangelistas, no del pobre Jesús, a quien los romanos mataron y cuyo recuerdo me temo que después también mataron otros.

    • Habría que precisar también que, aún siendo de indudable mérito, el dominio del arameo en su más básico nivel de chapurreo no contribuiría a clarificar el sentido de la frase de marras, dado que los evangelistas escribían todo en griego antiguo. Todo lo cual sólo reduce (muy levemente) la ardua tarea de manejar las fuentes originales . Dios bendiga a los (divinamente) inspirados traductores.

  2. Al Martin

    Muy bueno Earl.
    He disfrutado mucho leyendolo.
    Y como decia mi abuela al terminar el rosario:
    «Recien cantinpace» (requiem cantim in pace), es lo que tiene el latin de Almería.

  3. Pablo Fontán García

    Hay gente que compra y luego están los que cambian su dinero por bienes.
    Los que compran luego cambian, y los que cambian luego descambian.
    Hasta luego.

  4. El principe del arrabal

    ¿Acaso no merece la chusma, que mantiene a semejante rey, ser saqueada?
    Léase chusma en el peor sentido posible, esto es: hez, horda, vulgo, morralla y otro sinónimo que acabo de descubrir y me causa harto contento, mezcla de marranos y morralla, MARRANALLA, tropa, gentuza, populacho…
    Solo el saqueo , la estafa, el timo, el cambiazo es lo que merece el vulgo que ya de entrada se cree inferior y aplaude la separación por clases desde la cuna.
    ¿Acaso no es legitimo robar o distraer a manos llenas, a quien lo pide a voces, declarando su inferioridad a los 4 vientos frente a uno que se dice rey?
    Todos aquellos lacayuelos y lacayuelas que jalean genuflexos cual bufonas, el paso del rey desnudo, declaran con su actitud su soberana estupidez, y cortedad de entendederas.
    Por lo tanto libremos al buen rey de cargar con la culpa de noseque robos, cuando en puridad, el gran regente solo hacía lo que cumplía, que no era otra cosa que malversar caudales públicos ante el aplauso general, de los rufianes de la mas baja estofa que haya monarca conocido.

    • ¡Hombre don Fernando! ¿Usted por aquí? ¡Qué gran honor, en serio! Lo ha clavado, como casi siempre.

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