
El monstruo que nos aterra habita no solo en la imaginación de los pueblos y de sus poetas o sacerdotes, que se encargan de darle forma en textos orales y escritos, sino en el cuerpo —y en el inconsciente— de los hombres y de las mujeres en toda su hirsuta y dura realidad. El cuerpo de carne, hueso y humores, en el que hay tanto sufrimiento como goce, es la guarida del monstruo. En él se incuban enfermedades, anomalías y la locura; es receptáculo de prótesis, objeto de investigación y de tratamientos que curan o matan1; y también de terror y de fascinación, de irrisión, de escarnio y desesperación, suya y nuestra, en su interior como sujeto y en nosotros como espectadores. Los vampiros hematófagos legendarios, como Drácula o Carmilla, no existen, pero sí los vampiros mentales, esas criaturas o individuos cargantes que por medios psíquicos roban las energías anímicas y la vitalidad de sus víctimas, aunque ni unos ni otras sean conscientes de ello. Los primeros son fantásticos y pertenecen al mundo de lo imaginario; los segundos son reales, pese a su denominación metafórica, y mucho más siniestros que los primeros porque los tenemos cerca.
Hay monstruos reales, de carne y hueso. Los viajeros y naturalistas de la Antigüedad clásica, como Plinio, y de la Edad Media, como Juan de Mandeville o Marco Polo, así como los monjes franciscanos y dominicos evangelizadores hasta finales del siglo XVI, situaban en sus mapas seres más o menos humanos, anómalos o monstruosos, en comarcas remotas o desconocidas, especialmente en la India y sus islas. Los monstruos más importantes, que han dejado estela en la cultura, son los cinocéfalos u hombres con cabeza de perro, los pigmeos, los siameses y los cubiertos de pelo de pies a cabeza, tenidos por hombres salvajes. Muy curiosos, aunque menos conocidos, son los hombres sin cabeza, con los rasgos faciales en el pecho, los de un solo pie enorme con el que se daban sombra, los cíclopes, los de ojos múltiples o las sirenas. Aquellos naturalistas o pioneros de largos viajes en busca de rutas comerciales habían entrevisto algunos seres humanos salvajes o deformes u oído historias de otros a marinos o a comerciantes, pero lo importante es que no hablaban o escribían desde la ficción, sino desde lo real, y no inventaban criaturas trascendentes sobrehumanas, como ángeles, demonios o hadas, sino que, con san Agustín, se preguntaban seriamente si los cinocéfalos u hombres con cabeza de perro provendrían de Adán o serían de otra especie, sin alma. El miedo en estos casos residía en la duda entre su condición animal o humana.
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Grande Pilar Pedraza. Muchas gracias por el artículo.
La gente es muy mala , y le gusta ver a gente que cree que estä peor que ellos.
Pilar, soy fan tuya desde hace décadas y así sigo. No imaginas la alegría que me ha dado leerte de nuevo aquí, en la Jot Down, con este artículo exquisito y tan de tu estilo. Una vez estaba leyendo sobre los infortunios que sufrían los albinos africanos, personas que nacen con hipomelanosis y que se ven obligados a huir por su vida al ser considerados seres malditos o fantasmas, y me acordé de ti y de tu criatura albina de ojos rojos de La fase del rubí. Estoy deseando leer más artículos tuyos
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