
«¿Qué será que la generación cada vez es más débil y más enfermiza? Pues es muy sencillo: es debido a la mala vida y viciosa de los antepasados, que sin mirar el porvenir de sus generaciones se arriesgaban a todos los vicios, por malos que fueran y sin escrúpulo de ninguna clase. ¡Jóvenes! Mirad muy bien lo que hacéis, no solo por vuestra felicidad, sino por el porvenir de vuestros futuros hijos y demás descendencia que nunca os puedan decir vuestros hijos que están enfermos por vuestra culpa. ¡Jóvenes! Ingresad en el Grupo Excursionista Eliseo Reclús». Corría el mes de febrero de 1938 y, en la Valencia capital de la República resistente, los horrores de la guerra no habían acabado con la actividad recreativa de las Juventudes Libertarias de la Barriada de la Misericordia, que, unos días antes, habían constituido aquel grupo excursionista cuya primera expedición los conduciría al paraje conocido como El Picacho. Se hacían parte, con ello, de una historia larga de maridaje entre el anarquismo y el montañismo, que en España —sobre todo en Cataluña— venía desplegando, desde finales del siglo XIX, una variopinta proliferación de grupos, revistas y ensayistas.
En la montaña, en los espacios naturales, encontraban los ácratas muchas y distintas cosas, conectadas a veces con otras sensibilidades características del movimiento, tales como el desnudismo, la teosofía o el esperantismo. Acudían los enemigos del poder a la montaña a desnudarse, a nombrar en el idioma artificial del doctor Zamenhof las cosas que veían y de esa manera practicarlo, a construir comunas… y también a rastrear —en el caso de los anarquistas catalanes— pasos de montaña a través de los cuales escapar a Francia, huyendo de la Guardia Civil, el somatén o el servicio militar, o escondrijos para las armas de la acción directa, conocimientos que resultarán muy útiles cuando la negra noche del fascismo se abata sobre España, y ante él haya que alzar la insurgencia desesperada del maquis. «Las reuniones clandestinas en la montaña —escribe Juan Gómez Casas en Historia del anarcosindicalismo español— cubríanse con el deporte del excursionismo, el culto sincero al desnudismo, al aire oxigenado y el bronceamiento al sol. Todo esto formaba un contraste pintoresco si se tiene en cuenta que esa vuelta sincera a la naturaleza era perfectamente compatible con los planes conspirativos, la química de los explosivos, el ejercicio de tiro con pistola, el intercambio de periódicos y hojas clandestinas, los anatemas contra el tabaco y el alcohol».
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En resumen: el anarquismo, en todas sus variantes, es una secta de santurrones intolerantes, los modernos Savonarolas.
Pues el resumen será de otro artículo que tienes enquistado en el cerebro, porque en el que acabo de leer se limita a hacer una descripción de la relación entre la naturaleza y el idealismo anarquista.
Totalmente de acuerdo, pepino! Algunos creen que todo se resume a tildárdeselas de Dr. para que sus comentarios desenfocados de lectura puedan desprestigiar inequívocamente, sin llegar siquiera a atisbar lo ridículos que resultan para quien se limita a leer entendiendo lo que se lee.
Es curioso notar que anarquistas y fascistas sentían la misma fascinación por las montañas. Y probablemente por las mismas razones.
Gracias a Pablo Batalla por poner a nuestro alcance esta información tan sensacional. Como veterano montañero, no me han dejado indiferentes las reflexiones que acerca de esta actividad se hacian en ese periodo. Me siento cercano a algunos pensamientos. La montaña como espacio para la libertad, la emacipación y el disfrute de la naturaleza. Veo que algunos al ver la palabra anarquismo se ponen nerviosos. Allá ellos y sus miedos. En lo más alto de un monte o en la umbria de un valle la expresión “Ni dios, ni patria ni rey” toman otro significado. De nuevo gracias.
Eran otros tiempos. Veníamos de un largo camino en el que había que construir un mundo nuevo. Aún había necesidad de conocer, aprender, poner en común y practicar todo lo que la sabiduría humana disponía y negaba compartir con los de abajo. Ingenuidad, rabia, ignorancia, curiosidad, necesidad imperiosa por aprender y ponerlo a disposición de todos para hacer realidad los ideales (desde abajo, desde aquí). Nada que ver con los fascismos, lejos también de los doctrinarios marxistas que pretendían dirigir desde arriba. Se perdió, cayeron los compañeros, no supimos estar a la altura quienes pretendimos en algún momento continuar la tarea. Quizás en algún momento el sol vuelva a brillar y caliente la semilla que ahí se sembró.
Cuanta cursilería y cuanta superioridad moral impostada.
Pero que karallo bonitas “ dr. Honoris Causa”
Que no aparezca citado Isaac Puente es de traca.
Interesante punto de vista sobre el Anarquismo
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