
«Sueño con un mundo donde la verdad conforma la política de las personas, en lugar de que la política dé forma a lo que la gente cree que es verdad», lamentó el astrofísico Neil deGrasse Tyson. Casi medio siglo antes, Hannah Arendt captó la esencia del problema en su incisiva reflexión sobre pensar vs saber, en la que escribió: «La necesidad de la razón no está inspirada por la búsqueda de la verdad, sino por la búsqueda del significado».
Esta distinción entre verdad y significado es vital, especialmente hoy en día, cuando la propaganda política y el establecimiento de «hechos alternativos» manipulan a un público que prefiere saber en lugar de pensar, aprovechando el deseo de certeza de significados prefabricados entre aquellos que no están dispuestos a participar en el trabajo de pensamiento crítico necesario para llegar a la verdad, una verdad medida por su correspondencia con la realidad y no por su correspondencia con las agendas personales, zonas de confort y creencias preexistentes de uno.
Esta disciplina esencial de diferenciar entre verdad y certidumbre es lo que el influyente filósofo austríaco-británico Karl Popper (28 de julio de 1902 – 17 de septiembre de 1994) examinó al final de su larga vida a lo largo de En busca de un mundo mejor.
Popper escribe:
Todos los seres vivos están en búsqueda de un mundo mejor. Los hombres, los animales, las plantas, incluso los organismos unicelulares están constantemente activos. Están tratando de mejorar su situación, o al menos evitar su deterioro… Cada organismo está constantemente preocupado por la tarea de resolver problemas. Estos problemas surgen de sus propias evaluaciones de su condición y de su entorno; condiciones que el organismo busca mejorar… Podemos ver que la vida, incluso a nivel de organismo unicelular, trae algo completamente nuevo al mundo, algo que no existía anteriormente: problemas e intentos activos de resolverlos; evaluaciones, valores; prueba y error.
Popper sostiene que, dado que la identificación del error es tan central en el proceso de resolución de problemas, su corrección —es decir, la verdad— es un componente esencial de nuestra búsqueda de mejora.
La búsqueda de la verdad… sin duda cuenta entre las mejores y más grandes cosas que la vida ha creado en el curso de su larga búsqueda de un mundo mejor.
En un sentimiento que evoca la insistencia de Carl Sagan en el papel esencial de la ciencia en la democracia, Popper agrega:
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Hasta el siglo XIX la verdad epistémica entroncó con la verdad histórico-social. No sólo Platón y Aristóteles, sino Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, Descartes, Spinoza o Kant articulan un discurso que afecta desde las ciencias hasta a la política. Esto fue vetado por las monarquías tras la revolución francesa y por la burguesía, a la que no le hacía la menor gracia la leyenda hegeliana “lo racional es real”. Si lo real es irracional, entonces hay que transformarlo para que lo sea. ¡Revolución! A mediados del siglo XIX se financiaron a aquellas filosofías positivas que destruyeran “la semilla del dragón” del hegelianismo. Ése fue el objetivo. Tras la era de Benjamin Disraeli los sucesivos gobiernos conservadores financiaron en Cambridge un nuevo tipo de filosofía que eliminara el hegelianismo británico de Bradley y McTaggart. Ahí aparece la filosofía analítica y Russell, que no fue un santo patrón de la razón del siglo XX, sino un santo patrón de la razón alienada, de esa razón abanderada en contra de la religión que, sin embargo, pasa de puntillas a propósito de la economía y política. En Popper se encuentra la misma ausencia de relación entre su racionalismo a propósito de las ciencias y el liberalismo económico que apadrina. El austríaco al que saludaba afablemente Margaret Thatcher caracterizó negativamente al hegelianismo, reduciéndolo a una caricatura. “La sociedad abierta y sus enemigos” fue un libro contestado por la simpleza de su planteamiento y análisis. Hasta Leo Strauss, alguien nada sospechoso de tener una conciencia revolucionaria, salió al paso de su deficiente lectura de Platón. Walter Kaufmann mostró cómo Popper pasaba por alto el método científico en lo relativo a la sociedad y empleaba para sus propios intereses los mismos sofismas y procedimientos de distorsión que atribuía a los al parecer teóricos del totalitarismo. Fue Marcuse quien plasmó una perspectiva mucho más ecuánime acerca del hegelianismo en ese texto paradigmático que sigue siendo “Razón y Revolución” y que conviene leer antes de tratar de convertir a los Russell, Wittgenstein, Popper y demás patulea en beatos, mártires o santos.
Fue quizás el último filósofo que prescribió a la ciencia como tenía que ser frente a lo que vino después, la ciencia frente a su propia historia: Kuhn, Feyerabend, Lakatos. La historia y su consiguiente relativismo no casaron bien con su esencialismo platónico. Más cartesiano que kantiano, tampoco aceptó que en el plano económico político la competencia entre empresas en el capitalismo condujera a la construcción de monopolios. La historia de Microsoft, Disney, Apple o Google creo que han demostrado que no andaba muy acertado.