
Amanece un día claro en Sevilla, con las calles inundadas del olor a azahar que antecede al del incienso. En el CICUS se inaugura la tercera jornada de la primera edición del Hispacómic, ese encuentro para amantes de los tebeos/cómics/novelas gráficas que busca reivindicar y poner en el lugar que les corresponde a los autores españoles y portugueses de dicho medio. Hay stands repletos de libros de todos los tamaños y colores, pero resulta imposible no posar la mirada en uno de cubierta amarilla, con las letras del mismo tono de marrón que el lomo; el mismo que las teclas de un piano salido del humo de un cigarro que sujeta un hombre, en bata y pantalón de pijama, elevado a dos palmos sobre el suelo. Se trata de Balada para Sophie (Norma Editorial, 2021) y, desde lejos, sonreímos a quienes abren una página al azar y dejan que las siguientes corran en sentido inverso por primera vez, porque sabemos que están a punto de adentrarse para siempre, sin posibilidad de vuelta atrás, en el sugestivo, delicado y armonioso mundo creado por las ilustraciones de Juan Cavia (Buenos Aires, 1984) y por el guion de Filipe Melo (Lisboa, 1977). Un mundo-libro que comparte con sus autores la mirada cinematográfica, la estrecha relación con la música y el interés por las historias particulares, a sabiendas de que en ellas se encuentra el núcleo de lo universal.
Filipe Melo voló desde Portugal para estar presente en aquel sábado soleado de marzo y hablarnos de algunas de las muchas aristas que componen Balada para Sophie, así como de tantos otros elementos conectados con ella: de los trabajos anteriores junto a Juan Cavia (The Adventures of Dog Mendoça and Pizzaboy, Os Vampiros, Comer/Beber), de su trayectoria profesional, de películas, del éxito, del error, del papel de la ficción, de la utilidad de la música y también de la libertad.
Filipe, en tus reseñas biográficas se dice que «desde muy joven desarrollaste tu pasión por el piano y la improvisación». ¿Cómo de joven eras cuando descubriste esa pasión?
No tan joven. De hecho, los pianistas del mundo de la música clásica usualmente empiezan desde muy pequeñitos. Yo empecé más tarde, pero esto no es necesariamente malo. Empecé a los quince años y lo bueno es que, cuando uno empieza más tarde, siente la necesidad de compensar todo el tiempo que perdió, entonces estudia más. Yo no tenía mucha facilidad, así que estudié, estudié, estudié…
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