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Bestsellers de otros tiempos: Pavel Melnikov en los bosques

Un grupo de raskolni. (DP) Pavel Melnikov en los bosques
Un grupo de raskolni. (DP)

Pavel Ivanovich Melnikov, porque aquí es necesario el patronímico para no confundirlo con el ingeniero y militar Pavel Petrovich Melnikov, es uno de esos autores de los que podríamos decir que escribió en un lugar remoto sobre cosas remotas, hasta el punto de que, a pesar de su enorme éxito local, su obra solo fue traducida y editada en castellano por un editor excéntrico a principios de los años 60, y hoy hay que bucear en profundos repositorios de librerías anticuarias para dar con su libro más conocido: En los bosques

Nacido en 1818 en Nizhni Nóvgorod en una familia noble acomodada, pero sin llegar a rica, e incluso la fecha exacta de su nacimiento resultó controvertida, por los muchos traslados y vicisitudes que protagonizó su padre, militar de bajo rango. Recibió la primera educación de su madre, que había heredado una importante colección literaria de autores clásicos, rusos y franceses, que le inculcó el interés por las letras. Escribió sus primeros poemas a los diez años, y la familia hizo un esfuerzo para contratar a un profesor de francés, un médico del ejército napoleónico que había sido hecho prisionero en 1812 y que ya no regresó a su patria, convirtiéndose en médico de la comarca. A esa misma edad, comenzó a asistir al instituto de Nizhni Nóvgorod, donde tuvo su primer encuentro con el teatro, o podríamos decir encontronazo, pues el grupo de actores aficionados fue azotado por ocupar para sus representaciones una torre a la que estaba prohibido el acceso. Aun así, el grupo teatral no se desanimó y siguió preparando sus representaciones en casa de otro de los jóvenes y Melnikov llegó a escribir, con trece años, la tragedia Guillermo de Orange, ¡en cinco actos!

Cuando cumplió los dieciséis años, y a instancias de su profesor de literatura, el entusiasta A. V. Savelyev, sus padres lo matricularon en Filología en la Universidad de Kazán. Pavel expresó entonces su preferencia por ir a estudiar a Moscú, pero no se lo permitieron para evitar la influencia de los primeros socialistas, encabezados por Herzen, en los ambientes académicos moscovitas. Para llegar a la universidad tuvo que navegar tres días por el Volga, junto a otro compañero de colegio, Vasily Vasiliev, que también llegaría a ser un personaje importante de la cultura rusa, y el profesor Savelyev, que los acompañó personalmente a las pruebas de ingreso en la universidad.

Durante su estancia en Kazán, fallecieron sus padres con muy poca diferencia de tiempo, lo que lo obligó a plantearse la docencia como modo más inmediato de ganarse la vida. En aquel momento, y al graduarse con honores, le ofrecieron la posibilidad de quedarse como profesor en la propia Universidad de Kazán, pero en 1838, cuando contaba diecinueve años, dijo algo inconveniente en una fiesta de estudiantes, y fue desterrado a Perm, en los Urales, donde ejerció de profesor de historia y estadística en el instituto de la ciudad. También dio clases de francés durante dos años, hasta que aprobaron el traslado a su Nizhni Nóvgorod natal.

Así describe él mismo sus años de profesor:

Para la masa de estudiantes fui un mal profesor, pero para los pocos que querían aprender, fui muy útil. El caso es que me aburría pelear con chicos juguetones y distraídos y, por su falta de atención al tema, yo misma los dejaba sin atención. En el instituto, es decir, en compañía de los profesores, yo era casi una persona importante. En ese momento, el director, el inspector y muchos profesores eran seminaristas… Yo era uno de los nobles y, aunque insignificante, no dejaba de ser un terrateniente de la misma provincia de Nizhni Nóvgorod. Esta circunstancia me abrió puertas en casas donde mis superiores y compañeros no podían entrar.

En 1840 publicó su primera obra, un relato titulado «Sobre quién era Epidor Perfilievich y qué preparativos se hicieron para su cumpleaños», pero fue un fracaso y lo acusaron de copiar malamente a Gogol, con lo que dejó la literatura durante doce años. 

En 1841 se casó con Lydia Nikolaevna Belokopytova, con la que tuvo siete hijos, aunque todos murieron en la infancia, dicen que herederos de la mala salud de su madre, que falleció en 1848.

Aunque había dado la espalda a la ficción, sus escritos sobre viajes, antropología y costumbres locales se hicieron muy populares y llegaron a ser publicados en Alemania, aunque más como reportajes de viajes que como ensayos académicos. En aquella época eran frecuentes las narraciones de viajeros y exploradores por lugares remotos y pintorescos como África, Rusia o España. En su autobiografía, Mielnikov dice que en aquella época, si no aprendió a enseñar, por lo menos aprendió a estudiar.

En 1841, y tras muchos intentos, Pavel consiguió que lo hiciesen miembro de la Sociedad Arqueológica rusa, y aquí recibió el encargo de investigar los archivos de los monasterios de los viejos creyentes, algo que sería definitivo en su vida y en su obra. En 1847 se convirtió en el enviado especial del gobernador de Nizhni Nóvgorod, y luego lo adjuntaron al Ministerio del Interior ruso para supervisar los asuntos relacionados con el Raskol, que es el nombre que recibe en ruso este movimiento.

Quizás sea este el momento de dejar la intensa biografía de Melnikov, y sus muchas vicisitudes, su nuevo matrimonio, esta vez con una chica de dieciséis años cuando él tenía treinta y tres, sus destinos, sus correrías por lugares donde ni siquuiera existían los caminos, sus peleas con la inmensidad y los lobos, y explicar que es eso del Raskol, tan importante para su obra.

Raskol es el movimiento de los viejos creyentes. Los raskolni son los seguidores de este movimiento. Y no es casual que Dostoyevski llamase Raskolnikov al protagonista de Crimen y castigo, pues es completamente imprescindible que se le señale como seguidor de una determinada ética, y una sensibilidad religiosa especial, para que la historia fuera creíble en el momento de su creación.

El asunto venía de bastante antiguo. En 1653, y con el apoyo del zar, el patriarca Nikon de la Iglesia ortodoxa rusa se propuso unificar el rito ruso con el griego, y para ello se rodeó de una serie de sacerdotes ucranianos y griegos, que adoptaron la retórica de la contrarreforma católica y trataron de reforzar la autoridad central de los patriarcas sobre las distintas iglesias. Esto interesaba al zar, que quería también concentrar el poder en aras de modernizar el Estado para acercarlo a las estructuras políticas europeas. Muchos patriarcas rusos se pusieron a esta reforma, y en particular dos de sus señas distintivas litúrgicas, que eran hacerse la señal de la cruz con tres dedos en vez de con dos, y repetir tres veces aleluya en vez de dos.

Los campesinos, muy en especial, se opusieron a estas reformas y siguieron a los sacerdotes más conservadores, que afirmaban que con la caída de Constantinopla (1453), los ortodoxos griegos y bizantinos se hallaban contaminados y la única iglesia ortodoxa intacta era la rusa, que jamás había sido conquistada.

El cisma prosiguió incluso después de que el zar destituyese a Nikon en el sínodo de Moscú de 1666, y se lanzase un anatema contra Avvakum y otros líderes de la iglesia rusa más conservadora, que se apartó de la línea oficial y pasó a llamarse Iglesia de los viejos creyentes, o Raskol. Durante un tiempo, los viejos creyentes solo fueron señalados como herejes por las autoridades religiosas, pero en 1684, la princesa Sofia, como regente, lanzó una persecución armada de los Raskol, martirizando a muchos de ellos, mientras el resto se retiraron a los bosques y zonas apartadas de Siberia, constituyendo comunidades religiosas de viejos creyentes, con sus propios monasterios y su propia cultura, basada en la tradición, el culto antiguo y un férreo conservadurismo en todos los aspectos.

A estas comunidades y a sus monasterios fue destinado Melnikov para estudiar sus archivos, y a ello se entregó en cuerpo y alma, con demasiado celo incluso a decir de lo sus contemporáneos, que llegaron a señalar que había hecho algún tipo de pacto con el demonio para ver a través de las paredes y descubrir libros y documentos escondidos.

Y el caso es que, a fuerza de estudiarlos, Melnikov acabó por apreciar a los viejos creyentes y defendió luego con la máxima vehemencia su libertad religiosa para que no les fuesen impuestas las reformas que el Estado quería extender por toda Rusia. Melnikov, en efecto, se convierte en una especie de nacionalista que busca las esencias de la cultura rusa en estos lugares apartados, y reniega de la influencia francesa y europea, considerándola una especie de adulteración de la pureza de la verdadera Rusia. Aunque muchos de sus escritos eran de corte liberal, e incluso socialista, propugnando la abolición de la servidumbre y exigiendo libertades políticas, en el ámbito cultural rechazaba la modernidad y luchaba con todas sus fuerzas por la conservación de las variantes lingüísticas, la cultura y el folclore de la Rusia más antigua.

Así nace su novela En los bosques, que fue publicada por entregas entre 1871 y 1874 en el Boletín Ruso, bajo el seudónimo de Andrey Pechersky. El autor declaró, y es de creer, que cuando empezó su obra no tenía ni idea de lo que iba a contar ni de cuándo la iba a terminar. Sabía, eso sí, que de sus ingresos como escritor dependía su dilatada familia, y que tenía que aprovechar el magnífico recibimiento con que el público acogió los primeros capítulos.

Así fue como fue tomando cuerpo una obra muy del estilo ruso, enciclopédica, interminable, brillante y llena de personajes que van evolucionando a medida que la vida les aporta experiencia, triunfos y desengaños. Una novela coral sobre la vida en los bosques, en lugares donde se rumorea que existe una ciudad llamada Moscú y algunos afirman que allí hay una corte, un zar, y que incluso el mundo sifgue más adelante hasta una inmensa estepa de agua, más ancha que el Volga, al que llaman mar.

En los bosques es la novela de las viejas costumbres y el mundo inmutable, pero también de la preocupación social por la pobreza, por las costumbres en el cortejo, y siempre, absolutamente siempre, impregnada de un profundo amor y conocimiento a la naturaleza humana.  

Leer esta novela es como adentrarse en esos bosques infinitos, sin saber lo que te saldrá al paso tras la colina siguiente. Puede haber una historia de amor, con secuestro incluido, el viejo secuestro ritual pactado con la novia, o una aventura en la nieve, con un trineo corriendo alocadamente entre los árboles para huir de una manada de lobos hambrientos. Puede haber exploradores buscando oro en un río que no sabe a ciencia cierta si existe o no, comerciantes de pieles, soldados que desertaron de guerras acabadas hace años, empresarios de la madera, y muchos monjes de la vieja fe, recluidos, o no tan recluidos en monasterios que compiten entre sí por las limosnas de los ricos, las vocaciones de los jóvenes y las reliquias de los santos.

La prosa es sencillamente magnífica, con un dominio del ritmo literario difícil de encontrar hoy en día. Los personajes entran y salen de escena con perfecta naturalidad y con el realismo del que sabe que una historia, una cualquiera, puede truncarse en un instante por una muerte repentina, o por la desaparición de un personaje que se fue una tarde a cazar y no volvió nunca. Empieza como empieza la vida y concluye de igual modo, sin pretender abarcar la existencia entera de todos los personajes que transitan sus páginas.

No es de extrañar que su día tuviese tanto éxito en Rusia, y tampoco que fuera de su país sea tan desconocida. Para entender En los bosques hay que entender Rusia. Y posiblemente, para entender Rusia, hay que haber leído En los bosques.

Son mil setecientas páginas en dos tomos, editados en 1961 por la editorial Arión, en traducción de Natalia Varamsina y Consuelo Berges. No existe, que yo sepa, otra versión en castellano. Quizás algún valiente la reedite en algún momento.


Uno de los modos más interesantes de conocer las preocupaciones de una sociedad es seguir atentamente las obras literarias que tuvieron éxito en su momento. Cada época tiene sus pesares y sus temas de interés, y son estos los que determinan qué tipo de novelas llegarán mejor al público de una determinada sociedad en un tiempo concreto. Por ejemplo, la ciencia ficción de los años 60 y 70, incluso de los 80, solía ser en cierto modo optimista, mostrando la colonización de otros mundos, los viajes espaciales y la conquista del universo. Luego, poco a poco, la narrativa apocalíptica fue sustituyendo a esas obras en las estanterías de las librerías, dando a entender que el optimismo había sido sustituido por el miedo.

Por ese motivo, nos proponemos echarle un vistazo a las obras que más ejemplares vendieron en otras épocas, lo que de paso nos puede ayudar a descubrir algunos libros interesantes, alejados ya de los principales circuitos.

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3 Comentarios

  1. Gracias una vez más porque artículos como este nos alimenta culturalmente. Y desde luego, su factura. Enhorabuena

  2. Santiago Mayordomo Jenaro

    Hace ya años que encontré esta novela en una feria del libro viejo y no sé por qué me quedó la idea de que existe otra novela del mismo autor titulada «En las montañas». Desde entonces la he buscado infructuosamente. ¿Podéis confirmarme si existe?
    Un saludo.

  3. Sí, Santiago. Existe también esa obra y yo tampoco he sido capaz de localizarla. Pero al buscar material para este artículo, la mencionaban en varias fuentes. Te puedo decir que hay una traducción al inglés, y que al alemán, por ejemplo, no la hay.

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