
La película Nosferatu, estrenada en España el día 25 de diciembre del pasado año 2024, ha sido objeto de críticas mayoritariamente favorables, no tanto por la historia, ya muy conocida (reflejada en el filme del mismo nombre dirigido por Murnau en 1922 y posteriormente revisitado por Herzog en 1979), sino por la puesta en escena. En efecto: su fotografía resulta ser una auténtica pieza artística, que consigue, dentro de una evidente finalidad perturbadora, moverse siempre en el contexto de la elegancia visual. Es este un objetivo complicado, pues, visionada la película, es claro que su director Robert Eggers ha pretendido trasladar al espectador un mensaje dual, en la forma y en el fondo: al mismo tiempo preciosista y desagradable; a la vez sujetándose a la realidad y por momentos onírico. Fiel reflejo de ello es la propia idea del antagonista, el conde Orlok (interpretado por Bill Skarsgard), trasunto del Drácula de Bram Stoker, que, desde mi punto de vista, presenta en esta obra cinematográfica la imagen perfecta del vampiro, tal y como el personaje literario fue concebido, y ajustado al estilo del director: fiel a la descripción nacida de las tradiciones de su tierra de origen y entretejido con un componente preternatural, por cuanto que diabólico. Nos encontramos en esta película a Vlad Tepes, el personaje histórico, pero como un muerto viviente, uniendo majestuosidad y repulsión. La primera aparición del conde en las dependencias del castillo, ataviado con el gorro y las prendas de noble, aun ajadas por su condición de no muerto, es impactante.
Quiero detenerme en el aspecto filosófico de esta película, en el trasfondo que arropa a través de una exhibición cinematográfica llevada a través de una narración cercana a lo poético, creando un neoexpresionismo que rinde homenaje al filme de 1922 pero adecuándolo a la actualidad. Ha de tenerse en cuenta que la versión muda de Murnau empleaba, esencialmente, el recurso de la sombra y el color dual (ante la imposibilidad de utilizar mejores medios técnicos) para plasmar el terror, y en aquel entonces el miedo estaba muy asociado a las consecuencias trágicas de la Primera Guerra Mundial, y sobre todo a la incertidumbre de lo que ocurriría en aquellos años que sobrevinieron tras el conflicto. Por ello, esta primera Nosferatu encarna en la figura del vampiro, efectivamente, un terror atávico, ancestral, pero muy unido a las circunstancias de su época.
Con este importante precedente, la actual Nosferatu es, en verdad, un canto a la parte más recóndita y oscura del ser humano. Presenta un terror también primigenio, pero de otro tipo, más individualista (algo muy propio de nuestros tiempos actuales) aunque desde este punto de partida se pueda llegar también a una conclusión de tipo social. La película nos muestra una descripción de lo que somos, una combinación de luz y de oscuridad, y nosotros mismos somos los responsables, porque es nuestra naturaleza, de lo mejor y de lo peor. No solo se nos enseña la cara bella, sino también el reflejo monstruoso de lo que llevamos dentro, algo que a veces no puede refrenarse y llega a adquirir dimensión propia.
La protagonista, Ellen Hutter (interpretada por Lily-Rose Deep) mantiene un nexo irrompible con el conde Orlok, más allá de tiempo y espacio, creado por ella misma al haber invocado a esta criatura de la oscuridad en un momento de debilidad anterior a los hechos de la película y, como consecuencia de aquel pacto, el ser diabólico acude en su búsqueda, en una llamada que ella misma realiza y que es atendida por el conde, quien a su paso, arrastra la peste y la muerte.
La dualidad que antes referí entre belleza y terror, entre poesía y repulsión, está presente en la relación entre la protagonista y el antagonista de la cinta. No en vano, ambos son, realmente, las dos caras de la misma moneda. Cualquier ser humano, por bondadoso y puro que pretenda ser, no es ajeno a momentos bajos, dolorosos, de rabia, odio o tristeza. No olvidemos que Orlok es, en verdad, una creación de Ellen, la personificación de su mismo lado oscuro, también con un fuerte componente erótico. Entre ambos existe una innegable atracción, a todos los efectos, si bien el sexual es únicamente superficial. La conexión es más íntima si cabe, pues, desde mi punto de vista, los dos son el mismo ser.
Así, en el diálogo que en un momento determinado de la película mantienen el vampiro y la protagonista, aquel le expresa, evidenciando este mensaje, que el que ella le reciba voluntariamente y sean uno «está en su naturaleza».
La ambivalencia de la condición humana esta película la refleja de una manera magistral, y hace suyos los planteamientos del psiquiatra suizo Carl Jung en su práctica totalidad. Cada ser humano tenemos nuestro lado oscuro, que forma parte plena de nosotros, y en ocasiones toma protagonismo, en especial en momentos de debilidad, cuando carecemos de fuerzas para contenerlo. En el momento en el que ese lado oscuro trasciende a la persona, a título individual, y se desata a nivel social, surge el «arquetipo», esto es, aquella figura que aglutina, o personifica incluso, lo que de común tiene la sombra de cada uno. La imagen de la mano alargada de Orlok extendiéndose sobre la ciudad es la plasmación cinematográfica de la sombra junguiana, siendo Orlok un genuino arquetipo del mal, pues no existe por sí mismo, sino que es el fruto perverso de nuestra propia identidad, de nuestra peor parte.
La escena final de la película es pura metáfora de la dualidad humana, de nuestra batalla constante entre la luz y la sombra que llevamos dentro. Orlok yace con Ellen, y lo hace a voluntad de ella, porque ambos se atraen y son, en efecto, uno mismo: la sangre de Ellen termina en el interior de Orlok, pero será la luz, personalizada en la doncella, quien acabe con el monstruo, con su mismo lado oscuro, en un acto luminoso de amor destructor para el vampiro, quien, en una muestra final de cierta humanidad, llora lágrimas de sangre. Ellen muere, pero con ella desaparece su propio mal, consiguiendo la victoria en su batalla personal y con ello salvando, con el amanecer, a toda la ciudad de la peste, en un mensaje muy claro: solo puede salir adelante una sociedad en su conjunto si cada uno de sus miembros, a título personal, comprende que debe librar una lucha con sus más bajos instintos y apetencias, con sus propios males, y desde ahí, trascender a su sombra, eliminando los arquetipos del mal que pueden llegar a tener en sus manos el destino de todos de una forma fatal, porque la propia sociedad los ha creado y les ha dado el poder de decidir por ellos.
Cobran, a la vista de estas consideraciones, un especial sentido las siguientes palabras del psiquiatra suizo:
«No es posible despertar a la conciencia sin dolor. La gente es capaz de hacer cualquier cosa, por absurda que parezca, para evitar enfrentarse a su propia alma. Nadie se ilumina imaginando figuras de luz, sino por hacer consciente la oscuridad».








Articulazo. Gracias
Tambien creo que refleja perfectamente la sexualidad femenina de aquella época y de como está era reprimida y percibida por una sociedad patriarcal y puritana.Maravillosa película.
Magnífico artículo, fallida película.
Chaqueta mental la tuya para hacer caber una película que te sobrepasa, en el pequeño mundito que conoces.
Excelente artículo,para aquellos que se aferran a su insignificante realidad sin comprender que detrás de nosotros mismos está esa sombra que hace parte de nuestra misma conciencia y que aprendiendo de ella es el único camino para trascender a un estado más puro …..
Vuelve a X, troll.
Para escribir esta mierda mejor sigue lamiendo el ojete a Elon.
Buen artículo.