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Bestsellers de otros tiempos: Mary Cholmondeley, un guiso de lentejas en la era victoriana

Detalle de portada de Un guiso de lentejas, de Mary Cholmondeley. Imagen Nocturna Ediciones.
Detalle de portada de Un guiso de lentejas, de Mary Cholmondeley. Imagen: Nocturna Ediciones.

Cuenta Mary Cholmondeley en sus diarios que, un día, siendo muy joven, se miró en un espejo y se encontró fea, muy fea, y que en ese mismo momento decidió dedicarse a la literatura para poder hablar a la gente sin hacer pasar a otras personas por la obligación de tenerla delante. Así fue como, a los dieciséis años, abordó la escritura de su primera novela. No sabemos hasta qué punto era esto una manía, un complejo, o un reflejo exagerado de cierta realidad material, pero el caso es que los pocos retratos que nos han llegado de ella hacen pensar más en un sentido sardónico del humor que en cualquier verdadera disfunción estética.

Mary nació en 1859 en la vicaría de Hodnet, donde su padre ejercía las laborales pastorales propias de su rango de segundón de una familia aristocrática. Fue la tercera de ocho hermanos. Por lo que parece, su familia era descendiente de Hugo Cholmondeley, que participó en la expedición inglesa contra Escocia en 1542 y contribuyó a enfrentarse a la invasión escocesa de Inglaterra en 1557. La familia se remonta a los orígenes de la nobleza británica y aún hoy aparece de cuando en vez en alguna revista dedicada a los asuntos amorosos, o no tan amorosos, de la realeza y la nobleza inglesas.

En la época de Mary, algunos miembros de su familia tenían buenos amigos en los ambientes literarios, como su tío Reginald, que se trataba personalmente con Mark Twain y que tuvo algo que ver con la redacción de la obra Un yanqui en la corte del rey Arturo, o al menos con la idea y la ambientación.

Con estos antecedentes familiares, y con el convencimiento de haber encontrado su sitio en el mundo, Mary orientó sus esfuerzos a la escritura a la vez que dedicaba los primeros treinta años de su vida a cuidar de su madre enferma. De hecho, como hija mayor, se hizo cargo a la edad de dieciséis años de la administración de una casa en la que vivían dieciocho personas. A eso le llamo yo energía y carácter, y más padeciendo asma crónico como ella padecía. Por eso, desde la más profunda admiración, me permito comenzar este apunte con su comentario sobre su presunta fealdad, algo que se me antoja absolutamente ridículo a efectos prácticos, al menos con mi mentalidad actual.

En su última obra, Bajo un mismo techo, publicada en 1917, describe de este modo su vida familiar:

Las cinco hijas de Cholmondeley tenían una institutriz y recibían la educación en casa habitual de la época para las niñas de su clase, complementada, a medida que crecían, con lecciones de su padre, que encontraba tiempo por las mañanas para inculcarnos los conocimientos de Stanley, Butler y Paley. Por las tardes nos leía a Scott, Dickens, Thackeray, Miss Edgeworth, Jane Austen y Stevenson. Poco a poco nos fue asociando a él en todo su trabajo parroquial.

Parece pues que, en su casa, el principal entretenimiento familiar era la cultura, algo muy propio en el ambiente de un vicario rural que solo en circunstancias extraordinarias participaría en eventos más mundanos.

Mary publicó su primera novela, Su mal genio, cuando tenía veintiséis años, hablando de las consecuencias del mal carácter de una joven casadera, y siempre se ha dicho que la protagonista es un trasunto de la propia autora. Esta obra llevaba ya varios años durmiendo en un cajón antes de llegar a la imprenta, y en cuanto salió a la luz, Mary abordó la escritura de Las joyas de Denvers, según ella misma, en un periodo de oscuridad y depresión.

La novela se publicó por entregas en la revista Temple Bar en 1887 y su éxito fue tan grande que el editor, George Bentley, le ofreció cuatrocientas libras de la época, una verdadera fortuna, por su siguiente obra. Esta sería Diana Tempest, que originalmente se titulaba Némesis, y que no vería la luz hasta 1893, debido a la mala salud recurrente de la autora. También fue un gran éxito y se reimprimió numerosas veces durante las décadas siguientes.

En 1896, cuando Mary tenía ya treinta y siete años, su padre dejó la vicaría y la familia entera se mudó a Londres. Esto permitió a Mary relacionarse de manera más estrecha con los ambientes literarios y liberarse del pesado trabajo de la casa en el campo. A partir de ahí conoce y se trata con importantes personajes como Henry James o Howard Sturgis, que declaran sin reservas su apoyo y admiración por la escritora.

Poco después de mudarse a Londres comienza la escritura de Un guiso de lentejas, que a la postre sería su obra más conocida y que se convirtió en una de las obras más vendidas en Inglaterra y Estados Unidos en el año 1900. En realidad la obra se publicó el 24 de octubre de 1899, y antes de que acabase el año ya había vendido veinte mil ejemplares, lo que obligó a que su manufactura se encargase a una imprenta de mayor tamaño para poder cubrir la demanda.

Un guiso de lentejas es, en esencia, una divertida novela de enredos victorianos llena de dudas morales, gente despechada, herederos ambiciosos, aristócratas engreídos, muchachas casaderas y pruritos de honor. Y en este ambiente es donde deben moverse, y sobrevivir las dos protagonistas, Hester y Rachel, dos mujeres que se sienten constreñidas por el papel, ya escrito de antemano, que les otorga una sociedad clasista, timorata y opresiva que no admite desviaciones de la norma.

Las dos mujeres sienten que tienen derecho a gobernar su propia vida y, cada cual a su manera, se esfuerzan en conseguirlo. Hester es una escritora entregada a su vocación, y tiene que luchar por sus obras y su tiempo, mientras vive con su hermano, un vicario reaccionario casado con una mujer más conservadora aún, y tres niños que no se lo ponen nada fácil. En cuanto a Rachel, después de vivir mucho tiempo en la más negra miseria, se convierte en una rica heredera y ve cómo todos los desprecios se vuelven sonrisas e invitaciones a fiestas y bailes, donde es considerada pieza de caza mayor. Aquí es donde las dos mujeres se unen parta conseguir sus objetivos: una, escribir lo que quiere, y la otra, encontrar un verdadero amor, pero ninguna de las dos lo tendrá fácil en una sociedad como la de la época victoriana.

A pesar de algunos toques melodramáticos o escenas previsibles, la novela sigue manteniendo su pulso satírico y un tanto descarnado a veces, sobre todo cuando trata la hipocresía, la mentira y la falta de respeto a las mujeres. Al contrario que en otras muchas obras de la época, la vida de estas mujeres tiene más momentos importantes que la hora en que deciden su matrimonio, aunque el tema, por supuesto, es inevitable. 

Mary Cholmondeley escribió tres novelas más: Moth and Rust, publicada en1902, Los prisioneros, (1906) y Notwithstanding (No obstante), publicada en 1913. Las tres recibieron una gran acogida por el publico, aunque sin llegar al éxito de su Un guiso de lentejas. En 1921 su salud empeoró gravemente y murió el 15 de julio de 1925, a la edad de sesenta y seis años.

Quizás la mejor manera de cerrar esta corta reseña, u homenaje, sea repetir lo que los periódicos de la época escribieron para su obituario. Esto escribió The Times:

Grave, tranquila, de voz baja, con una especie de angularidad elegante y digna, Mary Cholmondeley parecía exactamente lo que era: una inglesa de buena familia, con una larga y decente historia en el condado a sus espaldas. Era eso, con todo lo que eso implicaba; su seriedad, su fina cortesía, su profundo sentido del deber, estaban llenos de tradiciones de un pasado honorable. Pero había añadido a todo eso algo completamente propio, en un estilo completamente distinto: su humor observador e irónico.

Aunque a menudo se dice que su obra no ha resistido bien el paso del tiempo, ha sido reeditada hace poco tiempo por Nocturna Ediciones con traducción de Ricardo García Pérez.

La novela fue adaptada al cine mudo en 1918 por Meyrick Milton, y protagonizada por C. Aubrey Smith, Mary Dibley y Gerald Ames.


Uno de los modos más interesantes de conocer las preocupaciones de una sociedad es seguir atentamente las obras literarias que tuvieron éxito en su momento. Cada época tiene sus pesares y sus temas de interés, y son estos los que determinan qué tipo de novelas llegarán mejor al público de una determinada sociedad en un tiempo concreto. Por ejemplo, la ciencia ficción de los años 60 y 70, incluso de los 80, solía ser en cierto modo optimista, mostrando la colonización de otros mundos, los viajes espaciales y la conquista del universo. Luego, poco a poco, la narrativa apocalíptica fue sustituyendo a esas obras en las estanterías de las librerías, dando a entender que el optimismo había sido sustituido por el miedo.

Por ese motivo, nos proponemos echarle un vistazo a las obras que más ejemplares vendieron en otras épocas, lo que de paso nos puede ayudar a descubrir algunos libros interesantes, alejados ya de los principales circuitos.

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3 Comentarios

  1. Tras publicar este artículo, veo que la novela goza de buena salud y que no sólo se ha reeditado en español, sino también en otras lenguas.
    Al lector misterioso que me escribió en privado al mi correo, sólo puedo decirle que sí, que hay muchos más casos en los que las rectorías y el mundo eclesiástico británico (o anglosajón), conservador por naturaleza, producen escritoras de mérito.
    Creo, sin poder asegurarlo, que la próxima entrega hablará de otra de estas mujeres surgidas del ámbito religioso y de una de sus popularísimas obras.

  2. Jane Austen sin ir más lejos, también era hija de pastor y vivió en una vicaría.
    Muchas gracias por el artículo, es cierto que las novelas son un reflejo de la sociedad en la que vivieron los autores.

    • Emily Brönte, la autora de Cumbres borrascosas, también era hija de un clérigo, creo recordar. Y la autora de La Cabaña del Tío Tom también era hija de un ministro de la iglesia. Parece que hay una clara relación entre la educación que se les daba a las mujeres en el seno de las familias religiosas y su disposición a la literatura.
      Gracias a ti por comentar.

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